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domingo, 15 de febrero de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. (Décima séptima parte)


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  13  1847

  Al amanecer del día 13, el enemigo principió el bombardeo más activo que el día anterior, desde las posiciones de Molino del Rey y la batería del sur.  A las seis de la mañana, el general Bravo comunicó al ministro de la Guerra la deserción de gran parte de sus tropas desmoralizadas por los estragos y sangre causadas por la artillería enemiga, urgiendo la necesidad de reforzar la defensiva con suficientes fuerzas para poder enfrentar los embates enemigos con regular éxito.  Sin embargo, Santa Anna contestó no enviarle ni un soldado más con el pretexto de no descuidar las fortificaciones de la capital, y que retardara el avance enemigo aun con la última gota de su sangre; o sea que Santa Anna de antemano ya daba por perdido el castillo.

  Entonces el general el General Bravo, sabiendo que la brigada de reserva del general Rangel se hallaba al oriente muy inmediata solicitó de éste algún refuerzo, pero se le contestó que no era posible sin orden del general presidente, ya que éste le tenía ordenado no moverse de su posición bajo ningún pretexto. Nuevamente la mano negra traicionera de Santa Anna se hacía presente una vez más facilitando el avance del invasor aún a costa de muchas vidas mexicanas.  A las nueve de la mañana, el enemigo lanzó sobre el bosque tres columnas de asalto, una por la parte occidental y las otras a derecha e izquierda, llevando a su frente secciones de zapadores con palas, barretas, hachas y escalas.

  Los invasores avanzaron con resolución, haciendo a trechos certeras descargas de rifle sobre los parapetos del bosque, donde nuestros escasos soldados respondieron con fusilería a los gritos de  ¡Viva México¡  Al llegar a ellos trabóse desesperada regfriega al arma blanca, más los defensores fueron arrollados por el impulso de aquella masa superior erizada de bayonetas penetrando al bosque las columnas enemigas.  En esos instantes hizo su aparición el batallón de San Blas al mando del bizarro teniente coronel Santiago Xicotencatl, quien, no obstante las órdenes de Santa Anna, se desprendió de la reserva de aquel y se unió a la defensa del castillo.

  Esta fuerza no tuvo tiempo de subir al castillo, pero su jefe, con admirable denuedo y energía, la tendió entre el bosque, oponiéndos al desemboque de las columnas asaltantes, rompiendo al punto sus fuegos sobre ellas.  Entre tanto, otra columna enemiga se dirigía hacia el norte, amagando la calzada de Anzures, con el intento de llamar la atención de nuestro general en jefe que se encontraba con la brigada Lombardini y el batallón Hidalgo en la calzada de Belen.  Otra demostración semejante efectuaba al mismo tiempo el enemigo sobre la calzada de La Condesa.

  Y he ahí que vemos a Santa Anna dando órdenes y contraórdenes a sus fuerzas de reserva, mandándolas de un lado a otro inútilmente, mientras el verdadero asalto sobre el  castillo desarrollaba en el bosque espantosa tragedia de sangre y fuego; mientras el Batallón de San Blas rodeado por enemigos superiores en una relación numérica de tres a uno, caía épicamente al pie del cerro, muriendo la mayor parte de sus oficiales y soldados lo mismo que su valiente jefe, cuyo nombre célebre de “Xicotencatl”, mismo nombre del valiente guerrero tlaxcalteca, quedó otra vez inmortalizado bajo la alta bóveda de los milenarios ahuehuetes, en medio de una aureola de fuego, nubes de pólvora, relámpagos de sables y bayonetas, cae el héroe envuelto en su bandera  por acribillado por decenas de balas, gritando:  ¡Viva México¡

  El enemigo subió por la rampa y por las partes practicables, aprovechándose de las asperezas, rocas y arbustos del cerro, para hacer fuego tras ellos, en tanto que de las defensas que rodeaban el castillo brotaban las descargas de los defensores de la fortaleza, rechazando y deteniendo a los atacantes.  Reforzados éstos por nuevas tropas, llegaron bajo una granizada de plomo hasta el edificio que coronaba la altura, en donde todavía encontraron heroica resistencia en los juveniles alumnos del Colegio Militar, quienes tuvieron la gloria espléndida de ser los últimos que hicieron morder el polvo al invasor en aquella jornada.

  Éstos, no obstante la orden de retirarse que les había dado el general Bravo, prefirieron morir con honra; y desde que aparecieron a su alcance los enemigos, estuvieron haciendo fuego desesperadamente, y cuando cayó la mayor parte del Colegio, se retiraron con algunos soldados, al jardín que quedaba sobre el velador donde fueron hechos prisioneros.  Eterna es la gloria de aquellos niños héroes que admiraron al enemigo con su entereza de bronce, honrando la Bandera de su Patria y sellando con la luz del sol ---luz roja de crepúsculo trágico---la leyenda del augusto Chapultepec.

  Los alumnos del colegio se batieron con valor hasta el fin, muriendo seis de ellos, siendo heridos cuatro, y quedando prisioneros el director del colegio, general Jose María Monterde, varios de sus subordinados y treinta y siete alumnos de fila, entre ellos Miguel Miramón.  De ellos dice el oficial Mansfield quien tomó parte en la batalla de Chapultepec:  “entre los prisioneros había cincuenta oficiales y como cien cadetes de la academia militar de México.  Eran estos, guapos muchachitos de diez a diez y seis años.  Algunos de ellos fueron muertos, peleando como demonios y en verdad que dieron un ejemplo de valor, digno de ser imitado por sus superiores”.

  Murieron defendiendo el último reducto del Colegio Militar, los siguientes alumnos cuyos nombres no debemos olvidar nunca: teniente Juan de la Barrera y los subtenientes Francisco Márquez, Fernando Monte de Oca, Agustín Melgar, Vicente Suárez y Juan Escutia; y siendo heridos el subteniente Pablo Banuet y los alumnos de fila Andrés Mellado, Hilario Pérez de León y Agustín Romero.  Quedaron prisioneros con el general Monterde, director del colegio: los capitanes Francisco Jiménez y Domingo Alvarado; los tenientes Manuel Alemán, Agustín Díaz, Luis Díaz, Fernando Poucel, Joaquín Argaiz, José Espinosa y Agustín Peza, y los subtenientes Miguel Poucel, Ignacio Peza y Amado Camacho, con el sargento Teófilo Nores, el cabo José Cuellar, el tambor Simón Álvarez, el corneta Antonio Rodríguez, y 37 alumnos de fila.

  Tomado el castillo, hecho prisionero su jefe, el general don Nicolás Bravo, llegaron nuevas fuerzas enemigas a la posición, que eran las que habían atacado vigorosamente a la derecha de la línea de la reserva de Santa Anna y que sostuvieron reñidos combates por entre el acueducto y la calzada.  La brigada del general Rangel, ya liberada de la ordenanza de Santa Anna, resistió el choque hasta que empujada por un enemigo muy superior, tuvo que ceder abandonando su reducida artillería, retirándose a las garitas de la capital.

  El enemigo quedó pues, nuevamente victorioso en estos últimos combates, no sin que su triunfo le costara sangrientos sacrificios, perdiendo la quinta parte de su fuerza, dejando bajo las hermosas enramadas de Chapultepec ensangrentada, muerta o herida la flor magnífica de si oficialidad.  Y también quedaron bajo el antiguo bosque de los emperadores Moctezuma y Natzahualcoyotl, aquellos radiantes jóvenes mexicanos, eternamente gloriosos en los anales patrios, sucumbiendo en la refriega heroica, de cara al deber y mirando al cielo.

  En dos columnas se retiraron las dispersas secciones que sobrevivieron a los combates del bosque de Chapultepec y sus alrededores, uniéndose a las tropas de reserva de Santa Anna, tomando una por la calzada de Belén y la otra por la de Verónica.  Santa Anna organizó esta retirada, dispuesto a resistir en las garitas occidentales de la ciudad, Belén, San Cosme y La Candelaria, apoyándose en La Ciudadela ya dentro del área habitacional de la ciudad. El general Scott había considerado que, dada la condición de nuestras tropas, después del asalto y toma de Chapultepec y del bosque adyacente, debía proseguir sin pérdida de tiempo las operaciones agresivas de sus columnas contra las puertas occidentales de la ciudad de México, embistiéndolas con el mayor brío.

  Al efecto, hizo avanzar  la columna de Worth el norte, por las calzadas de la Verónica y San Cosme, en tanto que caía por el oriente la columna de Quittman, avanzando por la calzada de Belén.  Entre estas garitas y la de Chapultepec había un reducto sin foso en el puente de los insurgentes; en la calzada de San Cosme:  una obra defensiva ---el pequeño fortín de Santo Tomás--- y en la calzada que conducía a San Fernando, un pobre parapeto con malas piezas de artillería, contando todos estos puntos con guarniciones escasas, faltas de parque y careciendo de jefes que obraran bajo un plan superior determinado. Las garitas eran en aquella época construcciones pequeñas que adaptándolas con parapetos servían de refugio para las tropas en retirada.

 No obstante, había tras aquellas fortificaciones, a donde llegaron vencidas las tropas que en la mañana lucharon en el oeste, agrupándose con ciudadanos y gente del pueblo que se presentaban espontáneamente, dispuestos a defender su honor y su patria hasta el último trance.  Por su parte, el enemigo siguió avanzando, y la brigada de Worth fue detenida por nuestra caballería frente a Santo Tomás, verificándose breve soltando sus columnas sobre aquella calzada, sostenidas por baterías ligeras; nótese que los enfrentamientos ya se están efectuando en las calles de la capital.

  En las posiciones de la garita de Romita, mientras la Tlaxpana resistía gallardamente, hubo serios combates; más por desgracia nuestros ingenieros habían construido trincheras precisamente bajo los arcos de dura mampostería del portalón de entrada, lo que observado por el enemigo, hizo dirigir los fuegos de sus gruesos cañones contra las claves de esos arcos, produciendo, como era natural, desmoronamientos feroces sobre los mismos defensores, a los que llovían enormes pedruscos, cual copiosa metralla.  Bravos jefes, oficiales y soldados cayeron víctimas de la torpeza e ineptitud de los ingenieros mexicanos, acrecentando la derrota de nuestras fuerzas. 

  La garita tuvo que ser abandonada, replegándose las tropas a La Ciudadela; fortaleza militar edificada en los tiempos en los que esos lugares formaban parte de la serranía adyacente a la ciudad, pero que andando el tiempo quedó dentro de la zona habitacional de la capital, hacia donde el invasor dirigió sus fuegos bombardeándola furiosamente.

                                                             Continúa en la décima octava parte-

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