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domingo, 22 de marzo de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Vigésima Segunda Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

CONTINÚA:  SÍNTESIS DE LA INVASIÓN

  Después de la funesta batalla de las Lomas de Padierna y aniquilado el Ejército del Norte, abierto el camino de San Ángel y Coyoacán, flanqueadas las primeras líneas de defensa de San Antonio y Mexicaltzingo, no quedó más recurso que reconcentrarse dentro del mismo casco de la ciudad de México, tras las pobres obras defensivas de las garitas.  Para proteger la retirada de las fuerzas restantes de San Antonio, San Ángel, Padierna y Coyoacán, tuvieron que resistir épicamente los batallones ligeros y las Guardias Nacionales en el puente y en el convento de Churubusco.

  Extenuados ambos beligerantes, aunque triunfante el angloamericano, solicita éste un armisticio so pretexto de facilitar las primeras negociaciones de paz que son rotas por el gobierno de México en las primeras conferencias tras las absurdas pretensiones de los yanquis, que entre otras cosas, aparte de exigir prácticamente las dos terceras partes de nuestro territorio incluyendo la península de Baja California,  pedían la expropiación en su beneficio del istmo de Tehuantepec, una gran indemnización por sus gastos militares en la guerra, y una pensión vitalicia para las familias de los gringos caídos en la guerra.  Los Estados Unidos pensando que los mexicanos estaban a tal punto derrotados que iban a conceder todas las pretensiones y condiciones que a ellos se les ocurriera. Pero se equivocaron:  los mexicanos no estaban derrotados como ellos pensaban y prefirieron continuar la guerra antes que consentir que nuestro país se convirtiera en una nación prácticamente esclavizada por los miserables yanquis y su poderío.

  Rotas las negociaciones se reinicia la guerra, y Scott después de reconocer el sur de la capital, cubierto de zanjas, potreros inundados y calzadas obstruidas, impracticables para la caballería, ataca el poniente, intentando apoderarse, primero el material de guerra, que creía aquel jefe enemigo existente en los establecimientos llamados de Molino del Rey y La Casa Mata, al oeste del bosque de Chapultepec.  Engaña a nuestro general presidente con hábiles maniobras haciéndole creer en un ataque por el sur, contra las garitas de San Antonio y La Candelaria ---las garitas son pequeñas construcciones ocupadas por grupos de vigilantes que cuidan las entradas de las ciudades; en tiempos de guerra, como el que nos ocupa, son fortificadas de tal manera para resistir los embates del enemigo---.

  Entáblase la contienda del Molino del Rey, feroz, suprema y gloriosísima para nuestras armas; y desastrosa y lamentable para el adversario.  Inútil efusión de sangre en campos que bien puede asegurarse fueron glorificados por las bayonetas mexicanas.  Lástima que los sables y las lanzas de los cuatro mil jinetes que a lo lejos contemplaban la batalla, maniobrando ostentosamente, no hubieran determinado la victoria, dirigidos, si no por un genio, al menos por mediano militar enérgico, y no por un incondicional del enemigo (Santa Anna) que prefirió retirarse al centro de la capital.  La batalla del Molino del Rey, como la de Padierna, como la de La Angostura, significan verdaderos triunfos para el ejército mexicano.  En cada una de ellas, incidentes triviales, y sobre todo, faltas constantes y egoísmos atroces en los altos jefes, cambiaron la faz de esos combates.

  Bien mereció el general Scott la crítica adversa de los suyos, por su inútil y costosa embestida  contra el Molino del Rey, que militarmente hablando, lejos de aprovecharle en sus operaciones sobre la capital, le hizo sufrir, en realidad, un gravísimo descalabro, si se tiene en cuenta que sus pérdidas, de cerca de 800 hombres, no compensará con las posiciones conquistadas y el insignificante material de guerra encontrado, mientras que por el lado mexicano las pérdidas en hombres fueron mucho menores que la mitad de los suyos.  Lo mismo puede decirse de las otras batallas de Casa Mata, puente y convento de Churubusco los pocos mexicanos que los defendían resistieron heroicamente hasta que las municiones se les terminaron y tuvieron que capitular. 

  Después de esta sangrienta jornada, desde su cuartel general de Tacubaya, Scott finge de nuevo amenazar el sur, y, por fin, efectúa el bombardeo sobre el Castillo de Chapultepec, desmoronándolo con potente artillería, para apoderarse de él al día siguiente 13 de septiembre, no sin que antes una resistencia de los gloriosos cadetes del Colegio Militar le arrancara sus mejores jefes, oficiales y soldados, dando un relámpago de gloria a nuestro Colegio Militar.  Y tras de Chapultepec, cayeron en la misma jornada las últimas garitas que aún resistían, las de Belén y San Cosme.

  Sólo que a México le será muy difícil superar aquel mes de septiembre de 1847, y hoy cuando hace más de un siglo y medio que concluyó la guerra, pocos sabían en aquellos momentos que Antonio López de Santa Anna, su “Alteza Serenísima”, el general presidente y el libertador mexicano, se entendía en secreto con el presidente gringo James Polk, y ejecutaba la peor traición conocida en la historia de México.

  El plan acordado por esos dos entes diabólicos se cumplió puntualmente:  durante la guerra uno a uno fueron cayendo ciudades y puertos, como Palo Alto, la Resaca,  Matamoros, Monterrey, Saltillo, Tampico, la Angostura, Cerro Gordo. Veracruz, Puebla, el Peñón, Lomas de Padierna, puente y convento de Churubusco, San Ángel, Molino del Rey, Chapultepec, la Ciudadela, y las últimas defensas de la capital, las garitas de Belén y San Cosme, hasta que el general Scott hizo su entrada triunfal entre los irritantes acordes de “Yankee Doodle” hasta el Palacio Nacional, donde ya el capitán Benjamín Roberts ya había izado la odiosa bandera de las barras y las estrellas en ese lugar, el máximo símbolo de la mexicanidad, desde las siete de la mañana del día 14 de septiembre del trágico 1947.     

  Aquellos pobres soldados mexicanos, sin sueldo, hambrientos, jadeantes, moribundos y ensangrentados, no pudieron resistir más tiempo, y después de las últimas granizadas de plomo, desesperados y al borde de la locura, ya sin cohesión, tuvieron que desbandarse en la ciudad en aquella noche del 13 de septiembre de 1847.  Que más queda por decir, sino que algunos valientes del pueblo se revolvieron contra los enemigos que ocupaban la ciudad capital, haciendo fuego contra ellos desde esquinas, azoteas y ventanas, en tanto que algunos grupos de soldados de caballería mexicana, galopaban, lanza en ristre, por las calles, clamando vivas y mueras, ayudando en lo posible la insurrección popular.

  Fuerza es repetirlo, Santa Anna, que con el ejército que evacuaba de México pudo haberse apoderado de Puebla fácilmente inquietando a Scott en México, incapaz entonces el jefe americano de cualquier seria operación.  Santa Anna que pudo extender y desarrollar la defensa nacional con el sistema de guerrillas, se amilana como nunca;  divide sus fuerzas desmoralizadas y disminuidas por la miseria, la deserción y la falta de moral y de ánimo, hasta que después de insignificantes operaciones e inútiles tentativas contra la guarnición de Puebla y las columnas y convoyes de refuerzos para el enemigo, se vio obligado a renunciar el mando del ejército, poco después de ser lanzado por los acontecimientos y el clamor público, de la suprema dirección política de la República.

  Y ya lo dijimos, otros episodios de resistencia ante el invasor esplendieron en la Alta California, en Sinaloa, en Tabasco y en las huastecas, no sin que otra vez en Chihuahua vibraran los patriotismos fronterizos.  Imposible referir todos ellos, apenas pudimos abordar en breves pinceladas rápidas los principales cuadros en que aquel valiente ejército, mal organizado y mal conducido, tuvo, no obstante, la gloria de haber resistido con heroísmo a un enemigo veinte veces superior.

  Se nota desde luego en la mayor parte de las batallas, poco tino para escoger y ocupar las posiciones, ningún cuidado para preparar la retirada en caso necesario y gran negligencia para asegurar y defender los flancos y evitar que el enemigo los envolviese con facilidad, como varias veces sucedió.  Esas fueron las causas de que algunas derrotas fuesen tan desastrosas; es digno de notarse que en la única parte en la que se tomó la ofensiva, que fue en la batalla de la Angostura, los resultados fueron favorables, aunque al final el mismo líder mexicano nos hizo renunciar a la victoria;  Exceptuando este único caso, en toda la campaña estuvo el ejército mexicano a la defensiva absoluta.  En cuanto a la estrategia, se olvidó completamente, pues no se observó más regla que presentarse al enemigo de frente interceptándole el paso.

  También se descuidó el organizar la guerra en el terreno que quedaba a espalda del enemigo y a los lados de sus líneas de operaciones; cosa de mayor importancia en las guerras defensivas, y que tan buenos resultados le produjo a Napoleón en su invasión a Rusia, España y Portugal.  Es verdad que entretenidos nosotros con las frecuentes revoluciones que se sucedían periódicamente, poco o nada nos preocupábamos de estudiar y preparar un sistema de defensa, y la invasión nos sorprendió por completo, porque la mayor parte de los mexicanos no creían que la tal guerra pudiese venir.

  Por otra parte, el estado militar de la República era deplorable:  el ejército no llegaba al comenzar la guerra a doce mil hombres, esparcidos en una vastísima extensión; el armamento, la artillería, y en general todo lo concerniente al ejército, se hallaba envejecido y deteriorado por el uso y la falta de reposición oportuna, sin que en muchos años hubiese sido relevado, y en cuanto a nuevos sistemas adoptados en otros países, sólo teníamos noticias.  No existían arsenales ni depósitos de ninguna clase, de manera que las pérdidas sufridas en la guerra era imposible repararlas y más imposible substituirlas por nuevas.

                                               Continúa en la vigésima tercera parte.

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