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domingo, 5 de julio de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Novena Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Aceptada la conferencia entre el gobierno mexicano y los aliados europeos, esta tuvo lugar en la población de La Soledad el 19 de febrero de 1862, donde se firmaron los convenios preliminares, por los que implícitamente se reconocía al gobierno de Juárez, y se estipulaba que las negociaciones se celebrarían en Orizaba, para el arreglo de las reclamaciones pendientes, protestando solemnemente los emisarios de la alianza, incluyendo al francés Dubois de Saligny, incluyendo al francés Dubois de Saligny, incluyendo al francés Dubois de Saligny, que no intentaban nada contra la independencia nacional, ni contra la integridad del territorio, y conviniendo en que las fuerzas aliadas ocuparían las poblaciones de Córdoba, Orizaba y Tehuacán, mientras duraban las conferencias, y que en caso que se rompieran las negociaciones, dichas fuerzas desocuparían esos lugares y volverían a colocarse atrás de  la línea de fortificaciones marcada por Paso Ancho, camino de Córdoba, y Paso de Ovejas, en el de Jalapa.

  Iniciadas las negociaciones en Orizaba, entre el gobierno de Juárez y los aliados, los comisarios inglés y español, al convencerse de que el emperador de los franceses tenía miras muy distintas de las que se estipularon en el tratado de Londres y que manifiestamente violaba los compromisos contraídos, permitiendo que el general Almonte, que se autotitulaba jefe supremo de la nación, expidiera algunas proclamas invitando a la rebelión, y que los demás conservadores refugiados en Tehuacán emprendieran trabajos francamente revolucionarios, bajo la protección de la bandera francesa, declararon rota la alianza con los franceses el 9 de abril, y después de arreglar sus respectivas reclamaciones y con la moratoria de pagos ya derogada, decidieron reembarcarse con sus tropas, como lo hicieron el mismo mes de abril.

El general Juan Prim supo atraer a su posición al representante inglés, Charles Wycke, por lo que en abril las tropas británicas y españolas habrían de regresar a sus países, pero el gobierno francés, faltando a su honor, se negó a hacer que sus tropas retrocedieran, conforme a lo estipulado en los preliminares de La Soledad, y como reclamara el señor Doblado, el ministro Dubois de Saligny contestó que su firma en dicho convenio “valía tanto como el papel donde estaba escrita”.  Así los franceses evitaron el combatir por el paso de la Sierra Madre Oriental, cometiendo una verdadera felonía y faltando indignamente al honor del ejército francés, que debía ser heredero de las glorias del Generalísimo Napoleón Bonaparte.

  El 26 de abril desembarcaron numerosas tropas del imperio francés, bajo el mando del general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez.  Lo que más sorprendió a la población de Veracruz, fue que con ese ejército llegaron algunos connotados conservadores mexicanos que se hallaban en el exilio.  El general en jefe de las tropas invasoras conde de Lorencez, ebrio de suficiencia, mira a los mexicanos con tal desprecio que hoy a escrito al ministro de Asuntos Extranjeros de su país, Edouard Thouvenel: “Tenemos sobre los mexicanos, tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que ruego a vuestra excelencia, se sirva decir al emperador, que desde ahora, a la cabeza de sus seis mil soldados, soy dueño de México”.  Además. dando crédito a la versión de los conservadores, de que la sola presencia de los franceses bastaría para que las poblaciones se le entregaran, sacudiéndose el supuesto yugo del gobierno de Juárez, esperaba que los soldados de éste sólo combatirían por formula y Puebla recibiría con coronas de flores al invasor. 

  Lorencez inició el camino hacia la capital y a mediados de abril estableció su cuartel en Orizaba.  Por su parte, el general en jefe del Ejército de Oriente, Ignacio Zaragoza, concentró los escasos recursos del gobierno para fortificar Puebla y avanzar hacia Orizaba.  El 19 de abril en Fortín, Veracruz, ocurrió un choque entre la vanguardia de caballería del teniente coronel Félix Díaz y doscientos jinetes franceses, que fue la primera acción de guerra entre ambos ejércitos.

  El Ejército de Oriente se estacionó en San Agustín del Palmar y Zaragoza formó tres líneas defensivas, una de las cuales, al mando del general José María Arteaga, cubría el paso montañoso de Cumbres de Acultzingo.  El 28 de abril en ese lugar se registró un duro combate entre ambas fuerzas.  Ese día Zaragoza escribió: “Hoy después de haber hecho una resistencia digna de elogio, el enemigo ha forzado el paso de las cumbres.  Nuestra retirada hubiera sido más en orden sino toca la desgracia que al general Arteaga lo hirieran.  Bien caro ha sido para el enemigo este paso, pues habrá perdido entre muertos y heridos como 60 hombres; por nuestra parte hemos tenido pocos, muy pocos”. 

  Zaragoza regresó a Puebla y dispuso una brigada de caballería en su retaguardia para hostilizar la marcha de Lorencez.  El 3 de mayo el jefe mexicano estableció un plan táctico de defensa de la ciudad y al amanecer las distintas brigadas tomaron sus posiciones.  El ejército invasor era de seis mil hombres, perfectamente armados y disciplinados, con abundancia de víveres y municiones, como era de esperar de quienes eran tenidos entonces como los primeros soldados del mundo y dependían del poderoso emperador francés Napoleón III; llamado “el pequeño” para diferenciarlo de su tío el grande Napoleón Bonaparte.

  Al mediodía del 5 de mayo de 1862 las tres baterías de cañones de la fuerza expedicionaria francesa abrieron fuego contra los fortines de Loreto y Guadalupe, dos antiguas edificaciones religiosas a las que se habrían agregado obras de defensa durante la guerra de independencia para proteger a la ciudad de Puebla de las fuerzas insurgentes.  El plan de ataque del ejército comandado or el general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, era simplísimo: tomar a sangre y fuego esas fortificaciones erigidas en el cerro Acueyametepec, único punto desde el que se podía oponer alguna resistencia; una vez logrado esto, ocupar la capital de Puebla, desde donde se prepararía la campaña definitiva sobre la ciudad de México, y así concluir la operación lo antes posible.

  Los cálculos franceses para las operaciones bélicas en México se hicieron bajo el supuesto de que se sumarían a las fuerzas interventoras grandes contingentes de militares mexicanos.  Por ello para su aventura en América Napoleón III no destinó cientos de miles de hombres ---como había hecho años atrás en el mar Negro--- ni grandes flotillas para bloquear puertos, tomar el control de rutas comerciales y transportar, completos, cuerpos de ejército, como en las operaciones en Indochina iniciadas dos años antes. Parecía tratarse, más bien, de una operación limitada en la que la acción de un pequeño contingente podría tener consecuencias favorables enormes, como había ocurrido en China en 1858, donde ocho mil franceses derrotaron a más de cuarenta mil soldados nativos.

  Sus experiencias anteriores, sumadas a un exacerbado racismo y la ignorancia que éste genera, explican la forma de pensar del conde de Lorencez.  Pero, por otra parte, el jefe de la expedición tenía buenas razones para confiar en el poder de sus fuerzas.  Los seis mil hombres que había puesto a su disposición el emperador francés formaban parte de un sólido y experimentado ejército permanente y eran comandados por oficiales egresados de las escuelas militares más reputadas del mundo.

  Las fuerzas expedicionarias estaban equipadas como las mejores del mundo.  Sus dieciocho piezas de artillería, aunque todavía eran de carga por la boca (o avancarga), poseían dos innovaciones incorporadas recientemente: el ánima rayada del cañón y proyectiles ojivales con una guía para ésta, que aumentaba la precisión del tiro en un alcance de más de tres kilómetros. Por su parte, los soldados estaban armados con el fusil de infantería modelo 1857 de 17.8 mm, la última versión, y también la más sofisticada y eficaz, de arma individual de avancarga y munición con cartucho de papel

  A las nueve de la mañana del ese célebre 5 de mayo, una de las piezas de artillería instaladas en el fuerte de Guadalupe disparó una salva, señal convenida para prevenir de la presencia del enemigo en la zona.  De inmediato, las campanas de la catedral de Puebla comenzaron a tocar a rebato para que tanto las unidades militares como la población civil hicieran los últimos preparativos de guerra.

  Una hora después el general Ignacio Zaragoza, comandante en jefe del Cuerpo de Ejército de Oriente, al observar que la mayor parte de las tropas enemigas se dirigían a los fuertes de Loreto y Guadalupe, concentró ahí el grueso de sus fuerzas.  Además de la segunda división (1 200 soldados de infantería) comandados por el general Miguel Negrete ---emplazada en el cerro desde el día anterior---, colocó ahí la brigada del general Felipe Berriozabal (1 082 infantes) y puso en la falda noroccidental del cerro la coluna de 550 soldados a caballo ---conocido como “dragones” o “lanceros”--- bajo las órdenes del general Antonio Álvarez para que cargara sobre el enemigo cuando fuera oportuno.  Poco después envió al mismo sitio una parte de la brigada Lamadrid (1 020 soldados), mientras que la otra se quedaba con la brigada Díaz (mil hombres) en el llano que hay entre el cerro de los fuertes y las lomas de Tepoxuchil, en el lindero oriental de la capital poblana. 

  La fuerza que estaba a punto de batirse contra los franceses, el Cuerpo de Ejército de Oriente de no más de cinco mil hombres comandado por Zaragoza, era una confederación de fuerzas militares regionales, la primera que obtuvo una victoria sobre un ejército extranjero.  El hecho de que esta fuerza militar haya podido estar donde estaba al mediodía del 5 de mayo de 1862 es acaso más notable y extraordinario que la derrota que habría de infringir a los invasores franceses en la batalla que ocurrió en las horas siguientes.

                                              Continua en la décima parte

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