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domingo, 8 de marzo de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA, ( Vigésima Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  15   1847

  Las hostilidades contra los invasores en la capital cesaron la tarde del día 15, cuando nuestra gente de armas se convenció de que ni se generalizaría el movimiento ni se podría contar con el ejército en retirada.  En dichas hostilidades el enemigo debe haber perdido unos trescientos hombres muertos y otros tantos heridos según reportes del mismo enemigo.  La pérdida que el mismo señala en sus partes y reportes de campaña los días 12,13 y 14, ó sea en las operaciones contra Chapultepec y las garitas, ascendió a 130 muertos, inclusive 10 oficiales, a 703 heridos inclusive 68 oficiales, y a 29 dispersos; ó sea una baja total de 862 hombres. 

   De la inquietud y de los fundados temores de Scott al verse con menos de 7,000 hombres útiles en el centro de una ciudad populosa que parecía levantarse en armas, y a corta distancia de un ejército en retirada, que podría volverse contra el invasor, dan idea las proclamas del cuartel general el 14 y 16 de septiembre, en que, después de excitar a acciones de gracias a Dios públicas y privadas por el triunfo, se hablaba a las tropas de los peligros que corrían y de la necesidad que se mantuvieran compactas y alertas.

  Justo es confesar que en tan terribles circunstancias Scott dio pruebas de serenidad y acierto, y que el fondo de su carácter humano se reveló en sus actos.  Por grandes que hayan sido para la capital las pérdidas y desgracias en los días 14 y 15 de septiembre, hay que reconocer que cualquiera otro ejército extranjero, ó este mismo a las órdenes de otro jefe menos reposado y bondadoso, las habrían causado mucho mayores.  Por otra parte, una vez tranquilizada la ciudad, cesaron las medidas de rigor, y el caudillo angloamericano no pensó en escudarse con las hostilidades de que había sido blanco su gente para dejar de otorgar ó para disminuir las garantías ofrecidas a la corporación municipal: 

“La administración de justicia en los ramos civil y criminal por los tribunales ordinarios del país, de ningún modo será entorpecida por oficial o soldado de las fuerzas americanas, excepto las cosas en que puedan ser parte, o los casos políticos;  esto es, cuando se trate de procedimientos so pretexto de noticias y auxilios dados a las fuerzas americanas”.

  “Para la tranquilidad y seguridad de ambas partes, en todas las poblaciones ocupadas por el ejército americano, se establecerá una policía mexicana en armonía con la policía militar de dichas fuerzas”.

   Esta espléndida capital, sus templos y culto religioso, sus conventos y monasterios, sus habitantes y la propiedad de éstos, quedan, además, bajo la especial salvaguarda de la fe y el honor del ejército americano”.

  “En consideración a la protección antes dicha, se impone a esta capital una contribución de $150,000, que será pagada en cuatro semanarios de a $37,500, comenzando el próximo lunes 20 de este mes y terminando el lunes 11 de octubre”.

  “El Ayuntamiento de la ciudad queda especialmente encargado de recoger y pagar dichos semanarios”.

  El jefe de la División de Voluntarios, general Quitman, fue nombrado gobernador civil y militar de la ciudad, mientras que el general en jefe Winfield Scott se alojó en la casa número siete de la calle del Espíritu Santo.  Según publicaciones contemporáneas, para conseguir la contribución impuesta por dicho jefe, el Ayuntamiento contrató un préstamo de igual cantidad con don Juan Manuel Lazqueti y don Alejandro Bellangé, hipotecándoles todas las rentas del Distrito.  La misma corporación municipal tuvo a su cargo la aduana, el correo, renta del tabaco y las contribuciones directas; finalmente el préstamo fue pagado con dinero de la indemnización angloamericana.  Santa Anna, a quien se reunieron los ministros de Guerra y Relaciones, hizo renuncia el 16 de septiembre, en la Villa de Guadalupe, de la Presidencia de la República, a fin de quedar expedito para, según él, continuar la campaña, aunque en realidad lo que iba a emprender era la huida del país.

  Con la toma de las garitas, puede decirse que cesó la resistencia.  El mayor desaliento reinaba;  por lo que Santa Anna, impelido por su naturaleza, como siempre decidió huir marchando precipitadamente a Puebla, deteniéndose en la Villa de Guadalupe, y dejando al Ayuntamiento para que demandara garantías a los vencedores, como lo hizo.  Aunque Santa Anna designó personas para que se encargaran del poder ejecutivo, sus órdenes no fueron obedecidas;  sino que el licenciado don Manuel de la Peña y Peña, por ministerio de ley y como Presidente de la Suprema Corte de Justicia, se hizo cargo de la Presidencia de la República, marchando a Querétaro, declarada provisionalmente capital de la República, a establecer su gobierno.  El Ayuntamiento de la ciudad de México hizo entrega del Palacio Nacional a los invasores yanquis.

  El 14 de septiembre, víspera de la fecha en que México conmemora la iniciación de la lucha por la independencia, fue izado en el Palacio Nacional el pabellón angloamericano, y aunque el Ayuntamiento había recomendado la mayor prudencia al vecindario, indignado éste al ver a los invasores, rompió granado fuego de fusil contra ellos, durando la lucha todo el día y el día siguiente.  Scott mandó hacer fuego de cañón sobre las casas de donde salían los disparos, y varias de ellas fueron abiertas a hachazos y fusilados sus moradores.  Al fin, al tercer día de ocupación cesó la lucha; pero el pueblo bajo, siempre que podía, asesinaba a los invasores.  El general Winfield Scott dio muestras de humanidad y acierto en aquellas difíciles circunstancias, otorgando garantías al municipio que quizá no hubiera concedido otro vencedor.

  Seis mil estadounidenses únicamente, ya que tres mil murieron o quedaron heridos en las batallas del Valle de México, ocupaban la capital.  Santa Anna, quien conservó la comandancia general del ejército, evitó enfrentárseles y marchó sobre Puebla ocupada entonces por quinientos angloamericanos.  El ataque fracasó por haber desertado la mayoría de los soldados mexicanos y renunciando al mando del ejército se retiró casi sólo a Tehuacán.  Aparentemente quería trasladarse a Guatemala y para esto necesitaba pasar por Oaxaca paro el gobernador del Estado, licenciado don Benito Juárez, le prohibió pisar tierra oaxaqueña.  En Tehuacán estuvo inactivo varias semanas, hasta que huyó cuando le avisaron que se acercaba un escuadrón de texanos deseosos de vengar las matanzas de El Álamo y Goliad, Texas. Después anduvo escondiéndose por algunos pueblecillos, hasta que el 9 de abril de 1848 se le permitió embarcarse en La Antigua, Veracruz, y trasladarse al exilio en la colonia inglesa de Jamaica.

  El agresor sufrió mayores daños de los que podían esperarse dadas las debilidades de su víctima.  La guerra costó a los Estados Unidos 130 millones de dólares, una cifra astronómica para la época y circunstancias.  Necesitó movilizar noventa mil hombres, de los cuales murieron en acciones de guerra doce mil quinientos y once mil por efectos de la “maldición de Moctezuma”, o sea la diarrea y la disentería.  En cuanto a las bajas de los mexicanos no hay cálculos confiables que permitan establecer el número de ellas, pero con seguridad que fueron muchísimas menos que los 23,500 gringos muertos en México; los datos acerca del ejército estadounidense mencionados anteriormente, fueron consignados en los reportes de los mismos comandantes invasores.

  NOVIEMBRE  12   1847.

  El presidente don Manuel de la Peña y Peña por tener calidad de interino no quiso entrar en negociaciones con los invasores, y decidió esperar la reunión del Congreso y el nombramiento del Presidente Provisional.  Instalado este cuerpo, resultó electo don Pedro María Anaya quien tomó posesión este mismo día, noviembre 12, sólo para completar el período constitucional dejado trunco por la renuncia de Santa Anna, hasta enero de 1848, fecha en que por no estar reunidas las cámaras legislativas, volvió a hacerse cargo del Poder Ejecutivo, por ministerio de ley, don Manuel de la Peña y Peña

  La situación era verdaderamente desesperada:  algunos Estados tendían a segregarse, otros desobedecían y se enfrentaban abiertamente al gobierno federal negándole toda clase de auxilios.  Michoacán reasumía su soberanía como primer paso para la segregación; Yucatán continuaba en una posición neutral como si se tratara de un Estado independiente; Sinaloa y otros territorios en revolución;  en todo el país apenas había ocho mil hombres de tropas federales, faltos de municiones, armamento y recursos, en tanto que los angloamericanos tenían ocupado una gran parte del país y bloqueados sus puertos, con sesenta y cuatro mil hombres sobre las armas.

                                                    Continúa en la vigésima primera parte.

 

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