Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Unas semanas antes de
caer enfermo, a mediados de julio de 1862 Zaragoza recibió la visita de su
madre y de su “chiquita”, su hija que había quedado bajo su cuidado luego de la
muerte de su esposa. Tan precaria era su
situación económica que el general sólo pudo proporcionarle cien pesos
---suficientes para su manutención de sólo tres días--- y solicitó a un amigo
que le proporcionara doscientos pesos más.
Fue la última vez que vio a su pequeña.
El general Ignacio Zaragoza murió el 8 de septiembre de 1862. Al pie del lecho la hermana y la madre del
general sollozaban quedamente, a las nueve de la mañana, víctima de tifo, el
cuerpo de Zaragoza se sacudió levemente y luego quedó inmóvil. El vencedor de los franceses había muerto.
El 11 de septiembre,
amortajado en un ataúd de madera, el cuerpo del general Ignacio Zaragoza fue
llevado de Puebla a la ciudad de México.
La escolta que custodiaba el cuerpo iba mandada por un coronel cuyo
nombre casi nadie conocía: Mariano
Escobedo. El Presidente Juárez decretó
luto nacional y pidió a los gobernadores de los Estados que celebraran honras
fúnebres en memoria del héroe fallecido.
El Congreso lo declaro Benemérito de la Patria en Grado Heroico, y anunció su ascenso “post
mortem” a General de División. El propio Congreso determinó que la única hija
del general Zaragoza recibiera una dote de cien mil peos, que se le entregarían
en bienes nacionales, más una pensión anual de seis mil pesos. Sendas pensiones fueron también acordadas en
beneficio de la madre y la hermana del general.
La muerte del general
Zaragoza cayó como una loza sobre la moral del ejército mexicano. Lo que no habían podido hacer las armas
invasoras lo logró una enfermedad que en esos tiempos era prácticamente
letal. Con su muerte también se
desvanecía la posibilidad de enfrentar a los franceses antes de que llegaran
sus refuerzos. Se abrió entonces un
compás de espera que concluyó el 16 de marzo de 1863, cuando un nuevo ejército
invasor compuesto con más de treinta mil hombres, regresa a Puebla para iniciar
el sitio que concluyó con la toma de la ciudad y el inicio formal de la
invasión francesa.
Al morir Zaragoza
Juárez designo como sucesor en la jefatura del Ejército de Oriente al general
Jesús González Ortega. El gobierno de
Juárez, falto de dinero, de armas y aun de soldados, teniendo que luchar contra
las partidas reaccionarias y conservadoras que comenzaban a levantarse en
varios lugares, con las reclamaciones insolentes de algunos ministros
extranjeros, y con las divisiones del mismo partido liberal; haciendo esfuerzos
sobrehumanos, logró reunir fuerzas considerables para la defensa nacional. De ellas se concentraron veinte mil hombres
en la ciudad de Puebla, la que se comenzó a fortificar en espera de un segundo
ataque de los franceses, haciéndose acopio de municiones de boca y guerra.
Entre tanto el comandante francés Elías Federico Forey, con
suma lentitud, ultimaba los preparativos para sitiar la población, no
atreviéndose a ordenar un asalto, temeroso de sufrir un fracaso como el que experimentara
Lorencez. El ejército sitiador se
componía de treinta y seis mil franceses de tropas de línea y cincuenta
cañones, y de algunas fuerzas auxiliares conservadoras que eran poco
importantes.
Después de varias
acciones de guerra, y formalizado ya el sitio, el26 de marzo los franceses
lograron destruir parte del fuerte de San Javier, y, tras reñidos combates,
apoderarse de la posición el 29, con gran pérdida de vidas por ambas partes, y
cuando el fuerte era un montón de ruinas, Forey se negó a permitir que salieran
de la plaza las mujeres y los niños, como lo pedían los cónsules de Prusia y
Estados Unidos. El sitio siguió con
tenacidad por los invasores, y fue resistido valerosamente por la guarnición de
la plaza, convirtiéndose en una guerra de trincheras, en que los sitiadores
tenían que ir tomando calle por calle, siendo las mas de las veces rechazados
con grandes pérdidas. Los descalabros
sufridos del 2 al 7 de abril habían desmoralizado a las tropas francesas, hasta
el punto de que se reunió un consejo de guerra en el que se discutió: sus
pender los ataques, manteniéndose solamente el cerco; o abandonar éste y
dirigirse sobre México, prevaleciendo el primer punto.
En la imposibilidad
de referir detalladamente las operaciones del sitio, sólo mencionaremos las más
notables acciones de guerra: la salida que hicieron las caballerías mexicanas
el 13 de abril, con lo que el número de defensores de la plaza quedó reducido a
doce mil hombres; el asalto general dado por las fuerzas francesas el 25 del
mismo, que fue rechazado, derrotándoseles en el barrio de “Pitiminí” y fuerte
de Santa Inés donde, después de siete horas de combate, tuvieron que retirarse,
dejando, además de un poco más de cuatrocientos muertos, ocho jefes y ciento
sesenta soldados prisioneros. Después de
esas fracasadas acciones los franceses sólo se dedicaron a mantener el sitio.
La situación de los
sitiados era más difícil cada día, tanto por la falta de víveres como por la
escasez de municiones. El gobierno
federal había ordenado al general Ignacio Comonfort, que ocurriera en auxilio
de la plaza con el Ejército del Centro, llevando municiones de boca y guerra;
pero éste fue derrotado por completo en las Lomas de San Lorenzo, el día 8 de
mayo, con lo que los sitiados perdieron toda esperanza.
En tales condiciones,
el general González Ortega tomó una resolución tan extraordinaria como heroica;
pues ordenó, la madrugada del día 17 de dicho mes, que fueran destrozados los
cañones y roto el armamento, para que no cayeran en poder del enemigo, y que
los jefes, después de disolver el ejército, se presentaran en la plaza
principal sin pedir garantías al enemigo, izando la bandera blanca; y enseguida puso una comunicación al general
Forey, concebida en los siguientes términos: “Señor general: No siéndome ya posible seguir defendiendo
esta plaza por falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que
estaba a mis ordenes y roto su armamento, incluso toda la artillería. Queda, pues, la plaza, a las órdenes de V. E. y puede mandarla ocupar, tomando, si lo
estima conveniente, las medidas que dicta la prudencia, para evitar los males
que traería consigo una ocupación violenta, cuando no hay motivo para ello. “El cuadro de generales, jefes y oficiales de
que se compone este ejército, se halla en el Palacio de Gobierno, y los
individuos que lo forman se entregan como prisioneros de guerra. No puedo, señor general, seguir defendiéndome
por más tiempo; si pudiera, no dude V.
E. que lo haría”.
¿A que se debió la
tremenda derrota del Ejército Nacional en Puebla aquel mes de mayo de
1863? La causa principal fue que
González Ortega se encerró en la ciudad sin contar con los elementos necesarios
para aguantar un sitio largo. Le faltó
el valor que tuvieron Negrete y Zaragoza un año antes, cuando hicieron frente
al francés y lo vencieron a campo abierto.
González Ortega creyó poder hacerse fuerte en Puebla, y lo único que
consiguió fue provocar sufrimientos a la población. Hubo otro error pero este no fue de González
Ortega, sino de Juárez: encomendar el mano del Ejército del Centro a don
Ignacio Comonfort. Era éste un general
sin carácter; le faltaba vigor y entereza.
Sus acciones contra el ejército de Forey fueron débiles y estuvieron
señaladas por la indecisión y la falta de valentía.
Finalmente se rindió
González Ortega después de 62 días de aguantar el sitio de los invasores
franceses, cuando ya en Puebla no quedaba ni un grano de maíz y ninguna
dotación de municiones en las armas de los defensores y aunque estos habían
demostrado un altísimo valor, su comandante comprendió que seguir defendiendo
lo indefendible era enviar al matadero a sus soldados.
Oficialmente todos
los integrantes del Ejército Nacional adquirieron la condición de
prisioneros. Veintiséis generales, mil
cuatrocientos jefes y oficiales y mil novecientos soldados, quedaron presos del
francés y fueron enviados a Veracruz para ser embarcados a Francia donde
quedarían prisioneros en varias fortalezas.
Por el camino se fugaron cerca de setecientos, entre ellos González
Ortega, Porfirio Díaz y Felipe Berriozabal.
Hubo, naturalmente, justificaciones y explicaciones, y la historia
oficial a presentado el sitio y derrota de Puebla como una gesta épica en el
curso de la cual un ejército heroico fue vencido por fuerzas aplastantemente
superiores. El relato oficial está muy
alejado de la realidad, como todo lo que hacían los historiógrafos de nómina de
los gobiernos mexicanos, y como todavía lo hacen actualmente (2026).
Lo cierto es que la
derrota de Puebla de 1863 fue resultado de una gran suma de torpezas, y que hay
en ella poco de poder gloriarnos. Forey,
al tomar Puebla tenía prácticamente ya en sus manos la ciudad de México. Y hacia la capital se dirigió, dispuesto a
asestar el golpe de gracia que le permitiría poner a la República mexicana a
los pies de Napoleón, el emperador de los franceses. El Congreso mexicano declaró clausuradas sus
sesiones, y el 29 de mayo de 1863 apareció un decreto por el cual los poderes
de la República se trasladaban provisionalmente a la ciudad de San Luis
Potosí. El 31 de mayo, en medio de las sombras
de la noche, salió don Benito Juárez de la capital. Iba en aquel famoso carruaje que lo condujo a
lo largo de toda su peregrinación, llevaba consigo el poder republicano.
Apenas hubo salido
Juárez de México, se pronunció en la ciudad desconociéndolo, el general Bruno
Aguilar, que estaba en secretas inteligencias con los intervencionistas, el que
redactó un plan, cuyo artículo primero era el siguiente: “los que subscribimos hemos convenido: Primero, en aceptar gustosos y
agradecidamente la intervención generosa que, al pueblo mexicano ofrece el
emperador de los franceses, y en consecuencia nos ponemos directamente bajo la
protección del general Forey, general en jefe del ejército franco-mexicano,
como representante del emperador de Francia”.
Seis días más tarde
(7 de junio), hizo su entrada solemne en México, la vanguardia del ejército
francés, al mando del general Bazaine, y el día 10 entró el resto del ejército,
a las órdenes de Forey, y llevando como aliados mexicanos, a los generales
Leonardo Márquez, Juan Nepomuceno Almonte y otros jefes. El general Forey, después de expedir una
proclama, ponderando las buenas intenciones de los franceses, publicó un
decreto el día 16 de junio, convocando la reunión de una junta, compuesta de
treinta y cinco personas, que fueron designadas por Dubois de Saligny, ministro
de Francia en México, y que se tituló “Junta Superior de Gobierno” .






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