INTRODUCCIÓN
Nos da un enorme gusto y especial satisfacción anunciar que de nueva cuenta damos la bienvenida a este espacio al historiador y cronista don Rafael Urista de Hoyos, quien compartirá con nuestros lectores una serie de artículos dedicados a explorar una etapa decisiva de nuestra historia nacional. Su vocación investigadora y su pluma acuciosa nos acompañarán en un recorrido por los acontecimientos que marcaron el rumbo de México tras la caída del Imperio de Maximiliano y la restauración de la República.
La Independencia nacional, conquistada décadas antes, volvió a ponerse a prueba con la intervención extranjera y el establecimiento del Segundo Imperio. Desde esa perspectiva, esta serie nos invita a conocer cómo se defendió la soberanía y cuáles fueron los desafíos de reconstruir una nación dividida por las guerras y las disputas políticas. Bajo la investigación y la mirada de don Rafael, encontraremos una oportunidad para acercarnos a los protagonistas y las circunstancias de aquel periodo.
Invitamos cordialmente a nuestras lectoras y lectores a seguir estas colaboraciones, a descubrir sus pasajes y a reflexionar sobre el significado de nuestra historia. Recibimos con aprecio a nuestro amigo don Rafael Urista de Hoyos, con la certeza de que su trabajo alentará la curiosidad y el diálogo entre generaciones. Sean todos bienvenidos a esta apasionante lectura sobre México, su soberanía y la construcción de su vida republicana.
Rafael Urista de Hoyos / Historiador
ANTECEDENTES HISTÓRICOS. (I)
Este año se conmemora el 216 aniversario de la iniciación del movimiento de Insurgencia de la Nueva España (México) con la finalidad de lograr la emancipación respecto del imperio español. En México tenemos la costumbre, históricamente inexacta, de celebrar nuestra independencia cada 16 de septiembre como si en esa fecha del año 1810 se hubiera logrado la liberación efectiva venciendo al entonces poderoso virreinato de la Nueva España.
En realidad en lugar del 16 de septiembre deberíamos celebrar el 28 de septiembre que corresponde en el año 1821 a la victoria de la insurgencia mexicana sobre los realistas españoles del decadente imperio español, ya que fue el día en que se celebró en México el Acta de Independencia del llamado inicialmente imperio mexicano y que significó ese 28 de septiembre de 1810 como el primer día de la nación de todos los mexicanos y que extrañamente y, por una imperdonable e inaceptable omisión, la historiografía oficial de los gobiernos independientes de México la han olvidado.
La Nueva España, al comenzar el siglo XIX (1800), con una población de 6,122.354 habitantes, era, aparentemente, un país próspero, tranquilo y feliz. La riqueza pública y privada había aumentado durante el reinado de Carlos III y sus reformas borbónicas; la minería estaba floreciente; el comercio era muy activo; la agricultura y la industria, aunque rutinarias, estaban muy adelantadas, y en las principales ciudades se emprendían obras públicas de importancia. La ciudad de México, con suntuosos edificios públicos y particulares, importantes establecimientos educativos y de beneficencia, bellos paseos y monumentos, convertida en centros de lujo y de las artes, era la más hermosa e importante de las ciudades del continente americano. El barón de Humbolth, decía de ella: “México debe contarse, sin duda alguna, entre las más hermosas ciudades que los europeos han fundado en ambos hemisferios”. Su población se calculaba en 168, 811 habitantes.
Pero a pesar de todo esto, que podía deslumbrar a un observador superficial, en el fondo de la sociedad colonial existía un profundo malestar, por causas raciales y económicas, y que hacían que sus elementos disímiles, se odiaran profundamente y buscaran por instinto la destrucción de las superficiales diferencias creadas por las leyes, en beneficio de un corto número, de una casta privilegiada. La base sobre la que descansaba el edificio de toda aquella sociedad, eran los indios despreciados y explotados por las demás clases sociales, separadas de ellas por el idioma y la civilización, como castas distintas. Al cabo de tres siglos de dominación española, no habían sido incorporados a la civilización europea. La mayoría no hablaba español, vivían en miseros jacales, dormían en el suelo, y no tenían más utensilios domésticos y mobiliario, que toscas vasijas de barro y alguna cesta o costal. Su alimentación se reducía a la tortilla de maíz y al frijol, con salsa de chile; pues la carne sólo la probaban en las grandes solemnidades.
Su vestido era una sábana y un calzón de manta, y sus únicos goces, las solemnidades religiosas y la embriaguez.
Jornaleros de los grandes propietarios, se le hacía trabajar de sol a sol, y se les encerraba de noche, confundidos en una troje sin luz ni ventilación, escamoteándoles un mísero salario nominal, por medio de la “tienda de raya” donde se les daban mercancias averiadas y alcohol a precios exorbitantes. No faltaban crueles castigos, que aplicaban los amos sin intervención de la autoridad, ni abusos que los mismos cometían en las mujeres de la familia del peón, cuya condición era peor que la de los esclavos. Cuando aquellos miserables desesperados, se sublevaban, se les reducía por la fuerza, y sus sangrientos despojos se dejaban pendientes de la horca, para escarmiento de sus semejantes.
Los mismos reyes de España, en documentos oficiales, habían reconocido los abusos que cometían los blancos, con la clase indígena. Felipe V, en cédula del 15 de octubre de 1713, hacía constar que no se cumplían las leyes sobre ejidos, que no se daban tierras a los indios para fundar sus pueblos y antes bien las que tenían “se las quitaban con violencia, vendiéndoles sus hijos, como esclavos, arrebatándoles sus mujeres para que les sirvan sin pagarles su trabajo y que por eso los pueblos se arruinan, y no se les puede enseñar la doctrina”
El Ayuntamiento de México, en su representación a Carlos III, de 1771, dice hablando de México y la conquista española; “y en la clase de los indios vemos con dolor que lejos de adelantar, cuantos más años pasan de la conquista, es menor su cultivo, crece su rusticidad y es mayor su miseria”. Así oprimidos, tiranizados y explotados, por cuantos con ellos trataban: curas, caciques y autoridades, vivían mostrando aparente sumisión pero guardando en el fondo un odio profundo contra los blancos, que debía estallar en sanguinarias explosiones tarde o temprano.
De igual forma y aunque la situación de los mestizos con respecto de los indios era mucho más bonancible y tolerante, ellos también estaban sujetos a infamantes condiciones a pesar que de entre ellos eran reclutados los individuos más útiles y trabajadores de la sociedad colonial, y como le estaban cerrados todos los caminos para progresar. La iglesia les cerraba las sagradas órdenes; el ejército, los grados y ascensos, y la administración hasta los empleos más ínfimos.
Los mestizos, fruto por lo general de uniones ilegitimas de los conquistadores con las indias, presididas por la lujuria y no por el amor, y que eran casi siempre abandonados por sus padres, no podían tener por ellos cariño ni respeto. Su vida miserable les acercaba a la raza materna; pero la sangre blanca que llevaban en sus venas, les hacía creerse superiores al indio, e instintivamente tendían a explotarle y tiranizarle. Los mestizos estaban sujetos al tributo y marcados de infamia, sin que pudieran jamás Sali de su condición. Dotados estos hombres de color de un carácter enérgico y ardiente, viven en un estado constante de irritación contra los blancos siendo sorprendente el que su resentimiento no los arrastre con más frecuencia a la venganza.
Todo esto dependía de la monstruosa distribución de la propiedad, causa principal de las revoluciones que han agitado al país desde la independencia. Los grandes pensadores de la época hacían ya notar en sus escritos, cuan profundos eran los males que había causado esa pésima distribución de la riqueza. A raíz de la conquista, las tierras se habían repartido entre un corto número de conquistadores y pobladores, formándose enormes latifundios, de los que sus dueños sólo cultivaban una pequeña parte de las mejores tierras destinando el resto a la cría de ganado.
Los indios y castas se encuentran en el mayor abatimiento; que carecen de propiedad individual; que los primeros sólo tienen la propiedad comunal de sus pueblos con grandes limitaciones en cuanto a su extensión territorial, careciendo por tanto de estímulos, tanto más cuanto que no pueden disponer de esa propiedad comunal, ni en sus necesidades más urgentes, sin el permiso de la Real Hacienda. Los indios no pueden mezclarse con las otras clases; que están aislados por su idioma, y que el gobierno de sus caciques produce el resultado de que se perpetúen entre ellos, usos, costumbres y supersticiones por medio de las cuales viven a costa del sudor y trabajo de ellos unos cuantos individuos holgazanes, quienes les quitan todo estímulo para instruirse, para mejorar y tratar de salir de la miseria.
Por encima de indios y castas se encuentran los criollos. Individuos que aunque de padres españoles nacieron y se desarrollaron en la Nueva España y que por lo mismo no tenían ni disfrutaban de los privilegios con que contaban los españoles peninsulares que acaparaban los principales puestos y cargos tanto en los negocios como en los puestos oficiales de los gobiernos novohispanos. De los 5,500.000 habitantes que se calcula poblaban la Nueva España a fines del siglo XVIII, contábanse con en 1,000.000 el número de criollos, en tanto que los españoles no pasaban de 70,000.
A pesar de tan enorme diferencia, y de que las leyes consideraban como iguales a unos y a otros, todos los cargos importantes y bien remunerados, tanto del gobierno como de la iglesia, estaban en manos de los españoles europeos o peninsulares, aun en contra de las disposiciones terminantes de las leyes. Así en algunas órdenes religiosas, estaba dispuesto que en las elecciones de prelados, se alternara a los criollos con los peninsulares; pero en el cumplimiento de tales disposiciones se eludía, ya valiéndose de subterfugios, ya desobedeciéndolas descaradamente, para hacer recaer la prelacía en los españoles.
En el siglo XVI y primer tercio del siguiente todos los prelados de las órdenes monásticas, fueron españoles y ninguno criollo. En 1808, todos los obispos de la Nueva España, sólo uno era mexicano (criollo). En el segundo tercio se introdujo la costumbre de la alternativa en algunas de ellas (de las órdenes monásticas); pero entre los carmelitas, los prelados siempre fueron españoles. El Ayuntamiento de la ciudad de México hace notar que la Nueva España es un reino incorporado a las coronas de Castilla y de León; y que los nacidos en él, por su amor al país y por el conocimiento de sus usos y costumbres, desempeñarían los empleos mejor que los españoles, que sólo vienen a enriquecerse, y cuya sola traslación a América, causa crecidísimos gastos, de los que tienen que resarcirse oprimiendo a los pueblos.
Continúa en la segunda parte.





























