Entradas populares

domingo, 1 de marzo de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Décima Novena Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  14   1847

  El gobierno de la República y el ejército se ausentaban de México, y era preciso proveer a la seguridad del vecindario inerme.  El Ayuntamiento, que no había cesado de proporcionar hombres y materiales para la defensa, y que había conferenciado largamente con el general Tornel, gobernador del Distrito Federal, respecto de la conducta que seguiría en el desgraciado evento que ahora se presentaba, dio en él pruebas de dignidad y energía que honran verdaderamente a sus miembros y a la ciudad en cuyo nombre obraron.

  La corporación municipal a las once de la noche del 13 de septiembre acordó una protesta y unas proposiciones que fueron presentadas al jefe enemigo por los capitulares José Urbano Fonseca, José María Saldivar, Juan Palacios y el oficial mayor Leandro Estrada; protesta y proposiciones que no dejará pasar inadvertidas la historia. El primero de tales documentos decía: “El Ayuntamiento de México protesta del modo más solemne a nombre de sus comitentes, ante la faz del mundo y del general en jefe del ejército norteamericano, que si los azares de la guerra han puesto a la ciudad en poder de los Estados Unidos del Norte, nunca es su ánimo someterse voluntariamente a ningún jefe, persona ni autoridad, sino a las que emanan de la Constitución Federal sancionada por el gobierno de la República mexicana, sea cual fuere el tiempo que de hecho dure la dominación extraña”.

  Las proposiciones garantizaban la seguridad de templos, conventos, hospitales, casas de beneficencia, bibliotecas y archivos, colegios y escuelas, casas particulares, y toda la propiedad mueble o inmueble, del común de corporaciones o de individuos; el gobierno de la ciudad por las leyes vigentes y en uso de sus fueros; la administración de la justicia en el orden civil y criminal con arreglo a las mismas leyes y por las autoridades del país; el modo de cubrir las vacantes del gobernador del Distrito y de los jueces; la conservación, administración e inversión por el Ayuntamiento de las rentas municipales y de las contribuciones directas; la conservación por el mismo Ayuntamiento de la fuerza armada necesaria a la seguridad de las prisiones y a la tranquilidad del vecindario.

  Por último, la corporación municipal tomaría para los usos de su cargo las maderas, jarcia y demás útiles de la defensa, y mantendría enarbolado el pabellón nacional en su palacio; y el jefe enemigo dispondría que sus tropas se alojaran en determinados cuarteles, impidiéndoles el tránsito innecesario por las calles, particularmente de noche, y trabar cuestiones políticas con los vecinos, e impidiendo, además, a los contraguerrilleros y merodeadores la entrada a la capital.  Pocos ejemplos se hallarán de exigencias semejantes de parte de un vencido; y si, como era lógico y natural, no fueron en su totalidad admitidas por Scott, las obsequió en algo, y es innegable que  su importancia misma y el valor civil en que fueron presentadas, han debido influir en el otorgamiento de varias de ellas y en la disminución de los males consiguientes a toda ocupación extranjera.

  No obstante que desde las seis de la mañana apareció en las esquinas una proclama del Ayuntamiento anunciando la ocupación pacífica de la capital por el enemigo, y excitando al vecindario a conservar una actitud digna y tranquila; una hora después de la llegada de las tropas invasoras a la plaza, y cuando comenzaban a dividirse para ir tomando cuarteles las de Quitman, y las de Worth no avanzaban de la Alameda, el pueblo, indignado por la presencia de los invasores, rompió sobre ellos fuego graneado de fusilería desde las esquinas de las calles y desde las puertas, ventanas y azoteas de algunas casas.

  Las nuevas hostilidades provinieron de la parte resuelta y belicosa del vecindario, azuzada acaso por los oficiales y soldados que no salieron en la madrugada con el ejército; sostenida por multitud de individuos de la Guardia Nacional que conservaban armas y parque.  Worth dice que el primer disparo contra su columna hirió gravemente al coronel Garland, y que el último dio muerte al teniente Sidney Smith; que destacó en tiradores una parte de su infantería y mandó hacer fuego con sus obuses y hasta con las piezas de sitio sobre las casas donde salían los disparos.

  Scott mandó que fuesen voladas, y esto no se efectuó por falta de pólvora, que había que traerla de Chapultepec; pero, según los mismos jefes enemigos, multitud de casas fueron abiertas á hachazos, hizo avanzar a la infantería por las azoteas, se redujo a prisión a vecinos que parecían sospechosos, y se fusiló a los sorprendidos con las armas en la mano.  Tres de las piezas de artillería de Worth fueron traídas a la plaza de armas (el Zócalo), y otras dos avocadas en la calle de Plateros hacia la Alameda.  El 8º de infantería del mayor Montgomery, situado cerca del convento de San Francisco, fue acometido por un cuerpo mexicano de caballería que los hizo replegarse al convento.

  Las fuerzas de Quitman fueron hostilizadas por el pueblo, lo mismo que las de Worth.  El 2º de infantería, al mando del capitán Morris, escoltaba al capitán de ingenieros Lee ---futuro jefe de las fuerzas confederadas en la guerra civil angloamericana--- enviado en comisión de servicio a la garita de San Antonio Abad; a tres calles de distancia de palacio hacia el sur, empezó el pueblo a hacerle fuego desde las calles transversales y desde azoteas y campanarios, arrojándole también piedras y ladrillos.  Morris tuvo que dividir su fuerza, que allanar casas, que perseguir por azoteas a sus contrarios, y que rechazar en las calles los ataques de alguna caballería; y al cabo de seis horas de lucha y con 28 bajas, el expresado cuerpo, falto de municiones, se vio en la necesidad de retroceder a palacio.

  La revuelta popular duro los días 14 y 15 y la corporación municipal, que había tratado con Scott a nombre de la ciudad inerme, excitó al pueblo a deponer su actitud hostil en obsequio de la tranquilidad y la seguridad común.  Con motivo de ello, Santa Anna dirigió el 15 desde su escondijo de la villa de Guadalupe un extrañamiento al alcalde Reyes Veramendi y a los concejales, amenazándolos con tratarlos de traidores si continuaban a apaciguar el entusiasmo de los ciudadanos; y ordenando que se disolviera la Corporación.  Olvidó Santa Anna que su autoridad respecto de la ciudad y del Ayuntamiento había cesado la madrugada del día 13, y que desde entonces el primer deber de los munícipes consistía en cumplir y hacer cumplir a aquello que en nombre de sus comitentes  (ciudadanos) se comprometieron para salvar las vidas y los intereses del vecindario.  Si la parte del pueblo que se alzó en armas obedecía a un sentimiento noble y patriótico, el Ayuntamiento al procurarla cesación de hostilidades cumplía las más sagradas obligaciones de su cargo respecto de la ciudad.

Septiembre  15     1847

  Con la toma de las garitas, puede decirse que cesó la resistencia.  El mayor desaliento reinaba por lo que Santa Anna, impelido por su naturaleza, como siempre decidió huir marchando precipitadamente rumbo a Puebla, deteniéndose en la Villa de Guadalupe, y dejando al Ayuntamiento para que demandara garantías a los vencedores, como lo hizo.  Aunque Santa Anna designó personas para que se encargaran del poder ejecutivo, sus órdenes no fueron obedecidas, sino que el licenciado don Manuel de la Peña y Peña, por ministerio de ley y como Presidente de la Suprema Corte de justicia, se hizo cargo de la Presidencia de la República, marchando a Querétaro declarada provisionalmente capital de la República, a establecer su gobierno.  El Ayuntamiento de la ciudad de México hizo entrega del Palacio Nacional a los invasores yanquis.

  Seis mil estadounidenses únicamente, ya que tres mil murieron o quedaron heridos en las batallas del Valle de México, ocupaban la capital.  Santa Anna, quien conservó la comandancia general del ejército, evitó enfrentárseles y marchó sobre Puebla ocupada entonces por quinientos angloamericanos.  El ataque fracasó por haber desertado la mayoría de los soldados mexicanos y renunciando al mando del ejército se retiró casi sólo a Tehuacán.  Aparentemente quería trasladarse a Guatemala y para esto necesitaba pasar por Oaxaca pero el gobernador del Estado, licenciado don Benito Juárez, le prohibió pisar tierra oaxaqueña.  En Tehuacán estuvo inactivo varias semanas, hasta que huyó cuando le avisaron que se acercaba un escuadrón de texanos deseosos de vengar las matanzas de El Alamo y Goliad. Anduvo escondiéndose por varios pueblecillos, hasta que el 9 de abril de 1848 se le permitió embarcarse en La Antigua, Veracruz, y trasladarse al exilio en la colonia inglesa de Jamaica.

  El agresor sufrió mayores daños de los que podían esperarse dada la debilidad de su víctima.  La guerra costó a los Estados Unidos 130 millones de dólares, una cifra astronómica para la época y las circunstancias.  Necesitó movilizar noventa mil hombres, de los cuales murieron en acciones de guerra doce mil quinientos y once mil por efectos de la “maldición de Moctezuma”, o sea la diarrea y la disentería.  En cuanto a las bajas de los mexicanos no hay cálculos confiables que permitan establecer el número de ellas, pero con seguridad que fueron muchísimas menos que los 23,500 gringos muertos en México.

                                          Continuará en la vigésima parte.