Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
AGOSTO 20
1847
Iba a consumarse de
pronto la derrota del adversario después de haber estado indeciso y aun adverso
para nosotros el curso de la batalla, y, cuando en el instante del crepúsculo
todos los nuestros esperan el ataque terrible de sus hermanos contra el enemigo
común, verse inmóvil, ¡criminalmente inmóvil, frío espectador del tremendo
drama! Al general presidente delante de
sus tropas, aquellas tropas que pudieron ser la salvación y la gloria de la
Patria; pero que por obscuros e inconfesables motivos nuestro señor presidente
decidió retirarse y condenar al sacrificio y a la muerte a nuestros esforzados compatriotas
que defendían el suelo patrio en el rancho Padierna.
El día 19 estaba
obscureciendo, el cielo encapotado fúnebremente presagiaba recia tempestad,
iluminando con relámpagos súbitos y rojos el campo de batalla, hay confianza
aun en las tropas mexicanas en las que la voz de su bravo general Valencia hace
vibrar los viejos heroísmos de su raza y entonces, a los toques de ataque y
diana, se precipitan los batallones de
las lomas, sostenidos por el fuego de sus baterías contra el rancho de
Padierna, y tras los horrores de sangrienta pelea, penetran entre los escombros
del caserón, recobrándolo a costa de inauditos esfuerzos, desalojando a los
angloamericanos a bayoneta calada.
Al efectuarse este
asalto, desaparecieron de las lomas del Toro las fuerzas de la división de
Santa Anna, y habiendo llegado la noche, las tropas mexicanas quedaron en sus
primitivas posiciones en la firme y consoladora creencia de que al día
siguiente aquella reserva virgen completaría la derrota del enemigo. Más no fue así; apenas verificado el último glorioso
episodio de la batalla, la división del general presidente que pudo decidir victoriosamente
la jornada para orgullo de nuestra bandera, se retiró rumbo a San Antonio
dejando abandonados a su suerte y a merced de sus enemigos, que mientras las
fuerzas de Santa Anna se retiraban, estos aumentaron sus fuerzas durante la
noche.
Durante la noche,
tras las fatigas del combate, hubo entre las tropas acampadas la dicha y la
satisfacción de haber contenido los ataques del invasor con la fe magnifica de
aniquilarle a la mañana siguiente. A las
nueve de la noche, hora en que descendía copiosa lluvia sobre el campamento,
llegaron a la barraca que servía de tienda al general Valencia, algunos
enviados de Santa Anna comunicándole de orden de éste, que se retirase a todo
trance, aun abandonando su artillería y trenes.
Valencia tuvo entonces la certeza de su abandono, viéndose completamente
aislado y cercado por fuerzas enemigas que le aplastarían del todo, si no se
abría paso vigorosa y denonadamente a través de ellas.
Pero lo peor fue
cuando la noticia del abandono de la heroica división cundió entre sus filas en
la fatídica y lluviosa noche, llevando a los espíritus de tantos valientes un
hálito envenenado de abatimiento y desconfianza, pasando con cólera y vergüenza
por todo el ejército diseminado en las ásperas lomas de Padierna la maldita
frase: ¡traición! ¡traición! Nuevamente la mano negra y vendida de Santa
Anna se traducía en la muerte de cientos de compatriotas que habían depositado
en su general presidente toda su confianza y su vida entera.
Júzguese la rabia que
produciría en el impetuoso Valencia la noticia de su abandono complicado con la
orden de retirarse cobardemente del campo; se repetía nuevamente la maniobra
vergonzosa y cobarde de Santa Anna ocurrida en febrero pasado en La batalla de
La Angostura, cuando el ejército invasor del general Zacarias Taylor, ya
derrotado, recibía órdenes de éste de retirarse del campo de batalla, Santa
Anna ordena la retirada del ejército mexicano cumpliendo su pacto hecho con el
gobierno yanqui de facilitarles las victorias en su cobarde invasión.
La orden de Santa
Anna a Valencia de abandonar cobardemente sus aventajadas de que por aquel
rumbomilitar de éste pundonoroso y bravo patriota mexicano, y reuniendo en la
madrugada a sus principales subalternos en un rápido Consejo de Guerra,
resolvieron todos resistir con brío y decoro los ataques del fortalecido
enemigo por entre cuyas filas deberían abrirse paso furiosamente, en el
instante oportuno.
Amaneció el día 20 de
agosto, y el adversario que había hecho avanzar sus fuerzas en gran número por
nuestra izquierda y envolviendo completamente todas las posiciones de Valencia,
lanzó tres columnas sobre ellas: una
contra el rancho de Padierna, otra sobre nuestra retaguardia, y la última sobre
la derecha desbordándose sobre el camino a San Ángel.
Los jefes mexicanos
que aún alentaban, al amanecer del día 20, ligera esperanza de que por aquel rumbo (San
Ángel) les llegar algún auxilio, prepararon vigorosa resistencia, y cuando al
fin tuvieron el atroz convencimiento de su abandono, indignados y rabiosos, atacaron
las líneas americanas cuyas columnas se iban estrechando en torno de nuestros
batallones. Cuando a retaguardia se
ellos tronaron las descargas enemigas, la confusión fue espantosa; sin embargo,
gracias a la energía de heroicos capitanes, se hizo frente a la avalancha que
iba arrollando todo. El parque general
cayó en su poder, sin que pudiera impedirlo nuestra caballería, incapaz de
cargar en terrenos escabrosos, faltos de dirección y unidad, con los jinetes y
caballada exhaustos.
No se utilizaron
algunos cuerpos de infantería, por tener inútiles sus municiones a causa del
chubasco de la noche. En vano el general Valencia trató de formar con lo más
veterano de las tropas una columna; todo fue inútil, el pánico desmembró los
restos de su división y sólo algunas secciones aisladas, a fuerza de temeridad
y astucia lograron escapar a la persecución de la caballería americana. El derrotado general tomó el camino de Toluca,
por habérsele advertido que Santa Anna, furioso por su desobediencia pensaba
fusilarle. Siniestras fueron las
consecuencias de la derrota de Padierna: era el aniquilamiento de la veterana
División del Norte y la pérdida de las fortificaciones de San Antonio que ya no
tenían objeto.
Santa Anna desde la
noche previó tales desastres ---que pudo haber evitado--- ordenando desde luego
que su división evacuara San Ángel al amanecer de ese fatídico día 20 dejando
sin defensa a la división del general Valencia, que ya enfrentaba valerosamente
al ejército invasor el que había sido reforzado con hombres, cañones y
municiones la noche anterior. El general presidente se retiró rumbo a
Panzacola, disponiendo que se abandonase San Antonio destruyendo sus
atrincheramientos para concentrarse en la segunda línea de defensa. La brigada ligera, a las órdenes del general
Pérez, se retiró por Coyoacán al puente de Churubusco, para seguir luego a la
Candelaria, lo mismo que la brigada de reserva del general Rangel, quien
contramarchó rumbo a La Ciudadela, entrando por la garita del Niño Perdido.
El jefe mexicano quedó a la retaguardia con su Estado Mayor. Los regimientos de “Húsares”, Ligero de
Veracruz y los restos de la caballería de la División del Norte, en las
primeras horas de la mañana se habían incorporado a las tropas que salían de
San Ángel. Los americanos emprendieron
una furiosa persecución contra éstas, por el camino de Coyoacán, molestando con
sus descargas la retaguardia y los últimos rezagados que eran tomados
prisioneros. En este último punto
(Coyoacán) hizo alto el general presidente para organizar sus diversas tropas,
y cuando todas estuvieron reunidas, prosiguió la retirada hacia Churubusco en
cuyo convento estaban de guarnición los cuerpos de Guardia Nacional
“Independencia” y “Bravos” al mando de los generales Rincón y Anaya.
Al mismo tiempo que llegaban de Coyoacán las fuerzas de Santa Anna al
Puente de Churubusco con las tropas que se retiraban de San Ángel, desembocaban
también, en confusa retirada, las que defendían las fortificaciones de San
Antonio, perseguidas por la columna invasora del general Worth. Este jefe tuvo la orden del general Scott
para que saliera de Tlalpan con una fuerte división sobre el frente de San
Antonio, en tanto que las divisiones Pillow y Twiggs, desprendidas del campo de
Padierna, se aproximaban por la retaguardia para envolver la posición. Bien sabía Scott que tomando San Antonio
tenia un camino hacia la capital, corto y practicable para sus trenes.
Continúa en la décima segunda parte.







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