Entradas populares

domingo, 22 de febrero de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Décima Octava Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  13   1847

  En la garita de San Cosme el combate también era fatal para los mexicanos, reinando atroz confusión entre nuestras tropas que ocupaban en torno a la garita, cercas, casas, huertas, potreros y capillas, revolviéndose tras las zanjas, muros y trincheras, jefes, oficiales y soldados de cuerpos de línea y de Guardia Nacional, con paisanos patriotas anhelantes de lucha, deseosos de tener el orgullo de batirse; pero faltos de dirección, y sobre todo, ejecutando sus movimientos sin cohesión ni armonía; enorme y valioso valor mexicano malográndose criminalmente.

  La brigada del general Rangel que había estado de reserva desde la mañana, a la derecha de Chapultepec, sostuvo con brío hasta el último extremo ya muy avanzada la tarde de es 13 de septiembre la garita de San Cosme.  El invasor colocó frente al caserío y obras defensivas de aquella posición, a 200  metros, dos cañones de a 24 y dos obuses de grueso calibre, apoyados por secciones de rifleros hábilmente ocultos, principiando a desmoronar las cercas y paredes, de la heroica garita.  Y, cuando ya fue imposible la defensa, avanzaron impunemente los gabachos (gringos), desalojando a la fuerza mexicana la cual tuvo que ir a reconcentrarse a su vez, a la Ciudadela.

  Todo había sido inútil contra aquel enemigo gigantesco y victorioso, que jamás atacaba sin desorganizar nuestras fuerzas previamente, y con un muy superior armamento y superándonos en una proporción de cuatro a uno.  Y en efecto, sus disparos hicieron infructuosa la carga que intento la caballería del general Torrejón, antes que cayera heroicamente la garita de San Cosme.

  El general presidente Santa Anna había intentado dirigir la defensa de San Cosme y pasaba de una garita a otra, de uno a otro puesto, tratando torpemente de reorganizar la defensa sin tener idea de como hacerlo, hasta que, tomadas de flanco las posiciones de San Cosme, perdido el parapeto central, tuvo que dar la orden de concentración general hacia la Ciudadela al expirar la tarde siniestra de aquel 13 de septiembre de 1847. 

  Momentos después, los enemigos siguieron su movimiento de avance hacia la plazuela de San Fernando, cuyo convento ocuparon, estableciéndose solidamente en él, enfilando las calles circunvecinas con baterías respetables que en la noche saludaron amenazadoramente a la ciudad capital de nuestra extensa república, con algunas bombas, balas rasas de cañón y salvas de cohetes.

  Indudable es que en la garita de San Cosme, como en la de Belén, era insuficiente la fuerza opuesta a un enemigo formidable y resuelto; y que no hay necesidad en buscar otra causa a la pérdida de ambos puntos.  El general Worth, después de terminar el día y cuando el grueso de las tropas mexicanas concentradas en la Ciudadela abandonaron toda resistencia, declara lo siguiente:  “Como a la una de la madrugada, una comisión de la municipalidad vino con bandera a mis puestos avanzados, anunciando que inmediatamente después de los disparos de mis piezas de sitio, el gobierno y el ejército comenzaron a evacuar la ciudad, y que dicha comisión traía encargo de conferenciar con el general en jefe, a cuyo cuartel fue llevada por el ayudante general Mackall.”  Es de advertir que en el resto de la madrugada, Scott no dio a Worth y a Quitman aviso alguno de la rendición de la capital.

  Entretanto, el general Santa Anna, en uno de los salones de la Ciudadela, reunía una Junta de Guerra a la que asistieron generales y jefes de aquel menguado jirón del ejército mexicano, reducido tras de tantos desastres y por tantas miserias, a una impotencia absoluta, enconada siniestramente por todas nuestras rencorosas pasiones políticas que ofuscaron el poder de heroica resistencia de que hubiera sido capaz nuestros esforzados soldados mexicanos.

  Santa Anna había presidido a las ocho de la noche de ese día 13 de septiembre en la Ciudadela, una junta de guerra de generales por él convocada para tomar una determinación en circunstancias tan críticas, y a la cual concurrió el gobernador del Estado de México, Francisco M. Olaguibel, que con 200 hombres y cuatro piezas ligeras, había venido esa tarde de la hacienda de Los Morales en auxilio de la capital.  En dicha junta se habló de los últimos acontecimientos.  “Se deploró ---dice Santa Anna--- la situación á que nos había reducido la desobediencia de unos, la cobardía de otros y la inmoralidad en general de nuestro ejército, de manera que no había de esperar mejor conducta”, también se hizo ver en favor de él, que las continuas revueltas, nuestra desorganización social y el mal sistema de reemplazarlo, habían influido mucho en aquel mal, a la vez que por nuestra escasez, los soldados no eran atendidos en lo que les pertenecía, como puntualmente acontecía aquel día, que no habían probado alimento; que en cuatro anteriores se les debían los socorros, y no se sabía si para el siguiente tendrían que comer. 

  Se manifestó igualmente la escasez de municiones para sostener un día más el combate, las pocas fuerzas que habían quedado, y, últimamente, que, reducidos al sólo recinto de la Ciudadela, era consiguiente que el enemigo apuraría sus proyectiles, y no seria posible permanecer en ella un par de horas; que ocurrir a los edificios de la ciudad sería comprometerla sin esperanzas de un buen suceso, cuando el pueblo, con pocas excepciones, no tomaba parte en la lucha.  Esta y otras reflexiones se tuvieron presentes para resolver, como se acordó unánimemente, que a la madrugada se evacuara la Ciudadela y edificios inmediatos, y que la artillería, municiones y tropa se situaran en la villa de Guadalupe Hidalgo, todo á las órdenes del general Lombardini, como se efectuó.  Los cuerpos de caballería que estaban en la capital, recibieron orden de estar también a la madrugada en la villa de Guadalupe, para incorporarse a la división de caballería que allí se hallaba con el general Álvarez.

  En aquella junta de guerra vibró el tema solemne de la evacuación de la plaza de México por el ejército; en ella hablaron exaltadísimos, eñ general Santa Anna que optó por la salida definitiva y silenciosa de las tropas, y los generales Lombardini, Alcorta y Pérez, apoyando con gran cúmulo de razones esta determinación, y el gobernador del Estado de México, Sr. Francisco Modesto Olaguibel, quien manifestó que se pensara muy seriamente en el terrible cargo que pudiera resultar al jefe del ejército mexicano por el abandono de la capital, y que por lo tanto, esta cuestión debía resolverse en palacio con asistencia de ministros y mayor número de jefes. Sin embargo, finalmente se impuso la determinación de Santa Anna, y el ejército salió aquella noche sigilosamente, compuesto de unos cinco mil infantes y cerca de unos cuatro mil hombres de caballería, intacta ésta, por no haber combatido en toda la campaña.

  Añ amanecer del día 14 Scott envió órdenes a Worth y Quitman para que avanzaran lenta y cautelosamente hacia el centro de la ciudad y ocuparan sus puntos más fuertes y dominantes.  Las tropas de Worth habían permanecido en la garita de San Cosme y puntos adyacentes.  A las tres de la madrugada el teniente de ingenieros Smith, se adelantó con alguna tropa a reconocer el convento de San Fernando, que halló fortificado pero ya sin guarnición, en la calzada inmediata (hoy calle de Rosales) halló un parapeto también abandonado.  El teniente de ingenieros Mac-Clellan adelantó su reconocimiento hasta la Alameda, y enseguida, a las cinco de la mañana, las tropas y artillería gruesa de Worth avanzaron y ocuparon dicha Alameda, en su extremidad cercana a la calle del puente de San Francisco, y se detuvieron allí por orden expresa de Scott, que quiso que la columna de Quitman fuese la primera que entrara al centro de la ciudad, a la plaza de armas y al Zócalo.

  Por el rumbo de Belén, a la hora del alba, unos cuantos individuos salieron de la Ciudadela con bandera blanca, invitando a Quitman a tomar posesión de dicha fortaleza y noticiándole el abandono de la ciudad por el ejército mexicano.  La columna de Quitman tomó por el costado oriental de la Ciudadela y siguiendo diversas calles, hasta la de Nuevo México, Rebeldes y San Juan de Letrán y plazuela de Guardiola; y siguió por las calles de San Francisco (hoy Francisco y Madero) hasta la Plaza de Armas.  El capitán Roberts del Regimiento de Rifleros, que había mandado la cabeza de la columna de asalto en Chapultepec y se había distinguido en todas las operaciones del día 13, fue designado por Quitman para enarbolar la odiosa bandera estrellada del país invasor en el Palacio Nacional; Esa depredadora bandera fue la primera insignia extranjera que había ondeado en esa plaza desde la conquista española de Cortés.  A las siete de la mañana se obligó por la fuerza, en una actitud altanera y soberbia, al guarda mayor del alumbrado, Pomposo Gómez, a ayudar en la operación de arriar la bandera mexicana y enarbolar la del enemigo; y pocas noches después fue asesinado, no se sabe si fue en un arranque de  patriotismo mal entendido.

  Así fue como el pueblo de México que había dormido en la creencia de que el ejército defendería la ciudad capital calle por calle, según la arrogante promesa del general presidente, se encontró en poder del enemigo invasor, al amanecer del 14 de septiembre de 1848. 

  ¡Entonces los mexicanos comprendieron que todo estaba perdido¡  ¡Era un lóbrego eclipse nacional¡  ¡Oh desdichada Patria mexicana, nuevamente te han fallado tus hijos¡

                                                         Continúa en la décima novena parte.     

0 comentarios:

Publicar un comentario