Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
LOS DOS EJÉRCITOS.
Las siguientes consideraciones se refieren a
la situación del ejército mexicano en los tiempos inmediatamente anteriores al
inicio de la guerra México-Estados Unidos.
No se necesita ser
profeta para augurar el resultado de la lucha entre México y los Estados
unidos; pues bastaba comparar el estado en que se encontraban ambos países para
saber quién quedaría triunfante. Cierto
que “el patriotismo voncinglero”, (algo que grita muy fuerte y habla mucho y
vanamente) como lo ha llamado Roa Barcena, nos hacía creer que éramos los
primeros soldados del mundo, a pesar de nuestros fracasos en Texas y en la
primera guerra con Francia; pero los mexicanos pensadores de todos los partidos
preveían lo que iba a suceder.
Aunque México tenía
un enorme presupuesto de guerra, carecía verdaderamente de jefes
propiamente dignos de ese nombre. Las
fuerzas invasoras eran superiores físicamente, por su armamento, por su
artillería, por el arreglo y precisión de su parque, por la abundancia de
víveres y dinero, por sus transportes, por su disciplina, por su instruida
oficialidad y por su reclutamiento.
Nuestras fuerzas eran
valientes, pero reclutadas de leva, sin confianza en sus jefes y oficiales; su
armamento era anticuado; la artillería vieja y obsoleta, de corto alcance, y
generalmente mal manejada; la caballería casi inútil, y sus maniobras de una
lentitud exasperante; no había ambulancias, ni víveres, ni hospitales, ni
transportes propios del ejército. Así,
como un real ejemplo de desbarajuste imperante, en la batalla del Molino del
Rey, los carros y tiros de mulas de las piezas, habían sido retirados a la
ciudad de México por los capataces, en vista sólo de la conveniencia de los
contratistas.
LA MISERIA DE NUESTRO EJÉRCITO.
Los soldados
mexicanos, a los que casi nunca se les pagaba su haber, pero a quienes sus
jefes maltrataban y explotaban, acudían a la deserción en cuanto podían, y aun
se rebelaban con las armas en la mano cuando se les ordenaba marchar, como
ocurrió en la guerra de Texas.
La miseria en que
vivía el ejército a consecuencia de los repetidos cuartelazos era
verdaderamente vergonzosa. Poco antes de la guerra con los Estados Unidos, el
general Micheltorena tenía que vender su cama y sus enseres para dar de comer a
sus soldados carne sin sal; el general Morlet tenía que andar huyendo de sus
acreedores; el general Mariano Arista, a cuyas tropas se llegaron a deber
$342,532.00, decía que: “sus soldados habían aprendido a no comer, táctica que
se ignoraba en todos los ejércitos del mundo”; vaya cinismo.
Hubo lugares en donde la caballería quedó
desmontada, porque no había con que comprar forrajes, y la tropa estaba casi
desnuda, sin uniformes ni cobijas. En
San Juan de Ulúa, estando ya a la vista la escuadra angloamericana, el coronel
Cano se vió obligado a vender a un buque extranjero, cinco cañones de la
fortaleza, para dar de comer a la guarnición.
El poco dinero con que se contaba era bastante apenas para tener
contentos a los generales pretorianos (se decía de aquel soldado con creencias
imperiales) a quienes se temía, para que no se pronunciaran.
LOS JEFES DE NUESTRO
EJÉRCITO.
Nuestro ejército, en
el momento mismo de inicio de la guerra, prácticamente no tenía jefes, ni
disciplina, ni recursos, ni organización administrativa, ni mando supremo, como
lo decía el historiador Francisco Bulnes.
A propósito de la facilidad con que se expedían mandos militares,
contaba el ministro de la guerra José María Tornel, que hubo vez que se le
entumecieron los dedos de firmar tantos nombramientos, y mes hubo en que la
lista del Ministerio de Guerra se pagó con sólo el valor de los despachos extendidos
por él. Comentando estos hechos, dice el historiador don José Fernando Ramírez:
“El entendimiento se aturde al contemplar cómo esta nación ha podido
conservarse después de tamaño desorden.
Más le hubiera valido haberle sacado en préstamo, o cualquiera
contribución, tres millones, que no haberle dejado los elementos de desunión,
de inmoralidad y reacciones que forman esos millares de jefes y oficiales
improvisados”.
El general invasor
Winfield Scott, después de la batalla de Cerro Gordo, decía en una proclama
dirigida a los mexicanos: “El corazón
más duro se llenaría de pesar, al ver los campos de batalla de México, momentos
después de la última lucha. Aquellos a
quienes la nación había hecho generales, sin prestar ningún servicio y pagado
por tantos años, con honrosas excepciones, la habían traicionado con su mal
ejemplo, y su falta de capacidad. En
aquellos campos, entre muertos y moribundos, no se ven pruebas de honor
militar; porque se ven reducidos a la triste suerte del soldado, la misma en
todas ocasiones, desde Palo Alto a Cerro Gordo, de que si muere, queda sin
sepultura, y si es herido abandonado a la caridad y clemencia del vencedor. Los soldados que van a la lucha esperando tal
recompensa, merecen clasificarse entre
los mejores del mundo, ya que no están estimulados por ninguna esperanza de
gloria efímera, de sentimiento o de recuerdo, ni siquiera de reposar en un
sepulcro”.
Refirámonos ahora a
los oficiales de nuestro ejército:
cuando un joven de los que se llaman decentes, es decir, de buena
familia, es demasiado tonto o perezoso para estudiar y licenciarse y ocuparse
en la agricultura, el comercio, la industria o cualquiera otra actividad
económicamente activa, apela al recurso de hacerse fraile o soldado. No le queda más alternativa a la familia que
habilitarlo entre hábito o el uniforme.
Si se decide por el uniforme, la familia remueve cielo y tierra para
conseguirle por lo pronto el grado de subteniente, lo que no le cueste mucho
trabajo al nene, porque basta que el solicitante sepa mal leer y escribir para
que satisfaga los conocimientos que la profesión exige (estamos situados en los
tiempos primarios del siglo XIX). Una
vez que el joven oficial lanzado en los primeros grados, está seguro de hacer
carrera, revolucionando y vendiendo su noble espada conseguida tan
ilegítimamente, a todos los partidos políticos; de este modo llegará sin duda a
general e incluso hasta a presidente de la República.
LA DISCIPLINA DE
NUESTRO EJÉRCITO.
No hay entre los
oficiales uniforme propiamente dicho, ni disciplina, ni respeto por las
conveniencias, por el grado o por el rango.
Un teniente entra a una taberna y pega con la mano a su coronel sobre la
espalda y se embriaga con él. Uno de
estos últimos confesaba que nunca había logrado que sus oficiales fuesen a las
maniobras de instrucción. En efecto, de
lo que menos se ocupan es de su profesión, y como su servicio se limita a muy
poca cosa, pasan su tiempo en las casas de juego o en los lupanares. Un capitán jugó un día su sueldo que acababa
de recibir, jugó luego los galones de su grado y los perdió también, la suerte
le fue tan contraria que finalmente jugó y perdió las charreteras de su
oficialidad.
Tales son las
ocupaciones ordinarias de estas gentes, desde el general hasta el sargento. Como sus sueldos no se pagan con puntualidad,
los señores oficiales tienen a menudo la bolsa vacía y para salir de apuros, el
jefe suele desertar con la caja del batallón, el capitán con la caja de su
compañía y el sargento con los haberes de los soldados. Por los oficiales como
los que dejamos descritos, se comprende que no conocieran sus obligaciones y
que fueran notoriamente incompetentes.
El mismo General Presidente López de Santa Anna, después de las
continuadas derrotas sufridas durante la guerra contra los invasores yanquis,
según cuenta el historiador don José F. Ramírez, decía: “que en su ramo todos los generales, incluso
él, apenas podían ser cabos, y pedía con ansia que se solicitaran algunos
oficiales españoles de los emigrados carlistas de la pasada guerra civil
española, ofreciendo recibirlos con todas las prebendas de la oficialidad
mexicana y garantizados sus empleos”.
LA TACTICA Y LA ESTRATÉGIA.
La torpeza de
nuestros generales queda manifiesta con el poco tino para escoger posiciones,
en la negligencia para asegurar y defender los flancos durante la guerra
norteamericana. En casi todas las
batallas, nuestro ejército estuvo a la defensiva que según los técnicos es el peor sistema que
se puede seguir. La estrategia de
nuestros generales se reducía a interceptar el paso del enemigo, sin cuidar
jamás de organizar la guerra en el terreno que quedaba a la espalda y los lados
del enemigo. Nuestros ejércitos
marchaban siempre con un gran número de mujeres y niños que estorbaban las
maniobras y robaban cuanto encontraban a su paso, dejando un rastro de hombres
y animales enfermos, muertos y rezagados, de quienes nadie se ocupaba.
En campaña los
ejércitos beligerantes no son nunca numerosos, pues desde que el soldado huele
la pólvora, arroja sus armas y deserta con más facilidad y en mayor número que
en tiempos de paz. Después de tres o
cuatro meses de preparativos, si la colisión llega a ser inevitable, el gran
ejército de operaciones marcha contra el enemigo, si el enemigo que se va a
atacar está a cien leguas (400 kilómetros), la marcha dura dos o tres meses
y ¡que marcha! O más bien ¡que desorden! En fin, el enemigo es alcanzado, nada de
disposiciones estratégicas, nada de maniobras que aconseja la prudencia o que
denotan la habilidad de un jefe, inmediatamente y casi a discreción se decide
intercambiar la fusilería; en todo caso la acción no dura largo tiempo, pues en
cuanto uno de los contendientes ve caer a unos treinta de los suyos, cede el
terreno y una vez rechazado no intenta reorganizarse ni restablecer el combate,
el desorden es general y se convierte en un “sálvese quien pueda” donde los
primeros son los jefes y oficiales.
Continua en la vigésima quinta parte.































