Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Febrero 2 1848
Aprovechando la buena
voluntad del plenipotenciario estadounidense, Mr. Nicholás P. Trist, y del mismo general Scott, que
temeroso que cayera el país en la más completa anarquía, procuraban celebrar un
tratado de paz a la mayor brevedad, el gobierno mexicano, con el Presidente
Peña y Peña al frente, nombró plenipotenciarios a los licenciados don José
Bernardo Couto, don Luis G. Cuevas y don Miguel Atristáin y por los Estados
Unidos ya estaba puestísimo Mr. Trist.
Después de muchas
consultas y conferencias, cuando ya desde el 8 de enero se había hecho cargo de
la Presidencia de la República el señor De la Peña y Peña, el 2 de febrero fue
firmado en la población de Guadalupe Hidalgo, el tratado de paz. Integrado por 33 artículos, y cuyas
estipulaciones eran las siguientes:
México cedía a los Estados Unidos:
Texas, Nuevo México y la Alta California quedando fijada la línea
divisoria en el eje del Río Bravo con el eje del río Gila hasta su confluencia
con el río Colorado, y de allí una línea recta que termine en el Océano
Pacífico en un punto situado a una legua marina al sur de la parte meridional
de la bahía de San Diego.
Al firmarse el
tratado, cesarían provisionalmente las hostilidades. Después de la ratificación, cesaría el
bloqueo de los puertos mexicanos y se haría entrega de las aduanas al gobierno
de México. La desocupación de la capital
se efectuaría al mes de recibida la orden para ello, y la del resto del país
dentro de los tres meses siguientes a la ratificación.
El Congreso de los
Estados Unidos aprueba y ratifica los tratados de paz con México el día 10 de
marzo de 1848, siendo la votación 38 votos a favor, 14 en contra y 4
abstenciones. Mientras que, en el
Congreso de México, reunido en la ciudad de Querétaro él día 13 de mayo, hubo
una vivísima oposición en la discusión del tratado pero al fin la mayoría de él
tuvo que rendirse ante la evidencia, al ver por los informes secretos que se le
presentaron, que no había fondos, ni armas, ni municiones, ni soldados, ni
espíritu público para proseguir la guerra.
La votación de los diputados fue de 51 votos a favor y 35 en contra,
mientras que el Senado lo hizo con 33 a favor 4 en contra. Y así, con la aprobación de los Congresos de
ambos países, se oficializó el gran hurto perpetrado por un país poderoso, ladrón
y brutalmente asesino; los tiempos modernos no ofrecen ejemplo de rapiña
cometida en tan grande escala.
Después de la
ratificación del tratado, Los Estados Unidos deben pagar a México una
indemnización de quince millones de dólares por la pérdida de su territorio, de
los cuales tres millones al canjearse las ratificaciones, y el resto, en abonos
anuales de la misma cantidad, ganando el seis por ciento anual sobre las
cantidades insolutas. El gobierno
angloamericano se obligaba a impedir las incursiones de los indios bárbaros por
la nueva frontera mexicana, así mismo se obligaban a pagar todas las
reclamaciones contra México ya fijadas por convenciones anteriores y las que
surgieran hasta antes de la firma del tratado, siempre que estas últimas no
excedieran de tres millones de dólares.
México perdió con
este tratado y con una pistola apuntándole a la cabeza, un área que se calcula
en 851,598 millas cuadradas, o sean 2,205,639 kilómetros cuadrados, es decir
más de la mitad de su antiguo territorio.
Tamaulipas perdió la faja de terreno que se extiende entre los ríos de
las Nueces y Bravo; Coahuila la porción comprendida entre el último río
mencionado y el río de Medina. Con los
territorios arrebatados a México, los Estados Unidos conformaron los Estados
de: Texas, California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México, Colorado y parte de
Oklahoma y Wyoming, además en 1853 el ejército de los Estados Unidos ocupó
militarmente el territorio llamado La Mesilla pretextando que eran parte de los
comprendidos por el tratado Guadalupe Hidalgo y que por lo tanto les pertenecía;
La Mesilla comprendía un área de 78,000 kilómetros cuadrados en los que
posteriormente se edificaron las ciudades de Tucson y Bisbee.
El gobierno de los
Estados Unidos empleó en la guerra contra México veintisiete mil hombres del
ejército regular, más setenta y un mil trescientos voluntarios y mercenarios,
dando un total de noventa y nueve mil hombres; las pérdidas por muerte en
combate y otras causas no bajaron de veinticinco mil hombres; se emplearon además tres mil carros,
doscientos cañones, otros tantos barcos y ciento sesenta y cinco millones de
dólares, una cifra estratosférica dadas las circunstancias y la época, además de
la debilidad del contrario al que le daban cuando mucho tres meses de
resistencia y no los dos años y medio que se llevaron en dominarlo.
A pesar de ello, la
guerra con México fue un brillante negocio preparado por el voraz y ambicioso
gobierno de los angloamericanos, desde que México se hizo independiente; pues
las magníficas tierras de Texas, Nuevo México y California, sus puertos
en ambos océanos , los placeres de oro y petróleo de allí a poco descubiertos,
y todas las valiosísimas preciosidades incalculables que se encuentran en las
entrañas de los valiosos terrenos que se enajenaron por medio de la fuerza, así
como la explotación de bosques y ríos, y en general el aumento de su extensión
territorial al doble, que hizo que se convirtiera, con el paso del tiempo, en
el país más poderoso del mundo, compensó con grandísimas creces el gasto en hombres
y dinero para realizar el robo más grande y espectacular, a la par que cobarde,
que registran los anales de la historia del mundo.
El senador
estadounidense Henry Clay, uno de los grandes pensadores políticos estadounidenses,
hizo un comentario en la Cámara de Representantes que en pocas palabras ilustra
fielmente la agresión angloamericana contra México: “Hay crímenes que por su enormidad rayan
en lo sublime: la toma de territorios
mexicanos por nuestros compatriotas tiene derecho a ese honor. Los tiempos modernos no ofrecen ejemplo de
rapiña cometida en tan grande escala”. Por
su parte el general Ulysses Simpson Grant, un destacado oficial bajo las
órdenes de Winfield Scott en la campaña militar contra Mexico y que después
sería el gran triunfador junto con Abraham Lincoln en la guerra civil
norteamericana, y finalmente Presidente de los Estados Unidos de 1869 a 1877,
en sus memorias, publicadas en 1885, confiesa: “Yo no creo que jamás haya habido una
guerra más injusta que la que los Estados Unidos le hicieron a México. Me
avergüenzo de mi país al recordar aquella invasión; nunca me he perdonado haber
participado en ella”.
ABRIL
8 1848
Hoy se embarca para su autoexilio en Jamaica, Antonio López
de Santa Anna, protegido y custodiado por el coronel Hughes de las fuerzas
invasoras, logrando así el traidor sustraerse al gobierno mexicano quien lo
requería para procesarlo.
JUNIO 3
1848
Aprobados los
tratados, abandonó la presidencia don Manuel de la Peña y Peña, para volver a
la Suprema Corte de Justicia, eligiendo el Congreso como Presidente al general
don José Joaquín de Herrera nuevamente, y aunque inmediatamente renunció, y
como no le fuera admitida la renuncia, hoy 3 de junio toma posesión del cargo,
trasladándose luego a Mixcoac, donde estableció su gobierno, en espera de la
evacuación de la ciudad de México por las tropas invasoras.
JUNIO 12
1848
Hoy se retiran de la
capital las tropas invasoras e inician la evacuación de todo el territorio
nacional, y hoy mismo llega a la ciudad de México el Presidente Herrera y
vuelve a ser izado en el Palacio Nacional el pabellón mexicano en medio de
salvas de artillería y júbilo del pueblo.
Continúa en la vigésima cuarta parte.






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