Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Septiembre 14 1847
El gobierno de la
República y el ejército se ausentaban de México, y era preciso proveer a la
seguridad del vecindario inerme. El
Ayuntamiento, que no había cesado de proporcionar hombres y materiales para la
defensa, y que había conferenciado largamente con el general Tornel, gobernador
del Distrito Federal, respecto de la conducta que seguiría en el desgraciado
evento que ahora se presentaba, dio en él pruebas de dignidad y energía que
honran verdaderamente a sus miembros y a la ciudad en cuyo nombre obraron.
La corporación
municipal a las once de la noche del 13 de septiembre acordó una protesta y
unas proposiciones que fueron presentadas al jefe enemigo por los capitulares José
Urbano Fonseca, José María Saldivar, Juan Palacios y el oficial mayor Leandro
Estrada; protesta y proposiciones que no dejará pasar inadvertidas la historia.
El primero de tales documentos decía: “El Ayuntamiento de México protesta del
modo más solemne a nombre de sus comitentes, ante la faz del mundo y del
general en jefe del ejército norteamericano, que si los azares de la guerra han
puesto a la ciudad en poder de los Estados Unidos del Norte, nunca es su ánimo
someterse voluntariamente a ningún jefe, persona ni autoridad, sino a las que
emanan de la Constitución Federal sancionada por el gobierno de la República
mexicana, sea cual fuere el tiempo que de hecho dure la dominación extraña”.
Las proposiciones
garantizaban la seguridad de templos, conventos, hospitales, casas de beneficencia,
bibliotecas y archivos, colegios y escuelas, casas particulares, y toda la
propiedad mueble o inmueble, del común de corporaciones o de individuos; el
gobierno de la ciudad por las leyes vigentes y en uso de sus fueros; la
administración de la justicia en el orden civil y criminal con arreglo a las
mismas leyes y por las autoridades del país; el modo de cubrir las vacantes del
gobernador del Distrito y de los jueces; la conservación, administración e
inversión por el Ayuntamiento de las rentas municipales y de las contribuciones
directas; la conservación por el mismo Ayuntamiento de la fuerza armada
necesaria a la seguridad de las prisiones y a la tranquilidad del vecindario.
Por último, la
corporación municipal tomaría para los usos de su cargo las maderas, jarcia y
demás útiles de la defensa, y mantendría enarbolado el pabellón nacional en su
palacio; y el jefe enemigo dispondría que sus tropas se alojaran en
determinados cuarteles, impidiéndoles el tránsito innecesario por las calles,
particularmente de noche, y trabar cuestiones políticas con los vecinos, e
impidiendo, además, a los contraguerrilleros y merodeadores la entrada a la
capital. Pocos ejemplos se hallarán de exigencias
semejantes de parte de un vencido; y si, como era lógico y natural, no fueron
en su totalidad admitidas por Scott, las obsequió en algo, y es innegable
que su importancia misma y el valor
civil en que fueron presentadas, han debido influir en el otorgamiento de varias
de ellas y en la disminución de los males consiguientes a toda ocupación
extranjera.
No obstante que desde
las seis de la mañana apareció en las esquinas una proclama del Ayuntamiento
anunciando la ocupación pacífica de la capital por el enemigo, y excitando al
vecindario a conservar una actitud digna y tranquila; una hora después de la
llegada de las tropas invasoras a la plaza, y cuando comenzaban a dividirse
para ir tomando cuarteles las de Quitman, y las de Worth no avanzaban de la Alameda,
el pueblo, indignado por la presencia de los invasores, rompió sobre ellos
fuego graneado de fusilería desde las esquinas de las calles y desde las
puertas, ventanas y azoteas de algunas casas.
Las nuevas
hostilidades provinieron de la parte resuelta y belicosa del vecindario,
azuzada acaso por los oficiales y soldados que no salieron en la madrugada
con el ejército; sostenida por multitud de individuos de la
Guardia Nacional que conservaban armas y parque. Worth dice que el primer disparo contra su
columna hirió gravemente al coronel Garland, y que el último dio muerte al
teniente Sidney Smith; que destacó en tiradores una parte de su infantería y
mandó hacer fuego con sus obuses y hasta con las piezas de sitio sobre las
casas donde salían los disparos.
Scott mandó que
fuesen voladas, y esto no se efectuó por falta de pólvora, que había que
traerla de Chapultepec; pero, según los mismos jefes enemigos, multitud de
casas fueron abiertas á hachazos, hizo avanzar a la infantería por las azoteas,
se redujo a prisión a vecinos que parecían sospechosos, y se fusiló a los
sorprendidos con las armas en la mano.
Tres de las piezas de artillería de Worth fueron traídas a la plaza de
armas (el Zócalo), y otras dos avocadas en la calle de Plateros hacia la Alameda. El 8º de infantería del mayor Montgomery,
situado cerca del convento de San Francisco, fue acometido por un cuerpo
mexicano de caballería que los hizo replegarse al convento.
Las fuerzas de
Quitman fueron hostilizadas por el pueblo, lo mismo que las de Worth. El 2º de infantería, al mando del capitán
Morris, escoltaba al capitán de ingenieros Lee ---futuro jefe de las fuerzas
confederadas en la guerra civil angloamericana--- enviado en comisión de
servicio a la garita de San Antonio Abad; a tres calles de distancia de palacio
hacia el sur, empezó el pueblo a hacerle fuego desde las calles transversales y
desde azoteas y campanarios, arrojándole también piedras y ladrillos. Morris tuvo que dividir su fuerza, que
allanar casas, que perseguir por azoteas a sus contrarios, y que rechazar en
las calles los ataques de alguna caballería; y al cabo de seis horas de lucha y
con 28 bajas, el expresado cuerpo, falto de municiones, se vio en la necesidad
de retroceder a palacio.
La revuelta popular
duro los días 14 y 15 y la corporación municipal, que había tratado con Scott a
nombre de la ciudad inerme, excitó al pueblo a deponer su actitud hostil en
obsequio de la tranquilidad y la seguridad común. Con motivo de ello, Santa Anna dirigió el 15
desde su escondijo de la villa de Guadalupe un extrañamiento al alcalde Reyes
Veramendi y a los concejales, amenazándolos con tratarlos de traidores si
continuaban a apaciguar el entusiasmo de los ciudadanos; y ordenando que se
disolviera la Corporación. Olvidó Santa
Anna que su autoridad respecto de la ciudad y del Ayuntamiento había cesado la
madrugada del día 13, y que desde entonces el primer deber de los munícipes
consistía en cumplir y hacer cumplir a aquello que en nombre de sus comitentes (ciudadanos) se comprometieron para salvar las
vidas y los intereses del vecindario. Si la parte del pueblo que se alzó en armas
obedecía a un sentimiento noble y patriótico, el Ayuntamiento al procurarla
cesación de hostilidades cumplía las más sagradas obligaciones de su cargo
respecto de la ciudad.
Septiembre 15 1847
Con la toma de las
garitas, puede decirse que cesó la resistencia.
El mayor desaliento reinaba por lo que Santa Anna, impelido por su
naturaleza, como siempre decidió huir marchando precipitadamente rumbo a
Puebla, deteniéndose en la Villa de Guadalupe, y dejando al Ayuntamiento para
que demandara garantías a los vencedores, como lo hizo. Aunque Santa Anna designó personas para que
se encargaran del poder ejecutivo, sus órdenes no fueron obedecidas, sino que el
licenciado don Manuel de la Peña y Peña, por ministerio de ley y como
Presidente de la Suprema Corte de justicia, se hizo cargo de la Presidencia de
la República, marchando a Querétaro declarada provisionalmente capital de la
República, a establecer su gobierno. El
Ayuntamiento de la ciudad de México hizo entrega del Palacio Nacional a los
invasores yanquis.
Seis mil
estadounidenses únicamente, ya que tres mil murieron o quedaron heridos en las
batallas del Valle de México, ocupaban la capital. Santa Anna, quien conservó la comandancia
general del ejército, evitó enfrentárseles y marchó sobre Puebla ocupada
entonces por quinientos angloamericanos.
El ataque fracasó por haber desertado la mayoría de los soldados
mexicanos y renunciando al mando del ejército se retiró casi sólo a
Tehuacán. Aparentemente quería
trasladarse a Guatemala y para esto necesitaba pasar por Oaxaca pero el
gobernador del Estado, licenciado don Benito Juárez, le prohibió pisar tierra
oaxaqueña. En Tehuacán estuvo inactivo
varias semanas, hasta que huyó cuando le avisaron que se acercaba un escuadrón
de texanos deseosos de vengar las matanzas de El Alamo y Goliad. Anduvo
escondiéndose por varios pueblecillos, hasta que el 9 de abril de 1848 se le
permitió embarcarse en La Antigua, Veracruz, y trasladarse al exilio en la
colonia inglesa de Jamaica.
El agresor sufrió
mayores daños de los que podían esperarse dada la debilidad de su víctima. La guerra costó a los Estados Unidos 130
millones de dólares, una cifra astronómica para la época y las
circunstancias. Necesitó movilizar
noventa mil hombres, de los cuales murieron en acciones de guerra doce mil
quinientos y once mil por efectos de la “maldición de Moctezuma”, o sea la
diarrea y la disentería. En cuanto a las
bajas de los mexicanos no hay cálculos confiables que permitan establecer el
número de ellas, pero con seguridad que fueron muchísimas menos que los 23,500
gringos muertos en México.
Continuará en la vigésima parte.




























