Rafael Urista de Hoyos / Historiador
ANTECEDENTES (II)
A pesar de los esfuerzos de los reyes de España para hacer
cesar los abusos,
prácticamente el país estaba muy mal gobernado. Los indios
eran explotados sin
misericordia por sus caciques que, a su vez, lo eran de
igual manera por los
empleados (burócratas) españoles. Los alcaldes mayores, que
eran quienes
realmente gobernaban, se consideraban jueces con fuerzas
suficientes para
hacerse obedecer y en su caso efectuar ejecuciones sin
formación de causa.
Cierto que se había tratado de remediar abusos de los
alcaldes mayores
substituyéndolos mediante la “Ordenanza de intendentes” con
los subdelegados
que no tenían los mismos privilegios, pero como no se les
asignó dotación alguna
y tenían que atenerse a las costas cobradas de acuerdo al
arancel establecido,
necesariamente prostituían sus empleos para vivir,
estafando a los pobres y
comerciando con los delitos.
El mal gobierno se había hecho aun más sensible de que, por
muerte del rey
Carlos III, subiera al trono Carlos IV; pues si bien en los
primeros años de su
reinado siguió la senda trazada por su antecesor,
aconsejándose de los notables
ministros que hicieron la grandeza de aquel monarca, de
allí a poco el nuevo rey
nombró como primer ministro a Manuel Godoy que se convirtió
en el árbitro de la
monarquía, debido a la pasión senil que supiera despertar
en la reina María Luisa,
comenzando a apartar a los buenos elementos, nombrando para
virreyes de la
Nueva España, y para los altos cargos de la colonia, a
verdaderos aventureros.
Las enseñanzas de los enciclopedistas, y las noticias de la
Revolución Francesa,
llegaban a la Nueva España, a pesar de la inquisición,
despertando inquietdes en
todos los novohispanos pensadores. Los libros de los
filósofos franceses eran
devorados a hurtadillas por los criollos ricos e
instruidos, en número mucho mayor
de lo que vulgarmente se cree, como puede demostrarse
pasando revista los
numerosos procesos seguidos por el Santo Oficio de México,
contra los lectores
de Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu y otros menos
connotados. En los
lugares en que menos podía sospecharse, tenían éstos gran
número de
admiradores; eran estos los frailes de algunos conventos y
los curas de pueblos
apartados. Además, las noticias de la Revolución Francesa,
propagadas hasta
estos lugares, eran recibidas con entusiasmo y aprobación,
encontrándose
justificada la muerte de los reyes franceses Luis XVI y
María Antonieta, no faltando
quien propusiera que se aplicara igual pena a los reyes de
España, a quienes se
calificaba de tiranos.
El disgusto contra el gobierno, había tenido
manifestaciones de cierta gravedad;
motines y conspiraciones, iniciados antes y a raíz del
destierro de los jesuitas,
seguramente incitados por ellos mismos, aprovechando la
opresión en que vivían
los trabajadores y el ansia de libertad de los indios.
Bastará recordar las
insurrecciones de Puebla, Yautepec, Guanajuato, Valladolid
y Real del Monte, en
1776 y las de San Luis Potosí, Guanajuato, San Luis de la
Paz, Pátzcuaro,
Valladolid, Uruapan, Apatzingo y otros lugares, después de
la expulsión de la
Compañía de Jesús. Estos movimientos, aparentemente
independientes los unos
de los otros, tenían por origen común el odio a los
dominadores, y fueron
ahogados todos en sangre.
Antes, noviembre de 1761, se habían levantado en armas los
indios mayas de
Kistel, Sotuta y otros lugares cercanos, en contra de las
autoridades españolas,
promoviendo Jacinto Kanek la guerra de castas de los indios
contra los blancos.
Combatieron éstos a sangre y fuego el levantamiento, y una
vez vencidos los
indios se aplicaron penas cruelísimas a los líderes,
arrancándosele a Kanek, las
carnes a pedazos, con tenazas candentes. A los demás
rebeldes que se hicieron
prisioneros los azotaron, les cortaron las orejas o los
ahorcaron según la
participación que tuvieron en la rebelión. Estos
movimientos de los indios y de la
población obrera, como los barreteros de San Luis Potosí,
que no han sido
estudiados por los historiadores debido al cuidado del
gobierno español en
ocultarlos, fueron los preludios de la guerra de
independencia.
Algunos documentos publicados recientemente, demuestran que
varios criollos
distinguidos, pertenecientes a la nobleza española, desde
1742, habían procurado
entrara en relaciones con los gobiernos de Francia e
Inglaterra para hacer la
independencia de la Nueva España. Estas potencias,
especialmente la última,
trataban de apoderarse del comercio y de las riquezas de
las colonias españolas
pero no querían comprometerse de manera descarada.
Inglaterra sólo se
mostraba inclinada a fomentar los movimientos de
independencia aprovechando el
disgusto de los criollos contra el gobierno español, pero
sin entrar en guerra con
éste.
Tal era el estado general del país, cuando fue nombrado
virrey don José de
Iturrigaray, bajo cuyo gobierno había de principiar el
movimiento separatista de
España que finalmente concluiría con la independencia de la
nación once años
después.
Don José de Iturrigaray tomo posesión del virreinato el 4
de enero de 1803. Era
el nuevo virrey de familia noble, y debía su elevación, más
que a sus propios
méritos, a su amistad con el Príncipe de la Paz, llamado
así, en el colmo de la
adulación, el primer ministro del imperio español el
funesto Manuel Godoy.
Habiendo venido Iturrigaray a enriquecerse, sin detenerse
en los medios, al llegar
a Veracruz introdujo mercancias de contrabando por valor de
$ 119,000 y una vez
en México no perdonó medios para acumular dinero, formando
un fuerte capital a
pesar de su esplendidez para gastar; pues tanto él como su
familia, vivían en
perpetua fiesta.
A pesar de su avidez, el virrey supo captarse las simpatías
de los criollos, que
por su prodigalidad eran mejor recibidos en Palacio que los
avarientos
comerciantes y mineros españoles; lo que no hizo sino
aumentar la grave
enemistad y división entre unos y otros, división que
trascendía aún a los cuerpos
políticos, pues en tanto que los peninsulares gozaban mayor
favor en la audiencia,
los españoles americanos (los criollos) lo encontraban en
el Ayntamiento, que casi
en su totalidad por ellos estaba formado.
Al morir el gran rey CarlosIII, le sucedió su hijo Carlos
IV, príncipe bondadoso,
débil de espíritu y de carácter, muy aficionado a la caza,
a las ceremonias
religiosas, y a la vida pacífica, y aquien manejaba su
mujer, la reina María Luisa.
Esta, de edad avanzada, había concebido una gran pasión por
don Manuel Godoy,
quien, debido sólo a su buena figura, se había elevado
desde simple oficial de la
guardia de corps, a ministro universal de la monarquía y
príncipe de la paz,
disponiendo el reino como de su propiedad.
El heredero del trono, Fernando, odiaba mortalmente al
favorito, odio que
compartía con el pueblo español, por lo que le fue fácil al
primero formar una
especie de partido político, conspirando contra sus padres,
para llegar a reinar.
España, satélite de Francia desde el reinado anterior,
continuó en este papel
secundario a pesar de la ejecución del rey Luis XVI; pues
si bien es cierto que
declaró la guerra a los republicanos franceses, muy pronto
se vio obligada a
pactar la paz, convirtiéndose en aliada de Napoleón
Bonaparte, obedeciendo
ciegamente sus inspiraciones.
Napoleón, como profundo conocedor de los hombres, supo
aprovechar aquel
estado de cosas, y, deslumbrando a Godoy con la esperanza
de alcanzar un
principado en el desmembramiento de Portugal, hizo que
España con su rey
Carlos IV firmara el Tratado de Fontainebleau, el 27 de
octubre de 1807, por el
que las dos potencias (Francia y España) se obligaban a
acometer a Portugal.
Con este pretexto, el emperador de los franceses invadió
España, ocupando con
sus tropas, fronteras, castillos y plazas fuertes, sin
resistencia; pues ya en su
ánimo tenía, el disponer a su antojo de la monarquía
española.
El pueblo español comprendió la pérfida conducta de
Napoleón antes que sus
indignos soberanos; ya que ésos, con su imprudencia,
provocaron su intervención
en los asuntos internos del país. En efecto, Carlos IV
comunica a Napoleón que
habiendo atentado contra su vida el príncipe Fernando, lo
había desheredado, en
tanto que éste mendigaba el favor de Napoleón, pidiéndole
la mano de una
princesa de su familia y acusando a sus padres y a Godoy de
vergonzosos delitos.
Así el emperador de los franceses se convirtió en árbitro
de los destinos de la real
familia, creyendo serlo también del pueblo por ella
gobernado. El Príncipe de la
Paz, al ver invadida España por los franceses, y el
peligroso curso que tomaban
los sucesos, propuso a Carlos IV que, imitando la conducta
seguida por la familia
real de Portugal, que se había ido a establecer al Brasil,
al ver su reino invadido
por los franceses, el se trasladara a la Nueva España.
Este proyecto, al ser conocido por el pueblo, dio origen a
un motín encabezado
por elementos de la nobleza, el famoso motín de Aranjuez,
ocurrido el 17 de mayo
de 1808, en el que el populacho asaltó el palacio de Godoy,
destruyendo cuanto
pudo haber a la mano, salvando el favorito la vida oculto
en la buhardilla, donde
fue aprehendido al día siguiente, y privado de sus empleos
y dignidades. Carlos
IV, espantado al considerar la actitud de los sublevados,
se vio obligado, para
salvar a Godoy, a abdicar en favor de su hijo Fernando VII,
el 18 de marzo de
1808.
Entretanto, las tropas francesas mandadas pr Murat, gran
Duque de Berg,
ocupaban Madrid, y éste, por orden de Napoleón, incitaba a
Carlos IV a protestar
contra su abdicación, que decía habérsele arrancado por la
violencia, por lo que la
posición de Fernando VII venía a ser falsa. Entonces éste,
aconsejado por el
mismo Murat. Decidió marchar al encuentro de Napoleón, para
solicitar que lo
reconociera como rey de España.
Así, casi toda la familia real se dirigió a Bayona,
Francia, donde Napoleón se
encontraba, decidida ha hacerlo árbitro, no sólo de sus
rencillas domésticas, sino
de la suerte de la monarquía española. El emperador exigió
que Fernando
renunciara a la corona en favor de su padre, y que éste
abdicara a beneficio de
Napoleón, el 8 de mayo de 1808, nombrando rey de España e
Indias, como se les
llamaba a todas las colonias españolas en América, a su
hermano José, a petición
de una supuesta junta formada por ciento cincuenta
personajes de la nobleza de
España.
El infante don Francisco de Paula, el otro hijo de Carlos
IV, había quedado en
Madrid, y al pretenders llevarlo con el resto de la familia
real, el pueblo, este sí
“bueno y sabio”, lastimado en su patriotismo, se amotinó,
impidiendo el viaje.
Murat ordenó a sus tropas que sofocaran aquella
manifestación, y como hicieran
fuego contra la multitud, esta, enfurecida, sin jefes, casi
sin armas ni elementos, se
arrojó en masa contra los odiados invasores, emprendiendo
una lucha desigual el
2 de mayo de 1808. La heroica protesta, que ahogaron en
sangre los franceses
fue el principio del levantamiento de todo el pueblo
español contra los invasores,
levantamiento que sólo había de terminar con su completa
expulsión de la
península.
Fin de la etapa de los antecedentes.
Continúa en la tercera parte.





















