Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
SÍNTESIS DE LA INVASIÓN:
Llegamos al punto
final de la tristísima campaña. Flamea
el odioso y arrogante pabellón de las barras y las estrellas en el Palacio
Nacional de la República Mexicana.
Miremos en conjunto la memorable campaña, gloriosa y triste, la pugna
desigual, con sus ejemplos magníficos.
Nuestros desastres se
inician en las primeras batallas de Palo Alto y la Resaca de las palmas, notándose
desde luego la abominable discordia que existía entre unos y otros generales,
henchidos todos de fatuidad, creyéndose cada uno de ellos superior a los demás,
surgiendo por lo tanto, envidias y egoísmos feroces.
Y llegaron las
derrotas, y todo el orgullo nacional contagiado enfermizamente de una
arrogancia incalificable, sufrió gran desencanto, y ante la retirada ---la
fuga, mejor dicho--- de las tropas que pelearon más allá del Bravo, la nación
quedó estupefacta, y la desmoralización del ejército fue inmensa. El enemigo que nunca soñara tan fáciles
triunfos ---Palo Alto y Resaca de la Palma---, avanza, pasa el gran Río, ocupa
tranquiñamente Matamoros, y reforzado y victorioso, va a apoderarse de la bella
Monterrey.
Allí se ha
concentrado nuestro batido Ejército del Norte, reforzándose con tropas llegadas
del centro del país; pero minadas ya por la desconfianza que origina en ellas
los constantes y súbitos cambios de jefes superiores. Monterrey se defiende al fin, heroicamente,
durante cuatro días, resistiendo en los primeros, con gloria, furiosísimos
ataques, hasta que, comprendiendo el jefe mexicano, general Pedro Ampudia, la
inutilidad de seguir con más tiempo la resistencia, capitula con su guarnición,
retirándose con las banderas desplegadas y a tambor batiente, hacia el interior
de la República.
Entonces, mientras
nuestras tropas marchaban penosamente, batidas de nuevo, faltas de víveres y
más y más desmoralizadas, dejando en los caminos, en arenales y malezas, su
ánimo y su sangre, entonces el invasor, por el contrario, aseguraba formidable
línea de operaciones en el norte, ya de espaldas al Río Bravo, entre Monterrey
y Saltillo, a las órdenes del general Zachary Taylor, en tanto que la escuadra
angloamericana con sus formidables buques, se disponía a amenazar Tampico,
habiendo declarado desde antes, bloqueados todos nuestros puertos.
De la capital de la
República, tras vergonzosas conmociones políticas que sobajan el poder de
resistencia de la Nación, minados por ambiciosos partidos que el retrógado
presidente alentara, sale Sant Anna conduciendo el ejército que se había
reunido en el interior de México, hacia San Luis Potosí, para efectuar allí una
gran reconcentración y reorganización general, con la mira de dirigirse
ofensivamente contra el ejército de Taylor.
Van llegando las tropas a San Luis, con piquetes de diversos cuerpos y escoltas
que conducen el contingente de sangre de algunos Estados, reuniéndose en la
digna ciudad innumerables jefes militares, altos personajes civiles, y ricos
contratistas y comerciantes.
El general Santa Anna
intenta constituir un disciplinado ejército e instruido ejército, más por
desgracia, , y en honor a la verdad, ni Napoleón Bonaparte hubiera podido en
aquellas circunstancias verificar semejante prodigio. Baste decir que en resumen faltó: tiempo y dinero. Ni armas, ni equipo, ni víveres suficientes
se pudieron reunir, y como por otra parte, el tiempo apremiaba y la prensa de
México, rabiosamente frenética, hacía llover sobre el ejército, como siempre lo
hacía, insultos y anatemas, hubo que lanzarse a través del desierto, después de
largas y penosísimas jornadas, hasta chocar sangrientamente contra el potente y
disciplinado adversario en las ásperas lomas de La Angostura; el 22 de febrero
de 1847.
Allí la victoria
prácticamente estaba ya en nuestras manos al terminar el día; pero la mano
negra de la traición de nuestro general presidente con el fútil pretexto de
verse aplastado si continúa la batalla al siguiente día cuando ya Taylor
ordenaba preparar la retirada de sus fuerzas, Santa Anna retrocede ignominiosamente,
sufriendo en la retirada mayores pérdidas que las que hubiera tenido perdiendo
la jornada que no quiso arriesgar; y si
a esto se agrega el haber ordenado por el mismo Santa Anna el abandono de
Tampico, puerto que se había fortificado espléndidamente, se comprenderá todo
el avance estratégico de los invasores.
Éstos, desde antes de
la Angostura, en virtud de órdenes de su control director, cambiaron su teatro
de operaciones, trasladándolo del norte al oriente, tomando como base para
desembarque en Veracruz, y el mismo Tampico, que les regaló nuestro insigne
general presidente , por decirlo así, a nuestros enemigos; una muestra más del
enemigo en casa. Y principiaron los
terribles acontecimientos de Veracruz que fue abandonada a su heroica
población, que no tuvo más remedio que el de su propio y alto civismo; y ya
vimos con cuanto denuedo resistió en la ciudad el diluvio de bronce y fuego con
que fue bombardeada. Y días antes, la capital de la República continuaba con un
ejército de cuerpos veteranos y Guardias nacionales inmovilizados en lugar de
estar en Veracruz defendiendo la soberanía nacional. En aquel tiempo el
gobierno mexicano contaba con un cuerpo de las llamadas guardias nacionales,
que al igual que hoy no era más que un apéndice del ejército. Después, mientras que Scott se disponía a
avanzar sobre México, Santa Anna, arrogante como siempre, anatematiza, con una
fingida indignación, la capitulación de Veracruz, como lo hizo con Monterrey, y
en una proclama dice que irá con los restos del ejército a vengar la deshonra
de la caída del hermoso puerto. Escoge
el punto llamado Cerro Gordo para resistir al ejército de Scott.
El jefe de ingenieros
mexicanos junto con los jefes militares del ejército, tratan de hacer
comprender al general presidente las inconveniencias tácticas de aquella
posición, fácilmente envolvible contra nuestras tropas, y más aún, cuando se
acumulan todos los elementos de combate sobre la derecha del punto, debiendo,
por el contrario, protegerse el lado izquierdo de nuestras líneas. Más, irguiéndose el imbécil orgullo de Santa
Anna, le vemos tender sus fuerzas a uno y otro lado del camino de Veracruz, y
tras breve combate, herida de muerte nuestra debilitada ala izquierda, lleve de
la batalla con su dominante cima del cerro del Telégrafo el que fue abandonado
por Santa Anna, envueltas las posiciones mexicanas ---tal como lo vaticinaron
los ingenieros militares--- y cortado a su ejército la retirada, cae destruido
y totalmente masacrado por un potente y moderno ejército que por añadidura se
encontró con todas las facilidades que les obsequió su gran aliado Santa Anna.
¡Pleno aniquilamiento! Que retumbó en
todos los ámbitos de la República mexicana.
Santa Anna, como
siempre, huye prófugo como un forajido, y va a refugiarse entre nubes de
dispersos, a Orizaba, en tanto que la caballería, que no había combatido, se
abrigaba en Chalchicomula abandonando el fuerte de Perote, el cual cae
enseguida en poder de los invasores.
Enseguida nuestros perseguidos soldados llegan a Puebla la que tiene que
abandonar por la llegada del invasor, hasta concentrarse todos los elementos
disponibles para la defensa nacional en el valle de México, en el país
gangrenado por los odios políticos, incapaz al parecer, en su crisis generalizada, de cualquier energía
para seguir defendiéndose. El ejército
invasor continúa, lenta y triunfalmente sus etapas, dejando pasar días y días
sabedor del debilitamiento de las defensas mexicanas y confiando en el elemento
infiltrado en las filas mexicanas y que les facilitará sus acciones militares.
Sencillo es el plan
de Santa Anna: por el norte sostener el ataque contrario concretamente por El
Peñón que es por donde espera la acometida de Scott, en tanto que la reserva,
compuesta por el resto del ejército del norte, recién llegado de San Luis
Potosí, embestiría las columnas asaltantes por un flanco, hasta que llegado el
instante preciso, acometiera la intacta caballería que debía estar a la
expectativa de los combates en el valle, colocándose siempre a retaguardia del
enemigo. Y ya vimos como Scott rehúye
hábilmente el Peñón, fortificado con grandes construcciones y guarnecido con la
flor y nata de la población de México, para correrse hacia el sur, entre la
cordillera y las lagunas del valle, llegando a Tlalpan, desde donde pudo lanzar
directamente sus columnas sobre la capital.
Ante tales
movimientos, nuestro ejército del norte pasa de oriente a poniente, ocupando
San Ángel y con orden de vigilar el flanco izquierdo del adversario. El jefe mexicano, general Valencia, quien de
observación en las lomas de Padierna, primero no acepta resistir en ellas, y al
fin, cuando se le ordena abandonarlas, insiste en defenderlas. Y despréndense las columnas americanas sobre San
Ángel, y verifícase la batalla de Padierna, que estuvo a punto de ser ganada
por nuestras armas, si las tropas de Santa Anna hubieran caído, como pudieron
hacerlo fácilmente, sobre la retaguardia de las fuerzas enemigas que envolvían
a la división del norte. En la punta de
la espada de Santa Anna estuvo el triunfo de nuestras banderas, un relámpago de
mando hacía el bosque de San Gerónimo y la batalla se hubiera ganado. Esta vez, como en La Angostura, la victoria
tendió sus alas sobre nuestro ejército, iba a abrigarlo ya con ellas cuando el
criminal egoísmo de ese hombre que no permitía que otro general ganara una batalla
antes que él, hizo volver aquella espada que hubiera sido el triunfo a la
vaina, determinando la funesta derrota; otra vez el enemigo infiltrado en el
mando de nuestras filas cumplió con lo pactado con el presidente Jackson.
CONTINÚA
EN LA VIGESIMA SEGUNDA PARTE.