Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Aceptada la
conferencia entre el gobierno mexicano y los aliados europeos, esta tuvo lugar
en la población de La Soledad el 19 de febrero de 1862, donde se firmaron los
convenios preliminares, por los que implícitamente se reconocía al gobierno de
Juárez, y se estipulaba que las negociaciones se celebrarían en Orizaba, para
el arreglo de las reclamaciones pendientes, protestando solemnemente los
emisarios de la alianza, incluyendo al francés Dubois de Saligny, incluyendo al
francés Dubois de Saligny, incluyendo al francés Dubois de Saligny, que no
intentaban nada contra la independencia nacional, ni contra la integridad del
territorio, y conviniendo en que las fuerzas aliadas ocuparían las poblaciones
de Córdoba, Orizaba y Tehuacán, mientras duraban las conferencias, y que en
caso que se rompieran las negociaciones, dichas fuerzas desocuparían esos
lugares y volverían a colocarse atrás de
la línea de fortificaciones marcada por Paso Ancho, camino de Córdoba, y
Paso de Ovejas, en el de Jalapa.
Iniciadas las
negociaciones en Orizaba, entre el gobierno de Juárez y los aliados, los
comisarios inglés y español, al convencerse de que el emperador de los
franceses tenía miras muy distintas de las que se estipularon en el tratado de
Londres y que manifiestamente violaba los compromisos contraídos, permitiendo
que el general Almonte, que se autotitulaba jefe supremo de la nación,
expidiera algunas proclamas invitando a la rebelión, y que los demás
conservadores refugiados en Tehuacán emprendieran trabajos francamente
revolucionarios, bajo la protección de la bandera francesa, declararon rota la
alianza con los franceses el 9 de abril, y después de arreglar sus respectivas
reclamaciones y con la moratoria de pagos ya derogada, decidieron reembarcarse
con sus tropas, como lo hicieron el mismo mes de abril.
El general Juan Prim supo atraer a su posición al
representante inglés, Charles Wycke, por lo que en abril las tropas británicas
y españolas habrían de regresar a sus países, pero el gobierno francés,
faltando a su honor, se negó a hacer que sus tropas retrocedieran, conforme a
lo estipulado en los preliminares de La Soledad, y como reclamara el señor
Doblado, el ministro Dubois de Saligny contestó que su firma en dicho convenio
“valía tanto como el papel donde estaba escrita”. Así los franceses evitaron el combatir por el
paso de la Sierra Madre Oriental, cometiendo una verdadera felonía y faltando indignamente
al honor del ejército francés, que debía ser heredero de las glorias del
Generalísimo Napoleón Bonaparte.
El 26 de abril
desembarcaron numerosas tropas del imperio francés, bajo el mando del general
Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez.
Lo que más sorprendió a la población de Veracruz, fue que con ese
ejército llegaron algunos connotados conservadores mexicanos que se hallaban en
el exilio. El general en jefe de las
tropas invasoras conde de Lorencez, ebrio de suficiencia, mira a los mexicanos
con tal desprecio que hoy a escrito al ministro de Asuntos Extranjeros de su
país, Edouard Thouvenel: “Tenemos sobre los mexicanos, tal superioridad de
raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de
sentimientos, que ruego a vuestra excelencia, se sirva decir al emperador, que
desde ahora, a la cabeza de sus seis mil soldados, soy dueño de México”. Además. dando crédito a la versión de los
conservadores, de que la sola presencia de los franceses bastaría para que las
poblaciones se le entregaran, sacudiéndose el supuesto yugo del gobierno de
Juárez, esperaba que los soldados de éste sólo combatirían por formula y Puebla
recibiría con coronas de flores al invasor.
Lorencez inició el
camino hacia la capital y a mediados de abril estableció su cuartel en
Orizaba. Por su parte, el general en
jefe del Ejército de Oriente, Ignacio Zaragoza, concentró los escasos recursos
del gobierno para fortificar Puebla y avanzar hacia Orizaba. El 19 de abril en Fortín, Veracruz, ocurrió
un choque entre la vanguardia de caballería del teniente coronel Félix Díaz y
doscientos jinetes franceses, que fue la primera acción de guerra entre ambos
ejércitos.
El Ejército de
Oriente se estacionó en San Agustín del Palmar y Zaragoza formó tres líneas
defensivas, una de las cuales, al mando del general José María Arteaga, cubría
el paso montañoso de Cumbres de Acultzingo.
El 28 de abril en ese lugar se registró un duro combate entre ambas
fuerzas. Ese día Zaragoza escribió: “Hoy
después de haber hecho una resistencia digna de elogio, el enemigo ha forzado
el paso de las cumbres. Nuestra retirada
hubiera sido más en orden sino toca la desgracia que al general Arteaga lo
hirieran. Bien caro ha sido para el
enemigo este paso, pues habrá perdido entre muertos y heridos como 60 hombres;
por nuestra parte hemos tenido pocos, muy pocos”.
Zaragoza regresó a
Puebla y dispuso una brigada de caballería en su retaguardia para hostilizar la
marcha de Lorencez. El 3 de mayo el jefe
mexicano estableció un plan táctico de defensa de la ciudad y al amanecer las
distintas brigadas tomaron sus posiciones.
El ejército invasor era de seis mil hombres, perfectamente armados y
disciplinados, con abundancia de víveres y municiones, como era de esperar de
quienes eran tenidos entonces como los primeros soldados del mundo y dependían
del poderoso emperador francés Napoleón III; llamado “el pequeño” para
diferenciarlo de su tío el grande Napoleón Bonaparte.
Al mediodía del 5 de
mayo de 1862 las tres baterías de cañones de la fuerza expedicionaria francesa
abrieron fuego contra los fortines de Loreto y Guadalupe, dos antiguas
edificaciones religiosas a las que se habrían agregado obras de defensa durante
la guerra de independencia para proteger a la ciudad de Puebla de las fuerzas
insurgentes. El plan de ataque del
ejército comandado or el general Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez,
era simplísimo: tomar a sangre y fuego esas fortificaciones erigidas en el
cerro Acueyametepec, único punto desde el que se podía oponer alguna
resistencia; una vez logrado esto, ocupar la capital de Puebla, desde donde se
prepararía la campaña definitiva sobre la ciudad de México, y así concluir la
operación lo antes posible.
Los cálculos
franceses para las operaciones bélicas en México se hicieron bajo el supuesto
de que se sumarían a las fuerzas interventoras grandes contingentes de
militares mexicanos. Por ello para su
aventura en América Napoleón III no destinó cientos de miles de hombres ---como
había hecho años atrás en el mar Negro--- ni grandes flotillas para bloquear
puertos, tomar el control de rutas comerciales y transportar, completos,
cuerpos de ejército, como en las operaciones en Indochina iniciadas dos años
antes. Parecía tratarse, más bien, de una operación limitada en la que la
acción de un pequeño contingente podría tener consecuencias favorables enormes,
como había ocurrido en China en 1858, donde ocho mil franceses derrotaron a más
de cuarenta mil soldados nativos.
Sus experiencias
anteriores, sumadas a un exacerbado racismo y la ignorancia que éste genera,
explican la forma de pensar del conde de Lorencez. Pero, por otra parte, el jefe de la
expedición tenía buenas razones para confiar en el poder de sus fuerzas. Los seis mil hombres que había puesto a su
disposición el emperador francés formaban parte de un sólido y experimentado
ejército permanente y eran comandados por oficiales egresados de las escuelas
militares más reputadas del mundo.
Las fuerzas
expedicionarias estaban equipadas como las mejores del mundo. Sus dieciocho piezas de artillería, aunque
todavía eran de carga por la boca (o avancarga), poseían dos innovaciones
incorporadas recientemente: el ánima rayada del cañón y proyectiles ojivales
con una guía para ésta, que aumentaba la precisión del tiro en un alcance de
más de tres kilómetros. Por su parte, los soldados estaban armados con el fusil
de infantería modelo 1857 de 17.8 mm, la última versión, y también la más
sofisticada y eficaz, de arma individual de avancarga y munición con cartucho
de papel
A las nueve de la
mañana del ese célebre 5 de mayo, una de las piezas de artillería instaladas en
el fuerte de Guadalupe disparó una salva, señal convenida para prevenir de la
presencia del enemigo en la zona. De
inmediato, las campanas de la catedral de Puebla comenzaron a tocar a rebato
para que tanto las unidades militares como la población civil hicieran los
últimos preparativos de guerra.
Una hora después el
general Ignacio Zaragoza, comandante en jefe del Cuerpo de Ejército de Oriente,
al observar que la mayor parte de las tropas enemigas se dirigían a los fuertes
de Loreto y Guadalupe, concentró ahí el grueso de sus fuerzas. Además de la segunda división (1 200 soldados
de infantería) comandados por el general Miguel Negrete ---emplazada en el
cerro desde el día anterior---, colocó ahí la brigada del general Felipe
Berriozabal (1 082 infantes) y puso en la falda noroccidental del cerro la coluna
de 550 soldados a caballo ---conocido como “dragones” o “lanceros”--- bajo las
órdenes del general Antonio Álvarez para que cargara sobre el enemigo cuando
fuera oportuno. Poco después envió al
mismo sitio una parte de la brigada Lamadrid (1 020 soldados), mientras que la
otra se quedaba con la brigada Díaz (mil hombres) en el llano que hay entre el
cerro de los fuertes y las lomas de Tepoxuchil, en el lindero oriental de la
capital poblana.
La fuerza que estaba
a punto de batirse contra los franceses, el Cuerpo de Ejército de Oriente de no
más de cinco mil hombres comandado por Zaragoza, era una confederación de
fuerzas militares regionales, la primera que obtuvo una victoria sobre un
ejército extranjero. El hecho de que
esta fuerza militar haya podido estar donde estaba al mediodía del 5 de mayo de
1862 es acaso más notable y extraordinario que la derrota que habría de
infringir a los invasores franceses en la batalla que ocurrió en las horas
siguientes.
Continua en la décima parte







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