Rafael Urista de Hoyos / Historiador
La Junta Superior de gobierno debería elegir tres personas propietarias y dos suplentes que se encargaran del poder ejecutivo, los que escogerían a su vez doscientos quince entre los más distinguidos del país, por su nacimiento, ilustración o riqueza, a fin de que fueran quienes determinaran la forma de gobierno que convenía a México. Así quedaron nombrados para encargarse del ejecutivo, el 21 de junio de 1863, los generales Juan Nepomuceno Almonte y Mariano Salas, juntamente con el arzobispo de México, Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos; y como éste se encontraba ausente, se nombraron suplentes al obispo de Tulancingo, Don Juan B. Ormachea, y a Don Ignacio Pavón.
Enseguida se reunió
la junta de notables que bajo la presidencia del licenciado Teodosio Lares,
aprobó el 10 de julio por unanimidad, las siguientes proposiciones: “1ª La Nación Mexicana adopta por forma de
gobierno la Monarquía moderada hereditaria, con un príncipe católico. 2ª- El soberano tomará el título de Emperador
de México. 3ª- La corona imperial de México se ofrece a S. A. I., el príncipe
Fernando Maximiliano, Archiduque de Austria, para sí y sus descendientes. 4ª- En el caso de que por circunstancias
imposibles de prever, el Archiduque Fernando Maximiliano no llegare a tomar
posesión del trono que se le ofrece, la Nación Mexicana se remite a la
benevolencia de S. M. Napoleón III
Emperador de los franceses, para que le indique otro príncipe católico”.
Elegida así la forma
de gobierno monárquico, los miembros del poder ejecutivo comenzaron a funcionar
como regentes del imperio; mandándose desde luego una comisión de mexicanos a
Miramar, a que ofreciera formalmente la corona imperial de México, al
archiduque Fernando Maximiliano. Según
el mariscal Bazaine, fue necesario que los franceses pagaran los pasajes de los
comisionados.
Apenas instalada la
regencia, se inició una verdadera reacción clerical, a la que tuvo que poner
coto el mariscal Forey, secundando las órdenes de Napoleón, a quien el
primeramente citado, escribía: “concedo que se honre a la religión y a sus
ministros, aunque éstos en este país no sean siempre muy honorables. . . pero
es de temer que se vaya muy lejos poniéndose el gobierno a los pies del
clero”. Esto originó una verdadera pugna
entre la regencia y los conservadores, con el jefe del ejército francés.
Era el archiduque
Maximiliano, hermano del emperador de Austria-Hungría Francisco José (emperador
de Austria y rey de Hungría), y había sido antes gobernador de la provincia
Lombardo Veneto, y jefe de la marina austriaca, a la que había hecho
prosperar. En su gobierno se había
atraído cierta popularidad, por sus maneras democráticas, con gran disgusto del
partido militarista austríaco, que le acusaba de tratar de constituirse
soberano independiente, y de proseguir las mismas intrigas en Hungría, para
presentarse como competidor de su hermano.
Estas habladurías determinaron su caída, por eso cuando estalló la
guerra entre Austria y el Piamonte (colonia austriaca al norte de Italia
rebelada contra el imperio), se le quitó aquel gobierno y se le mando tomar el
mando de la flota del Atlántico; pero sólo de nombre ya que estaba subalternado
con el jefe de la marina alemana. Al
terminar la guerra, su papel político había concluido, y tuvo que irse a vivir,
en un disimulado destierro, a su castillo de Miramar, que construyera frente al
mar Adriático, en las cercanías de Trieste.
Allí residía con su esposa, la archiduquesa Carlota Amalia, hija del rey
Leopoldo de Bélgica. Viajando, de cuando en cuando, por diversos países del
mundo. Su posición era difícil. Su suegro, el rey de Bélgica: “Como Max es el segundo del imperio, tropieza
con los inconvenientes de esta posición, sin contar siquiera con las reservas
económicas, que pudieran hacer esa posición más tolerable”. Por eso, cuando se le ofreció el trono de
México, él y su esposa vieron una manera de mejorar su situación, y emplear sus
actividades.
Maximiliano era un
espíritu de artista, imaginativo, amante de quimeras, capaz de gobernar un
pacífico principado italiano como Lombardo Veneto, rodeado de artistas y
escritores, pero falto de energía para enfrentar los problemas de un país como
México, donde la guerra civil había hecho irreconciliables los odios de
partido. Singularmente perspicaz, de una
cultura intelectual asombrosa. Brillante conversador, con delicadas aficiones
estéticas, considerado como uno de los primeros escritores alemanes;
desconocía, en cambio, la vida práctica, se dejaba sugestionar fácilmente, era
en todo frívolo y superficial, y carecía de dotes guerreras y políticas, que
eran las más necesarias en el puesto que iba a desempeñar.
Su mujer, más
inteligente, de instrucción más sólida, con una voluntad casi viril, y bastante
ambiciosa, influyó decisivamente en la aceptación de la corona de México. Ante la ausencia del amor, su incapacidad
para tener descendencia y la constante evasión de Maximiliano, Carlota enfocó
sus afanes en el ejercicio del poder. El
emperador buscaba cualquier ocasión para salir de gira por los Estados cercanos
a la ciudad de México, bajo dominio francés o de pronto viajaba a Cuernavaca
para desarrollar su pasión por la botánica.
La emperatriz, en
cambio, tenía el conocimiento, la frialdad y sobre todo la ambición para asumir
con eficacia las riendas del gobierno.
Carlota convocaba al Consejo de Estado, decidía, disponía y ordenaba;
llegó a tener un desencuentro con el nuncio apostólico porque ella estaba a
favor de reconocer la libertad de cultos e incluso había elaborado un proyecto
de constitución. Sin embargo, entre la
clase política y la sociedad capitalina era por demás sabido que el anhelo de
Carlota era gobernar. En las lides de la
política la emperatriz se transformaba: se le veía plena, orgullosa, como
verdadera soberana, y se entregaba sin miramientos a las tareas del gobierno
imperial.
Su matrimonio con
Maximiliano le permitió ver realizado su deseo de gobernar. Con regularidad presidía el Consejo de ministros
mientras su esposo capturaba mariposas en los floridos campos de
Cuernavaca. Pero México no era el país
que se había imaginado y el sueño imperial comenzó a desmoronarse
irremisiblemente hasta arrastrarla a la locura.
Cuando murió, el 19 de enero de 1927, pocos mexicanos la recordaban;
casi todos los que alabaron su llegada, aquellos que se entusiasmaron con su
porte, se sorprendieron por sus habilidades políticas y admiraron su carácter y
fortaleza para enfrentar la adversidad, Habían fallecido. La archiduquesa falleció víctima de la
influenza en su alcoba del castillo de Bouchout, cerca de Bruselas, un día 19
como en el que fue fusilado Maximiliano, a los 86 años y con un rosario enredado
entre sus manos.
La comisión mexicana
encargada de ofrecer la corona de México a Maximiliano, llega al castillo de
Miramar el día 3 de octubre de 1863. Esa
comisión la integraban la integraban personajes de mucho renombre dentro de la
sociedad mexicana: Don José María Gutiérrez
Estrada, principal promotor del establecimiento de la monarquía; el sacerdote
Francisco Javier Miranda, famoso conspirador y audaz defensor de la causa de
los conservadores; Don José Hidalgo, diestro en cosas de la diplomacia y gran
promotor también del establecimiento de la monarquía; Don Antonio Suárez
Peredo, Conde del Valle, en cuyas manos habían depositado su representación los
nobles de la antigua nobleza mexicana; Don Joaquín Velázquez de León, director
del Colegio de Minería, quien representaba a los hombres de ciencia; Don
Ignacio Aguilar y Morocho, periodista y literato, representante de la
intelectualidad; Don Joeé de La
nda, rico hacendado; Don Antonio Escandón,
representante de la banca mexicana; el general Adrián Woll, en quien había
recaído la representación del ejército.
Antes que estos
conspicuos personajes, había recibido Maximiliano a otros tres señores no menos
distinguidos: el señor arzobispo don
Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos y los señores Covarrubias y Munguía,
obispos respectivamente de Oaxaca y Michoacán.
En Viena los tres eclesiásticos se entrevistaron con Maximiliano antes
que éste hiciera aceptación formal del trono mexicano. El príncipe los recibió con singular muestra
de cortesía y aun de afecto y los invitó sentarse a su mesa. Los tres personajes pensaron que Maximiliano
sería un emperador piadoso y un protector de la fe,
Los jerarcas se
equivocaban de medio a medio. Tanto
Labastida como Munguía y Covarrubias eran no solamente personas de gran cultura
e inteligencia, sino hombres versados en cosas del mundo y la política. Sin embargo, ninguno de los tres supo
apreciar que Maximiliano era liberal, más liberal aun que Juárez. Estaba nutrido de las ideas de su tiempo que
eran de libertad y de progreso, y consideraba a la Iglesia Católica como una
remora que por defender sus privilegios trataba de impedir el establecimiento
de instituciones propias de la modernidad.
Cuando Maximiliano gobernó, lo hizo con verdadero espíritu liberal. En eso fue mejor que Juárez, cuyos actos de
gobierno estuvieron muchas veces inspirados en un deseo de poder y de mandato
personal.
Continua en la décima tercera parte














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