Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Don Benito Juárez, desde el momento en que se encargó del gobierno el 18 de julio de 1858 sin soltarlo hasta el 18 de julio de 1872 en que murió, emprendió una política francamente radical. Su ministerio, escogido entre los hombres más prominentes del partido liberal, quedó formado de la siguiente manera: Relaciones y Guerra don Melchor Ocampo; Gobernación don Santos Degollado; Justicia don Manuel Ruiz; Hacienda don Guillermo Prieto, Fomento don León Guzmán y Presidente de la Suprema Corte de Justicia don José María Iglesias. Todos estos hombres se habían distinguido en las discusiones del congreso constituyente, por sustentar las doctrinas más avanzadas y la necesidad de una reforma completa, sin contemporizaciones con las clases privilegiadas.
Las medidas tomadas por el partido conservador en contra de la Constitución y la Reforma estaban contrapesadas por algunos de los Estados más importantes, como eran: Guanajuato, Jalisco, Zacatecas, San Luis Potosí, Michoacán y Aguascalientes, cuyos gobiernos habían formado una coalición para sostener la nueva ley constitucional y oponerse al plan de Tacubaya y desconocer a su presidente Zuloaga, reuniendo sus elementos financieros y sus contingentes de tropa con tal fin. Dichos Estados, lograron formar un ejército de siete mil hombres, que pusieron a las órdenes del general Anastasio Parrodi, quien con él se situó en Celaya, donde fue atacado por Osollo, retirándose los liberales a Salamanca, donde se trabó un nuevo combate en que las fuerzas aliadas o liberales fueron totalmente derrotadas. Ha comenzado la Guerra de Reforma o de los tres años.
Esta victoria de los conservadores aumentó el número de sus partidarios. En la misma ciudad donde residía el gobierno liberal, Guadalajara, una parte de la guarnición se pronunció por el plan de Tacubaya, encabezado por don Antonio Torres Landa; y el 5º batallón se sublevó en el mismo palacio de gobierno, aprehendiendo a Juárez y sus ministros. Los batallones de la guardia nacional, que habían permanecido fieles al gobierno, atacaron a los sublevados, sin poder tomar el palacio. Entonces uno de los oficiales traidores, quiso asesinar al Presidente Juárez y a sus ministros, mandando a un pelotón de soldados que hicieran fuego sobre ellos; pero la sangre fría del Presidente y la fogosa peroración de don Guillermo Prieto, que hizo bajar sus fusiles a los soldados, evitaron el asesinato. Recuerdan: “Los valientes no asesinan”. Finalmente el coronel Carlos Landa escoltó y protegió a Juárez y sus ministros.
Los rebeldes, desorientados al ver que no todas las fuerzas de la plaza habían secundado su actitud, y temerosas de que las fuerzas de los aliados, cuya llegada se esperaba, los atacaran, celebraron una capitulación (se rindieron), pusieron en libertad a los distinguidos prisioneros, y les permitieron salir el 19 de marzo rumbo a Manzanillo, donde se embarcaron rumbo a Panamá, dejando amplísimas facultades al general Santos Degollado en el ramo de la guerra, para reclutar fuerzas y combatir a las de los conservadores.
El triunfo de la reacción del plan de Tacubaya (conservadores) parecía definitivo, tanta más cuanto que la ciudad de México se encontraba en su poder, y en todas las revoluciones mexicanas hasta entonces ocurridas, con excepción de la de Ayutla, los dueños de la capital de la República eran los que imponían la ley en todo el país; pero esta vez no ocurrió así. La República entera había tomado interés en la contienda, dividiéndose en dos bandos: liberales y conservadores, que se hacían una guerra sin cuartel, ensangrentando al país y cometiendo toda clase de excesos. No era ya ésta una revuelta, sino una verdadera revolución que iba a transformar al país, acabando con el predominio político, económico y social del clero, del ejército y de las altas clases.
El general conservador Miguel Miramón después de ocupar Guadalajara marchó sobre Zacatecas, donde entró el 10 de abril de 1858, y luego fue sobre San Luis Potosí. En el camino, en un punto llamado “Paso de Carretas”, le esperaban las tropas del Estado de Tamaulipas al mando del general Juan Zuazua, las que fueron derrotadas por Miramón, quien pudo continuar su camino y entrar en San Luis. Miramón entro en San Luis en la noche y fue recibido con entusiasmo. Entre tanto, Morelia, Córdoba, Orizaba, Jalapa, Compostela y otras ciudades caían en poder de los conservadores. A los liberales sólo les quedó el puerto de Veracruz. El territorio liberal se iba achicando. El general en jefe de los conservadores Luis G. Osollo, después s de asegurar las poblaciones del interior y confiar el mando de las operaciones de Guerra a Miramón, volvió con su brigada a la capital el 22 de abril, donde lo recibieron con aclamaciones.
Después de la victoria de Paso de Carretas, Miramón no pudo perseguir, por sus escasos efectivos, a las tropas de Zuazua y aniquilarlas. Esto le permitió a Zuazua reorganizarse y marchar sobre Zacatecas que estaba defendida por una escasa guarnición de 800 hombres al mando del general Antonio Manero, los que atacados por las fuerzas liberales de Zuazua y sus cuatro mil hombres fueron vencidos, cayendo la ciudad en poder de los liberales el día 7 del mismo mes de abril; el capitán Agustín Drechi y el coronel Antonio Landa, ya herido, se batieron como leones, pero al fin cayeron todos.
Hasta entonces la guerra se había llevado con decoro, ambos contendientes respetaban la vida de los prisioneros y los heridos. Los conservadores Cobos en Maravatío y Osollo en Salamanca trataron a los liberales vencidos con suma nobleza. Pero toca a los liberales la “gloria” de haber empezado a matar prisioneros: Zuazua, el vencido por Miramón en Paso de Carretas, dejándose arrastrar por el rencor, ordena que sean fusilados el general Antonio Manero, el coronel Antonio Landa ---hijo de Carlos Landa, el que salvó la vida a Juárez en Guadalajara---, el teniente Francisco Aduna, el comandante Pedro Gallardo y el capitán de artillería Carlos Drechi.
Los vecinos de Zacatecas intercedieron por sus vidas, pero el torvo y siniestro Zuazua se mantiene inflexible y la orden se ejecuta el 30 de abril. El que no supo vencer en buena lid a Miramón en Paso de Carretas, se mostró valientísimo con los prisioneros. El gobierno de Juárez representado por Degollado, envía a Zuazua una comunicación en la que después de felicitarlo por su victoria en Zacatecas ---donde pelearon 4000 liberales contra 800 conservadores--- le manifestaba que: el gobierno no sólo “aprueba” las rigurosas medidas puestas en práctica por Zuazua, sino que “recomienda que se sigan empleando”; no hay más remedio que reconocer la superioridad moral de los conservadores de Miramón sobre los liberales de Juárez.
Mientras los mexicanos se matan entre sí, veamos que pasa en el frente diplomático. Ya hemos visto que los Estados Unidos habían reconocido el gobierno conservador de Félix Zuliaga, ante el que estaba acreditado como embajador el seño John Forsyth y cuya principal misión consistía en adquirir por compra más territorio mexicano.
Forsyth creyó posible arreglarse con Zuloaga, al que propuso concretamente, en una nota dirigida el 22 de marzo al Ministro de Relaciones Luis G. Cuevas, a cambio de una compensación en dinero, “alterar la línea divisoria en el norte entre las dos repúblicas”, de modo que quedasen al otro lado de la línea los territorios de Baja California, Chihuahua, Sonora y Sinaloa. Propuso además el derecho de paso a perpetuidad a través del Istmo de Tehuantepec para los Estados Unidos
El Ministro Cuevas dio una respuesta breve y definitiva a las proposiciones de mr. Forsyth: “El Presidente de la República está penetrado íntimamente de que no conviene ni a los verdaderos intereses de ella ni a su buen nombre una nueva demarcación de límites, cualesquiera que fueran las ventajas que pudieran obtener en justa compensación”. Hubo un intercambio de notas en las que el ministro mexicano empleó los términos más dignos y razonables y el embajador Forsyth el lenguaje amenazador e insolente del poderoso que se ve contrariado en sus ambiciones.
Como resultado de todo esto, poco después, en agosto de 1858, quedaban rotas las relaciones entre el gobierno conservador y los Estados Unidos. Definitivamente los conservadores no eran marchantes, no vendían ni gravaban el territorio nacional, había que buscar otros. Ya encontrarían los Estados Unidos un marchante estupendo: Benito Juárez (ya veremos más adelante el frustrado Tratado McLane-Ocampo). A propósito de Juárez, instaló su gobierno en Veracruz días después de la toma de Zacatecas por el chacal Zuazua, y mandó a Washington a José María Mata para gestionar el reconocimiento de su gobierno.
Mientras tanto la guerra entre conservadores y juaristas continuaba implacable. El general Osollo salió de la capital a San Luis con el propósito de combatir las tropas del cacique Santiago Vidaurri, mientras que tropas liberales al mando del general Juan José de la Garza sitiaban la plaza de Tampico. Cuando los defensores se hallaban en situación crítica llegó en su socorro el general conservador don Tomás Mejía, quien después de una lucha tenaz se apoderó de todas las posiciones de los sitiadores, los que dejaron en poder de Mejía 153 prisioneros y todo su armamento. El general Mejía, que era un indio noble, respetó la vida de los prisioneros, y no sólo, sino que dejó en libertad a varios oficiales. Por otra parte, Santos Degollado ponía sitio a Guadalajara, cuya defensa estaba a cargo de 3,000 hombres mandados por el general Casanova. El 20 de junio atacó la plaza. Dos horas duró el fuego, al cabo de los cuales don Santos Degollado, levantó el campo y se retiró a Zapopan.
El general Osollo, que había marchado a San Luis con el propósito de organizar la campaña contra Vidaurri, cayó enfermo de tifoidea. AL principio parecía que la fuerte naturaleza del enfermo se impondría al mal; pero éste venció al final y don Luis G. Osollo murió la tarde el 18 de junio de 1858. Al sentir que se acercaba la muerte pidió que le llevaran una imagen de La Purísima y al verla le dirigió una plegaria que terminó con estas palabras: “Madre mía: sin ningún interés ni aspiración he defendido los derechos de mi patria y los de tu Hijo; ahora a ti te corresponde pedirle que me lleve a su reino”. Don Luis G. Osollo, jefe supremo del ejército, tenía al morir por todo patrimonio tres caballos, su reloj y sus armas. Dispuso que de su paga del mes se cubriera una deuda de cien pesos que contrajo al comprar uno de sus caballos.
Luis G. Osollo nació en la ciudad de México, en la calle de La Palma número 13, el 21 de junio de 1828. Su padre era originario de Bilbao, España, y su madre mexicana. Expulsada su familia de México en la época de las persecuciones raciales durante la presidencia de don Guadalupe Victoria, Osollo vivió de niño en Bilbao. Vuelto a México, entró al Colegio Militar, donde obtuvo brillantes notas. En 1841, a los 13 años, regresó del colegio con el grado de subteniente. Peleó en La Angostura contra el invasor angloamericano de Zachary Taylor, distinguiéndose en esa batalla al desalojar de sus posiciones a unos cuerpos del ejército de Taylor. Sirvió lealmente a su patria durante toda la guerra. Fue ascendido en el ejército hasta alcanzar el grado de general de brigada, en 1858. Rubio, de ojos azules, valiente y leal, la figura de Osollo es una de las más nobles de nuestra historia. No ambicionó riquezas ni mando, no fue cruel ni despiadado. Defendió su fe y la integridad de su país con desinterés y valor.
La pérdida de San Luis fue compensada por la victoria que alcanzó el general Miramón en las barrancas de Atenquique, el 2 de julio. En ese sitio formidable y pintoresco, a 200 kilómetros de Guadalajara, se habían agrupado las fuerzas de Santos Degollado y Miguel Blanco, en número de 3,500 hombres. Tomar posiciones defendidas por una barranca de 500 metros de profundidad, eso era lo que tenían que hacer las tropas conservadoras, y eso hicieron. Siete horas duró el sangriento combate, 122 muertos y más de 200 heridos fueron las bajas sufridas por los liberales, y casi otras tantas las que contaron los conservadores. Degollado y su maltrecho ejército se retiraron protegidos por la obscuridad de la noche, dejando en poder de sus contrarios, muchas armas, caballos y gran número de municiones.
Continua en la tercera parte.







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