Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
CONSIDERACIONES SOBRE LA
GUERRA (II)
INMORALIDAD
GENERAL DEL EJÉRCITO.
Y no es, como pudiera
creerse, que falte valor a los soldados, sino que no están dispuestos a
derramar su sangre por un principio abstracto que no entienden. Francisco Bulnes dice: “La gran mayoría de
los oficiales que figuran en luchas intestinas personalistas, buscan un
ascenso, o un empleo civil en donde posiblemente se pueda robar, y si esto se
puede obtener batiéndose mal ¿Para qué exponer la vida batiéndose bien? ¿por el
honor militar? Las guerras civiles
crónicas tienen por base la defección crónica del ejército y este delito es
opuesto a todo honor militar”.
En un país, llegado
al grado desmoralización del México de entonces (o el de este año 2026), el
valor es inútil y aun estorboso. En la
guerra civil crónica, los ascensos y la riqueza se obtienen “por la defección,
la adulación y la cobardía”. Los
cuartelazos continuados pueden elevar a un oficial inepto y cobarde a los altos
mandos militares. Los caudillos
desconfían de los valientes y ameritados, porque pueden convertirse en posibles
rivales. Así llega a suceder lo que
observaba don José F. Ramírez, en 1845; “Yo no creo, dice en su diario, que los
soldados se pronuncien por defender tales o cuales sistemas, sino por miedo a
batirse”.
Dice el coronel
Balbontin (1824-1894): “Durante mi larga
carrera he podido observar la protección que los gobernantes y los jefes
superiores del ejército impartían a los parientes, amigos o favoritos de que
siempre se hallaban rodeados, haciéndolos aparecer ya en la prensa, ya en los
partes oficiales, como llenos de méritos o servicios eminentes que los
recomendaban altamente a la opinión pública, la que no extrañaba ver que
rápidamente se elevaban a los más altos grados de la milicia, con agravio de
tantos que por su antigüedad y verdaderos servicios, eran más acreedores, pero
que carecían de influencias. Era usual
que todo el que se pronunciaba o que se pasaba traidoramente a los pronunciados,
fueran objeto de las mayores distinciones y se elevaba sobre sus anteriores
compañeros y aun sobre sus antiguos jefes, que habían permanecido fieles al
gobierno caído”.
ACTITUD DEL PAÍS
DURANTE LA GUERRA
El país en general no
tomó el interés que debiera durante la guerra con los Estados Unidos, no hizo
todos los sacrificios necesarios para triunfar; las constantes luchas civiles
habían acabado casi con todo sentimiento de nobleza y moralidad. Se puso entonces de manifiesto la
incapacidad, indiferencia y falta de patriotismo de las clases
privilegiadas: los generales, cobardes
los unos, indisciplinados los otros, y todos ineptos; el clero negando dinero
para defender la nacionalidad, pero gastando más de trescientos mil pesos en la
revuelta de los “polkos”, los políticos anteponiendo sus intereses personales a
los de la patria (tal y como ocurre ahora en el año 2026). Así los diputados, que mutuamente se apodaban
en el Congreso: traidores, perversos y corruptos (como ocurre en 2026 también),
en vez de presentar ayuda al ejecutivo para continuar la guerra o ponerle fin,
discutían imbécilmente ante el enemigo reformas constitucionales, o asuntos de
política local.
Los odios políticos
sembrados en nuestros largos años de guerra civil, producían naturales
consecuencias, así el egoísmo de muchos Estados y su falta de solidaridad
patriótica, llegaron al extremo de negar hombres y recursos al gobierno
general, y aun a no publicar las leyes por éste dictadas, distinguiéndose en
esta senda del deshonor y la traición el Estado de Yucatán, que se declaró
neutral, y algunos federalistas exaltados que veían con placer la anexión de
todo México a los Estados Unidos.
La historia de estos
tiempos sería verdaderamente vergonzosa, a no mediar algunos hechos heroicos, y
la actitud del pueblo bajo y parte de la clase media, que no economizaron su
sangre para combatir a los invasores; y si fracasaron en su empresa, fue debido
a la falta de capacidad de sus conductores, pues en la realidad la mayoría de
los hombres que combatieron a los invasores durante toda la guerra, fueron
aportados por esas dos clases sociales.
Reconociéndolo así, Mr. Nicholas N. Trist, plenipotenciario
estadounidense que firmó el tratado de paz, decía en un informe dirigido a su
gobierno: “La mejor acción, con mucho,
que se ha dado en este valle (el de México), por parte de los mexicanos, fue
sostenida por cuerpos de milicianos civiles acabados de formar”.
La guerra con los
Estados Unidos nos halló en condiciones desventajosísimas a todas luces. A la inferioridad física de razas, unamos la
debilidad de nuestra organización social y política, la desmoralización, el
cansancio y la pobreza resultantes de veinticinco años de guerra civil, y un
ejército insuficiente en número, compuesto de gente forzada, con armas que en
gran parte eran el desecho que nos vendió Inglaterra, sin medios de transporte,
sin ambulancias ni depósitos. La
federación, que en el pueblo enemigo fue el lazo que con Estados diferentes se
unieron para formar uno, fue aquí la desmembración de la organización política
de la nación para formar Estados indiferentes y aislados unos de los otros.
Uno de los efectos
más deplorables de esta desorganización política, debilitada y complicada aún
más por nuestra heterogeneidad de razas, se vio en la indiferencia y el egoísmo
con que muchos Estados se atrincheraron en su supuesta soberanía, negando
recursos de hombres y dinero al gobierno general, obligando a un tiempo mismo a
hacer frente a la invasión extranjera, y a contener y reprimir sublevaciones de
los malos mexicanos; y para colmo de males, aún antes de iniciarse la guerra ya
otros ejércitos de nuestros vecinos, que eran ricos y poderosos, ya habían
invadido nuestros territorios de California y Nuevo México y avanzaban sin
tener, prácticamente, enemigo a quien enfrentar.
La historia
expansionista de los Estados Unidos comienza con la independencia de las trece
colonias ingleses de la costa este de Norteamérica, gracias al Tratado de Paris
en 1783 en el cual Francia y España, victoriosas de la guerra de siete años
contra Inglaterra, obligan a esta a reconocer la independencia de sus trece
colonias del Este de Norteamérica y retirar todas sus tropas de ese
territorio. Además, se le obligó a
permitir que el territorio norteamericano ( ya desde entonces se le llamaba de
esa manera) de las trece colonias recién independizadas se extendiera hacia el
oeste, hasta el río Mississippi en una franja extensísima en la que serían más
adelante los Estados de Ohio, Michigan, Indiana, Kentucky, Tennesse y Mississippi.
De esta manera podemos establecer que la independencia de los Estados Unidos no
se debió a los llamados patriotas o insurgentes, sino a la intervención de
potencias europeas enemigas de Inglaterra.
A partir de entonces
esas trece colonias: Massachusetts, Nueva Hampshire, Nueva York, Rhode Island,
Connecticut, Nueva Jersey, Pennsylvania, Delaware, Maryland, Virginia, Carolina
del Norte, Carolina del Sur y Georgia, agrupadas mediante una constitución
local en una federación de Estados unidos formando de esta manera una entidad
nacional qué desde entonces, mediados del siglo XVIII, se autonombraron Estados
Unidos. Esta nueva nación, haciéndose eco de los renegados religiosos que en
1620 llegaron a América del norte (y que ellos pomposamente se autollamaron
“padres fundadores”) en el barco “Mayflower”, y qué al llegar, según ellos, Dios
les confiere posesión de todo el continente llamándole a esa histriónica
actuación “Destino Manifiesto”, inician su expansión territorial al oeste de
Norteamérica.
Esa expansión se
inicia con la compra a la Francia de Napoleón Bonaparte del extenso territorio
de la Luisiana en 1803; Napoleón sostenía en Europa una terrible guerra contra
Inglaterra y Rusia no dudó en aceptar la propuesta de 15 millones de dólares
por su territorio en America; más tarde en 1819 mediante una transacción que
más que eso se trató de un chantaje a España con lo que se consiguió que esta
le cediera el territorio de La Florida, a cambio de renunciar a sus
pretensiones sobre la isla de Cuba; después de un largo litigio con Inglaterra
esta le tuvo que ceder el territorio norteño de Oregón en 1845 y este mismo año
Texas es anexionada a la Union lo que provoca más adelante la guerra contra México.
México nunca había
reconocido la independencia de Texas y, naturalmente, se sintió agraviado
cuando Estados Unidos admitió al Estado rebelde en la Unión. Nada puede contener a un país, cuando se
lanza por el camino de la expansión territorial y es bastante fuerte para
imponer sus decisiones y su voracidad a naciones más débiles; y ese era el caso
de los Estados Unidos en aquellos tiempos.
Era un país vigoroso y en pleno desarrollo, y las fronteras de su
territorio no podían impedir su impetuoso crecimiento y su depredadora ambición,
fijándose entonces en los casi desolados territorios mexicanos al norte del río
Bravo, y más tratándose de un país débil y azotado por continuos conflictos
civiles y totalmente empobrecido.
Finalmente, el país chico fue invadido por el país grande y fuerte, y no
tuvo más remedio que defenderse de la artera agresión, estallando la guerra a
lo largo de la ribera norte del río Bravo en abril de 1846.
La conquista de
California y Nuevo México ya estaba consumada a medias por la fuerte
inmigración angloamericana en esas regiones mexicanas durante las últimas
décadas, y algunas secciones de las fuerzas armadas angloamericanas estaban ya
listas para entrar en acción. México
nunca había gobernado realmente aquel enorme territorio y lo perdió sin
combatir. En ese mismo verano (1846),
algunas tropas norteamericanas cruzaron el desierto desde Kansas y tomaron la
ciudad de Santa Fe, en Nuevo México prácticamente sin librar una sola
batalla. Luego franquearon las montañas
y se unieron en San Diego a otras que habían realizado la conquista de
California.
En febrero, el
general Zachary Taylor con un pequeño ejército venció a otro mexicano en la
zona del Río Bravo y más al sur hizo retirarse de la batalla en las lomas
coahuilenses de la Angostura al ejército del general y Presidente de México
Antonio López de Santa Anna. Más tarde
el general invasor Winfield Scott, a la cabeza de diez mil hombres
perfectamente entrenados y armados con las armas más poderosas y modernas, se dirigió
directamente hacia el centro de México, y en septiembre de 1847 ocupó su capital.
El gran sudoeste
integraba ya la Unión, y los Estados Unidos se extendían de océano a océano;
este método de apoderarse de la tierra mediante la guerra y la conquista contra
países débiles distaba de ser justa y honorable, y era un paso más en una
perversa conspiración de rapiña contra los altos principios proclamados en la
declaración de independencia de los Estados Unidos; pero el hecho ya estaba
consumado.
El gobierno estadounidense empleó en la guerra veintisiete
mil hombres del ejército regular, más setenta y un mil trescientos voluntarios
(mercenarios), dando un total de noventa y nueve mil hombres; las pérdidas por
muerte en combate y otras causas no bajaron de veinticinco mil hombres; se
emplearon además tres mil carros, doscientos cañones, otros tantos barcos y
ciento sesenta millones de dólares, una cifra estratosférica en aquellos
tiempos y circunstancias.
A pesar de ello, la
guerra contra México fue un brillante negocio preparado por los Estados Unidos,
desde antes que México se hiciera independiente; pues las magníficas tierras de
Texas, California y Nuevo México, sus puertos en ambos océanos, los placeres de
oro y petróleo de allí a poco descubiertos, y todas las valiosísimas
preciosidades incalculables que se encuentran en las entrañas de los valiosos
terrenos que se enajenaron por medio de la fuerza, así como la explotación de
bosques y ríos, y en general el aumento de su extensión territorial al doble,
que hizo que se convirtiera con el paso del tiempo, en el país más poderoso del
mundo, compensó con grandísimas creces el gasto en hombres y dinero para
realizar el robo más grande y espectacular, a la par que cobarde, que registran
los anales de la historia del mundo.
Y como una imprevista
culminación de este emocionante drama, en el mismo año en que se firmó el
tratado que ponía fin al conflicto, se descubrió oro en el valle de Sacramento,
en California. Esto haría que los
territorios del oeste se poblaran rápidamente, hasta constituirse en los
Estados más grandes y ricos de los Estados Unidos: California, Nevada, Utah,
Colorado, Arizona, Nuevo Mexico, Texas, parte de Wyoming y parte de Oklahoma.
FIN DE LOS RECUERDOS DE LA
INVASION NORTEAMERICANA.
BIBLIOGRAFIA,
Recuerdos de la invasión norteamericana
por un joven de entonces (1846-1848
José María Barcena
tomos 1 y 2
Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes
Edición: “Cien de México 1991
México, D.F.
Seis siglos de historia gráfica de
México tomo 1
Gustavo Casasola
Ediciones Gustavo Casasola 1962
México, D.F.
Historia esencial de México tomo 3
Armando Ayala Anguiano
Editorial Contenido 2003
México, D.F.
Visión panorámica de la historia de
México
Martín Quirarte
Librería Porrúa Hnos. y Cia. S.A. 1967
México, D.F.
Episodios militares mexicanos
Heriberto Frias
Editorial Porrúa, S.A 1987
Historia de México.
Alfonso Toro
Librería Porrúa Hnos. y Cia. 1958
Nueva Enciclopedia Temática Tomo XI
Editora Richards, S.A. 1967
Panamá, Centroamérica.
Geografía Universal Ilustrada tomo V
Editorial Noguer, S.A. 1982
Barcelona, España.
Diario histórico mexicano Tomo I
Rafael Urista de Hoyos 2017
Edición particular
Allende, Coahuila, México.







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