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domingo, 28 de junio de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Octava Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Como los conservadores mexicanos habían perdido la esperanza de recuperar el poder y de mantenerse en él, valiéndose sólo de los elementos nacionales, desde antes de estos sucesos habían emprendido serios trabajos en las cortes europeas, tratando de resucitar el olvidado Plan de Iguala para establecer la monarquía o, cuando menos, asegurarse un protectorado de alguna potencia europea a fin de hacer estable un gobierno conservador (recordar que el plan de Iguala establecía en una de sus partes ofrecer el gobierno del nuevo país que se llamaría Imperio Mexicano, a un dignatario de alguna familia de la realeza europea).

  Entre los más activos y entusiastas partidarios de la monarquía residentes en Europa, se contaba a José María Gutiérrez Estrada, quien después de la famosa carta dirigida al presidente Anastasio Bustamante en favor de la monarquía, que había originado su expulsión, había vivido en varios países europeos, desempeñando algunas veces cargos diplomáticos.  Hombre acaudalado y de cortos alcances, creía de buena fe, hasta el punto de constituir en él una monomanía, que tal forma de gobierno sería la que salvara a México, haciendo de él una nación próspera y feliz, y que quizá era el único que trabajaba en aquel negocio desinteresadamente.

  Otro de los monarquistas era el general Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural del Generalísimo Morelos, que tras de haber figurado en el partido conservador, despechado por no haber podido llegar a la presidencia, se inclinaba ahora a la monarquía.  Después de ser ministro plenipotenciario ante varias cortes europeas, había logrado hacer un buen papel en la de Napoleón III, para quien era persona grata.  A estos se agregaban: José María Hidalgo, hombre frívolo y superficial, amante de las vistosas ceremonias, de fiestas y saraos, antiguo diplomático, que ya ni siquiera era mexicano, pues se había nacionalizado español ---entonces no se utilizaba el absurdo de tener más de una nacionalidad---, hombre de mundo, ignorante de lo que ocurría en México y amigo particular de la emperatriz francesa Eugenia, que tanto contribuyó a la intervención; y el eteno conspirador Pbro. Francisco Javier Miranda, que se puede decir era el alma de aquella intriga colosal, y otros mexicanos, que tomaron con calor la idea de formar un imperio, sólo para satisfacer ambiciones personales, o por deseo de venganza y odio a los principios liberales.

  Al hacerse la intriga tripartita para intervenir en México, cada una de las naciones signatarias llevaba diversas miras.  Inglaterra sólo deseaba asegurar el pago de sus créditos; España, además de esto, el establecimiento de un gobierno reaccionario y  de hacer posible la resurrección del plan de Iguala; Francia i por mejor decir, Napoleón III,  tenía proyectos trascendentalísimos como eran: afirmar el prestigio de la raza Estados Unidos, y atraerse la amistad de Austria ---un potencial enemigo de Francia--- con fines ulteriores, ofreciéndole un imperio a uno de sus archiduques, en compensación de sus pérdidas en Italia; por ese se eligió como candidato a Maximiliano.  Ello sin contar con la codicia que había despertado Sonora, cuyas minas de oro, se estimaba, eran más ricas que las de California.

  La armada de la convención tripartita, debía reunirse en La Habana, y allá fueron las naves inglesas mandadas por comodoro Dunlop, llevando como comisario a Sir. Charles Wyke; las francesas a las órdenes del contralmirante Jurien de la Graviere, con el plenipotenciario y comisario Dubois de Saligny, hombre tortuoso e intrigante; y las españolas, cuyo mando militar y representación diplomática, tenía el general Juan Prim, conde de Reus y marqués de los Castillejos.  La armada española se adelantó a las de las otras dos naciones, y salió primeramente de La Habana, presentándose en Veracruz el 8 de diciembre (finales de 1861), desembarcando sus fuerzas y ocupando la ciudad, que había sido abandonada por el gobierno republicano.

  El 6 de enero del siguiente año 1862 llegó la escuadra inglesa a Veracruz y el 8 la francesa y el general Prim.  Después de varias conferencias entre los tres comisarios, se formuló el “ultimátum”, pidiendo a Juárez satisfacción de agravios.  Los franceses reclamaban: la satisfacción de pagos de su deuda, los insultos hechos a varios de sus nacionales, especialmente al ministro Dubois de Saligny, y la falta de reconocimiento de los bonos Jecker.  Los ingleses pedían satisfacción también por la suspensión de pagos, y los $600,000,00 que Miramón había sustraído de la legación inglesa.  Los españoles exigían reparaciones por la deuda española, el desconocimiento del tratado Mon-Almonte, y los asesinatos de los españoles en San Vicente y en San Dimas.  Además, el ultimátum de los tripartitos hablaba de ayudar a México en su reconstrucción, debiendo él mismo la forma de sus instituciones.

  Cuando el gobierno de Juárez recibió el ultimátum, la moratoria de pagos había sido ya derogada; se manifestaba dispuesto a pagar los fondos de que se apoderara Miramón, a pesar de considerar a su gobierno (el de Miramón) como ilegítimo; los asesinos de los españoles mencionados ya estaban castigados; se había dado al gobierno español por la expulsión del embajador don Joaquín Francisco de Pacheco, y si no se reconocía el tratado Mon-Almonte, era por haberse celebrado en un gobierno enemigo e ilegítimo, lo que no podía conforme al Derecho Internacional, ser motivo de una guerra. 

  Pero si las quejas de las dos potencias antes citadas, no eran motivo bastante para provocar una guerra, las de Francia eran más fútiles aún; pues se sacaron de la manga (inventaron) que sólo a uno de sus nacionales se debía la “pequeña” suma de $200,000 y aunque la persona acreedora nunca apareció y por lo mismo nunca existió una reclamación sobre esa suma, los franceses incluían su pago en la deuda general.  Pero Francia había buscado un pretexto para legitimar su intervención y lo encontró en el contrato usurario y leonino hecho por Miramón con el banquero suizo Jecker, que repentinamente apareció como súbdito francés, tras haber traspasado el crédito al duque de Morny, primer ministro de Napoleón III, quien esperaba hacer una especulación colosal poniendo la diplomacia francesa al servicio del banquero.  Morny fue el que nombró a Saligny ministro plenipotenciario de Francia en México y lo sostuvo, esperando, de acuerdo con Napoleón, adjudicarse en pago de aquel crédito, una parte de Sonora, donde pensaba establecer una colonia francesa; en aquel entonces se decía que los yacimientos de oro de Sonora eran, incluso, muy superiores a los de California.

  El gobierno mexicano, entretanto, se preparaba para resistir la invasión, empleando, tanto las negociaciones diplomáticas, como la fuerza de las armas, si era necesario.  Tan luego como tuvo conocimiento de que los conservadores intentaban crear una monarquía con la ayuda del extranjero, se promulgó un decreto, con fecha 25 de enero de 1862, declarando que incurrían en pena de muerte, cuantos secundasen o favoreciesen a la intervención, por tratarse de un delito contra la Independencia Nacional, que constituía una verdadera traición a la patria. 

  Recibido el ultimátum, contesto el gobierno, el 23 de enero de 1862, declarando estar dispuesto a admitir las reclamaciones que fueran justas, invitando al efecto a los comisarios aliados a conferenciar con el ministro de Relaciones, general don Manuel Doblado, en Orizaba, Veracruz.  Mientras tanto la situación de las fuerzas aliadas en el puesto se volvió insoportable debido a la falta de apoyo de la población.  En pocos días escaseo la comida y aparecieron brotes de enfermedades tropicales; la ciudad se llenó de soldados enfermos.  A los representantes aliados no les quedó más remedio que ponerse en comunicación con el gobierno mexicano y entablar negociaciones con el  señor Manuel Doblado, representante del gobierno de Juárez, al cual, por lo tanto, reconocían implícitamente.

  Doblado recibió el planteamiento de que las tropas aliadas necesitaban internarse hacia regiones más templadas, a lo cual respondió que primero deseaba saber cuales eran los reclamos de las potencias, ya que hasta ese momento el gobierno no había recibido alguna declaración oficial de guerra.  Así comenzaba el trabajo diplomático del gobierno mexicano para hacer saber al mundo que no desconocía las deudas y que su interés era negociar con cada país en términos pacíficos.  Después de algunos encuentros, el 19 de febrero de 1862, a las diez de la mañana, se realizó una conferencia entre el general español Juan Prim ---representante de los aliados--- y el general Manuel Doblado en el poblado de La Soledad, Veracruz.

  Hasta este momento la situación parecía evolucionar favorablemente para el gobierno mexicano, gracias a su labor diplomática y a que el general Prim, hombre de reconocida integridad e ideas liberales, supo identificar la intriga en que Francia se había involucrado.  También entendió la precaria situación de la economía mexicana y que el gobierno republicano era el legítimo representante de la nación.

                                                Continua en la novena parte                               

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