Rafael Urista de Hoyos / Cronista e InvestigadorSeptiembre 15 1847
Las hostilidades
contra los invasores en la capital cesaron la tarde del día 15, cuando nuestra
gente de armas se convenció de que ni se generalizaría el movimiento ni se podría contar con el ejército en retirada. En dichas hostilidades el enemigo debe haber perdido unos trescientos hombres
muertos y otros tantos heridos según reportes del mismo enemigo. La pérdida que el mismo señala en sus partes
y reportes de campaña los días 12,13 y 14, ó sea en las operaciones contra
Chapultepec y las garitas, ascendió a 130 muertos, inclusive 10 oficiales, a
703 heridos inclusive 68 oficiales, y a 29 dispersos; ó sea una baja total de
862 hombres.
De la inquietud y de los fundados temores de
Scott al verse con menos de 7,000 hombres útiles en el centro de una ciudad
populosa que parecía levantarse en armas, y a corta distancia de un ejército en
retirada, que podría volverse contra el invasor, dan idea las proclamas del
cuartel general el 14 y 16 de septiembre, en que, después de excitar a acciones
de gracias a Dios públicas y privadas por el triunfo, se hablaba a las tropas
de los peligros que corrían y de la necesidad que se mantuvieran compactas y
alertas.
Justo es confesar que
en tan terribles circunstancias Scott dio pruebas de serenidad y acierto, y que
el fondo de su carácter humano se reveló en sus actos. Por grandes que hayan sido para la capital
las pérdidas y desgracias en los días 14 y 15 de septiembre, hay que reconocer
que cualquiera otro ejército extranjero, ó este mismo a las órdenes de otro
jefe menos reposado y bondadoso, las habrían causado mucho mayores. Por otra parte, una vez tranquilizada la
ciudad, cesaron las medidas de rigor, y el caudillo angloamericano no pensó en
escudarse con las hostilidades de que había sido blanco su gente para dejar de
otorgar ó para disminuir las garantías ofrecidas a la corporación municipal:
“La administración de justicia en los ramos civil y criminal
por los tribunales ordinarios del país, de ningún modo será entorpecida por
oficial o soldado de las fuerzas americanas, excepto las cosas en que puedan
ser parte, o los casos políticos; esto
es, cuando se trate de procedimientos so pretexto de noticias y auxilios dados
a las fuerzas americanas”.
“Para la tranquilidad
y seguridad de ambas partes, en todas las poblaciones ocupadas por el ejército
americano, se establecerá una policía mexicana en armonía con la policía
militar de dichas fuerzas”.
Esta espléndida
capital, sus templos y culto religioso, sus conventos y monasterios, sus
habitantes y la propiedad de éstos, quedan, además, bajo la especial
salvaguarda de la fe y el honor del ejército americano”.
“En consideración a
la protección antes dicha, se impone a esta capital una contribución de
$150,000, que será pagada en cuatro semanarios de a $37,500, comenzando el
próximo lunes 20 de este mes y terminando el lunes 11 de octubre”.
“El Ayuntamiento de
la ciudad queda especialmente encargado de recoger y pagar dichos semanarios”.
El jefe de la División
de Voluntarios, general Quitman, fue nombrado gobernador civil y militar de la
ciudad, mientras que el general en jefe Winfield Scott se alojó en la casa
número siete de la calle del Espíritu Santo.
Según publicaciones contemporáneas, para conseguir la contribución
impuesta por dicho jefe, el Ayuntamiento contrató un préstamo de igual cantidad
con don Juan Manuel Lazqueti y don Alejandro Bellangé, hipotecándoles todas las
rentas del Distrito. La misma
corporación municipal tuvo a su cargo la aduana, el correo, renta del tabaco y
las contribuciones directas; finalmente el préstamo fue pagado con dinero de la
indemnización angloamericana. Santa Anna,
a quien se reunieron los ministros de Guerra y Relaciones, hizo renuncia el 16
de septiembre, en la Villa de Guadalupe, de la Presidencia de la República, a
fin de quedar expedito para, según él, continuar la campaña, aunque en realidad
lo que iba a emprender era la huida del país.
Con la toma de las
garitas, puede decirse que cesó la resistencia.
El mayor desaliento reinaba; por
lo que Santa Anna, impelido por su naturaleza, como siempre decidió huir
marchando precipitadamente a Puebla, deteniéndose en la Villa de Guadalupe, y
dejando al Ayuntamiento para que demandara garantías a los vencedores, como lo
hizo. Aunque Santa Anna designó personas
para que se encargaran del poder ejecutivo, sus órdenes no fueron
obedecidas; sino que el licenciado don
Manuel de la Peña y Peña, por ministerio de ley y como Presidente de la Suprema
Corte de Justicia, se hizo cargo de la Presidencia de la República, marchando a
Querétaro, declarada provisionalmente capital de la República, a establecer su
gobierno. El Ayuntamiento de la ciudad
de México hizo entrega del Palacio Nacional a los invasores yanquis.
El 14 de septiembre,
víspera de la fecha en que México conmemora la iniciación de la lucha por la
independencia, fue izado en el Palacio Nacional el pabellón angloamericano, y
aunque el Ayuntamiento había recomendado la mayor prudencia al vecindario,
indignado éste al ver a los invasores, rompió granado fuego de fusil contra
ellos, durando la lucha todo el día y el día siguiente. Scott mandó hacer fuego de cañón sobre las
casas de donde salían los disparos, y varias de ellas fueron abiertas a
hachazos y fusilados sus moradores. Al
fin, al tercer día de ocupación cesó la lucha; pero el pueblo bajo, siempre que
podía, asesinaba a los invasores. El
general Winfield Scott dio muestras de humanidad y acierto en aquellas
difíciles circunstancias, otorgando garantías al municipio que quizá no hubiera
concedido otro vencedor.
Seis mil
estadounidenses únicamente, ya que tres mil murieron o quedaron heridos en las
batallas del Valle de México, ocupaban la capital. Santa Anna, quien conservó la comandancia
general del ejército, evitó enfrentárseles y marchó sobre Puebla ocupada
entonces por quinientos angloamericanos.
El ataque fracasó por haber desertado la mayoría de los soldados
mexicanos y renunciando al mando del ejército se retiró casi sólo a Tehuacán. Aparentemente quería trasladarse a Guatemala
y para esto necesitaba pasar por Oaxaca paro el gobernador del Estado,
licenciado don Benito Juárez, le prohibió pisar tierra oaxaqueña. En Tehuacán estuvo inactivo varias semanas,
hasta que huyó cuando le avisaron que se acercaba un escuadrón de texanos
deseosos de vengar las matanzas de El Álamo y Goliad, Texas. Después anduvo
escondiéndose por algunos pueblecillos, hasta que el 9 de abril de 1848 se le
permitió embarcarse en La Antigua, Veracruz, y trasladarse al exilio en la
colonia inglesa de Jamaica.
El agresor sufrió
mayores daños de los que podían esperarse dadas las debilidades de su
víctima. La guerra costó a los Estados
Unidos 130 millones de dólares, una cifra astronómica para la época y
circunstancias. Necesitó movilizar
noventa mil hombres, de los cuales murieron en acciones de guerra doce mil
quinientos y once mil por efectos de la “maldición de Moctezuma”, o sea la
diarrea y la disentería. En cuanto a las
bajas de los mexicanos no hay cálculos confiables que permitan establecer el
número de ellas, pero con seguridad que fueron muchísimas menos que los 23,500
gringos muertos en México; los datos acerca del ejército estadounidense mencionados
anteriormente, fueron consignados en los reportes de los mismos comandantes
invasores.
NOVIEMBRE 12
1847.
El presidente don
Manuel de la Peña y Peña por tener calidad de interino no quiso entrar en
negociaciones con los invasores, y decidió esperar la reunión del Congreso y el
nombramiento del Presidente Provisional.
Instalado este cuerpo, resultó electo don Pedro María Anaya quien tomó
posesión este mismo día, noviembre 12, sólo para completar el período
constitucional dejado trunco por la renuncia de Santa Anna, hasta enero de 1848,
fecha en que por no estar reunidas las cámaras legislativas, volvió a hacerse
cargo del Poder Ejecutivo, por ministerio de ley, don Manuel de la Peña y Peña
La situación era
verdaderamente desesperada: algunos
Estados tendían a segregarse, otros desobedecían y se enfrentaban abiertamente
al gobierno federal negándole toda clase de auxilios. Michoacán reasumía su soberanía como primer
paso para la segregación; Yucatán continuaba en una posición neutral como si se
tratara de un Estado independiente; Sinaloa y otros territorios en
revolución; en todo el país apenas había
ocho mil hombres de tropas federales, faltos de municiones, armamento y
recursos, en tanto que los angloamericanos tenían ocupado una gran parte del
país y bloqueados sus puertos, con sesenta y cuatro mil hombres sobre las
armas.
Continúa en la vigésima primera parte.