Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Por fin, la pareja
imperial continúa su viaje y en los siguientes tramos del camino a México,
empezaron a toparse con agradables sorpresas:
tupidos bosques de hermosos árboles; nopaleras, magueyales, manchas de
bisnagas y otras cactáceas; parvadas de guacamayas, colibríes y gran variedad
de extraños pájaros; mantos de hortensias silvestres, orquídeas y olorosas
flores de color encendido, sin faltar las hermosas amapolas; ríos y arroyuelos
de aguas transparentes, nubes de mariposas recortándose sobre la nieve del Pico
de Orizaba, y finalmente, ya muy cerca de México, las siluetas del Popocatépetl
y el Iztaccihuatl.
Pero el viaje a
México no estuvo exento de problemas e incomodidades pues mientras el trayecto
duró hasta donde terminaba la vía férrea, el resto del viaje continuó en
diligencias tiradas por mulas a través de caminos atroces; los seguía su
séquito compuesto de 100 personas. En
las márgenes del Río Chiquihuite, que estaba crecido, una de las ruedas de la
calesa del emperador se hizo pedazos y pasaron momentos muy desagradables.
En Córdoba, los
indios los recibieron en masa con antorchas encendidas y gritos de Júbilo,
rodeando al emperador para verlo de cerca. ¿No sería este hombre de barba
rubia, según la antigua creencia transmitida de siglo en siglo, la
reencarnación de Quetzalcóatl, el prestigioso soberano, el misterioso salvador
que aparece y desaparece diciendo que volverá?
Los indios los agasajaron con discursos y una gran cena preparada en su
honor.
En Puebla los
recibieron con una gran recepción. Las
calles estaban engalanadas con flores y banderas imperiales. ¡Viva Napoleón! ¡Viva el emperador
Maximiliano! Vitoreaban. Los monarcas quisieron mostrar un signo de afecto
hacia sus súbditos, pero les advirtieron que desistieran: ---esta región está
azotada por la viruela y es altamente contagiosa. Las jubilosas manifestaciones de Orizaba,
Córdoba y Puebla, fueron como un magnifico preludio para la apoteósica
recepción de la ciudad de México: el país abundaba en elementos con los cuales
podrían reverdecer la gloria de los Habsburgo que rigieron a la Nueva España
por espacio de dos siglos. Y a
Maximiliano correspondería el honor de revivir esa gloria.
De Puebla pasaron a
Cholula. Las alturas les hacían sangrara
la nariz. Después de un descanso, la
marcha se reanudó en dirección a la Villa de Guadalupe. ---Deseo oír misa ante
la milagrosa virgen ---dijo el emperador.
Carlota y él conocían la historia de la virgen y el humilde indio Juan
Diego. La capilla esta situada a tres
millas de la ciudad de México. La
ceremonia religiosa fue breve. Al salir
se encontraron con una multitud que había venido desde la capital a recibirlos.
Los soberanos abordan en la Villa de Guadalupe el carruaje
dorado y con decoraciones en rojo, que ya había sido reparado para que hiciese
su entrada triunfal a la ciudad de
México. La caravana inició su viaje
entre el estruendo de cañonazos y el repique de campanas. Al frente marchaban los lanceros de la
emperatriz, jefaturados por un coronel mexicano, y seguidos por los cazadores
de África con sus vistosos uniformes, así como los húsares, con uniformes más
vistosos aún; tras la carroza imperial avanzaban más de doscientos carruajes
con lo más granado de la sociedad capitalina y seiscientos charros con su traje
de gala, montados en magníficos caballos.
Poco después hacen su entrada triunfal a la ciudad de México, donde se
les ofrece una magnifica recepción, siendo delirante el entusiasmo de las altas
clases sociales, que se esmeraron junto con el ejército francés, en disponer
arcos de triunfo, himnos y lluvias de flores.
En el atrio de la
Catedral aguardaban a los soberanos el Arzobispo don Antonio Pelagio de
Labastida y Dávalos y los obispos de Michoacán, Querétaro, Oaxaca y
Tulancingo. Tras asistir al
reglamentario Te-Déum, y se llevó a cabo la coronación en el altar mayor. Allí Maximiliano prestó juramento de
fidelidad. Después todas las campanas de
las iglesias comenzaron a repicar. En seguida los emperadores pasaron bajo
dosel y sobre alfombra roja al Palacio Imperial (antes Palacio Nacional,
antes Palacio de los Virreyes y antes
Palacio de Cortés) para sentarse por primera vez en el trono. Por la noche hubo verbena popular en el
Zócalo; todas las casas y edificios visibles estaban iluminados y Maximiliano
tuvo que salir varias veces al balcón central para agradecer las aclamaciones.
Pero en México nada
podía salir completamente bien. La cama
designada a Maximiliano en el palacio imperial estaba llena de chinches y el
soberano tuvo que pasar la noche sobre una mesa de billar. En su alcoba, contigua a la del marido,
Carlota también dormitó sobre un incomodo sillón. Desde el viaje que Maximiliano había hecho a
Brasil, ellos no dormían juntos. Se
decía que él había contraído una enfermedad venérea y no quería contagiar a su
esposa. En realidad estaban separados en la intimidad, el papel oficial era el
único lazo que los unía. La ambición de
Carlota estaba satisfecha, pero en el amor estaba frustrada. Finalmente ellos decidieron instalarse en el
castillo de Chapultepec, residencia imperial próxima a la capital. El castillo edificado entre 1785 y 1787
necesitaba reparaciones, y la veta creadora de Maximiliano cobró nuevo
ímpetu. Como dato final y adicional se
consigna que sólo los gastos de recepción, unidos a algunas obras hechas en el
palacio (que no incluyó la limpieza y el cambio de colchones en las camas de la
alcoba imperial), importaron $336,473.00.
Cumpliendo con los
compromisos contraídos con Napoleón III, y siguiendo sus propias, Maximiliano
comenzó a formas su círculo político, principalmente de liberales moderados con
enorme disgusto de los conservadores, que esperaban que inaugurara una política
ciegamente reaccionaria. El gabinete
imperial quedó integrado de la siguiente manera: Ministro de Estado, don
Joaquín Velázquez de León (conservador); Ministro de Relaciones, don José
Ferández Ramírez (liberal); Ministro de Gobernación, don José María González de
la Vega (conservador); Ministro de la Guerra, don Juan de Dios Peza (liberal).
El gobierno imperial
era tan costoso que resultaba imposible su sostenimiento dado el estado
económico del país. El Emperador tenía
asignado para sus gastos $1,500.000.00 (un millón y medio de pesos) anuales, y
la Emperatriz $200.000,00 (doscientos mil pesos) anuales; esto sin contar con
el sostenimiento de la corte e innumerables empleados, por lo que los
presupuestos eran mucho mayores que los de cualquiera de los gobiernos que
hasta entonces habían regido al país.
El castillo de
Chapultepec necesitaba muchas reparaciones y entre los proyectos de Maximiliano
figuraban proyectos de remodelación muy parecidos a los de su castillo de
Miramar, encargando los trabajos a varios famosos arquitectos, entre ellos al
reputado Rodríguez Arangoity. Se redujo
el espeso bosque en la parte superior del castillo para abrir calzadas y
extendieron una avenida desde las puertas del castillo hasta la Catedral que
llamaron Paseo de la Emperatriz (hoy, Paseo de la Reforma). Los Emperadores se transportaban en un
carruaje tirado por mulas y a Maximiliano eso le pareció indignante, y ordenó
un gran pedido de finos caballos al mejor criadero de Austria, no sólo para su
carruaje sino para poblar las caballerizas imperiales.
Aunque la situación
militar era favorable al imperio, ya que estaban ocupadas por los franceses
casi todas las ciudades de importancia, Maximiliano tenía que luchar con
grandes dificultades provenientes del clero y los conservadores que habían
contribuido a su fundación, y esperaban que el Emperador inaugurara una
política netamente reaccionaria, derogando cuantas leyes y decretos habían sido
dictadas durante los gobiernos liberales, y habían mostrado oposición de parte
de las autoridades eclesiásticas. Para entonces ya Maximiliano había recibido
la visita del arzobispo de México. monseñor Antonio Pelagio Labastida y
Dávalos, el cual también le pidió y hasta le exigió que promulgara las órdenes
de reintegración de los derechos y las propiedades de la iglesia confiscados
por Benito Juárez
Pero como Maximiliano
era un príncipe liberal, y además tenía compromiso con el Emperador francés
Napoleón III de fundar también un imperio liberal, era imposible que siguiera
las aspiraciones clericales y conservadoras, tanto más cuanto comprendía que
casi todas las leyes de Reforma eran una verdadera necesidad para el progreso
de la nación; por esto se inclinaba a celebrar un concordato con la santa sede
poniendo al clero a sueldo del Estado como en Francia, y manteniendo la ley de
desamortización, revisando únicamente las adjudicaciones fraudulentas de bienes
eclesiásticos.
Estas ideas iban a
estrellarse ante la intransigencia de los altos dignatarios de la iglesia
mexicana, que no sólo se opusieron a ella con todas sus fuerzas, sino que
influyeron ante el Papa para que éste obligara a Maximiliano a derogar todas
las leyes que afectaran de alguna manera al clero mexicano. Por tanto el clero y los conservadores,
disgustados con Maximiliano se tornaron en los enemigos de él y de su régimen,
que no salvaguardaba sus intereses ni les permitía dar rienda suelta a sus
deseos de venganza, contra Juárez y los liberales.
Así las cosas, cuando
llegó el nuncio pontificio, monseñor Meglia, el 7 de diciembre de 1864,
Maximiliano le dijo que lo único que podía hacer era proponer al Papa un
concordato (convenio solemne entre la
Santa Sede y la autoridad suprema de un país, para reglamentar las relaciones
mutuas entre la Iglesia Católica y el Estado); pero el delegado papal se negó
entrar en negociaciones, alegando que carecía de facultad para ello, exigiendo
pura y simplemente la derogación de las leyes de desamortización y todas
aquellas que de una y otra forma afectaran a la clerecía católica; dicho de
otra forma, que la exigencia papal no era negociable, y que debía cumplirse al
pie de la letra.
Entonces Maximiliano,
exasperado por aquella resistencia, promulga varios decretos reformistas; uno,
declarando la religión católica como religión del Estado, y asegurando la
tolerancia de todos los cultos; otro, encargando al Consejo de Estado que
revise las actas de desamortización y nacionalización de los bienes
eclesiásticos y revalidando las que sean regulares; otro más, obligando a los
eclesiásticos a prestar sus servicios gratuitamente; y finalmente, sujetando
las bulas y breves pontificios al pase o “exequatur” (autorización que concede
un jefe de Estado a un diplomático extranjero para que ejerza sus funciones)
del Ministerio de Justicia. Con estos
mandatos Maximiliano hacía suyas todas las disposiciones de Juárez respecto de
las Leyes de Reforma.
CONTINÚA EN LA DÉCIMA SEXTA PARTE

























