Entradas populares

domingo, 6 de septiembre de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Décima Octava Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Además del acoso de la opinión pública, en el ánimo de Napoleón III obraba el temor de que Prusia, cuyo poderoso ejército había sido incrementado y reorganizado por el canciller de Hierro alemán, Otto Von Bismark, iniciara en un plazo no muy largo la guerra contra sus enemigos tradicionales, como Francia (En efecto, en 1870 los franceses fueron aplastados por los prusianos alemanes en la batalla de Sedan). 

  Por añadidura, del suave apremio con que, en los días que terminaba la guerra de secesión de los Estados Unidos, Mr. Seward, Secretario de Estado del Presidente Lincoln, había comenzado a solicitar el retiro de las tropas francesas de México.  Hacia fines de 1865, cuando los Estados Unidos ya estaba recuperándose de los estragos bélicos, tajantemente exigió fijar fecha precisa para la evacuación.  Era poco probable que los Estados Unidos mandara a su ejército a expulsar de México a los franceses, pero le sería fácil proporcionar a los republicanos mexicanos cantidades importantes de armas y municiones, además de oficiales, para que los invasores se viesen forzados a volver a su patria.

  Acosado así en tres frentes, Napoleón III tercero anunció en el Parlamento que, cumplida su generosa misión civilizadora en México, las tropas francesas serían repatriadas en el plazo más breve.  Así las cosas, en carta fechada el 22 de enero de 1866 a Maximiliano, aparte de anunciarle la terrible noticia del retiro de las tropas, explicó que la repatriación se llevaría a cabo en etapas sucesivas, para evitar que se perturbara la tranquilidad pública y se pusiera en peligro el imperio (el de Maximiliano).

  Al final sólo quedaría al servicio del emperador la Legión Extranjera con ocho mil hombres.  Maximiliano reprochó a Napoleón en una carta su poca seriedad en el cumplimiento de los Convenios de Miramar, celebrando entre ambos cuando aceptó ir a México como su gobernante con su apoyo militar y económico.  Como respuesta se le dijo que el primero en violar los convenios había sido él, por no pagar las sumas que adeudaba al gobierno francés, y porque no se vislumbraban probabilidades de que en un plazo razonable llegase a estar en condiciones de solventar sus compromisos.  Napoleón III aprovechó la coyuntura (oportunidad) para dar por terminado el Convenio de Miramar, arrojando toda la responsabilidad a la patética personalidad de Maximiliano y así presentar ante Europa como una retirada digna y decorosa, lo que en realidad había sido un fracaso su capricho monarquico en México.

  La comunicación de Napoleón III, participando a Maximiliano la retirada de las tropas francesas cayó como un rayo en la corte imperial.  El emperador de México, en el primer momento, se inclina a abdicar; pero Carlota no se resigna a volver a Europa desempeñar un papel secundario: “A contemplar el mar desde una roca en Miramar hasta envejecer, jamás”.  Carlota se enardece ante la sola idea de la abdicación y volver a Europa fracasados y sufrir la conmiseración y burlas de la gente.  Entonces propone a Maximiliano ir ella personalmente al viejo mundo, a exigir a Napoleón el cumplimento de sus compromisos, la revocación de la orden de retirada del ejército francés, y la ayuda financiera; y a entrevistar al Papa para el arreglo del concordato.

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         En la mañana del 8 de julio de 1866, cuando se cumplían dos años de la entrada triunfal a México, la valerosa mujer se embarca con un corto séquito, rumbo a Francia.  Sólo a grandes rasgos conocería el marido los detalles sobre aquella terrible experiencia: la fría recepción que le dieron los franceses y la manera insultante con que Napoleón III y Eugenia, la emperatriz, rehuyeron entrevistarse con ella hasta que ya no les fue posible escabullirse y enfrentaron a la mujer enfebrecida que, recurriendo al llanto, a las súplicas y hasta a las palabras duras, les imploró y exigió que siguieran ayudando a Maximiliano; la forma como el interpelado, nervioso y avergonzado, se negó a modificar su posición y se limitó a sugerir que abdicasen y retornaran a Europa.

  El desenlace ocurrió cuando Carlota siguió su viaje a Roma, en un fallido intento por conseguir el apoyo del Papa para hacer recapacitar al emperador francés y negociar un concordato que pusiera fin al conflicto eclesiástico contra Maximiliano; (Concordato: Convenio solemne entre la Santa Sede y la autoridad suprema de un país, para reglamentar las relaciones mutuas entre la iglesia católica y el Estado).  El Papa Pio IX le envió un cardenal al hotel de Roma donde se hospedaba.  Éste leyó una relación de los daños que Maximiliano había hecho a la iglesia de México:  “No acepto tal respuesta, quiero que el Papa me lo diga personalmente” tal fue la respuesta al cardenal quien finalmente logró le concedieran una audiencia con el Sumo Pontífice, pero la respuesta fue la misma.  Fue en esos momentos que empezó a manifestar arranques de locura insistiendo en que la querían envenenar.  Irracionalmente, se negó a volver al hotel y no hubo más remedio que dejarla dormir en el Vaticano; esa fue la única vez que una mujer duerme en el Santa Sede.  Pidieron ayuda a la madre superiora del Convento de San Vicente, que con la excusa de invitarla al orfanato que ella dirigió alguna vez, logró llevársela.

  De allí en adelante la locura se apoderó de ella.  Su hermano Felipe, el conde de Flandes, vino de Bruselas para llevársela a Miramar. ---Maximiliano me quiere matar porque no he podido darle un heredero---.  Maximiliano ni siquiera fue informado de que, después de salir de París, Carlota empezó a tener arranques de locura:  decía estar rodeada de espías franceses y padecía terrores de que la envenenaran.  Sólo a mediados de octubre, por telegrama, el emperador recibió aviso de que su mujer había sufrido en Roma una congestión cerebral, por lo que la habían trasladado a Viena.  En julio de 1867 Carlota fue llevada por su familia a Bélgica.  Se dispuso para ella el piso bajo del castillo de Bouchout una de las más bellas propiedades de la corona.  La reina María Enriqueta, la esposa de Leopoldo II, quiso hacerse cargo de su infortunada cuñada.  Hasta los 86 años de edad vivió Carlota.  Murió víctima de la influenza el 18 de enero de 1927.  Jamás recobró la razón.

  Entre tanto, el mariscal Bazaine ordena la concentración de las tropas francesas para embarcarlas y esto hace que las tropas republicanas vayan ocupando, casi sin combatir, varias ciudades de importancia.  El 15 de junio de 1866, el general Mariano Escobedo vence a los imperialistas en Santa Gertrudis; el coronel Martínez, después de triunfar sobre el francés Jaeningros, en Cerralvo, Nuevo León, marcha sobre Matamoros, y el general imperialista Mejía que defiende la plaza, se ve obligado a capitular el 23 del mismo mes.  Las fuerzas liberales ocupan Monterrey y Saltillo, después de ser evacuadas por los franceses.  San Luis Potosí, después de evacuadas por los franceses.  San Luis Potosí, Hermosillo y Guaymas, y bien pronto el gobierno de la República queda en posesión de toda la frontera con Estados Unidos.  Los guerrilleros que durante la intervención se han levantado en armas como en la guerra de independencia, se van agrupado en torno de los jefes más prestigiados, y consumando heroísmos y cometiendo atrocidades, pero incansables siempre.  El general Ramón Corona obtiene ventajas considerables sobre unos y otros, en Sinaloa y Jalisco; Porfirio Díaz en Oaxaca, y Regules, Riva Palacio y otros en Michoacán.  Es como una marea que va subiendo, y que acabará por tragarse al gobierno imperial.

  Así las cosas, recibe Maximiliano la fatal noticia de la locura de la emperatriz, así como la negativa de sus amigos de Europa para auxiliarlo, y se mantiene algunos días aislado de todo el mundo, resolviéndose luego a abdicar y embarcarse con el general Bazaine y las tropas francesas en retirada y que aún no han partido.  Con este objeto y esla mañana y escoltado por trescientos húsares austriacos, avanzando por las orillas de la capital y procurando no hacerse notar, Maximiliano sale de la ciudad de México con rumbo a Orizaba.  Allí recibe noticias de Europa que le hacen vacilar en su resolución.

  El barón De Lago, ministro de Austria en México, le comunica que el emperador austrohungaro, su hermano Francisco José, no le permitirá entrar en sus dominios, y aún ha dado órdenes de que se le aprehenda si en ellos se presenta.  Por otra parte, su madre, la archiduquesa Sofía, le escribe que haga honor a su raza, y primero se sepulte bajo los escombros de México, que sujetarse a las exigencias del miserable emperador de los franceses Napoleón III, volviendo a Europa entre los bagajes del ejército francés.

  El mariscal Bazaine lo apremiaba a continuar hasta Veracruz, entregar su abdicación a cualquier autoridad local y embarcarse.  Claro, reflexionaba Maximiliano: con eso podrían anunciar en Europa que, por la abdicación, la presencia de las tropas francesas había dejado de tener objeto, y Napoleón se ahorraría la vergüenza de exhibir ante el mundo el fracaso de su aventura en México y como el político desleal que abandona al socio en peligro.

                                          Continúa en la décima novena parte.

0 comentarios:

Publicar un comentario