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domingo, 19 de abril de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. (Vigésima quinta y última parte)


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

                      

CONSIDERACIONES SOBRE LA GUERRA (II)


INMORALIDAD GENERAL DEL EJÉRCITO.

  Y no es, como pudiera creerse, que falte valor a los soldados, sino que no están dispuestos a derramar su sangre por un principio abstracto que no entienden.  Francisco Bulnes dice: “La gran mayoría de los oficiales que figuran en luchas intestinas personalistas, buscan un ascenso, o un empleo civil en donde posiblemente se pueda robar, y si esto se puede obtener batiéndose mal ¿Para qué exponer la vida batiéndose bien? ¿por el honor militar?  Las guerras civiles crónicas tienen por base la defección crónica del ejército y este delito es opuesto a todo honor militar”.

  En un país, llegado al grado desmoralización del México de entonces (o el de este año 2026), el valor es inútil y aun estorboso.  En la guerra civil crónica, los ascensos y la riqueza se obtienen “por la defección, la adulación y la cobardía”.  Los cuartelazos continuados pueden elevar a un oficial inepto y cobarde a los altos mandos militares.  Los caudillos desconfían de los valientes y ameritados, porque pueden convertirse en posibles rivales.  Así llega a suceder lo que observaba don José F. Ramírez, en 1845; “Yo no creo, dice en su diario, que los soldados se pronuncien por defender tales o cuales sistemas, sino por miedo a batirse”.

  Dice el coronel Balbontin (1824-1894):  “Durante mi larga carrera he podido observar la protección que los gobernantes y los jefes superiores del ejército impartían a los parientes, amigos o favoritos de que siempre se hallaban rodeados, haciéndolos aparecer ya en la prensa, ya en los partes oficiales, como llenos de méritos o servicios eminentes que los recomendaban altamente a la opinión pública, la que no extrañaba ver que rápidamente se elevaban a los más altos grados de la milicia, con agravio de tantos que por su antigüedad y verdaderos servicios, eran más acreedores, pero que carecían de influencias.  Era usual que todo el que se pronunciaba o que se pasaba traidoramente a los pronunciados, fueran objeto de las mayores distinciones y se elevaba sobre sus anteriores compañeros y aun sobre sus antiguos jefes, que habían permanecido fieles al gobierno caído”.

  ACTITUD DEL PAÍS DURANTE LA GUERRA

  El país en general no tomó el interés que debiera durante la guerra con los Estados Unidos, no hizo todos los sacrificios necesarios para triunfar; las constantes luchas civiles habían acabado casi con todo sentimiento de nobleza y moralidad.  Se puso entonces de manifiesto la incapacidad, indiferencia y falta de patriotismo de las clases privilegiadas:  los generales, cobardes los unos, indisciplinados los otros, y todos ineptos; el clero negando dinero para defender la nacionalidad, pero gastando más de trescientos mil pesos en la revuelta de los “polkos”, los políticos anteponiendo sus intereses personales a los de la patria (tal y como ocurre ahora en el año 2026).  Así los diputados, que mutuamente se apodaban en el Congreso: traidores, perversos y corruptos (como ocurre en 2026 también), en vez de presentar ayuda al ejecutivo para continuar la guerra o ponerle fin, discutían imbécilmente ante el enemigo reformas constitucionales, o asuntos de política local.

  Los odios políticos sembrados en nuestros largos años de guerra civil, producían naturales consecuencias, así el egoísmo de muchos Estados y su falta de solidaridad patriótica, llegaron al extremo de negar hombres y recursos al gobierno general, y aun a no publicar las leyes por éste dictadas, distinguiéndose en esta senda del deshonor y la traición el Estado de Yucatán, que se declaró neutral, y algunos federalistas exaltados que veían con placer la anexión de todo México a los Estados Unidos.

  La historia de estos tiempos sería verdaderamente vergonzosa, a no mediar algunos hechos heroicos, y la actitud del pueblo bajo y parte de la clase media, que no economizaron su sangre para combatir a los invasores; y si fracasaron en su empresa, fue debido a la falta de capacidad de sus conductores, pues en la realidad la mayoría de los hombres que combatieron a los invasores durante toda la guerra, fueron aportados por esas dos clases sociales.  Reconociéndolo así, Mr. Nicholas N. Trist, plenipotenciario estadounidense que firmó el tratado de paz, decía en un informe dirigido a su gobierno:  “La mejor acción, con mucho, que se ha dado en este valle (el de México), por parte de los mexicanos, fue sostenida por cuerpos de milicianos civiles acabados de formar”.

  La guerra con los Estados Unidos nos halló en condiciones desventajosísimas a todas luces.  A la inferioridad física de razas, unamos la debilidad de nuestra organización social y política, la desmoralización, el cansancio y la pobreza resultantes de veinticinco años de guerra civil, y un ejército insuficiente en número, compuesto de gente forzada, con armas que en gran parte eran el desecho que nos vendió Inglaterra, sin medios de transporte, sin ambulancias ni depósitos.  La federación, que en el pueblo enemigo fue el lazo que con Estados diferentes se unieron para formar uno, fue aquí la desmembración de la organización política de la nación para formar Estados indiferentes y aislados unos de los otros.

  Uno de los efectos más deplorables de esta desorganización política, debilitada y complicada aún más por nuestra heterogeneidad de razas, se vio en la indiferencia y el egoísmo con que muchos Estados se atrincheraron en su supuesta soberanía, negando recursos de hombres y dinero al gobierno general, obligando a un tiempo mismo a hacer frente a la invasión extranjera, y a contener y reprimir sublevaciones de los malos mexicanos; y para colmo de males, aún antes de iniciarse la guerra ya otros ejércitos de nuestros vecinos, que eran ricos y poderosos, ya habían invadido nuestros territorios de California y Nuevo México y avanzaban sin tener, prácticamente, enemigo a quien enfrentar.

  La historia expansionista de los Estados Unidos comienza con la independencia de las trece colonias ingleses de la costa este de Norteamérica, gracias al Tratado de Paris en 1783 en el cual Francia y España, victoriosas de la guerra de siete años contra Inglaterra, obligan a esta a reconocer la independencia de sus trece colonias del Este de Norteamérica y retirar todas sus tropas de ese territorio.  Además, se le obligó a permitir que el territorio norteamericano ( ya desde entonces se le llamaba de esa manera) de las trece colonias recién independizadas se extendiera hacia el oeste, hasta el río Mississippi en una franja extensísima en la que serían más adelante los Estados de Ohio, Michigan, Indiana, Kentucky, Tennesse y Mississippi. De esta manera podemos establecer que la independencia de los Estados Unidos no se debió a los llamados patriotas o insurgentes, sino a la intervención de potencias europeas enemigas de Inglaterra.

  A partir de entonces esas trece colonias: Massachusetts, Nueva Hampshire, Nueva York, Rhode Island, Connecticut, Nueva Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia, agrupadas mediante una constitución local en una federación de Estados unidos formando de esta manera una entidad nacional qué desde entonces, mediados del siglo XVIII, se autonombraron Estados Unidos. Esta nueva nación, haciéndose eco de los renegados religiosos que en 1620 llegaron a América del norte (y que ellos pomposamente se autollamaron “padres fundadores”) en el barco “Mayflower”, y qué al llegar, según ellos, Dios les confiere posesión de todo el continente llamándole a esa histriónica actuación “Destino Manifiesto”, inician su expansión territorial al oeste de Norteamérica.

  Esa expansión se inicia con la compra a la Francia de Napoleón Bonaparte del extenso territorio de la Luisiana en 1803; Napoleón sostenía en Europa una terrible guerra contra Inglaterra y Rusia no dudó en aceptar la propuesta de 15 millones de dólares por su territorio en America; más tarde en 1819 mediante una transacción que más que eso se trató de un chantaje a España con lo que se consiguió que esta le cediera el territorio de La Florida, a cambio de renunciar a sus pretensiones sobre la isla de Cuba; después de un largo litigio con Inglaterra esta le tuvo que ceder el territorio norteño de Oregón en 1845 y este mismo año Texas es anexionada a la Union lo que provoca más adelante la guerra contra México.

  México nunca había reconocido la independencia de Texas y, naturalmente, se sintió agraviado cuando Estados Unidos admitió al Estado rebelde en la Unión.  Nada puede contener a un país, cuando se lanza por el camino de la expansión territorial y es bastante fuerte para imponer sus decisiones y su voracidad a naciones más débiles; y ese era el caso de los Estados Unidos en aquellos tiempos.  Era un país vigoroso y en pleno desarrollo, y las fronteras de su territorio no podían impedir su impetuoso crecimiento y su depredadora ambición, fijándose entonces en los casi desolados territorios mexicanos al norte del río Bravo, y más tratándose de un país débil y azotado por continuos conflictos civiles y totalmente empobrecido.  Finalmente, el país chico fue invadido por el país grande y fuerte, y no tuvo más remedio que defenderse de la artera agresión, estallando la guerra a lo largo de la ribera norte del río Bravo en abril de 1846.

  La conquista de California y Nuevo México ya estaba consumada a medias por la fuerte inmigración angloamericana en esas regiones mexicanas durante las últimas décadas, y algunas secciones de las fuerzas armadas angloamericanas estaban ya listas para entrar en acción.  México nunca había gobernado realmente aquel enorme territorio y lo perdió sin combatir.  En ese mismo verano (1846), algunas tropas norteamericanas cruzaron el desierto desde Kansas y tomaron la ciudad de Santa Fe, en Nuevo México prácticamente sin librar una sola batalla.  Luego franquearon las montañas y se unieron en San Diego a otras que habían realizado la conquista de California.

  En febrero, el general Zachary Taylor con un pequeño ejército venció a otro mexicano en la zona del Río Bravo y más al sur hizo retirarse de la batalla en las lomas coahuilenses de la Angostura al ejército del general y Presidente de México Antonio López de Santa Anna.  Más tarde el general invasor Winfield Scott, a la cabeza de diez mil hombres perfectamente entrenados y armados con las armas  más poderosas y modernas, se dirigió directamente hacia el centro de México, y en septiembre de 1847 ocupó su capital.

  El gran sudoeste integraba ya la Unión, y los Estados Unidos se extendían de océano a océano; este método de apoderarse de la tierra mediante la guerra y la conquista contra países débiles distaba de ser justa y honorable, y era un paso más en una perversa conspiración de rapiña contra los altos principios proclamados en la declaración de independencia de los Estados Unidos; pero el hecho ya estaba consumado.

El gobierno estadounidense empleó en la guerra veintisiete mil hombres del ejército regular, más setenta y un mil trescientos voluntarios (mercenarios), dando un total de noventa y nueve mil hombres; las pérdidas por muerte en combate y otras causas no bajaron de veinticinco mil hombres; se emplearon además tres mil carros, doscientos cañones, otros tantos barcos y ciento sesenta millones de dólares, una cifra estratosférica en aquellos tiempos y circunstancias. 

  A pesar de ello, la guerra contra México fue un brillante negocio preparado por los Estados Unidos, desde antes que México se hiciera independiente; pues las magníficas tierras de Texas, California y Nuevo México, sus puertos en ambos océanos, los placeres de oro y petróleo de allí a poco descubiertos, y todas las valiosísimas preciosidades incalculables que se encuentran en las entrañas de los valiosos terrenos que se enajenaron por medio de la fuerza, así como la explotación de bosques y ríos, y en general el aumento de su extensión territorial al doble, que hizo que se convirtiera con el paso del tiempo, en el país más poderoso del mundo, compensó con grandísimas creces el gasto en hombres y dinero para realizar el robo más grande y espectacular, a la par que cobarde, que registran los anales de la historia del mundo.

  Y como una imprevista culminación de este emocionante drama, en el mismo año en que se firmó el tratado que ponía fin al conflicto, se descubrió oro en el valle de Sacramento, en California.  Esto haría que los territorios del oeste se poblaran rápidamente, hasta constituirse en los Estados más grandes y ricos de los Estados Unidos: California, Nevada, Utah, Colorado, Arizona, Nuevo Mexico, Texas, parte de Wyoming y parte de Oklahoma.

                

                     FIN DE LOS RECUERDOS DE LA INVASION NORTEAMERICANA.

BIBLIOGRAFIA,


Recuerdos de la invasión norteamericana por un joven de entonces (1846-1848

José María  Barcena  tomos 1 y 2

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Edición: “Cien de México  1991

México, D.F.

 

Seis siglos de historia gráfica de México  tomo 1

Gustavo Casasola

Ediciones Gustavo Casasola  1962

México, D.F.

 

Historia esencial de México  tomo 3

Armando Ayala Anguiano

Editorial Contenido  2003

México, D.F.

 

Visión panorámica de la historia de México

Martín Quirarte

Librería Porrúa Hnos. y Cia. S.A.  1967

México, D.F.

 

Episodios militares mexicanos

Heriberto Frias

Editorial Porrúa, S.A    1987

 

Historia de México.

Alfonso Toro

Librería Porrúa Hnos. y Cia.  1958

 

Nueva Enciclopedia Temática    Tomo XI

Editora Richards, S.A.  1967

Panamá, Centroamérica.

 

Geografía Universal Ilustrada   tomo V

Editorial Noguer, S.A.    1982

Barcelona, España.

 

Diario histórico mexicano     Tomo I

Rafael Urista de Hoyos    2017

Edición particular

Allende, Coahuila, México.

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