Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Además del acoso de la opinión pública, en el ánimo de Napoleón III
obraba el temor de que Prusia, cuyo poderoso ejército había sido incrementado y
reorganizado por el canciller de Hierro alemán, Otto Von Bismark, iniciara en
un plazo no muy largo la guerra contra sus enemigos tradicionales, como Francia
(En efecto, en 1870 los franceses fueron aplastados por los prusianos alemanes
en la batalla de Sedan).
Por añadidura, del suave apremio con que, en los días que terminaba la
guerra de secesión de los Estados Unidos, Mr. Seward, Secretario de Estado del
Presidente Lincoln, había comenzado a solicitar el retiro de las tropas
francesas de México. Hacia fines de
1865, cuando los Estados Unidos ya estaba recuperándose de los estragos
bélicos, tajantemente exigió fijar fecha precisa para la evacuación. Era poco probable que los Estados Unidos
mandara a su ejército a expulsar de México a los franceses, pero le sería fácil
proporcionar a los republicanos mexicanos cantidades importantes de armas y
municiones, además de oficiales, para que los invasores se viesen forzados a
volver a su patria.
Acosado así en tres frentes, Napoleón III tercero anunció en el
Parlamento que, cumplida su generosa misión civilizadora en México, las tropas
francesas serían repatriadas en el plazo más breve. Así las cosas, en carta fechada el 22 de
enero de 1866 a Maximiliano, aparte de anunciarle la terrible noticia del
retiro de las tropas, explicó que la repatriación se llevaría a cabo en etapas
sucesivas, para evitar que se perturbara la tranquilidad pública y se pusiera
en peligro el imperio (el de Maximiliano).
Al final sólo quedaría al servicio del emperador la Legión Extranjera
con ocho mil hombres. Maximiliano
reprochó a Napoleón en una carta su poca seriedad en el cumplimiento de los
Convenios de Miramar, celebrando entre ambos cuando aceptó ir a México como su
gobernante con su apoyo militar y económico.
Como respuesta se le dijo que el primero en violar los convenios había
sido él, por no pagar las sumas que adeudaba al gobierno francés, y porque no
se vislumbraban probabilidades de que en un plazo razonable llegase a estar en
condiciones de solventar sus compromisos.
Napoleón III aprovechó la coyuntura (oportunidad) para dar por terminado
el Convenio de Miramar, arrojando toda la responsabilidad a la patética
personalidad de Maximiliano y así presentar ante Europa como una retirada digna
y decorosa, lo que en realidad había sido un fracaso su capricho monarquico en
México.
La comunicación de Napoleón III, participando a Maximiliano la retirada
de las tropas francesas cayó como un rayo en la corte imperial. El emperador de México, en el primer momento,
se inclina a abdicar; pero Carlota no se resigna a volver a Europa desempeñar
un papel secundario: “A contemplar el mar desde una roca en Miramar hasta
envejecer, jamás”. Carlota se enardece
ante la sola idea de la abdicación y volver a Europa fracasados y sufrir la
conmiseración y burlas de la gente.
Entonces propone a Maximiliano ir ella personalmente al viejo mundo, a
exigir a Napoleón el cumplimento de sus compromisos, la revocación de la orden
de retirada del ejército francés, y la ayuda financiera; y a entrevistar al
Papa para el arreglo del concordato.
En la mañana del 8 de julio de 1866, cuando se cumplían dos años de la entrada triunfal a México, la valerosa mujer se embarca con un corto séquito, rumbo a Francia. Sólo a grandes rasgos conocería el marido los detalles sobre aquella terrible experiencia: la fría recepción que le dieron los franceses y la manera insultante con que Napoleón III y Eugenia, la emperatriz, rehuyeron entrevistarse con ella hasta que ya no les fue posible escabullirse y enfrentaron a la mujer enfebrecida que, recurriendo al llanto, a las súplicas y hasta a las palabras duras, les imploró y exigió que siguieran ayudando a Maximiliano; la forma como el interpelado, nervioso y avergonzado, se negó a modificar su posición y se limitó a sugerir que abdicasen y retornaran a Europa.
El desenlace ocurrió cuando Carlota siguió su viaje a Roma, en un
fallido intento por conseguir el apoyo del Papa para hacer recapacitar al
emperador francés y negociar un concordato que pusiera fin al conflicto eclesiástico
contra Maximiliano; (Concordato: Convenio solemne entre la Santa Sede y la
autoridad suprema de un país, para reglamentar las relaciones mutuas entre la
iglesia católica y el Estado). El Papa
Pio IX le envió un cardenal al hotel de Roma donde se hospedaba. Éste leyó una relación de los daños que
Maximiliano había hecho a la iglesia de México:
“No acepto tal respuesta, quiero que el Papa me lo diga personalmente”
tal fue la respuesta al cardenal quien finalmente logró le concedieran una
audiencia con el Sumo Pontífice, pero la respuesta fue la misma. Fue en esos momentos que empezó a manifestar
arranques de locura insistiendo en que la querían envenenar. Irracionalmente, se negó a volver al hotel y
no hubo más remedio que dejarla dormir en el Vaticano; esa fue la única vez que
una mujer duerme en el Santa Sede.
Pidieron ayuda a la madre superiora del Convento de San Vicente, que con
la excusa de invitarla al orfanato que ella dirigió alguna vez, logró
llevársela.
De allí en adelante la locura se apoderó de ella. Su hermano Felipe, el conde de Flandes, vino
de Bruselas para llevársela a Miramar. ---Maximiliano me quiere matar porque no
he podido darle un heredero---. Maximiliano
ni siquiera fue informado de que, después de salir de París, Carlota empezó a
tener arranques de locura: decía estar
rodeada de espías franceses y padecía terrores de que la envenenaran. Sólo a mediados de octubre, por telegrama, el
emperador recibió aviso de que su mujer había sufrido en Roma una congestión
cerebral, por lo que la habían trasladado a Viena. En julio de 1867 Carlota fue llevada por su
familia a Bélgica. Se dispuso para ella
el piso bajo del castillo de Bouchout
una de las más bellas propiedades de la corona.
La reina María Enriqueta, la esposa de Leopoldo II, quiso hacerse cargo
de su infortunada cuñada. Hasta los 86
años de edad vivió Carlota. Murió
víctima de la influenza el 18 de enero de 1927.
Jamás recobró la razón.
Entre tanto, el mariscal Bazaine ordena la concentración de las tropas
francesas para embarcarlas y esto hace que las tropas republicanas vayan
ocupando, casi sin combatir, varias ciudades de importancia. El 15 de junio de 1866, el general Mariano
Escobedo vence a los imperialistas en Santa Gertrudis; el coronel Martínez,
después de triunfar sobre el francés Jaeningros, en Cerralvo, Nuevo León,
marcha sobre Matamoros, y el general imperialista Mejía que defiende la plaza,
se ve obligado a capitular el 23 del mismo mes.
Las fuerzas liberales ocupan Monterrey y Saltillo, después de ser
evacuadas por los franceses. San Luis
Potosí, después de evacuadas por los franceses. San Luis Potosí,
Hermosillo y Guaymas, y bien pronto el gobierno de la República queda en
posesión de toda la frontera con Estados Unidos. Los guerrilleros que durante la intervención
se han levantado en armas como en la guerra de independencia, se van agrupado
en torno de los jefes más prestigiados, y consumando heroísmos y cometiendo
atrocidades, pero incansables siempre.
El general Ramón Corona obtiene ventajas considerables sobre unos y
otros, en Sinaloa y Jalisco; Porfirio Díaz en Oaxaca, y Regules, Riva Palacio y
otros en Michoacán. Es como una marea
que va subiendo, y que acabará por tragarse al gobierno imperial.
Así las cosas, recibe
Maximiliano la fatal noticia de la locura de la emperatriz, así como la
negativa de sus amigos de Europa para auxiliarlo, y se mantiene algunos días
aislado de todo el mundo, resolviéndose luego a abdicar y embarcarse con el
general Bazaine y las tropas francesas en retirada y que aún no han partido. Con este objeto y esla mañana y escoltado por
trescientos húsares austriacos, avanzando por las orillas de la capital y
procurando no hacerse notar, Maximiliano sale de la ciudad de México con rumbo
a Orizaba. Allí recibe noticias de
Europa que le hacen vacilar en su resolución.
El barón De Lago,
ministro de Austria en México, le comunica que el emperador austrohungaro, su
hermano Francisco José, no le permitirá entrar en sus dominios, y aún ha dado
órdenes de que se le aprehenda si en ellos se presenta. Por otra parte, su madre, la archiduquesa Sofía,
le escribe que haga honor a su raza, y primero se sepulte bajo los escombros de
México, que sujetarse a las exigencias del miserable emperador de los franceses
Napoleón III, volviendo a Europa entre los bagajes del ejército francés.
El mariscal Bazaine
lo apremiaba a continuar hasta Veracruz, entregar su abdicación a cualquier
autoridad local y embarcarse. Claro, reflexionaba
Maximiliano: con eso podrían anunciar en Europa que, por la abdicación, la
presencia de las tropas francesas había dejado de tener objeto, y Napoleón se
ahorraría la vergüenza de exhibir ante el mundo el fracaso de su aventura en
México y como el político desleal que abandona al socio en peligro.
Continúa en la décima novena parte.





























