Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
CONTINÚA: SÍNTESIS DE LA INVASIÓN
Después de la funesta
batalla de las Lomas de Padierna y aniquilado el Ejército del Norte, abierto el
camino de San Ángel y Coyoacán, flanqueadas las primeras líneas de defensa de
San Antonio y Mexicaltzingo, no quedó más recurso que reconcentrarse dentro del
mismo casco de la ciudad de México, tras las pobres obras defensivas de las
garitas. Para proteger la retirada de
las fuerzas restantes de San Antonio, San Ángel, Padierna y Coyoacán, tuvieron
que resistir épicamente los batallones ligeros y las Guardias Nacionales en el
puente y en el convento de Churubusco.
Extenuados ambos
beligerantes, aunque triunfante el angloamericano, solicita éste un armisticio
so pretexto de facilitar las primeras negociaciones de paz que son rotas por el
gobierno de México en las primeras conferencias tras las absurdas pretensiones
de los yanquis, que entre otras cosas, aparte de exigir prácticamente las dos
terceras partes de nuestro territorio incluyendo la península de Baja
California, pedían la expropiación en su
beneficio del istmo de Tehuantepec, una gran indemnización por sus gastos militares
en la guerra, y una pensión vitalicia para las familias de los gringos caídos
en la guerra. Los Estados Unidos
pensando que los mexicanos estaban a tal punto derrotados que iban a conceder
todas las pretensiones y condiciones que a ellos se les ocurriera. Pero se
equivocaron: los mexicanos no estaban
derrotados como ellos pensaban y prefirieron continuar la guerra antes que
consentir que nuestro país se convirtiera en una nación prácticamente
esclavizada por los miserables yanquis y su poderío.
Rotas las
negociaciones se reinicia la guerra, y Scott después de reconocer el sur de la
capital, cubierto de zanjas, potreros inundados y calzadas obstruidas,
impracticables para la caballería, ataca el poniente, intentando apoderarse,
primero el material de guerra, que creía aquel jefe enemigo existente en los
establecimientos llamados de Molino del Rey y La Casa Mata, al oeste del bosque
de Chapultepec. Engaña a nuestro general
presidente con hábiles maniobras haciéndole creer en un ataque por el sur,
contra las garitas de San Antonio y La Candelaria ---las garitas son pequeñas
construcciones ocupadas por grupos de vigilantes que cuidan las entradas de las
ciudades; en tiempos de guerra, como el que nos ocupa, son fortificadas de tal
manera para resistir los embates del enemigo---.
Entáblase la
contienda del Molino del Rey, feroz, suprema y gloriosísima para nuestras
armas; y desastrosa y lamentable para el adversario. Inútil efusión de sangre en campos que bien
puede asegurarse fueron glorificados por las bayonetas mexicanas. Lástima que los sables y las lanzas de los
cuatro mil jinetes que a lo lejos contemplaban la batalla, maniobrando
ostentosamente, no hubieran determinado la victoria, dirigidos, si no por un
genio, al menos por mediano militar enérgico, y no por un incondicional del
enemigo (Santa Anna) que prefirió retirarse al centro de la capital. La batalla del Molino del Rey, como la de
Padierna, como la de La Angostura, significan verdaderos triunfos para el
ejército mexicano. En cada una de ellas,
incidentes triviales, y sobre todo, faltas constantes y egoísmos atroces en los
altos jefes, cambiaron la faz de esos combates.
Bien mereció el
general Scott la crítica adversa de los suyos, por su inútil y costosa
embestida contra el Molino del Rey, que
militarmente hablando, lejos de aprovecharle en sus operaciones sobre la
capital, le hizo sufrir, en realidad, un gravísimo descalabro, si se tiene en
cuenta que sus pérdidas, de cerca de 800 hombres, no compensará con las
posiciones conquistadas y el insignificante material de guerra encontrado,
mientras que por el lado mexicano las pérdidas en hombres fueron mucho menores
que la mitad de los suyos. Lo mismo
puede decirse de las otras batallas de Casa Mata, puente y convento de
Churubusco los pocos mexicanos que los defendían resistieron heroicamente hasta
que las municiones se les terminaron y tuvieron que capitular.
Después de esta
sangrienta jornada, desde su cuartel general de Tacubaya, Scott finge de nuevo
amenazar el sur, y, por fin, efectúa el bombardeo sobre el Castillo de
Chapultepec, desmoronándolo con potente artillería, para apoderarse de él al
día siguiente 13 de septiembre, no sin que antes una resistencia de los
gloriosos cadetes del Colegio Militar le arrancara sus mejores jefes, oficiales
y soldados, dando un relámpago de gloria a nuestro Colegio Militar. Y tras de Chapultepec, cayeron en la misma
jornada las últimas garitas que aún resistían, las de Belén y San Cosme.
Sólo que a México le
será muy difícil superar aquel mes de septiembre de 1847, y hoy cuando hace más
de un siglo y medio que concluyó la guerra, pocos sabían en aquellos momentos
que Antonio López de Santa Anna, su “Alteza Serenísima”, el general presidente
y el libertador mexicano, se entendía en secreto con el presidente gringo James
Polk, y ejecutaba la peor traición conocida en la historia de México.
El plan acordado por
esos dos entes diabólicos se cumplió puntualmente: durante la guerra uno a uno fueron cayendo
ciudades y puertos, como Palo Alto, la Resaca, Matamoros, Monterrey, Saltillo, Tampico, la
Angostura, Cerro Gordo. Veracruz, Puebla, el Peñón, Lomas de Padierna, puente y
convento de Churubusco, San Ángel, Molino del Rey, Chapultepec, la Ciudadela, y
las últimas defensas de la capital, las garitas de Belén y San Cosme, hasta que
el general Scott hizo su entrada triunfal entre los irritantes acordes de
“Yankee Doodle” hasta el Palacio Nacional, donde ya el capitán Benjamín Roberts
ya había izado la odiosa bandera de las barras y las estrellas en ese lugar, el
máximo símbolo de la mexicanidad, desde las siete de la mañana del día 14 de
septiembre del trágico 1947.
Aquellos pobres soldados
mexicanos, sin sueldo, hambrientos, jadeantes, moribundos y ensangrentados, no
pudieron resistir más tiempo, y después de las últimas granizadas de plomo,
desesperados y al borde de la locura, ya sin cohesión, tuvieron que desbandarse
en la ciudad en aquella noche del 13 de septiembre de 1847. Que más queda por decir, sino que algunos
valientes del pueblo se revolvieron contra los enemigos que ocupaban la ciudad
capital, haciendo fuego contra ellos desde esquinas, azoteas y ventanas, en
tanto que algunos grupos de soldados de caballería mexicana, galopaban, lanza
en ristre, por las calles, clamando vivas y mueras, ayudando en lo posible la
insurrección popular.
Fuerza es repetirlo,
Santa Anna, que con el ejército que evacuaba de México pudo haberse apoderado
de Puebla fácilmente inquietando a Scott en México, incapaz entonces el jefe
americano de cualquier seria operación.
Santa Anna que pudo extender y desarrollar la defensa nacional con el
sistema de guerrillas, se amilana como nunca;
divide sus fuerzas desmoralizadas y disminuidas por la miseria, la
deserción y la falta de moral y de ánimo, hasta que después de insignificantes
operaciones e inútiles tentativas contra la guarnición de Puebla y las columnas
y convoyes de refuerzos para el enemigo, se vio obligado a renunciar el mando
del ejército, poco después de ser lanzado por los acontecimientos y el clamor
público, de la suprema dirección política de la República.
Y ya lo dijimos,
otros episodios de resistencia ante el invasor esplendieron en la Alta
California, en Sinaloa, en Tabasco y en las huastecas, no sin que otra vez en
Chihuahua vibraran los patriotismos fronterizos. Imposible referir todos ellos, apenas pudimos
abordar en breves pinceladas rápidas los principales cuadros en que aquel
valiente ejército, mal organizado y mal conducido, tuvo, no obstante, la gloria
de haber resistido con heroísmo a un enemigo veinte veces superior.
Se nota desde luego
en la mayor parte de las batallas, poco tino para escoger y ocupar las
posiciones, ningún cuidado para preparar la retirada en caso necesario y gran
negligencia para asegurar y defender los flancos y evitar que el enemigo los
envolviese con facilidad, como varias veces sucedió. Esas fueron las causas de que algunas
derrotas fuesen tan desastrosas; es digno de notarse que en la única parte en
la que se tomó la ofensiva, que fue en la batalla de la Angostura, los
resultados fueron favorables, aunque al final el mismo líder mexicano nos hizo
renunciar a la victoria; Exceptuando
este único caso, en toda la campaña estuvo el ejército mexicano a la defensiva
absoluta. En cuanto a la estrategia, se
olvidó completamente, pues no se observó más regla que presentarse al enemigo
de frente interceptándole el paso.
También se descuidó
el organizar la guerra en el terreno que quedaba a espalda del enemigo y a los
lados de sus líneas de operaciones; cosa de mayor importancia en las guerras
defensivas, y que tan buenos resultados le produjo a Napoleón en su invasión a
Rusia, España y Portugal. Es verdad que
entretenidos nosotros con las frecuentes revoluciones que se sucedían
periódicamente, poco o nada nos preocupábamos de estudiar y preparar un sistema
de defensa, y la invasión nos sorprendió por completo, porque la mayor parte de
los mexicanos no creían que la tal guerra pudiese venir.
Por otra parte, el
estado militar de la República era deplorable:
el ejército no llegaba al comenzar la guerra a doce mil hombres,
esparcidos en una vastísima extensión; el armamento, la artillería, y en
general todo lo concerniente al ejército, se hallaba envejecido y deteriorado
por el uso y la falta de reposición oportuna, sin que en muchos años hubiese
sido relevado, y en cuanto a nuevos sistemas adoptados en otros países, sólo
teníamos noticias. No existían arsenales
ni depósitos de ninguna clase, de manera que las pérdidas sufridas en la guerra
era imposible repararlas y más imposible substituirlas por nuevas.
Continúa en la vigésima tercera parte.






























