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domingo, 15 de marzo de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Vigésima Primer Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

  SÍNTESIS DE LA INVASIÓN:

  Llegamos al punto final de la tristísima campaña.  Flamea el odioso y arrogante pabellón de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional de la República Mexicana.  Miremos en conjunto la memorable campaña, gloriosa y triste, la pugna desigual, con sus ejemplos magníficos.

  Nuestros desastres se inician en las primeras batallas de Palo Alto y la Resaca de las palmas, notándose desde luego la abominable discordia que existía entre unos y otros generales, henchidos todos de fatuidad, creyéndose cada uno de ellos superior a los demás, surgiendo por lo tanto, envidias y egoísmos feroces.

  Y llegaron las derrotas, y todo el orgullo nacional contagiado enfermizamente de una arrogancia incalificable, sufrió gran desencanto, y ante la retirada ---la fuga, mejor dicho--- de las tropas que pelearon más allá del Bravo, la nación quedó estupefacta, y la desmoralización del ejército fue inmensa.  El enemigo que nunca soñara tan fáciles triunfos ---Palo Alto y Resaca de la Palma---, avanza, pasa el gran Río, ocupa tranquiñamente Matamoros, y reforzado y victorioso, va a apoderarse de la bella Monterrey.

  Allí se ha concentrado nuestro batido Ejército del Norte, reforzándose con tropas llegadas del centro del país; pero minadas ya por la desconfianza que origina en ellas los constantes y súbitos cambios de jefes superiores.  Monterrey se defiende al fin, heroicamente, durante cuatro días, resistiendo en los primeros, con gloria, furiosísimos ataques, hasta que, comprendiendo el jefe mexicano, general Pedro Ampudia, la inutilidad de seguir con más tiempo la resistencia, capitula con su guarnición, retirándose con las banderas desplegadas y a tambor batiente, hacia el interior de la República.

  Entonces, mientras nuestras tropas marchaban penosamente, batidas de nuevo, faltas de víveres y más y más desmoralizadas, dejando en los caminos, en arenales y malezas, su ánimo y su sangre, entonces el invasor, por el contrario, aseguraba formidable línea de operaciones en el norte, ya de espaldas al Río Bravo, entre Monterrey y Saltillo, a las órdenes del general Zachary Taylor, en tanto que la escuadra angloamericana con sus formidables buques, se disponía a amenazar Tampico, habiendo declarado desde antes, bloqueados todos nuestros puertos.

  De la capital de la República, tras vergonzosas conmociones políticas que sobajan el poder de resistencia de la Nación, minados por ambiciosos partidos que el retrógado presidente alentara, sale Sant Anna conduciendo el ejército que se había reunido en el interior de México, hacia San Luis Potosí, para efectuar allí una gran reconcentración y reorganización general, con la mira de dirigirse ofensivamente contra el ejército de Taylor.  Van llegando las tropas a San Luis, con piquetes de diversos cuerpos y escoltas que conducen el contingente de sangre de algunos Estados, reuniéndose en la digna ciudad innumerables jefes militares, altos personajes civiles, y ricos contratistas y comerciantes.

  El general Santa Anna intenta constituir un disciplinado ejército e instruido ejército, más por desgracia, , y en honor a la verdad, ni Napoleón Bonaparte hubiera podido en aquellas circunstancias verificar semejante prodigio.  Baste decir que en resumen faltó:  tiempo y dinero.  Ni armas, ni equipo, ni víveres suficientes se pudieron reunir, y como por otra parte, el tiempo apremiaba y la prensa de México, rabiosamente frenética, hacía llover sobre el ejército, como siempre lo hacía, insultos y anatemas, hubo que lanzarse a través del desierto, después de largas y penosísimas jornadas, hasta chocar sangrientamente contra el potente y disciplinado adversario en las ásperas lomas de La Angostura; el 22 de febrero de 1847.

  Allí la victoria prácticamente estaba ya en nuestras manos al terminar el día; pero la mano negra de la traición de nuestro general presidente con el fútil pretexto de verse aplastado si continúa la batalla al siguiente día cuando ya Taylor ordenaba preparar la retirada de sus fuerzas, Santa Anna retrocede ignominiosamente, sufriendo en la retirada mayores pérdidas que las que hubiera tenido perdiendo la jornada que no quiso arriesgar;  y si a esto se agrega el haber ordenado por el mismo Santa Anna el abandono de Tampico, puerto que se había fortificado espléndidamente, se comprenderá todo el avance estratégico de los invasores.

  Éstos, desde antes de la Angostura, en virtud de órdenes de su control director, cambiaron su teatro de operaciones, trasladándolo del norte al oriente, tomando como base para desembarque en Veracruz, y el mismo Tampico, que les regaló nuestro insigne general presidente , por decirlo así, a nuestros enemigos; una muestra más del enemigo en casa.  Y principiaron los terribles acontecimientos de Veracruz que fue abandonada a su heroica población, que no tuvo más remedio que el de su propio y alto civismo; y ya vimos con cuanto denuedo resistió en la ciudad el diluvio de bronce y fuego con que fue bombardeada. Y días antes, la capital de la República continuaba con un ejército de cuerpos veteranos y Guardias nacionales inmovilizados en lugar de estar en Veracruz defendiendo la soberanía nacional. En aquel tiempo el gobierno mexicano contaba con un cuerpo de las llamadas guardias nacionales, que al igual que hoy no era más que un apéndice del ejército.  Después, mientras que Scott se disponía a avanzar sobre México, Santa Anna, arrogante como siempre, anatematiza, con una fingida indignación, la capitulación de Veracruz, como lo hizo con Monterrey, y en una proclama dice que irá con los restos del ejército a vengar la deshonra de la caída del hermoso puerto.  Escoge el punto llamado Cerro Gordo para resistir al ejército de Scott.

  El jefe de ingenieros mexicanos junto con los jefes militares del ejército, tratan de hacer comprender al general presidente las inconveniencias tácticas de aquella posición, fácilmente envolvible contra nuestras tropas, y más aún, cuando se acumulan todos los elementos de combate sobre la derecha del punto, debiendo, por el contrario, protegerse el lado izquierdo de nuestras líneas.  Más, irguiéndose el imbécil orgullo de Santa Anna, le vemos tender sus fuerzas a uno y otro lado del camino de Veracruz, y tras breve combate, herida de muerte nuestra debilitada ala izquierda, lleve de la batalla con su dominante cima del cerro del Telégrafo el que fue abandonado por Santa Anna, envueltas las posiciones mexicanas ---tal como lo vaticinaron los ingenieros militares--- y cortado a su ejército la retirada, cae destruido y totalmente masacrado por un potente y moderno ejército que por añadidura se encontró con todas las facilidades que les obsequió su gran aliado Santa Anna. ¡Pleno aniquilamiento!  Que retumbó en todos los ámbitos de la República mexicana.

  Santa Anna, como siempre, huye prófugo como un forajido, y va a refugiarse entre nubes de dispersos, a Orizaba, en tanto que la caballería, que no había combatido, se abrigaba en Chalchicomula abandonando el fuerte de Perote, el cual cae enseguida en poder de los invasores.  Enseguida nuestros perseguidos soldados llegan a Puebla la que tiene que abandonar por la llegada del invasor, hasta concentrarse todos los elementos disponibles para la defensa nacional en el valle de México, en el país gangrenado por los odios políticos, incapaz al parecer, en  su crisis generalizada, de cualquier energía para seguir defendiéndose.  El ejército invasor continúa, lenta y triunfalmente sus etapas, dejando pasar días y días sabedor del debilitamiento de las defensas mexicanas y confiando en el elemento infiltrado en las filas mexicanas y que les facilitará sus acciones militares.

  Sencillo es el plan de Santa Anna: por el norte sostener el ataque contrario concretamente por El Peñón que es por donde espera la acometida de Scott, en tanto que la reserva, compuesta por el resto del ejército del norte, recién llegado de San Luis Potosí, embestiría las columnas asaltantes por un flanco, hasta que llegado el instante preciso, acometiera la intacta caballería que debía estar a la expectativa de los combates en el valle, colocándose siempre a retaguardia del enemigo.  Y ya vimos como Scott rehúye hábilmente el Peñón, fortificado con grandes construcciones y guarnecido con la flor y nata de la población de México, para correrse hacia el sur, entre la cordillera y las lagunas del valle, llegando a Tlalpan, desde donde pudo lanzar directamente sus columnas sobre la capital.

  Ante tales movimientos, nuestro ejército del norte pasa de oriente a poniente, ocupando San Ángel y con orden de vigilar el flanco izquierdo del adversario.  El jefe mexicano, general Valencia, quien de observación en las lomas de Padierna, primero no acepta resistir en ellas, y al fin, cuando se le ordena abandonarlas, insiste en defenderlas.  Y despréndense las columnas americanas sobre San Ángel, y verifícase la batalla de Padierna, que estuvo a punto de ser ganada por nuestras armas, si las tropas de Santa Anna hubieran caído, como pudieron hacerlo fácilmente, sobre la retaguardia de las fuerzas enemigas que envolvían a la división del norte.  En la punta de la espada de Santa Anna estuvo el triunfo de nuestras banderas, un relámpago de mando hacía el bosque de San Gerónimo y la batalla se hubiera ganado.  Esta vez, como en La Angostura, la victoria tendió sus alas sobre nuestro ejército, iba a abrigarlo ya con ellas cuando el criminal egoísmo de ese hombre que no permitía que otro general ganara una batalla antes que él, hizo volver aquella espada que hubiera sido el triunfo a la vaina, determinando la funesta derrota; otra vez el enemigo infiltrado en el mando de nuestras filas cumplió con lo pactado con el presidente Jackson.

                                       CONTINÚA EN LA VIGESIMA SEGUNDA PARTE.    

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