5 de mayo de 1862.
Aproximadamente a las
dos de la tarde el conde de Lorencez ordenó el asalto a los fortines de Loreto
y Guadalupe y, contrariamente a lo supuesto por el Estado Mayor francés,
después de una hora de combate había agotado más de la mitad de su parque de
municiones sin conseguir que la heterogénea tropa mexicana ---reclutada a la
fuerza en muchas ocasiones, sin uniforme y en algunos casos casi desnuda:
armada según su lugar de procedencia con fusiles y mosquetones más o menos
obsoletos y en casos extremos sólo con armas blancas; mal alimentada y casi
nunca pagada--- no se había dispersado despavorida y había resistido el
bombardeo en sus puestos.
Aunque muy pocos de
sus oficiales habían pasado por las aulas del Colegio Militar ---en los
períodos que estuvo abierto---, todos contaban con una extensa experiencia en
operaciones de guerra debido a nuestros constantes movimientos y sublevaciones y conocían muy bien a los hombres bajo su
mando, pues provenían de las mismas regiones y aun de los mismos poblados. Hasta entonces los veintidós viejos cañones
de las fuerzas mexicanas no habían entrado en acción, pues el enemigo se había
mantenido fuera de su limitado alcance, pero una vez que éste se lanzó en dos
columnas---una de zuavos y otra de infantes de marina, 1 200 hombres en
total--- al asalto de los fortines, algún daño pudieron infringirles, aunque su
rechazo fue obra, sobre todo, de las unidades de Guardia Nacional de Tetela de
Ocampo y Zacapoaxtla (Negrete), y de Veracruz y Toluca (Berriozabal).
Al constatar la
inesperada cantidad de bajas y el hecho
de que, a pesar del fuego artillero inicial, no se había podido abrir ninguna
vía en los muros de las fortalezas ni instalar ninguna de las escaleras
improvisadas en éstos, Lorences decidió replegar sus fuerzas, reorganizarlas y
lanzar un segundo ataque con casi 1 800 hombres en tres columnas, pero
concentrando sus esfuerzos en el fortín más débil, el de Guadalupe. Mientras que la primera columna buscaba tomar
el baluarte norte del fortín, la segunda intentaría rodearlo para atacarlo por
su parte más desprotegida.
Nuevamente, las
fuerzas del Estado de México, apoyadas en esta ocasión por los cazadores de
Morelia, repelieron el ataque y el Batallón Reforma, de la brigada del general
Lamadrid, que se había quedado en el llano, contuvo el avance de la columna que
quería rodear el cerro, la cual acabó por dispersarse en su ladera
oriental. La tercera columna enemiga,
que intentaba avanzar por el llano e iniciar el ataque por la ladera sur del
cerro, fue contenida por los rifleros de San Luis y los cuerpos oaxaqueños de
la Guardia Nacional, comandados por el entonces coronel Porfirio Díaz.
Por fin, una de las
escaleras improvisadas consiguió clgarse de los muros de Guadalupe, pero los
soldados que lograron escalar fueron eliminados pocos metros después de iniciar
su marcha por el terraplén del fortín, víctimas de las líneas de defensa
establecidas en torno de la iglesia. Del
otro lado del cerro, junto al fortín de Loreto, las unidades a caballo del
general Antonio Álvarez recibieron la orden de cargar por el flanco derecho de
la columna que seguía desgastándose por el baluarte norte. En el llano las fuerzas de Díaz, tras
contener a los cazadores de África, consiguieron hacerlos recular e iniciaron
su persecución hasta las cercanías de la Hacienda de Rentería, utilizada como
cuartel por los franceses la mañana de ese día.
Una fuerte lluvia que dificultaba aun más las tentativas de ascenso por
el cerro, acabó de hacer fracasar los afanes franceses, cuyo cuartel general
ordeno la retirada.
Aunque las unidades
al mando del coronel Porfirio Díaz y del general Antoni Álvarez intentaron
continuar la persecución de los franceses, la disminución de luz debido a la
hora, acelerada por las nubes de lluvia, obligó a ambas fuerzas a concluir las
operaciones. Los franceses consideraron
agruparse y lanzar un tercer ataque.
Poco antes de las seis de la tarde, Zaragoza envió a la capital del país
uno de los telegramas mas célebres de la historia, en el que informaba sobre la
victoria: “Calculo la pérdida del
enemigo en 600 o 700 entre muertos y heridos; 400 habremos tenido nosotros”,
decía en el fragmento final. En su parte oficial firmado el 9 de mayo, Ignacio
Zaragoza, el general coahuilense de 33 años que nunca en su vida puso un pie en
una escuela militar, resumía lo ocurrido con sencillez y precisión: “El
ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe se ha portado con torpeza en su ataque”.
El Cuerpo de Ejército
de Oriente, por su parte, no pudo iniciar una contraofensiva porque no contaba
con fuerzas suficientes para proteger Puebla de otro posible ataque conservador
por el sur y porque era mucho más fácil mantener el orden y la disciplina del
abigarrado conjunto de fuerzas regionales si se le mantenía más o menos
encerrado en una ciudad. Estas
características marcarían la lógica de los acontecimientos por venir: la nueva
y frustrada defensa de Puebla un año después, en un sitio de varias semanas de
duración, el dominio de las fuerzas conservadoras y de intervención, la
resistencia inverosímil de los liberales
y de la refundación de la República cinco años después de su primera victoria
nacional.
El sentido común y la
lógica militar indicaban que el ejército mexicano debía enfrentar de nuevo a
las fuerzas francesas para acabar definitivamente con la amenaza de la
intervención. En las semanas que
siguieron al 5 de mayo las tropas mexicanas hostilizaron a los invasores,
quienes se replegaron hasta Orizaba.
Decidido a dar el golpe final en la ciudad veracruzana, Zaragoza esperó
la llegada de refuerzos. El 8 de junio
de 1862 una división encabezada por el general Jesús González Ortega se
incorporó al Ejército de Oriente con tropas de Durango, Coahuila,
Aguascalientes y San Luis Potosí. Es
difícil saber si existía algún tipo de celo de parte del recién incorporado, pues
apenas en 1860 se había alzado como el gran vencedor frente a los conservadores
en Calpulalpan, lo que significó el triunfo de los liberales en la Guerra de
Reforma. En aquella batalla librada el
22 de diciembre, Zaragoza combatió a las órdenes de González Ortega, pero ahora
los papeles se habían invertido.
De inmediato Zaragoza
preparó el ataque sobre Orizaba y envió a González Ortega a ocupar el Cerro del Borrego, estratégica posición que
permitía a los mexicanos tener una visión panorámica de la ciudad. Pero González Ortega se durmió en sus
laureles y durante la madrugada del 14 de junio la fuerza que dejó para
defender la posición decidió dormir en santa paz (un oficial declaró que
estaban tan profundamente dormidos que algunos soldados no despertaron hasta
que los franceses les hablaron) y cerca de la una de la madrugada fue
sorprendida por los franceses, quienes recuperaron el cerro.
En su parte al
ministro de Guerra, Zaragoza mostró su enojo: “Por el descuido y la flojera en
el servicio al frente del enemigo se ha perdido la única comunicación para
atacar Orizaba y tomarla en pocos días”.
A pesar de que las bajas mexicanas se contabilizaron en varios cientos y
que el ataque a Orizaba no pudo realizarse, Zaragoza no acusó a González Ortega
de negligencia o falta de pericia. El
general zacatecano, por su parte, se justificó de todas las formas posibles,
pero era sabido que había sido su responsabilidad. El fallido ataque sobre Orizaba fue la última
oportunidad real que tuvo el ejército mexicano para acabar con la intervención
antes de que se iniciara formalmente.
Al saber Napoleón III
el fracaso de Puebla, estimando comprometido el prestigio del ejército francés,
decidió aumentar su contingente en México, con treinta mil novecientos sesenta
y ocho hombres y cincuenta cañones, poniéndolo bajo las órdenes del general
Elías Federico Forey, que, con una parte de esas tropas desembarcó en Veracruz
el 21 de septiembre. Como Forey debía
ser no solamente el jefe militar, sino también el director de la situación
política, recibió instrucciones directas del mismo emperador. En ellas se ve que, aun cuando los franceses
alardeaban de que el país sería libre para escoger su forma de gobierno,
realmente se le iba a tratar como territorio conquistado.
Tan pronto como Forey
llegó a Veracruz, desconoció al gobierno provisional liderado por Juan
Nepomuceno Almonte, y destituyó las autoridades por el nombradas; pues éste
seguía titulándose como primer jefe de la nación, expidiendo disparatados
decretos, y exigiendo préstamos forzosos que causaban el mayor disgusto en los
pueblos ocupados por la intervención.
El 1º de septiembre
de 1862, de vuelta en su cuartel general en El Palmar, Zaragoza comenzó a
mostrar fiebre muy alta, luego de haber padecido un intenso chubasco, su médico
le recomendó marchar a Puebla para alejarse del mal tiempo, recibir cuidados necesarios
y, sobre todo, tomar un descanso. Era
sorprendente que su cuerpo no se hubiera quebrado antes, dada la tremenda
tensión a la que había estado sometido desde principios del año: la agonía y
muerte de su esposa en enero; su nombramiento como jefe del Ejército de
Oriente; la tragedia de San Andrés Chalchicomula, en marzo, cuando el estallido
de un polvorín acabó con la vida de cientos de hombres; el triunfo sobre los
franceses en mayo y la fallida campaña en Orizaba. Todo actuaba en contra de su salud.
Continua en la décima primera parte






























