Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Septiembre 13 1847
En la garita de San
Cosme el combate también era fatal para los mexicanos, reinando atroz confusión
entre nuestras tropas que ocupaban en torno a la garita, cercas, casas, huertas,
potreros y capillas, revolviéndose tras las zanjas, muros y trincheras, jefes,
oficiales y soldados de cuerpos de línea y de Guardia Nacional, con paisanos
patriotas anhelantes de lucha, deseosos de tener el orgullo de batirse; pero
faltos de dirección, y sobre todo, ejecutando sus movimientos sin cohesión ni
armonía; enorme y valioso valor mexicano malográndose criminalmente.
La brigada del
general Rangel que había estado de reserva desde la mañana, a la derecha de
Chapultepec, sostuvo con brío hasta el último extremo ya muy avanzada la tarde
de es 13 de septiembre la garita de San Cosme.
El invasor colocó frente al caserío y obras defensivas de aquella
posición, a 200 metros, dos cañones de a
24 y dos obuses de grueso calibre, apoyados por secciones de rifleros
hábilmente ocultos, principiando a desmoronar las cercas y paredes, de la
heroica garita. Y, cuando ya fue imposible
la defensa, avanzaron impunemente los gabachos (gringos), desalojando a la
fuerza mexicana la cual tuvo que ir a reconcentrarse a su vez, a la Ciudadela.
Todo había sido inútil
contra aquel enemigo gigantesco y victorioso, que jamás atacaba sin
desorganizar nuestras fuerzas previamente, y con un muy superior armamento y
superándonos en una proporción de cuatro a uno.
Y en efecto, sus disparos hicieron infructuosa la carga que intento la
caballería del general Torrejón, antes que cayera heroicamente la garita de San
Cosme.
El general presidente
Santa Anna había intentado dirigir la defensa de San Cosme y pasaba de una
garita a otra, de uno a otro puesto, tratando torpemente de reorganizar la
defensa sin tener idea de como hacerlo, hasta que, tomadas de flanco las
posiciones de San Cosme, perdido el parapeto central, tuvo que dar la orden de
concentración general hacia la Ciudadela al expirar la tarde siniestra de aquel
13 de septiembre de 1847.
Momentos después, los
enemigos siguieron su movimiento de avance hacia la plazuela de San Fernando,
cuyo convento ocuparon, estableciéndose solidamente en él, enfilando las calles
circunvecinas con baterías respetables que en la noche saludaron
amenazadoramente a la ciudad capital de nuestra extensa república, con algunas
bombas, balas rasas de cañón y salvas de cohetes.
Indudable es que en
la garita de San Cosme, como en la de Belén, era insuficiente la fuerza opuesta
a un enemigo formidable y resuelto; y que no hay necesidad en buscar otra causa
a la pérdida de ambos puntos. El general
Worth, después de terminar el día y cuando el grueso de las tropas mexicanas
concentradas en la Ciudadela abandonaron toda resistencia, declara lo
siguiente: “Como a la una de la
madrugada, una comisión de la municipalidad vino con bandera a mis puestos
avanzados, anunciando que inmediatamente después de los disparos de mis piezas
de sitio, el gobierno y el ejército comenzaron a evacuar la ciudad, y que dicha
comisión traía encargo de conferenciar con el general en jefe, a cuyo cuartel
fue llevada por el ayudante general Mackall.”
Es de advertir que en el resto de la madrugada, Scott no dio a Worth y a
Quitman aviso alguno de la rendición de la capital.
Entretanto, el
general Santa Anna, en uno de los salones de la Ciudadela, reunía una Junta de
Guerra a la que asistieron generales y jefes de aquel menguado jirón del
ejército mexicano, reducido tras de tantos desastres y por tantas miserias, a
una impotencia absoluta, enconada siniestramente por todas nuestras rencorosas
pasiones políticas que ofuscaron el poder de heroica resistencia de que hubiera
sido capaz nuestros esforzados soldados mexicanos.
Santa Anna había
presidido a las ocho de la noche de ese día 13 de septiembre en la Ciudadela,
una junta de guerra de generales por él convocada para tomar una determinación
en circunstancias tan críticas, y a la cual concurrió el gobernador del Estado
de México, Francisco M. Olaguibel, que con 200 hombres y cuatro piezas ligeras,
había venido esa tarde de la hacienda de Los Morales en auxilio de la
capital. En dicha junta se habló de los
últimos acontecimientos. “Se deploró
---dice Santa Anna--- la situación á que nos había reducido la desobediencia de
unos, la cobardía de otros y la inmoralidad en general de nuestro ejército, de
manera que no había de esperar mejor conducta”, también se hizo ver en favor de
él, que las continuas revueltas, nuestra desorganización social y el mal
sistema de reemplazarlo, habían influido mucho en aquel mal, a la vez que por
nuestra escasez, los soldados no eran atendidos en lo que les pertenecía, como
puntualmente acontecía aquel día, que no habían probado alimento; que en cuatro
anteriores se les debían los socorros, y no se sabía si para el siguiente
tendrían que comer.
Se manifestó
igualmente la escasez de municiones para sostener un día más el combate, las
pocas fuerzas que habían quedado, y, últimamente, que, reducidos al sólo
recinto de la Ciudadela, era consiguiente que el enemigo apuraría sus
proyectiles, y no seria posible permanecer en ella un par de horas; que ocurrir
a los edificios de la ciudad sería comprometerla sin esperanzas de un buen
suceso, cuando el pueblo, con pocas excepciones, no tomaba parte en la lucha. Esta y otras reflexiones se tuvieron presentes
para resolver, como se acordó unánimemente, que a la madrugada se evacuara la
Ciudadela y edificios inmediatos, y que la artillería, municiones y tropa se
situaran en la villa de Guadalupe Hidalgo, todo á las órdenes del general
Lombardini, como se efectuó. Los cuerpos
de caballería que estaban en la capital, recibieron orden de estar también a la
madrugada en la villa de Guadalupe, para incorporarse a la división de
caballería que allí se hallaba con el general Álvarez.
En aquella junta de
guerra vibró el tema solemne de la evacuación de la plaza de México por el
ejército; en ella hablaron exaltadísimos, eñ general Santa Anna que optó por la
salida definitiva y silenciosa de las tropas, y los generales Lombardini,
Alcorta y Pérez, apoyando con gran cúmulo de razones esta determinación, y el
gobernador del Estado de México, Sr. Francisco Modesto Olaguibel, quien
manifestó que se pensara muy seriamente en el terrible cargo que pudiera
resultar al jefe del ejército mexicano por el abandono de la capital, y que por
lo tanto, esta cuestión debía resolverse en palacio con asistencia de ministros
y mayor número de jefes. Sin embargo, finalmente se impuso la determinación de
Santa Anna, y el ejército salió aquella noche sigilosamente, compuesto de unos
cinco mil infantes y cerca de unos cuatro mil hombres de caballería, intacta
ésta, por no haber combatido en toda la campaña.
Añ amanecer del día
14 Scott envió órdenes a Worth y Quitman para que avanzaran lenta y
cautelosamente hacia el centro de la ciudad y ocuparan sus puntos más fuertes y
dominantes. Las tropas de Worth habían
permanecido en la garita de San Cosme y puntos adyacentes. A las tres de la madrugada el teniente de
ingenieros Smith, se adelantó con alguna tropa a reconocer el convento de San Fernando,
que halló fortificado pero ya sin guarnición, en la calzada inmediata (hoy
calle de Rosales) halló un parapeto también abandonado. El teniente de ingenieros Mac-Clellan
adelantó su reconocimiento hasta la Alameda, y enseguida, a las cinco de la
mañana, las tropas y artillería gruesa de Worth avanzaron y ocuparon dicha
Alameda, en su extremidad cercana a la calle del puente de San Francisco, y se
detuvieron allí por orden expresa de Scott, que quiso que la columna de Quitman
fuese la primera que entrara al centro de la ciudad, a la plaza de armas y al
Zócalo.
Por el rumbo de
Belén, a la hora del alba, unos cuantos individuos salieron de la Ciudadela con
bandera blanca, invitando a Quitman a tomar posesión de dicha fortaleza y
noticiándole el abandono de la ciudad por el ejército mexicano. La columna de Quitman tomó por el costado
oriental de la Ciudadela y siguiendo diversas calles, hasta la de Nuevo México,
Rebeldes y San Juan de Letrán y plazuela de Guardiola; y siguió por las calles
de San Francisco (hoy Francisco y Madero) hasta la Plaza de Armas. El capitán Roberts del Regimiento de
Rifleros, que había mandado la cabeza de la columna de asalto en Chapultepec y
se había distinguido en todas las operaciones del día 13, fue designado por
Quitman para enarbolar la odiosa bandera estrellada del país invasor en el
Palacio Nacional; Esa depredadora bandera fue la primera insignia extranjera
que había ondeado en esa plaza desde la conquista española de Cortés. A las siete de la mañana se obligó por la
fuerza, en una actitud altanera y soberbia, al guarda mayor del alumbrado,
Pomposo Gómez, a ayudar en la operación de arriar la bandera mexicana y
enarbolar la del enemigo; y pocas noches después fue asesinado, no se sabe si
fue en un arranque de patriotismo mal
entendido.
Así fue como el
pueblo de México que había dormido en la creencia de que el ejército defendería
la ciudad capital calle por calle, según la arrogante promesa del general
presidente, se encontró en poder del enemigo invasor, al amanecer del 14 de
septiembre de 1848.
¡Entonces los
mexicanos comprendieron que todo estaba perdido¡ ¡Era un lóbrego eclipse nacional¡ ¡Oh desdichada Patria mexicana, nuevamente te
han fallado tus hijos¡
Continúa en la décima novena parte.






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