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domingo, 26 de abril de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (1a. Parte)




Rafael Urista de Hoyos / Historiador

ANTECEDENTE:

  Para abordar los acontecimientos de la segunda intervención francesa en México,---la primera fue la llamada Guerra de los pasteles en 1838--- y el segundo imperio mexicano ---el primero fue el de Agustín de Iturbide en 1822---, nos remontaremos hasta el 5 de febrero de 1857 fecha de la promulgación de la segunda Constitución que dio origen a la Guerra de los tres años o Guerra de Reforma entre los partidos liberal y conservador de 1857 a 1860, y posteriormente la invasión por parte de la Francia de Napoleón III y con ella el Imperio mexicano de Maximiliano de Habsburgo.

LA GUERRA DE REFORMA O DE TRES AÑOS.

  “México es un país en el que de vez en cuando estalla la paz”  dijo alguien para explicar el estado de convulsión permanente de nuestra República.  Si esto es así no tiene mucho sentido hablar de una guerra de tres años en un país que ha vivido en guerra continua con esporádicas explosiones de paz. Es conveniente, sin embargo, llamar de alguna manera al conflicto armado que suscitó la Constitución de 1857, que los historiadores la han llamado guerra de tres años, pues comienza en diciembre de 1857, con el golpe de estado de Ignacio Comonfort y termina en diciembre de 1860, con la entrada en la capital de las tropas liberales del general Jesús González Ortega.

  El mexicano es un hombre como otro cualquiera inclinado a vivir tranquilamente.  Nuestra misma historia demuestra que el mexicano no ha hecho las revoluciones y las guerras, sino que las ha sufrido.  No iban nuestros soldados voluntariamente a las guerras civiles; los reclutaban de leva, los sacaban de sus chozas, los arrancaban de su trabajo, les ponían un rifle en la mano y los levaban a matar hermanos.  No buscaban la guerra y la destrucción los que tenían algo que perder, los que labraban los campos, o ejercían el comercio, o se empleaban en alguna industria.  Todos querían la paz; pero la paz era un don que se les negaba.

LA CONSTITUCIÓN DE 1857.

  El día 5 de 1857, se promulgó la nueva Constitución General de la República, obra del Congreso Constituyente, por la que se organizaba el país en forma de  República representativa, popular, federal.  Comenzaba el nuevo código político con una declaración de los derechos del hombre, en que se reconocían las garantías de libertad, igualdad, propiedad y seguridad, así como la soberanía popular.  El Poder público se divide en Legislativo, residente en la Cámara de diputados, pues el senado, que se había hecho odioso, quedó suprimido; Ejecutivo, desempeñado por el presidente de la República, cuyas facultades se restringen, asistido por cinco secretarios de Estado; y el Judicial, que se encomienda a la Suprema Corte de Justicia de la nación, jueces de distrito y magistrados de circuito. El país queda dividido en veintitrés Estados encabezados cada uno por un gobernador, y el Estado dividido en municipios liderados por un presidente municipal (no alcalde como actualmente se les llama erróneamente) y un territorio, libres y soberanos en cuanto a su régimen interior, sin más limitaciones que  las señaladas por la misma Constitución, y que se refieren principalmente a las relaciones internacionales.  Los autores del proyecto de Constitución, que fue aprobado con pocas modificaciones, se inspiraron principalmente en las doctrinas de los tratadistas norteamericanos; pero sin olvidar los principios de igualdad y fraternidad, proclamadas en la Revolución francesa.

  De los principios contenidos en el proyecto de la nueva  Constitución, desde el punto de vista de la Reforma, los más importantes eran:  La libertad de enseñanza y la tolerancia de cultos.  Esta especialmente, fue ampliamente discutida, tanto fuera como dentro del Congreso.  Los debates, aunque muy acalorados, se entablaron entre individuos de las mismas tendencias políticas, ya que nadie estaba contra la tolerancia en principio y sólo se hacían objeciones a la ley por creerse que el pueblo no estaba suficientemente preparado para recibirla, o que no era conveniente destruir la unidad religiosa; pero el clero no tuvo defensores en el debate.  Por lo demás, tanto moderados como radicales, se forjaban las más extrañas ilusiones; pues en tanto que los primeros temían ver erigirse mezquitas y sinagogas; los últimos creían que el país se poblaría instantáneamente de colonos extranjeros atraídos por la libertad de cultos.

 CAMPAÑAS CONTRA LA CONSTITUCIÓN.

 Contra ella movió el clero toda clase de resortes: representaciones de los obispos, corporaciones eclesiásticas y civiles, y aun de las damas más distinguidas, se presentaron en el Congreso en todos los tonos.  Apenas promulgada la Constitución que era mucho más avanzada que la de 1824, el clero comenzó una campaña haciendo creer al pueblo ignorante que el nuevo código atacaba la religión; y como se dictara una ley para que todos los empleados y funcionarios públicos del país juraran guardar y hacer guardar la Constitución, so pena de perder el cargo que desempeñaran, el clero declaró excomulgados a todos los que cumplieran con ese precepto, negando los sacramentos, aun en artículo de muerte, a quienes no se retractaran del juramento.

  Esto  produjo una situación violentísima; pues el espíritu de partido lo invadió todo, desterrando la paz de las familias, llenando de dudas y congojas a los timoratos, que se hallaban en el terrible dilema o de no comer, o de faltar a sus convicciones, turbando aun la agonía de los moribundos.  La inquina del clero contra el gobierno, había aumentado debido a las publicaciones de algunas leyes que contrariaban, según ellos, a sus privilegios, tañes como: la del registro civil, la de cementerios, y la de obvenciones parroquiales, que prohibía se cobrara a los pobres por bautizos, matrimonios y entierros.

 

GOLPE DE ESTADO.

  Hechas la elecciones conforme a la nueva Constitución, resultaron electos: para Presidente de la República don Ignacio Comonfort, y para Presidente de la Suprema Corte, el licenciado don Benito Juárez, tomando ambos posesión de sus respectivos cargos, el primero de diciembre de i857.   A Comonfort, cuya madre era una posesiva católica, le parecía demasiada radical la Constitución y creía que era imposible gobernar conforme a ella.  Entonces, soñando siempre en la reconciliación de los partidos, entró en tratos con los conservadores para derogarla creyendo que debía convocarse a un nuevo congreso constituyente en que estuvieran representadas todas las tendencias políticas, a fin de que dieran un nuevo estatuto de acuerdo con el verdadero estado de la sociedad mexicana.

  Estas ideas fueron las que originaron el plan político proclamado por el general Félix Zuloaga, en Tacubaya el 17 de diciembre de 1857, plan aceptado por el presidente Comonfort que así rompió sus títulos legales para convertirse en un vulgar revolucionario, que se reducía para anular la Constitución debiendo continuar Comonfort en la presidencia, y convocar al congreso que expediría la nueva Constitución, de acuerdo con la idiosincrasia, costumbres y necesidades del país.

  La torpe conducta política de Comonfort pretendiendo una conciliación imposible entre conservadores y liberales, sólo sirvió para abrir un abismo más hondo entre los dos partidos contendientes.  El conservador, después de aprovechar el golpe de Estado, desconoció a su autor, y por medio de un pronunciamiento militar que estalló en Tacubaya el 11 de enero de 1858, declaró presidente de la República al general Félix Zuloaga.  Entonces Comonfort quiso volver sobre sus pasos echándose en brazos del partido liberal; pero habiendo perdido en él todo prestigio, y abandonado de sus soldados, tuvo que salir fuera del país, poniendo antes en libertad al licenciado don Benito Juárez, Presidente de la Suprema Corte de Justicia, a quien había aprehendido por considerarlo un obstáculo para sus proyectos, por sus ideas liberales avanzadas. Ausente el presidente Comonfort, correspondíale substituirle, conforme a la Constitución del 57, a Juárez, quien en cumplimiento de ella se trasladó a Guanajuato donde estableció su gobierno el 18 de enero de 1858, marchando luego a Guadalajara

  Así quedaron frente a frente dos gobiernos: uno conservador y otro liberal, pretendiendo ambos dominar y ser obedecidos en todo el país.  El primero (el conservador) inauguró desde luego una política francamente reaccionaria, derogando todas aquellas leyes que se consideraban perjudiciales a los intereses del clero y el ejército; como la suspensión del fuero, la desamortización de bienes eclesiásticos, la de obvenciones parroquiales y otras.  Al mismo tiempo estableció el reclutamiento por medio de la leva, para formar un ejército respetable, que puso a las órdenes del general don Luis Osollo. 

                             (Continua en la segunda parte)

 

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