Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Los liberales Santos Degollado y Juan
Zuazua después de ser derrotados por Miguel Miramón en las Barrancas de
Atenquique se retiraron separadamente, Degollado se dirigió a Guadalajara y
Zuazua a San Luis Potosí plaza que ocupó el 30 de julio; pero habiendo ido en
su seguimiento el general Miramón, se entabló una batalla entre las dos fuerzas
en Ahualulco de Pinos el 29 de septiembre, en que los conservadores de Miramón
obtuvieron una victoria completa.
Tuvieron los liberales 672 muertos, 96 prisioneros, gran número de
heridos y dispersos, y perdieron además 23 cañones, 13 carros de municiones,
113 de transporte, 1163 rifles y gran cantidad de municiones. Fue esta una de las batallas más notables de
la época.
El general Degollado,
a quien no desalentaban las derrotas ---era llamado entre sus pares: El héroe
de las derrotas---, reclutó nuevas fuerzas y atacó por segunda vez a
Guadalajara, la que al fin se rindió por capitulación; pero sus tropas
cometieron los mayores excesos; fusilaron al general Blancarte, a quien en la
capitulación se le había ofrecido salvarle la vida; sacaron al coronel Piélago
---a quien también se le prometió respetarle su vida--- moribundo, a
consecuencia de las heridas que recibió en combate, y le ahorcaron, colgándole
del balcón del palacio episcopal; asesinaron vilmente al coronel Moncayo y a
otros conservadores; asesinaron a varios eclesiásticos y robaron, incendiaron y
saquearon a gran parte de la ciudad.
Después,
bárbaramente, se procedió a la demolición de los templos más importantes, como
fueron los de Santo Domingo, el Carmen, el batisterio, el Colegio de San Diego
y el de Santa María de Gracia, destruyéndose grandes e importantes obras de
arte; finalmente se impuso un préstamo forzoso de ciento cincuenta mil
pesos. Miramón, al saber de estos
sucesos, volvió sobre Guadalajara a enfrentar a las fuerzas de Degollado a
quien impusieron nueva derrota, en San Miguel Poncitlán el 14 de diciembre de
1858.
Una porción de las
fuerzas de Degollado, que algún tiempo antes se había desprendido a las órdenes
del general Miguel Blanco, marchó rumbo a Morelia, cometiendo en represalia
grandes despojos; pues no conforme con apoderarse de cien mil pesos de la
iglesia de San Juan de los Lagos, al llegar a Morelia tomó a viva fuerza, de la
catedral de esta ciudad en septiembre de 1858, plata labrada, lámparas, alhajas
y barandales, todo ello de un gran valor artístico y con labrados en oro y
plata, con un valor de medio millón de pesos, avalados y protegidos por el
gobernador liberal Epitacio Huerta.
Después atacaron a la ciudad de México, creyendo que los liberales
residentes en esta ciudad se levantarían; más como no ocurriera así, fueron
fácilmente rechazados.
En tales condiciones,
cuando aparecían triunfantes los conservadores, surgió la división entre ellos
mismos. El 23 de diciembre, el general
Miguel María Echegaray, desconoció en Ayotla al presidente Zuloaga, por el
llamado Plan de Navidad, proclamando Presidente de la República al general
Miguel Miramón. Este plan fue secundado
por la guarnición de ciudad de México, y su jefe, el general Manuel Robles
Pezuela, se encargó interinamente del gobierno, pero como Miramón se mostrara
inconforme con ese plan, Robles Pezuela restableció a Zuloaga en la presidencia
y éste renunció al cargo, y nombró, sin tener facultades, como presidente
interino al mismo Miramón quien ya sin ningún plan y apoyado por la guarnición
de la ciudad de México, se hizo cargo del gobierno el 2 de febrero de 1859,
convirtiéndose a sus 27 años como el presidente más joven hasta ese momento.
Juárez y sus
ministros, después de cruzar el Istmo de Panamá, desembarcaron en Veracruz,
donde protegidos por el gobernador Manuel Gutiérrez Zamora, establecieron el
asiento del gobierno republicano liberal.
El incansable Miramón, marchó sobre dicha plaza, a donde se presentó el
18 de marzo, creyendo fácil reducirla; pero carente de artillería de sitio y de
buques para poder sitiar la ciudad, y además como hiciera grandes estragos en
su tropa el clima y las enfermedades, resolvió retirarse el 30 de marzo, tanto
por estas causas, como por tener noticias de que el general Degollado marchaba
sobre México.
Pocos días después,
el gobierno de Juárez fue reconocido por los Estados Unidos aun sabiendo que
ese gobierno (el de Juárez) no tenía en su poder más que dos ciudades, Morelia
y Veracruz; Mucho tuvo que ver en ese reconocimiento el desaire con el que el gobierno conservador
adjudicó a la pretensión de los Estados Unidos de querer comprar gran parte del
territorio norteño de la República, gestión hecha por el enviado especial de
los Estados Unidos señor John Forsyth, y cuya única y principal misión consistía
en adquirir por compra más territorio nacional mexicano. Ya encontrarían los Estados Unidos un
marchante estupendo: Benito Juárez. Para
el efecto, el 6 de abril el gobierno
liberal de don Benito Juárez establecido en Veracruz, es oficialmente
reconocido como gobierno “de facto” (“de hecho” antecedente del gobierno
constitucional) por los Estados Unidos, presentando su nombramiento el señor
Robert Milligan Mc Lane que lo acredita como representante personal del
presidente James Buchanan ante el gobierno de facto mexicano.
En principio
sorprende que los Estados Unidos hayan otorgado su reconocimiento al gobierno
liberal que estaba siendo derrotado en todo el territorio nacional, y que no
tenía control más que en una ciudad importante: Veracruz, y que sólo en una
quinta parte de la República dominaban sus militares; en cambio, el gobierno
conservador era dueño de la capital de la República y prácticamente de la
mayoría de los centros de población de las cuatro quintas partes del país. Los antecedentes para este reconocimiento nos
van a esclarecer las razones que tuvo el gobierno estadounidense para otorgarlo
al más débil de los dos bandos. El
presidente James Buchanan envió dos semanas antes a un individuo de nombre
William H. Churchwell, un político negrero de Tennessee, a sondear
extraoficialmente a los dos bandos a ver cual estaría en condiciones y deseos
de entrar en tratos respecto de la venta de territorios mexicanos. Churchwell desembarcó en Veracruz y
apresuradamente saludó a los gobernantes liberales y prosiguió a la ciudad de
México.
En Washington
pensaban que finalmente se impondrían los conservadores y acabarían celebrando
un tratado de compra de los Estados fronterizos del norte, así como la
península de Baja California. Muy pronto
se convencieron de que el Presidente Miramón y los conservadores no venderían
ni un centímetro cuadrado del territorio nacional, cuando ni siquiera le
permitieron esbozar la más mínima oferta, por lo cual, Mr. Churchwell, regresó
a palpar el terreno en Veracruz con los liberales; en realidad Miramón y su
bando conservador tenían la mira puesta al otro lado del Atlántico: España.
Churchwell, ya en
Veracruz, se entusiasmó con Miguel Lerdo de Tejada, uno de los ministros de
Juárez, y sus tendencias angloamericanas.
El ministro Melchor Ocampo, también le pareció un buen elemento, sobre
todo después que firmó una carta, autorizado por Juárez, en la que manifestaba
su aceptación para negociar la venta de la Baja California, o algún otro
tratado. En ese entendimiento y
aclarando que en breve sería enviado el diplomático facultado para otorgar el
reconocimiento, Churchwell regresó feliz a su país. Más tarde, el 28 de mayo de 1859, es recibido
en Washington el señor don José María Mata como enviado del gobierno de facto
de México ante Washington. El señor Mata
llevaba el principal encargo de lograr ante el presidente Buchanan su
consentimiento para otorgar al gobierno de Juárez un empréstito de 25 millones
de dólares.
El general Degollado,
tan activo organizador como mal general, después de la derrota sufrida en las
cercanías de Guadalajara en San Juan Poncitlán, marchó a Morelia reclutó nuevas
tropas y entusiasmado por los liberales de la ciudad de México, que le aseguraban
bastaría que se aproximara con sus tropas, para que el pueblo de ella se
levantara en armas y derribara el gobierno conservador, fue sobre la metrópoli con un ejército de seis
mil hombres, que tomó posiciones en Tacubaya y Chapultepec, el 22 de marzo. Degollado permaneció allí torpemente
inactivo, esperando el prometido levantamiento, sin atacar la ciudad. Entre tanto, el ministro de Guerra
conservador, supo aprovechar la inacción de las fuerzas liberales y llamó al
general Leonardo Márquez y varias fuerzas de las poblaciones cercanas, las que
ya reunidas atacaron a las fuerzas
liberales de Degollado el 10 de abril durando la batalla 2 días y terminando
con una completa derrota de las fuerzas liberales de Santos Degollado, que como
militar era un excelente sacristán; los liberales perdieron 31 piezas de
artillería, carros, trenes, todo su parque, numerosísimos muertos y heridos y
206 prisioneros.
En los momentos en
que se consumaba esta victoria, llegó a
Tacubaya Miramón, quien dio orden que se
fusilara a los prisioneros de la clase de oficiales hacia arriba. Leonardo Márquez, magnifico soldado pero con
apetitos de verdugo y un consumado asesino, acogió la orden de Miramón pero
desoyéndola y esperando a que Miramón se alejara rumbo a México, mandó fusilar
a todos los prisioneros no sólo a los militares, sino aun a los practicantes de
medicina que prestaban su servicio en el campo liberal, y también a muchos
vecinos de opiniones radicales. A las víctimas se les llamó “Mártires de
Tacubaya”. Horrorizado el país con estas
ejecuciones, la guerra se hizo de hizo más sangrienta y sin cuartel. Con esta victoria que por el momento salvaba
a la capital, el gobierno conservador, antes de tener conocimiento de los
asesinatos de Tacubaya, otorgó al chacal Leonardo Márquez el grado de General
de División; y aunque después llegaron los pormenores de los acontecimientos de
la victoriosa batalla ya era demasiado tarde y el mal ya estaba hecho.







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