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domingo, 4 de enero de 2026

INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Décima Primera Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

AGOSTO  20    1847

  Iba a consumarse de pronto la derrota del adversario después de haber estado indeciso y aun adverso para nosotros el curso de la batalla, y, cuando en el instante del crepúsculo todos los nuestros esperan el ataque terrible de sus hermanos contra el enemigo común, verse inmóvil, ¡criminalmente inmóvil, frío espectador del tremendo drama!  Al general presidente delante de sus tropas, aquellas tropas que pudieron ser la salvación y la gloria de la Patria; pero que por obscuros e inconfesables motivos nuestro señor presidente decidió retirarse y condenar al sacrificio y a la muerte a nuestros esforzados compatriotas que defendían el suelo patrio en el rancho Padierna.

  El día 19 estaba obscureciendo, el cielo encapotado fúnebremente presagiaba recia tempestad, iluminando con relámpagos súbitos y rojos el campo de batalla, hay confianza aun en las tropas mexicanas en las que la voz de su bravo general Valencia hace vibrar los viejos heroísmos de su raza y entonces, a los toques de ataque y diana, se  precipitan los batallones de las lomas, sostenidos por el fuego de sus baterías contra el rancho de Padierna, y tras los horrores de sangrienta pelea, penetran entre los escombros del caserón, recobrándolo a costa de inauditos esfuerzos, desalojando a los angloamericanos a bayoneta calada.

  Al efectuarse este asalto, desaparecieron de las lomas del Toro las fuerzas de la división de Santa Anna, y habiendo llegado la noche, las tropas mexicanas quedaron en sus primitivas posiciones en la firme y consoladora creencia de que al día siguiente aquella reserva virgen completaría la derrota del enemigo.  Más no fue así; apenas verificado el último glorioso episodio de la batalla, la división del general presidente que pudo decidir victoriosamente la jornada para orgullo de nuestra bandera, se retiró rumbo a San Antonio dejando abandonados a su suerte y a merced de sus enemigos, que mientras las fuerzas de Santa Anna se retiraban, estos aumentaron sus fuerzas durante la noche.

  Durante la noche, tras las fatigas del combate, hubo entre las tropas acampadas la dicha y la satisfacción de haber contenido los ataques del invasor con la fe magnifica de aniquilarle a la mañana siguiente.  A las nueve de la noche, hora en que descendía copiosa lluvia sobre el campamento, llegaron a la barraca que servía de tienda al general Valencia, algunos enviados de Santa Anna comunicándole de orden de éste, que se retirase a todo trance, aun abandonando su artillería y trenes.  Valencia tuvo entonces la certeza de su abandono, viéndose completamente aislado y cercado por fuerzas enemigas que le aplastarían del todo, si no se abría paso vigorosa y denonadamente a través de ellas.

  Pero lo peor fue cuando la noticia del abandono de la heroica división cundió entre sus filas en la fatídica y lluviosa noche, llevando a los espíritus de tantos valientes un hálito envenenado de abatimiento y desconfianza, pasando con cólera y vergüenza por todo el ejército diseminado en las ásperas lomas de Padierna la maldita frase: ¡traición!  ¡traición!  Nuevamente la mano negra y vendida de Santa Anna se traducía en la muerte de cientos de compatriotas que habían depositado en su general presidente toda su confianza y su vida entera.

  Júzguese la rabia que produciría en el impetuoso Valencia la noticia de su abandono complicado con la orden de retirarse cobardemente del campo; se repetía nuevamente la maniobra vergonzosa y cobarde de Santa Anna ocurrida en febrero pasado en La batalla de La Angostura, cuando el ejército invasor del general Zacarias Taylor, ya derrotado, recibía órdenes de éste de retirarse del campo de batalla, Santa Anna ordena la retirada del ejército mexicano cumpliendo su pacto hecho con el gobierno yanqui de facilitarles las victorias en su cobarde invasión.

  La orden de Santa Anna a Valencia de abandonar cobardemente sus aventajadas de que por aquel rumbomilitar de éste pundonoroso y bravo patriota mexicano, y reuniendo en la madrugada a sus principales subalternos en un rápido Consejo de Guerra, resolvieron todos resistir con brío y decoro los ataques del fortalecido enemigo por entre cuyas filas deberían abrirse paso furiosamente, en el instante oportuno.

  Amaneció el día 20 de agosto, y el adversario que había hecho avanzar sus fuerzas en gran número por nuestra izquierda y envolviendo completamente todas las posiciones de Valencia, lanzó tres columnas sobre ellas:  una contra el rancho de Padierna, otra sobre nuestra retaguardia, y la última sobre la derecha desbordándose sobre el camino a San Ángel.

  Los jefes mexicanos que aún alentaban, al amanecer del día 20,  ligera esperanza de que por aquel rumbo (San Ángel) les llegar algún auxilio, prepararon vigorosa resistencia, y cuando al fin tuvieron el atroz convencimiento de su abandono, indignados y rabiosos, atacaron las líneas americanas cuyas columnas se iban estrechando en torno de nuestros batallones.  Cuando a retaguardia se ellos tronaron las descargas enemigas, la confusión fue espantosa; sin embargo, gracias a la energía de heroicos capitanes, se hizo frente a la avalancha que iba arrollando todo.  El parque general cayó en su poder, sin que pudiera impedirlo nuestra caballería, incapaz de cargar en terrenos escabrosos, faltos de dirección y unidad, con los jinetes y caballada exhaustos.

  No se utilizaron algunos cuerpos de infantería, por tener inútiles sus municiones a causa del chubasco de la noche. En vano el general Valencia trató de formar con lo más veterano de las tropas una columna; todo fue inútil, el pánico desmembró los restos de su división y sólo algunas secciones aisladas, a fuerza de temeridad y astucia lograron escapar a la persecución de la caballería americana.  El derrotado general tomó el camino de Toluca, por habérsele advertido que Santa Anna, furioso por su desobediencia pensaba fusilarle.  Siniestras fueron las consecuencias de la derrota de Padierna: era el aniquilamiento de la veterana División del Norte y la pérdida de las fortificaciones de San Antonio que ya no tenían objeto.

  Santa Anna desde la noche previó tales desastres ---que pudo haber evitado--- ordenando desde luego que su división evacuara San Ángel al amanecer de ese fatídico día 20 dejando sin defensa a la división del general Valencia, que ya enfrentaba valerosamente al ejército invasor el que había sido reforzado con hombres, cañones y municiones la noche anterior. El general presidente se retiró rumbo a Panzacola, disponiendo que se abandonase San Antonio destruyendo sus atrincheramientos para concentrarse en la segunda línea de defensa.  La brigada ligera, a las órdenes del general Pérez, se retiró por Coyoacán al puente de Churubusco, para seguir luego a la Candelaria, lo mismo que la brigada de reserva del general Rangel, quien contramarchó rumbo a La Ciudadela, entrando por la garita del Niño Perdido.

  El jefe mexicano quedó a la retaguardia con su Estado Mayor.  Los regimientos de “Húsares”, Ligero de Veracruz y los restos de la caballería de la División del Norte, en las primeras horas de la mañana se habían incorporado a las tropas que salían de San Ángel.  Los americanos emprendieron una furiosa persecución contra éstas, por el camino de Coyoacán, molestando con sus descargas la retaguardia y los últimos rezagados que eran tomados prisioneros.  En este último punto (Coyoacán) hizo alto el general presidente para organizar sus diversas tropas, y cuando todas estuvieron reunidas, prosiguió la retirada hacia Churubusco en cuyo convento estaban de guarnición los cuerpos de Guardia Nacional “Independencia” y “Bravos” al mando de los generales Rincón y Anaya.

  Al mismo tiempo que llegaban de Coyoacán las fuerzas de Santa Anna al Puente de Churubusco con las tropas que se retiraban de San Ángel, desembocaban también, en confusa retirada, las que defendían las fortificaciones de San Antonio, perseguidas por la columna invasora del general Worth.  Este jefe tuvo la orden del general Scott para que saliera de Tlalpan con una fuerte división sobre el frente de San Antonio, en tanto que las divisiones Pillow y Twiggs, desprendidas del campo de Padierna, se aproximaban por la retaguardia para envolver la posición.  Bien sabía Scott que tomando San Antonio tenia un camino hacia la capital, corto y practicable para sus trenes.

                                                                                Continúa en la décima segunda parte.            

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