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domingo, 12 de julio de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO. (Décima Parte)


5 de mayo de 1862.

  Aproximadamente a las dos de la tarde el conde de Lorencez ordenó el asalto a los fortines de Loreto y Guadalupe y, contrariamente a lo supuesto por el Estado Mayor francés, después de una hora de combate había agotado más de la mitad de su parque de municiones sin conseguir que la heterogénea tropa mexicana ---reclutada a la fuerza en muchas ocasiones, sin uniforme y en algunos casos casi desnuda: armada según su lugar de procedencia con fusiles y mosquetones más o menos obsoletos y en casos extremos sólo con armas blancas; mal alimentada y casi nunca pagada--- no se había dispersado despavorida y había resistido el bombardeo en sus puestos.

  Aunque muy pocos de sus oficiales habían pasado por las aulas del Colegio Militar ---en los períodos que estuvo abierto---, todos contaban con una extensa experiencia en operaciones de guerra debido a nuestros constantes movimientos y sublevaciones  y conocían muy bien a los hombres bajo su mando, pues provenían de las mismas regiones y aun de los mismos poblados.  Hasta entonces los veintidós viejos cañones de las fuerzas mexicanas no habían entrado en acción, pues el enemigo se había mantenido fuera de su limitado alcance, pero una vez que éste se lanzó en dos columnas---una de zuavos y otra de infantes de marina, 1 200 hombres en total--- al asalto de los fortines, algún daño pudieron infringirles, aunque su rechazo fue obra, sobre todo, de las unidades de Guardia Nacional de Tetela de Ocampo y Zacapoaxtla (Negrete), y de Veracruz y Toluca (Berriozabal).

  Al constatar la inesperada  cantidad de bajas y el hecho de que, a pesar del fuego artillero inicial, no se había podido abrir ninguna vía en los muros de las fortalezas ni instalar ninguna de las escaleras improvisadas en éstos, Lorences decidió replegar sus fuerzas, reorganizarlas y lanzar un segundo ataque con casi 1 800 hombres en tres columnas, pero concentrando sus esfuerzos en el fortín más débil, el de Guadalupe.  Mientras que la primera columna buscaba tomar el baluarte norte del fortín, la segunda intentaría rodearlo para atacarlo por su parte más desprotegida.

  Nuevamente, las fuerzas del Estado de México, apoyadas en esta ocasión por los cazadores de Morelia, repelieron el ataque y el Batallón Reforma, de la brigada del general Lamadrid, que se había quedado en el llano, contuvo el avance de la columna que quería rodear el cerro, la cual acabó por dispersarse en su ladera oriental.  La tercera columna enemiga, que intentaba avanzar por el llano e iniciar el ataque por la ladera sur del cerro, fue contenida por los rifleros de San Luis y los cuerpos oaxaqueños de la Guardia Nacional, comandados por el entonces coronel Porfirio Díaz.

  Por fin, una de las escaleras improvisadas consiguió clgarse de los muros de Guadalupe, pero los soldados que lograron escalar fueron eliminados pocos metros después de iniciar su marcha por el terraplén del fortín, víctimas de las líneas de defensa establecidas en torno de la iglesia.  Del otro lado del cerro, junto al fortín de Loreto, las unidades a caballo del general Antonio Álvarez recibieron la orden de cargar por el flanco derecho de la columna que seguía desgastándose por el baluarte norte.  En el llano las fuerzas de Díaz, tras contener a los cazadores de África, consiguieron hacerlos recular e iniciaron su persecución hasta las cercanías de la Hacienda de Rentería, utilizada como cuartel por los franceses la mañana de ese día.  Una fuerte lluvia que dificultaba aun más las tentativas de ascenso por el cerro, acabó de hacer fracasar los afanes franceses, cuyo cuartel general ordeno la retirada.

  Aunque las unidades al mando del coronel Porfirio Díaz y del general Antoni Álvarez intentaron continuar la persecución de los franceses, la disminución de luz debido a la hora, acelerada por las nubes de lluvia, obligó a ambas fuerzas a concluir las operaciones.  Los franceses consideraron agruparse y lanzar un tercer ataque.  Poco antes de las seis de la tarde, Zaragoza envió a la capital del país uno de los telegramas mas célebres de la historia, en el que informaba sobre la victoria:  “Calculo la pérdida del enemigo en 600 o 700 entre muertos y heridos; 400 habremos tenido nosotros”, decía en el fragmento final. En su parte oficial firmado el 9 de mayo, Ignacio Zaragoza, el general coahuilense de 33 años que nunca en su vida puso un pie en una escuela militar, resumía lo ocurrido con sencillez y precisión: “El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe  se ha portado con torpeza en su ataque”.

  El Cuerpo de Ejército de Oriente, por su parte, no pudo iniciar una contraofensiva porque no contaba con fuerzas suficientes para proteger Puebla de otro posible ataque conservador por el sur y porque era mucho más fácil mantener el orden y la disciplina del abigarrado conjunto de fuerzas regionales si se le mantenía más o menos encerrado en una ciudad.  Estas características marcarían la lógica de los acontecimientos por venir: la nueva y frustrada defensa de Puebla un año después, en un sitio de varias semanas de duración, el dominio de las fuerzas conservadoras y de intervención, la resistencia inverosímil  de los liberales y de la refundación de la República cinco años después de su primera victoria nacional.

  El sentido común y la lógica militar indicaban que el ejército mexicano debía enfrentar de nuevo a las fuerzas francesas para acabar definitivamente con la amenaza de la intervención.  En las semanas que siguieron al 5 de mayo las tropas mexicanas hostilizaron a los invasores, quienes se replegaron hasta Orizaba.  Decidido a dar el golpe final en la ciudad veracruzana, Zaragoza esperó la llegada de refuerzos.  El 8 de junio de 1862 una división encabezada por el general Jesús González Ortega se incorporó al Ejército de Oriente con tropas de Durango, Coahuila, Aguascalientes y San Luis Potosí.  Es difícil saber si existía algún tipo de celo de parte del recién incorporado, pues apenas en 1860 se había alzado como el gran vencedor frente a los conservadores en Calpulalpan, lo que significó el triunfo de los liberales en la Guerra de Reforma.  En aquella batalla librada el 22 de diciembre, Zaragoza combatió a las órdenes de González Ortega, pero ahora los papeles se habían invertido.

  De inmediato Zaragoza preparó el ataque sobre Orizaba y envió a González Ortega a ocupar el  Cerro del Borrego, estratégica posición que permitía a los mexicanos tener una visión panorámica de la ciudad.  Pero González Ortega se durmió en sus laureles y durante la madrugada del 14 de junio la fuerza que dejó para defender la posición decidió dormir en santa paz (un oficial declaró que estaban tan profundamente dormidos que algunos soldados no despertaron hasta que los franceses les hablaron) y cerca de la una de la madrugada fue sorprendida por los franceses, quienes recuperaron el cerro.

  En su parte al ministro de Guerra, Zaragoza mostró su enojo: “Por el descuido y la flojera en el servicio al frente del enemigo se ha perdido la única comunicación para atacar Orizaba y tomarla en pocos días”.  A pesar de que las bajas mexicanas se contabilizaron en varios cientos y que el ataque a Orizaba no pudo realizarse, Zaragoza no acusó a González Ortega de negligencia o falta de pericia.  El general zacatecano, por su parte, se justificó de todas las formas posibles, pero era sabido que había sido su responsabilidad.  El fallido ataque sobre Orizaba fue la última oportunidad real que tuvo el ejército mexicano para acabar con la intervención antes de que se iniciara formalmente.

  Al saber Napoleón III el fracaso de Puebla, estimando comprometido el prestigio del ejército francés, decidió aumentar su contingente en México, con treinta mil novecientos sesenta y ocho hombres y cincuenta cañones, poniéndolo bajo las órdenes del general Elías Federico Forey, que, con una parte de esas tropas desembarcó en Veracruz el 21 de septiembre.  Como Forey debía ser no solamente el jefe militar, sino también el director de la situación política, recibió instrucciones directas del mismo emperador.  En ellas se ve que, aun cuando los franceses alardeaban de que el país sería libre para escoger su forma de gobierno, realmente se le iba a tratar como territorio conquistado.

  Tan pronto como Forey llegó a Veracruz, desconoció al gobierno provisional liderado por Juan Nepomuceno Almonte, y destituyó las autoridades por el nombradas; pues éste seguía titulándose como primer jefe de la nación, expidiendo disparatados decretos, y exigiendo préstamos forzosos que causaban el mayor disgusto en los pueblos ocupados por la intervención.

  El 1º de septiembre de 1862, de vuelta en su cuartel general en El Palmar, Zaragoza comenzó a mostrar fiebre muy alta, luego de haber padecido un intenso chubasco, su médico le recomendó marchar a Puebla para alejarse del mal tiempo, recibir cuidados necesarios y, sobre todo, tomar un descanso.  Era sorprendente que su cuerpo no se hubiera quebrado antes, dada la tremenda tensión a la que había estado sometido desde principios del año: la agonía y muerte de su esposa en enero; su nombramiento como jefe del Ejército de Oriente; la tragedia de San Andrés Chalchicomula, en marzo, cuando el estallido de un polvorín acabó con la vida de cientos de hombres; el triunfo sobre los franceses en mayo y la fallida campaña en Orizaba.  Todo actuaba en contra de su salud.

                                         Continua en la décima primera parte

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