Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Como los
conservadores mexicanos habían perdido la esperanza de recuperar el poder y de
mantenerse en él, valiéndose sólo de los elementos nacionales, desde antes de
estos sucesos habían emprendido serios trabajos en las cortes europeas,
tratando de resucitar el olvidado Plan de Iguala para establecer la monarquía
o, cuando menos, asegurarse un protectorado de alguna potencia europea a fin de
hacer estable un gobierno conservador (recordar que el plan de Iguala establecía
en una de sus partes ofrecer el gobierno del nuevo país que se llamaría Imperio
Mexicano, a un dignatario de alguna familia de la realeza europea).
Entre los más activos
y entusiastas partidarios de la monarquía residentes en Europa, se contaba a
José María Gutiérrez Estrada, quien después de la famosa carta dirigida al
presidente Anastasio Bustamante en favor de la monarquía, que había originado
su expulsión, había vivido en varios países europeos, desempeñando algunas
veces cargos diplomáticos. Hombre
acaudalado y de cortos alcances, creía de buena fe, hasta el punto de
constituir en él una monomanía, que tal forma de gobierno sería la que salvara
a México, haciendo de él una nación próspera y feliz, y que quizá era el único
que trabajaba en aquel negocio desinteresadamente.
Otro de los
monarquistas era el general Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural del
Generalísimo Morelos, que tras de haber figurado en el partido conservador,
despechado por no haber podido llegar a la presidencia, se inclinaba ahora a la
monarquía. Después de ser ministro
plenipotenciario ante varias cortes europeas, había logrado hacer un buen papel
en la de Napoleón III, para quien era persona grata. A estos se agregaban: José María Hidalgo,
hombre frívolo y superficial, amante de las vistosas ceremonias, de fiestas y
saraos, antiguo diplomático, que ya ni siquiera era mexicano, pues se había
nacionalizado español ---entonces no se utilizaba el absurdo de tener más de
una nacionalidad---, hombre de mundo, ignorante de lo que ocurría en México y
amigo particular de la emperatriz francesa Eugenia, que tanto contribuyó a la
intervención; y el eteno conspirador Pbro. Francisco Javier Miranda, que se
puede decir era el alma de aquella intriga colosal, y otros mexicanos, que
tomaron con calor la idea de formar un imperio, sólo para satisfacer ambiciones
personales, o por deseo de venganza y odio a los principios liberales.
Al hacerse la intriga
tripartita para intervenir en México, cada una de las naciones signatarias
llevaba diversas miras. Inglaterra sólo
deseaba asegurar el pago de sus créditos; España, además de esto, el
establecimiento de un gobierno reaccionario y
de hacer posible la resurrección del plan de Iguala; Francia i por mejor
decir, Napoleón III, tenía proyectos
trascendentalísimos como eran: afirmar el prestigio de la raza Estados Unidos,
y atraerse la amistad de Austria ---un potencial enemigo de Francia--- con
fines ulteriores, ofreciéndole un imperio a uno de sus archiduques, en
compensación de sus pérdidas en Italia; por ese se eligió como candidato a
Maximiliano. Ello sin contar con la
codicia que había despertado Sonora, cuyas minas de oro, se estimaba, eran más
ricas que las de California.
La armada de la
convención tripartita, debía reunirse en La Habana, y allá fueron las naves
inglesas mandadas por comodoro Dunlop, llevando como comisario a Sir. Charles
Wyke; las francesas a las órdenes del contralmirante Jurien de la Graviere, con
el plenipotenciario y comisario Dubois de Saligny, hombre tortuoso e
intrigante; y las españolas, cuyo mando militar y representación diplomática,
tenía el general Juan Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos. La armada española se adelantó a las de las
otras dos naciones, y salió primeramente de La Habana, presentándose en
Veracruz el 8 de diciembre (finales de 1861), desembarcando sus fuerzas y
ocupando la ciudad, que había sido abandonada por el gobierno republicano.
El 6 de enero del
siguiente año 1862 llegó la escuadra inglesa a Veracruz y el 8 la francesa y el
general Prim. Después de varias
conferencias entre los tres comisarios, se formuló el “ultimátum”, pidiendo a
Juárez satisfacción de agravios. Los
franceses reclamaban: la satisfacción de pagos de su deuda, los insultos hechos
a varios de sus nacionales, especialmente al ministro Dubois de Saligny, y la
falta de reconocimiento de los bonos Jecker.
Los ingleses pedían satisfacción también por la suspensión de pagos, y
los $600,000,00 que Miramón había sustraído de la legación inglesa. Los españoles exigían reparaciones por la
deuda española, el desconocimiento del tratado Mon-Almonte, y los asesinatos de
los españoles en San Vicente y en San Dimas.
Además, el ultimátum de los tripartitos hablaba de ayudar a México en su
reconstrucción, debiendo él mismo la forma de sus instituciones.
Cuando el gobierno de
Juárez recibió el ultimátum, la moratoria de pagos había sido ya derogada; se
manifestaba dispuesto a pagar los fondos de que se apoderara Miramón, a pesar
de considerar a su gobierno (el de Miramón) como ilegítimo; los asesinos de los
españoles mencionados ya estaban castigados; se había dado al gobierno español
por la expulsión del embajador don Joaquín Francisco de Pacheco, y si no se
reconocía el tratado Mon-Almonte, era por haberse celebrado en un gobierno
enemigo e ilegítimo, lo que no podía conforme al Derecho Internacional, ser
motivo de una guerra.
Pero si las quejas de
las dos potencias antes citadas, no eran motivo bastante para provocar una
guerra, las de Francia eran más fútiles aún; pues se sacaron de la manga
(inventaron) que sólo a uno de sus nacionales se debía la “pequeña” suma de
$200,000 y aunque la persona acreedora nunca apareció y por lo mismo nunca
existió una reclamación sobre esa suma, los franceses incluían su pago en la
deuda general. Pero Francia había
buscado un pretexto para legitimar su intervención y lo encontró en el contrato
usurario y leonino hecho por Miramón con el banquero suizo Jecker, que
repentinamente apareció como súbdito francés, tras haber traspasado el crédito
al duque de Morny, primer ministro de Napoleón III, quien esperaba hacer una
especulación colosal poniendo la diplomacia francesa al servicio del
banquero. Morny fue el que nombró a
Saligny ministro plenipotenciario de Francia en México y lo sostuvo, esperando,
de acuerdo con Napoleón, adjudicarse en pago de aquel crédito, una parte de
Sonora, donde pensaba establecer una colonia francesa; en aquel entonces se
decía que los yacimientos de oro de Sonora eran, incluso, muy superiores a los
de California.
El gobierno mexicano,
entretanto, se preparaba para resistir la invasión, empleando, tanto las
negociaciones diplomáticas, como la fuerza de las armas, si era necesario. Tan luego como tuvo conocimiento de que los conservadores
intentaban crear una monarquía con la ayuda del extranjero, se promulgó un
decreto, con fecha 25 de enero de 1862, declarando que incurrían en pena de
muerte, cuantos secundasen o favoreciesen a la intervención, por tratarse de un
delito contra la Independencia Nacional, que constituía una verdadera traición
a la patria.
Recibido el
ultimátum, contesto el gobierno, el 23 de enero de 1862, declarando estar
dispuesto a admitir las reclamaciones que fueran justas, invitando al efecto a
los comisarios aliados a conferenciar con el ministro de Relaciones, general
don Manuel Doblado, en Orizaba, Veracruz.
Mientras tanto la situación de las fuerzas aliadas en el puesto se
volvió insoportable debido a la falta de apoyo de la población. En pocos días escaseo la comida y aparecieron
brotes de enfermedades tropicales; la ciudad se llenó de soldados
enfermos. A los representantes aliados
no les quedó más remedio que ponerse en comunicación con el gobierno mexicano y
entablar negociaciones con el señor
Manuel Doblado, representante del gobierno de Juárez, al cual, por lo tanto,
reconocían implícitamente.
Doblado recibió el
planteamiento de que las tropas aliadas necesitaban internarse hacia regiones
más templadas, a lo cual respondió que primero deseaba saber cuales eran los
reclamos de las potencias, ya que hasta ese momento el gobierno no había
recibido alguna declaración oficial de guerra.
Así comenzaba el trabajo diplomático del gobierno mexicano para hacer
saber al mundo que no desconocía las deudas y que su interés era negociar con
cada país en términos pacíficos. Después
de algunos encuentros, el 19 de febrero de 1862, a las diez de la mañana, se
realizó una conferencia entre el general español Juan Prim ---representante de
los aliados--- y el general Manuel Doblado en el poblado de La Soledad,
Veracruz.
Hasta este
momento la situación parecía evolucionar favorablemente para el gobierno
mexicano, gracias a su labor diplomática y a que el general Prim, hombre de
reconocida integridad e ideas liberales, supo identificar la intriga en que
Francia se había involucrado. También
entendió la precaria situación de la economía mexicana y que el gobierno
republicano era el legítimo representante de la nación.
Continua en la novena parte







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