Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Al general Forey lo
substituyó en el mando del ejército francés y en la dirección política de los
negocios, antes de la llegada de Maximiliano, el 1º de octubre de 1863, el
general Francisco Aquiles Bazaine, después elevado al rango de mariscal de
Francia. En la época que vamos tratando,
tenía bajo sus órdenes treinta y cinco mil hombres, de los que doce mil
seiscientos eran mexicanos mandados por el general Leonardo Márquez.
El ejército francés
que ya había ocupado algunas poblaciones en el interior como Tampico el 22 de
noviembre de 1862, desde antes de la llegada de Maximiliano, activa aún más la
campaña, y va extendiéndose por todo el país.
Bazaine lanza al general L”Herriller por el centro del país y los
franceses, mandados por el coronel Douay, se apodera de Zacatecas, el 6 de
febrero de 1864, y de Durango el 4 de Julio, viéndose obligado Juárez a
retirarse de San Luis a Saltillo, en donde establece su gobierno el 9 de enero
de 1864.
Otra columna francesa,
al mando del general Castany, va sobre Saltillo y Monterrey, que caen en su
poder el 20 y 26 de agosto, respectivamente.
Antes, el coronel francés Martin derrota al general González Ortega en
el cerro de Mojona, cerca de San Miguel del Mezquital, derrota que casi acaba
con el ejército federal, por haberse desbandado, teniendo Juárez que marchar a
Chihuahua. El general conservador Tomás
Mejía, toma Matamoros el 21 de septiembre, batiendo antes al liberal Manuel
Doblado con la ayuda del coronel francés Aymard; y el coronel Douay se adelanta
sobre Colima, de la que se posesiona el 5 de noviembre, cayendo también en
poder de los franceses Mazatlán, el 7 de enero del siguiente año 1865, y
Guaymas poco después.
A consecuencia de
estas victorias Napoleón envió a Bazaine el bastón de mariscal de Francia, y la
lucha continuó en todo el país, favorablemente en la mayoría de los casos a los
imperialistas, siendo raras las veces en que los liberales logran vencer, ,
como ocurre en San Pedro, Sinaloa, donde el general Antonio Rosales derrota el
29 de diciembre de 1864 a los imperialistas mandados por el comandante
Garielle.
El general Porfirio
Díaz había logrado detener en su marcha sobre Oaxaca, al general Brincourt,
reuniendo un ejército de cinco mil hombres, y fortificando la ciudad antes
citada, hasta obligar a Bazaine a ponerse personalmente al frente de un
ejército de siete mil hombres, y abrir
un camino de cuarenta kilómetros a través de las montañas, para transportar
material de sitio, con grandes fatigas y gastos, y a sitiar en toda regla a
Oaxaca, la que al fin se rindió el 9 de febrero de 1865, quedando prisionero el
mismo general Díaz, que logró fugarse en Puebla para seguir combatiendo contra
el imperio.
La rápida ocupación
del país por los invasores, había hecho cundir el desaliento en algunos
militares republicanos faltos de convicciones políticas firmes, que
defeccionaron, reconociendo al imperio.
Entre ellos se encuentran: los
generales López Uraga, Santiago Vidaurri, Tomás O”Horan y otros menos
connotados. El primero se pasó al
enemigo con seis mil hombres; el segundo que era gobernador de Nuevo León,
expidió de acuerdo con Bazaine, un decreto para que, por plebiscito, se
decidiera si el Estado debía o no continuar la guerra contra los invasores; y
como Juárez declarase ilegal el procedimiento, trató Vidaurri de aprehenderlo a
su paso por Monterrey, y de allí a poco reconoció al imperio.
Ya se avizoraba el
triunfo norteño en la guerra civil angloamericana, pero Juárez y su gabinete no
creían que los yanquis se apresuraran a aplicar la “Doctrina Monroe”, por lo
cual hoy se autoriza al señor don Matías Romero, representante del gobierno
juarista ante los Estados Unidos, para que gestionase la venida a México de un
ejército angloamericano mandado por un general de la misma nacionalidad y
compuesto de veinte a cincuenta mil hombres.
Este ejército recibiría el eufemístico nombre de “auxiliar” y podía ser
formado tanto por particulares como por el gobierno de los Estados Unidos, el
cual debe garantizar formalmente que sus soldados no atentarán contra la
integridad territorial de México o contra su independencia, pero en caso de que
esto se dificulte, bastará con una garantía moral ( que en términos prácticos,
tendría el mismo valor que la formal, ósea ninguna).
El ejército auxiliar
(siguen las condiciones que México impondría a los Estados Unidos en caso de su
aceptación) deberá traer armas y municiones propias, así como dinero para el
pago de haberes durante seis meses. Los
gastos se reembolsarán con el producto “los bienes confiscados a los traidores”
o con terrenos u otros recursos del gobierno una vez obtenido el triunfo
(tácitamente Juárez ofrece a los angloamericanos terrenos del territorio
nacional). Por otra parte, en Texas
quedaban dos generales surianos apellidados Smith y Magruder que ofrecieron a
Maximiliano trasladarse a México con los cuarenta o cincuenta mil hombres que
continuaban bajo sus órdenes, los que se comprometían a restablecer el orden en
el país a cambio de que les proporcionaran asilo y tierras para colonización.
Desde luego que
Maximiliano desechó tan peregrina idea ya que eso desataría, probablemente, una
guerra entre Francia y los Estados Unidos;
finalmente esos generales fueron derrotados en Galveston por las fuerzas
yanquis del norte. En cuanto a las
maniobras de Matías Romero y su fantaseosa solicitud, el Secretario de Estado
de Washington, Mr. William H. Seward, lo mandó llamar para sermonearlo de la
siguiente manera: “Convénzase usted, señor Romero, si el ejército de los
Estados Unidos marcha a México, jamás se regresaría. Cada millón de pesos que le preste el
gobierno estadounidense les costará después el territorio de un Estado, y cada
rifle que les demos tendrán que pagarlo con una hectárea de concesiones
mineras. Infórmele al señor Juárez que a
México no puede convenirle el auxilio material de los Estados Unidos;
confórmense con la ayuda moral. Ustedes
podrán arrojar a los franceses de su país, pero con nosotros jamás podrán, y
siempre sería más honroso para los mexicanos que se salven por sus propios
esfuerzos, pues así tendrán más probabilidades de estabilidad en el orden
de cosas que se llegue a
establecer”. Tremenda catilinaria para
Juárez y su decantado patriotismo, por este extraordinario político
estadounidense que siempre demostró grandes simpatías por México y los
mexicanos.
Lo que debió sobre
todo llamar la atención de un jefe observador, fue que Juárez no había sido
expulsado por la población de la capital.
El jefe del Estado, cedía su puesto por la fuerza, sin compromiso
alguno. En su retirada llevaba consigo
el poder republicano sin dejarlo caer de sus manos. Estaba agobiado; pero no abdicaba, pues tenía
la tenacidad del derecho. Durante cinco
años, el secreto de la fuerza de inercia, o de la resistencia y resiliencia del
viejo indio, fue retirarse de pueblo en pueblo, sin encontrar jamás en su
camino ni un asesino ni un traidor.
El día 14 de abril de
1865 muere asesinado el presidente de los Estados Unidos Abraham Lincolne en el
teatro Ford de Washington, donde asistía a presenciar la obra “un primo
norteamericano”. El señor Lincoln fue
reelecto presidente apenas el 4 de marzo pasado después del término de la
guerra civil norteamericana. Asistía al
teatro con su esposa, la señora Mary Todd, acompañados por el comandante
Rathbone y de la señora Clara H.
Harris. Cuando llegaron ya había
comenzado la representación de la puesta en escena (en México, en el colmo de la
estulticia, la obra se hubiera retardado hasta la llegada del político
influyente, sin importar la audiencia que con boleto pagado esperaba la función
a la hora fijada).
El palco del
presidente quedaba próximo al escenario.
Un fracasado actor teatral y algo demente llamado John Wilkes Booth,
penetro por el pasillo que daba al palco presidencial, abrió sigilosamente la
puerta sin ser advertido y disparó certeramente sobre la cabeza de
Lincoln. El comandante Rathbone trató de
capturarlo, pero Booth se deshizo de él a cuchilladas y salto hacia el
escenario rompiéndose en la caída la tibia de la pierna izquierda, y escapó por
una puerta trasera del teatro. Días
después fue muerto al tratar de capturarlo en una finca campestre donde se
había refugiado. Los funerales de
Lincoln fueron los más solemnes que nunca se vieron. El cadáver fue conducido procesionalmente a
Springfield, y después de varios cambios fue depositado en el monumento que se
le consagró en Washington. Abraham
Lincoln fue uno de los pocos políticos norteamericanos que se opusieron
tenazmente a la injusta guerra contra México, incluso, esa oposición le hizo
perder las elecciones senatoriales de 1849.
Napoleón III, al
planear la aventura mexicana, que según él debía dar el predominio de la raza
latina en América, había tenido en cuenta que los Estados Unidos se debatían en
la guerra de secesión de los Estados del sur, que tenía por origen la libertad
de los esclavos; y suponía, que, abstraídos nuestros vecinos en aquella colosal
lucha, que requería toda su atención y todos sus recursos, no estorbarían la
política invasora de Francia en México, pero, una vez terminada la guerra, las
cosas tenían que cambiar y cambiaron en efecto.
El ministro estadounidense en París, presenta el 4 de agosto una nota al
gobierno imperial de Napoleón III, reclamando la concesión otorgada por
Maximiliano al doctor Gwin, ciudadano de los Estados Unidos, para colonizar en
las márgenes del Río Bravo; porque, habiendo sido dicho doctor uno de los
principales separatistas, se temía organizara aquella colonia fronteriza para
renovar la guerra.
Continúa
en la décima séptima parte.

























