Rafael Urista de Hoyos / Historiador
El 5 de febrero de
1867 el mariscal Bazaine salió de la capital del Imperio para ir a Veracruz y
embarcarse con los últimos restos de sus tropas. Pidió una audiencia al emperador para
despedirse de él, pero Maximiliano le negó la entrevista. A las cinco de la mañana comenzaron a
desfilar las tropas de Francia. Salieron
de los diversos cuarteles que ocupaban en la capital y se concentraron en la
calzada de La Piedad para formar ahí la gran columna. Las calles se llenaron de curiosos que veían
con actitud hosca a los soldados. Los balcones que a la llegada de los
franceses se vieron llenas de gente y con adornos de flores, ahora estaban
cerrados.
“En medio de los
peligros en quedaba sumergido el imperio, todo mundo sentía una secreta
satisfacción de ver salir de la capital aquellos soldados franceses, aquella
gente extranjera que con máscaras de pacificadores habían hecho el papel de
conquistadores, dejando nuestra patria más pobre y desgraciada que cuando
desembarcaron en Veracruz”.
Armando Fuentes Aguirre “Catón”.
Maximiliano no se dio
por enterado de la salida de los franceses, ni menos aún los despidió
oficialmente. Hizo cerrar todas las
puertas y ventanas del Palacio como muestra de repudio a quienes
vergonzosamente se marchaban. Se dice, sin embargo, que oculto tras una cortina
vio el desfile de las tropas de Bazaine.
Se disgustó profundamente cuando advirtió que el arzobispo, monseñor
Antonio Pelagio Labastida y Dávalos, iba acompañando al mariscal como un simple
capellán castrense. Los comentarios del
emperador fueron tan irritados contra el arzobispo, que al día siguiente éste
se marchó apresuradamente de la capital del imperio.
El día 11 de marzo se
embarcaron en Veracruz los últimos expedicionarios de un total de cuarenta y
dos mil que estuvieron operando en México, y dejaron ocho mil compatriotas
muertos en combate o víctimas de enfermedades.
Algunas fuentes confiables hacen ascender el número de bajas francesas a
veinte mil. Las tropas imperiales de
Napoleón III, “el pequeño”, habían venido a frenar el avance de los Estados
Unidos en América Latina y dejaron a México enteramente a merced del país
anglosajón (los gringos); habían venido a garantizar los intereses europeos y
los dejaban más desprotegidos que antes; habían venido a dar brillo al gran
imperio francés, y dejaban despreciado y desprestigiado hasta el nombre de
Francia.
A la cabeza de las últimas tropas francesas
sale de la ciudad de México el funesto mariscal Bazaine rumbo al puerto de
Veracruz. Este mismo día fue arriada la
bandera francesa que flotaba en el Palacio Nacional y las tropas, con el
aberrante sicario Aquiles Bazaine, desfilaron frente al Palacio Imperial.
Seguidas por gran numero de mexicanos y extranjeros temerosos de la venganza
republicana, entre ellas el intrigante arzobispo Labastida y Dávalos.
Entretanto continúa
lenta pero segura el avance de las fuerzas republicanas. El 3 de octubre de 1866 el general Porfirio
Díaz vence al coronel francés Testard, en Miahuatlán, y el 18 alcanza un nuevo
triunfo en La Carbonera, sobre el príncipe Kevenhuller, que mandaba mil
quinientos hombres, casi todos austriacos.
El 13 de noviembre, el general Ramón Corona ocupaba Mazatlán; y el 18
del siguiente mes, daba la acción de La Coronilla el coronel Eulogio Parra,
contra los franceses mandados por Sayan, alcanzando los republicanos una
completa victoria.
A finales de
diciembre de ese 1866, las tropas francesas habían desocupado los Estados de
Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato y parte del de Hidalgo; la
ciudad de Zacatecas había sido ocupada por el general Mariano Escobedo,
estableciendo en ella Juárez su gobierno; y el circulo de hierro se iba
estrechando en torno del agonizante imperio.
Sólo quedaban a los imperialistas, cuatro ciudades de importancia: Veracruz, Puebla, México y Querétaro.
Después de estos
sucesos, Maximiliano desalentado por completo, escribió una carta al jefe de su
gabinete, don Teodosio Lares, en el que le decía, entre otras cosas: “El imperio no tiene a su favor, ni la fuerza
moral ni la fuerza material; los hombres y el dinero huyeron de él y la opinión
se pronuncia contra él. Por otra parte
las fuerzas republicanas, que injustamente se ha tratado de representar como
desorganizadas, desmoralizadas y sólo animadas del deseo del pillaje, prueban
con sus actos, que constituyen un ejército homogéneo, estimulado por el valor y
la habilidad de su jefe y sostenido por la idea grandiosa de defender la
independencia nacional, que cree puesta en peligro por la fundación del imperio” Y luego pide a Lares le indicara de como
poner fin al derramamiento de sangre teniendo en cuenta estas ideas. Pero en vez de contestar don Teodosio
proponiendo la abdicación, le responde a Maximiliano que, para evitar un sitio
a la ciudad de México, convenía trasladarse a Querétaro, donde el imperio tenía
muchos partidarios, y que el mismo emperador debía tomar el mando de las
tropas, como se hizo.
Los liberales habían
recuperado casi todo el territorio nacional a excepción de las cuatro ciudades ya
mencionadas. Armados por Estados Unidos,
los ejércitos juaristas habían avanzado casi sin oponentes, y no era raro ver
partidas liberales merodeando en las goteras de la ciudad de México. Sin embargo la capital del imperio todavía
estaba bien guarnecida, y ahí se habría podido hacer fuerte Maximiliano hasta
la formación de un buen ejército que quizá hubiera dado la batalla a los
juaristas.
El general Leonardo
Márquez, sin embargo, dio a Maximiliano un consejo funesto: debía abandonar la
capital ya que era una ciudad difícilmente defendible, y refugiarse en
Querétaro, que por las condiciones del terreno podía ser lugar seguro. El general Miramón se opuso a esa idea. Los liberales contaban con más de veinte mil
hombres para atacar Querétaro, que tenía posiciones elevadas que, si eran
tomadas, servirían para bombardear desde ellas a la ciudad. De todos los puntos de vista la estrategia
militar desaconsejaba Querétaro como plaza fuerte. Su recomendación, dijo Miramón al emperador, era
que se quedara en la ciudad de México.
Sin embargo, Maximiliano se dejó llevar por Márquez y ordenó que se
hicieran los preparativos para trasladar la corte a Querétaro. Al dar aquella orden Maximiliano se
encaminaba a su perdición.
Procedióse luego a
concentrar en Querétaro las fuerzas que le quedaban al general Miguel Miramón
después de su derrota en San Jacinto; las del general Tomás Mejía, compuestas
en su mayor parte de indios otomíes de la Sierra Gorda, y las del general Ramón
Méndez, que había hecho la campaña en Michoacán; y así pudieron reunirse unos
nueve mil hombres con dieciocho cañones.
Desgraciadamente para Maximiliano, la discordia y la rivalidad reinaban
entre al algunos jefes principales, hasta tal punto, que, como el emperador
nombrara general en jefe a Márquez, Miramón quiso retirarse siendo preciso que
Maximiliano tomara la dirección de la campaña.
En secreto, sin que
la población de México ---que apenas estaba desertando--- se enterara de lo que
sucedía, el emperador salió de la ciudad.
Iba con él una columna de mil quinientos hombres a cuyo frente estaba el
nefasto Leonardo Márquez. El emperador
iba tranquilo. Era un soldado; la guerra
no era nada desconocida para él. En su
idealismo soñaba con obtener una resonante victoria que diera firmeza al trono
y gloria a su nombre. Pero eso no era
más que un sueño, en realidad iba al encuentro de la muerte. Ya en Querétaro su generosidad, y su
ingenuidad, lo llevó a hacer un llamamiento a Juárez: juntos liberales y
consevadores convocarían a una especie de Congreso Nacional, del que forjarían
parte los hombres más representativos del país, y se haría una consulta al
pueblo para que éste determinara libremente la forma de gobierno que quería
adoptar. Juárez ni siquiera acepto
recibir la carta del emperador; sentía que ya tenía el triunfo al alcance de
sus manos. Por otra parte, político
consumado, tenía como mira principal hacerse del poder absoluto, y lo estaba
logrando principalmente a la ayuda de los angloamericanos.
Aún antes de llegar
Maximiliano a Querétaro, los espías de don Benito Juárez le informaron los
planes del emperador de ponerse al frente de sus tropas y de tener como cuartel
general a la ciudad de Querétaro. De
inmediato don Benito giró órdenes a sus generales de rodear la ciudad, ya que
hasta esos momentos los generales juaristas tenían la seguridad de que
Maximiliano los enfrentaría en la capital, Hacia Querétaro se dirigieron los
generales que jefaturaban las tropas republicanas, Mariano Escobed y Ramón
Corona , que juntos los dos contaban con un ejército de más de veinte mil
hombres. Maximiliano, para defenderse,
disponía de nueve mil.
Dos ejércitos republicanos marcharon sobre Querétaro; uno de
doce mil hombres al mando del general Mariano Escobedo y otro de nueve mil del
general Ramón Corona. Estos dos
ejércitos ya reunidos quedaron al mando único del general Escobedo y de
subalternos los generales Ramón Corona, Nicolás Regules, Sostenes Rocha,
Ignacio Alatorre, Vicente Riva Palacio, y otros. Por otra parte el ejército que defendía la
ciudad de Querétaro se componía de nueve mil hombres a las órdenes de
Maximiliano como l día 14 de marzo se inicia el sitio de Querétaro con asalto
de las fuerzas sitiadorea sobre el Convento de La Cruz, desde el amanecer hasta
la caída de la tarde, el que fue finalmente rechazado, sufriendo pérdidas de consideración
los asaltantes. Mientras se desarrollaba
el combate, Juárez y sus ministros llegan a San Luis Potosí estableciendo allí
los poderes del gobierno republicano.
Continúa
en la vigésima primera parte


























