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domingo, 12 de abril de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CONSIDERACIONES SOBRE LA GUERRA (1). Vigésima Cuarta Parte.


 Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

 LOS DOS EJÉRCITOS.

  Las siguientes consideraciones se refieren a la situación del ejército mexicano en los tiempos inmediatamente anteriores al inicio de la guerra México-Estados Unidos.

  No se necesita ser profeta para augurar el resultado de la lucha entre México y los Estados unidos; pues bastaba comparar el estado en que se encontraban ambos países para saber quién quedaría triunfante.  Cierto que “el patriotismo voncinglero”, (algo que grita muy fuerte y habla mucho y vanamente) como lo ha llamado Roa Barcena, nos hacía creer que éramos los primeros soldados del mundo, a pesar de nuestros fracasos en Texas y en la primera guerra con Francia; pero los mexicanos pensadores de todos los partidos preveían lo que iba a suceder.

  Aunque México tenía un enorme presupuesto de guerra, carecía verdaderamente de   jefes propiamente dignos de ese nombre.  Las fuerzas invasoras eran superiores físicamente, por su armamento, por su artillería, por el arreglo y precisión de su parque, por la abundancia de víveres y dinero, por sus transportes, por su disciplina, por su instruida oficialidad y por su reclutamiento.

  Nuestras fuerzas eran valientes, pero reclutadas de leva, sin confianza en sus jefes y oficiales; su armamento era anticuado; la artillería vieja y obsoleta, de corto alcance, y generalmente mal manejada; la caballería casi inútil, y sus maniobras de una lentitud exasperante; no había ambulancias, ni víveres, ni hospitales, ni transportes propios del ejército.  Así, como un real ejemplo de desbarajuste imperante, en la batalla del Molino del Rey, los carros y tiros de mulas de las piezas, habían sido retirados a la ciudad de México por los capataces, en vista sólo de la conveniencia de los contratistas.

LA MISERIA DE NUESTRO EJÉRCITO.

  Los soldados mexicanos, a los que casi nunca se les pagaba su haber, pero a quienes sus jefes maltrataban y explotaban, acudían a la deserción en cuanto podían, y aun se rebelaban con las armas en la mano cuando se les ordenaba marchar, como ocurrió en la guerra de Texas.

  La miseria en que vivía el ejército a consecuencia de los repetidos cuartelazos era verdaderamente vergonzosa. Poco antes de la guerra con los Estados Unidos, el general Micheltorena tenía que vender su cama y sus enseres para dar de comer a sus soldados carne sin sal; el general Morlet tenía que andar huyendo de sus acreedores; el general Mariano Arista, a cuyas tropas se llegaron a deber $342,532.00, decía que: “sus soldados habían aprendido a no comer, táctica que se ignoraba en todos los ejércitos del mundo”; vaya cinismo.

   Hubo lugares en donde la caballería quedó desmontada, porque no había con que comprar forrajes, y la tropa estaba casi desnuda, sin uniformes ni cobijas.  En San Juan de Ulúa, estando ya a la vista la escuadra angloamericana, el coronel Cano se vió obligado a vender a un buque extranjero, cinco cañones de la fortaleza, para dar de comer a la guarnición.  El poco dinero con que se contaba era bastante apenas para tener contentos a los generales pretorianos (se decía de aquel soldado con creencias imperiales) a quienes se temía, para que no se pronunciaran.

  LOS JEFES DE NUESTRO EJÉRCITO.

  Nuestro ejército, en el momento mismo de inicio de la guerra, prácticamente no tenía jefes, ni disciplina, ni recursos, ni organización administrativa, ni mando supremo, como lo decía el historiador Francisco Bulnes.  A propósito de la facilidad con que se expedían mandos militares, contaba el ministro de la guerra José María Tornel, que hubo vez que se le entumecieron los dedos de firmar tantos nombramientos, y mes hubo en que la lista del Ministerio de Guerra se pagó con sólo el valor de los despachos extendidos por él. Comentando estos hechos, dice el historiador don José Fernando Ramírez: “El entendimiento se aturde al contemplar cómo esta nación ha podido conservarse después de tamaño desorden.  Más le hubiera valido haberle sacado en préstamo, o cualquiera contribución, tres millones, que no haberle dejado los elementos de desunión, de inmoralidad y reacciones que forman esos millares de jefes y oficiales improvisados”.

  El general invasor Winfield Scott, después de la batalla de Cerro Gordo, decía en una proclama dirigida a los mexicanos:  “El corazón más duro se llenaría de pesar, al ver los campos de batalla de México, momentos después de la última lucha.  Aquellos a quienes la nación había hecho generales, sin prestar ningún servicio y pagado por tantos años, con honrosas excepciones, la habían traicionado con su mal ejemplo, y su falta de capacidad.  En aquellos campos, entre muertos y moribundos, no se ven pruebas de honor militar; porque se ven reducidos a la triste suerte del soldado, la misma en todas ocasiones, desde Palo Alto a Cerro Gordo, de que si muere, queda sin sepultura, y si es herido abandonado a la caridad y clemencia del vencedor.  Los soldados que van a la lucha esperando tal recompensa, merecen clasificarse  entre los mejores del mundo, ya que no están estimulados por ninguna esperanza de gloria efímera, de sentimiento o de recuerdo, ni siquiera de reposar en un sepulcro”.

  Refirámonos ahora a los oficiales de nuestro ejército:  cuando un joven de los que se llaman decentes, es decir, de buena familia, es demasiado tonto o perezoso para estudiar y licenciarse y ocuparse en la agricultura, el comercio, la industria o cualquiera otra actividad económicamente activa, apela al recurso de hacerse fraile o soldado.  No le queda más alternativa a la familia que habilitarlo entre hábito o el uniforme.  Si se decide por el uniforme, la familia remueve cielo y tierra para conseguirle por lo pronto el grado de subteniente, lo que no le cueste mucho trabajo al nene, porque basta que el solicitante sepa mal leer y escribir para que satisfaga los conocimientos que la profesión exige (estamos situados en los tiempos primarios del siglo XIX).  Una vez que el joven oficial lanzado en los primeros grados, está seguro de hacer carrera, revolucionando y vendiendo su noble espada conseguida tan ilegítimamente, a todos los partidos políticos; de este modo llegará sin duda a general e incluso hasta a presidente de la República.

  LA DISCIPLINA DE NUESTRO EJÉRCITO.

  No hay entre los oficiales uniforme propiamente dicho, ni disciplina, ni respeto por las conveniencias, por el grado o por el rango.  Un teniente entra a una taberna y pega con la mano a su coronel sobre la espalda y se embriaga con él.  Uno de estos últimos confesaba que nunca había logrado que sus oficiales fuesen a las maniobras de instrucción.  En efecto, de lo que menos se ocupan es de su profesión, y como su servicio se limita a muy poca cosa, pasan su tiempo en las casas de juego o en los lupanares.  Un capitán jugó un día su sueldo que acababa de recibir, jugó luego los galones de su grado y los perdió también, la suerte le fue tan contraria que finalmente jugó y perdió las charreteras de su oficialidad.

  Tales son las ocupaciones ordinarias de estas gentes, desde el general hasta el sargento.  Como sus sueldos no se pagan con puntualidad, los señores oficiales tienen a menudo la bolsa vacía y para salir de apuros, el jefe suele desertar con la caja del batallón, el capitán con la caja de su compañía y el sargento con los haberes de los soldados. Por los oficiales como los que dejamos descritos, se comprende que no conocieran sus obligaciones y que fueran notoriamente incompetentes.  El mismo General Presidente López de Santa Anna, después de las continuadas derrotas sufridas durante la guerra contra los invasores yanquis, según cuenta el historiador don José F. Ramírez, decía:  “que en su ramo todos los generales, incluso él, apenas podían ser cabos, y pedía con ansia que se solicitaran algunos oficiales españoles de los emigrados carlistas de la pasada guerra civil española, ofreciendo recibirlos con todas las prebendas de la oficialidad mexicana y garantizados sus empleos”.

LA TACTICA Y LA ESTRATÉGIA.

  La torpeza de nuestros generales queda manifiesta con el poco tino para escoger posiciones, en la negligencia para asegurar y defender los flancos durante la guerra norteamericana.  En casi todas las batallas, nuestro ejército estuvo a la defensiva  que según los técnicos es el peor sistema que se puede seguir.  La estrategia de nuestros generales se reducía a interceptar el paso del enemigo, sin cuidar jamás de organizar la guerra en el terreno que quedaba a la espalda y los lados del enemigo.  Nuestros ejércitos marchaban siempre con un gran número de mujeres y niños que estorbaban las maniobras y robaban cuanto encontraban a su paso, dejando un rastro de hombres y animales enfermos, muertos y rezagados, de quienes nadie se ocupaba.

  En campaña los ejércitos beligerantes no son nunca numerosos, pues desde que el soldado huele la pólvora, arroja sus armas y deserta con más facilidad y en mayor número que en tiempos de paz.  Después de tres o cuatro meses de preparativos, si la colisión llega a ser inevitable, el gran ejército de operaciones marcha contra el enemigo, si el enemigo que se va a atacar está a cien leguas (400 kilómetros), la marcha dura dos o tres meses y  ¡que marcha! O más bien  ¡que desorden!  En fin, el enemigo es alcanzado, nada de disposiciones estratégicas, nada de maniobras que aconseja la prudencia o que denotan la habilidad de un jefe, inmediatamente y casi a discreción se decide intercambiar la fusilería; en todo caso la acción no dura largo tiempo, pues en cuanto uno de los contendientes ve caer a unos treinta de los suyos, cede el terreno y una vez rechazado no intenta reorganizarse ni restablecer el combate, el desorden es general y se convierte en un “sálvese quien pueda” donde los primeros son los jefes y oficiales.

                                                                                              Continua en la vigésima quinta parte.

 

   

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