Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Septiembre 08 1847
El general Scott, como dijimos ya,
dirigió sus fuerzas contra El Molino del Rey y sus posiciones adyacentes,
creyendo adquirir trofeos inestimables y gran cantidad de pólvora, en cuyo
concepto, y deseando avanzar por la vía occidental sobre México, amagándola desde
el mismo Chapultepec ---golpe de terrible efecto moral sobre el ejército y la
población--- tuvo cruel y profundo desengaño al ver el tristísimo resultado de
la batalla que le costó considerables pérdidas.
Vio que en los depósitos de Molino del Rey y la Casa Mata no había el
rico material de guerra que creyó adquirir, ni mucho menos pudo tener con tan
arriesgada y sangrienta conquista puntos estratégicos que compensaran la suma
de energías vitales y pecuniarias vertidas en sus operaciones del 8 de
septiembre y las que le precedieron.
Bien sabido es que los
generales Worth y Scott tuvieron agrio altercado porque aquel se oponía al
proyecto de su general en jefe, juzgándolo inconducente y antiestratégico. Y
efectivamente, poco avanzó el caudillo norteamericano después de la sangrienta
jornada de Molino del Rey, si se tiene en cuenta que bien pudo evitar aquel
choque general, rehuyendo las posiciones sobre las que lanzó sus brigadas,
concretándose a tomar Chapultepec, para seguir sin obstáculo hasta la garita
occidental de Belem. Sin embargo, para
la causa mexicana la acción de armas que hemos referido fue uno de los últimos
desastres, uno de los últimos eslabones trágicos de la lúgubre cadena que,
tendiéndose de oeste a oriente, limitó las fronteras de nuestra patria,
retrocediéndola centenares de kilómetros al sur.
Nuestras pérdidas en
el Molino del Rey y la Casa Mata fueron terribles, pues cayeron en poder del
enemigo, según sus mismas partes militares, mas de 800 hombres, inclusive 51
oficiales, en su mayor parte de la brigada León; pero el adversario sufrió
también considerablemente, teniendo 58 oficiales y 729 soldados fuera de
combate, amén de multitud de prisioneros y dispersos. Más si para el enemigo esta jornada fue
costosa, para nosotros tuvo un efecto moral decisivo, produciendo el mayor
desencanto en la población de la capital, estremecida dolorosamente por esta
catástrofe, no obstante que el general Santa Anna la hizo celebrar como un
triunfo, con repique y dianas; quería el presidente general arrojar velos de
apoteosis triunfales a sus postreros descalabros y continuas derrotas. Triste apoteosis militar de aquel hombre
siniestro que tanto había ido amontonando pesadumbre y atri¡oces infortunios
sobre la patria.
¡Traición¡ ¡Traición¡
¡Traición¡ Resurgía la fatídica
palabra, vibrando en todas las clases sociales con chasquidos de látigo
vengador que azotaran vergonzosamente sobre las heroicas espaldas de nuestros
heroicos muertos: ¿Porqué, no había
cargado la caballería? ---se preguntaban peritos y profanos en el arte de la
guerra--- ¿Porqué Santa Anna desguarnecía siempre las líneas que iban a ser
atacadas, y cuando estallaba el conflicto no iba en auxilio de los angustiados
combatientes, o cuando lo hacia era para llegar premeditadamente tarde como en
esta batalla a cuyo campo se dirigió a la cabeza del 1er. Regimiento ligero,
acudiendo sólo a presenciar los estragos de la infausta rotura del bosque de
Chapultepec?
Después de conseguir
la victoria en Molino del Rey y Casa Mata, los invasores se retiraron a
Tacubaya, dejando destacamentos en las posiciones conquistadas, con artillería
ligera y gruesa para batir el bosque y lo alto del cerro, siguiendo un duelo de
artillería entre la suya y la nuestra, que contestaba dignamente desde la
almenada corona del castillo, logrando al fin que los enemigos tuvieran que
abandonar el campo, hostigados por nuestros fuegos.
Septiembre 13 de 1847
EL ASALTO AL CASTILLO
DE CHAPULTEPEC.
Del 8 al 11 de
septiembre, el ejército invasor se concretó a reorganizarse, haciendo aprestos
desde su cuartel general que estaba en Tacubaya, para dar un vigoroso asalto
contra el poniente de la ciudad de México.
Las tropas enemigas de Tlalpan, Churubusco y Coyoacán, reforzaron en
parte a las de Tacubaya y San Ángel, y las avanzadas de las lomas, mientras
otras fracciones tenían orden de hacer una demostración de ataque sobre las
garitas de San Antonio Abad y La Candelaria. El general Scott después de haber
hecho reconocimientos importantes por regiones del sur de la ciudad, se decidió
a efectuar el ataque, principalmente por el oeste, apoderándose de la altura de
Chapultepec.
Con este objeto hizo
instalar cuatro baterías para que bombardearan el castillo hasta destrozarlo,
produciendo terrible efecto moral entre sus defensores. La primera, compuesta de dos piezas de a 16 y
un obús de 8 pulgadas, se instaló en la hacienda de La Condesa para batir el
sur del castillo, defendiendo sus fuegos al mismo tiempo las calzadas de
Tacubaya y Chapultepec. La segunda constituida
de un cañón de a 24 y un obús de 8 pulgadas, se situó en la loma del Rey,
frente al ángulo suroeste del; colocándose la tercera con un cañón de a 16 y un
obús de 8 pulgadas, a doscientos cincuenta metros de los molinos; mientras la
cuarte, con un grueso de obús de 10 pulgadas quedó abrigada dentro del mismo
edificio del molino.
A estos elementos
esenciales que para efectuar el bombardeo acumuló el adversario al poniente y
sur del castillo, hay que agregar numerosa artillería de reserva, compuesta la
mayor parte de nuestros mismos cañones de sitio y plaza arrebatados en Cerro
Gordo, Churubusco y Padierna, sostenido todo este apresto por densas líneas de
infantería, cubiertas por baterías ligeras y exploradores ligeros a caballo.
Hábilmente engañó
Scott a Santa Anna, haciéndole creer que intentaría el ataque por el sur de
México, enviando a la división Quitman de Coyoacán a unirse con la de Pillow
amenazando las garitas meridionales; pero con la orden estos jefes de volver en
la noche con el mayor sigilo y silencio a Tacubaya donde estaba el cuartel
general angloamericano. Nuestro general
presidente cayó en el engaño, y al instante que supo lo de las maniobras
enemigas contra el sur de la población, retiró fuerzas de Chapultepec y otros
puntos para engrosar sus reservas, dirigiéndose con ellas hacia San Antonio
Abad, Niño Perdido y La Candelaria.
Al amanecer del día
12, las baterías enemigas rompieron sus fuegos sobre el bosque y el castillo,
produciendo grandes estragos. Chapultepec apenas estaba defendido por muy
ligeras obras de fortificación: en la puerta de entrada oriental un parapeto y con
una débil cerca impropia como defensa
militar, que entonces rodeaba el bosque por la parte sur, también se construyó
una flecha abriéndose en derredor un foso de 7 metros de profundidad. Este debía rodear todo el bosque; pero
semejante obra, como otras muchas que se empezaron a ejecutar en una posición
que debió haber llamado poderosamente la atención de Santa Anna ante un enemigo
que tan bien demostraba su designio de atacar la capital por el oeste,no quedó
terminada, y apenas si se colocaron tablones y morillos cavándose alrededor
cortaduras entre zanja y zanja. Otras
flechas tendiéronse al poniente y al pie del cerro, colocabdo fogatas y trampas
en combinación, por el trayecto que se suponía siguieran las columnas
asaltantes.
El recinto del
edificio pomposamente llamado castillo, se rodeó en gran parte con parapetos de
sacos de tierra y revestimientos de madera, ramajes y adobes, blindándose los
techos que cubrían los dormitorios del Colegio Militar y los principales
depósitos. Apenas siete piezas de
artillería defendían esta posición tan descuidada por Santa Anna: dos de
veinticuatro, una de a ocho, tres de campaña de a cuatro y un obús de sesenta y
ocho.
Era el jefe del punto
el ilustre y benemérito general Don Nicolás Bravo, quien tenía como segundo al
general Mariano Monterde, director del Colegio Militar, contando con una
guarnición de tropas bisoñas y desmoralizadas, que a la hora del combate
sumaban unos 800 hombres que se distribuyeron en las obras del bosque y en la
propia defensa del edificio, en lo alto del cerro.
Al amanecer del día 12,
como ya se dijo, las baterías enemigas iniciaron el bombardeo sobre el bosque y
el llamado castillo, contestando sus fuegos muy escasamente nuestra pobre
artillería. Al principio fueron nulos
los efectos de los primeros disparos dirigidos contra la fortaleza; pero muy
pronto los jefes ingenieros del enemigo rectificaron sus punterías, y durante
todo el día cayó sobre Chapultepec una lluvia de granadas, bombas y cohetes,
produciendo estragos espantosos en el material de las fortificaciones y en la
escasa tropa que las guarnecía. Hubo
necesidad de retirar gran parte de ella para que no sufriera impunemente tan
mortíferos fuegos, colocando tras el cerro, hacia el oriente, a todos los
defensores que no pertenecían a la artillería y a los no empleados en las obras
de defensa. El enemigo mantuvo sus
fuegos en toda la jornada del dia12, terminando la actividad de sus baterías al
oscurecer.
En la noche, entre
los días 12 y 13, mientras el general Bravo urgía con desesperación porque se
reforzaran las tropas de su mando con parte de las reservas intactas que Santa
Anna llevaba de un extremo a otro de la ciudad y sus contornos, sin que, por
supuesto, las demandas del general Bravo fueran atendidas, y mientras el
general Scott, jefe de las fuerzas invasoras, combinaba sus últimas evoluciones
preparando el asalto al castillo para las primeras luces del nuevo día.
Apenas se inició la
noche cuando se comprendió en un instante los desastres ocasionados por el
bombardeo, el que según el plan del enemigo, había desmantelado cuanto pudiera
servir para operar una resistencia. A
última hora se efectuaron las reparaciones más urgentes, aprovechando las
tinieblas, no sin que entretanto desertaran reclutas, indígenas incapaces de
comprender la trascendencia y la ignominia de su acción frente al enemigo,
atribulados y desmoralizadísimos como estaban.
Algo reanimó el
general abatimiento de aquella noche, la presencia a lo lejos de una fuerza del
Estado de México que llegaban a reforzar a las del valle, al mando del mismo
gobernador Don Francisco M. Olaguíbel, perseguidos por algunos escuadrones del
enemigo que no se atrevían a atacarla.
Aquellas tropas unidas a ciertas fracciones de la caballería del general
Álvarez, que vagaban triste e inútilmente por los campos occidentales, debían
de ser de un gran efecto táctico a retaguardia de las divisiones enemigas.
Más por desgracia, se
repitieron las mismas, las eternas faltas de esta lamentable campaña. Hubo órdenes y contraórdenes del general
presidente Santa Anna que fatigaron a la tropa sin resultado práctico: tras mil
evoluciones tuvo que entrar aquel auxilio del Estado de Mèxico a la capital, lo
mismo que las reservas y el pomposo Estado Mayor del general presidente, que de
esta manera dejaba desprotegidos a los heroicos defensores de Chapultepec y a
merced del bestial asalto de la soldadesca de los agresores invasores. Nuevamente se escucharon las terribles
palabras que sentenciaban a Santa Anna:
¡Traición¡ ¡Traición¡.
El general Nicolás Bravo, cerrando los puños y apretando los dientes por la impotencia y la desesperación causadas por las decisiones de Santa Anna que prácticamente los entregaba al enemigo, no tuvo más remedio que acudir a sus escasas y desmoralizadas tropas para preparar la defensa del castillo. Se dispusieron en la falda del cerro, por la parte oeste que era entonces la más accesible, unas fogatas de barrenos de pólvora, que no llegaron a encenderse por no bajar a tiempo el teniente de artillería encargado de hacerlas estallar.































