Rafael Urista de Hoyos / Historiador
El 27 de septiembre
de 1863 llegaron a París los once mexicanos que iban a ofrecer la corona de
México al príncipe Maximiliano. Una duda
les asaltaba tan pronto se encontraron en la capital de Francia: ¿debían
emprender el viaje a Miramar o debían hacer antes una visita a Napoleón
III? Discutieron la cuestión y acabaron
por decidir lo que dictaba el buen sentido: irían directamente a entrevistarse
con Maximiliano. Una visita al emperador de los franceses, juzgaron, sería
interpretada por todos como señal de la dependencia de los mexicanos---y del
mismo futuro emperador de México---a los designios de Napoleón. No podían cometer ese error de diplomacia.
Así pues,
emprendieron el viaje hacia Trieste, la ciudad donde se ubicaba el castillo de
Maximiliano, a donde llegaron el día 1º de octubre. Don José María Gutiérrez Estrada se apersonó
de inmediato en Miramar, distante unos cuatro kilómetros de aquella ciudad, y
pidió una audiencia con el príncipe. Se
le fijó para dos días después. El
riguroso protocolo así lo ordenaba: no podía Maximiliano hacer esperar mucho a
los viajeros, pero tampoco debía muestras de ansiedad recibiéndolos al día
siguiente.
El día 3 se
presentaron los comisionados. Todos
vestían con gran elegancia, y llegaron al castillo de Miramar en carrozas de
mucho lujo que les fueron suministradas por un representante de la corte. Cuando llegaron los carruajes a la puerta del
castillo, los mexicanos se sorprendieron gratamente al ver que los aguardaba
una valla de alabarderos ataviados con uniforme de gala y que lucían pelucas y
tricornios. Un ceremonioso chambelán los
hizo pasar a una sala bellamente amueblada y ahí esperaron.
A las doce en punto
una pareja de guardias abrió la puerta del gran salón de recepciones. Al fondo, de pie rente a un sillón que tenía
apariencia de trono, estaba Maximiliano.
Cuando entraron los visitantes, vieron con el rabillo del ojo que en una
de las paredes lucían los retratos al óleo de Maximiliano y Carlota y que en
otra colgaban dos óleos de excelente factura que mostraban las efigies de
Napoleón III y de su esposa, Eugenia de Montijo. Al ver los retratos de los franceses el padre
Miranda, perspicaz y suspicaz, no pudo contener un gesto que más que de
extrañeza fue de disgusto: ellos habían
tratado de disimular la vinculación del emperador Napoleón con el proyecto monárquico
de México; Maximiliano, por el contrario, parecía querer destacar es
injerencia.
El y Carlota los
esperaban en el salón de audiencias.
Maximiliano llevaba su uniforme de vicealmirante austriaco con las
insignias del Toisón de Oro y la gran Cruz de San Esteban. Tenía 31 años. Por su parte, Carlota, vestía un modelo
carmesí adornado con encajes y atravesaba su pecho la cinta negra de la Orden
de Malta. Sobre la cabeza llevaba una
corona archiducal. Un collar de
diamantes daba el toque final a su encanto, ---¡Es bellísima! ---murmuraban los
que estaban presentes. Admirados. Don
José María Gutiérrez Estrada se dispuso a dar lectura al discurso, escrito en
francés y español, en el cual se ofrecería a Maximiliano la corona del Imperio
mexicano. “La nación mexicana,
restituida apenas a su libertad por la benéfica influencia de un monarca
poderoso y magnánimo--- se refería a Napoleón III--- nos envía a presentarnos a
vuestra Alteza Imperial”.
Comenzaba el señor
Gutiérrez Estrada diciendo una mentira que Maximiliano conocía ya: no era la nación mexicana la que enviaba a
aquella comisión, sino apenas un grupo de doscientos notables, casi todos de la
capital, a quienes ni siquiera se les hubiera ocurrido hacer una consulta entre
la población para obtener su punto de vista sobre la conveniencia de
restablecer la monarquía y ofrecer el trono a un príncipe europeo. Es cierto: la mayoría de los mexicanos
ansiaban tener paz, y muchos pensaron que un imperio fortalecido por las armas
europeas les daría la ansiada tranquilidad.
Pero nunca se manifestó esa opinión en una forma que pudiera ser
interpretada como el consenso nacional.
“No hablaremos, señor
---siguió el señor Gutiérrez--- de nuestros infortunios, aun conocido de todos
que el nombre de México es actualmente sinónimo de desolación y ruina. Cerca de medio siglo ha pasado nuestra patria
en esa triste existencia, toda de Señores ---empezó a hablar con firme y clara
voz---. Estoy vivamente agradecido al voto emitido por la asamblea de notables
de México, y que vosotros me habéis comunicado.
Halaga a nuestra casa que las miradas de los mexicanos se hallan vuelto
a la familis de Carlos V tan pronto se pronuncio la palabra “monarquía”. Sin embargo no dejo de reconocer, en perfecto
acuerdo con Su Majestad, el emperador de los franceses, cuya gloriosa
iniciativa ha hecho posible la regeneración de vuestra hermosa patria, que esa
monarquía no podrá ser restablecida a menos que la nación toda, expresando
libremente su voluntad, ratifique el voto de la capital. De los votos de la totalidad del país hago
depender, pues, la aceptación del trono que se me ha ofrecido”.
Los enviados
mexicanos se quedaron estupefactos al escuchar tales palabras. Ellos habían dado por descontado que
Maximiliano aceptaría sin más ni más el trono que le estaban ofreciendo.
“Si la Providencia
---siguió diciendo Maximiliano--- me llamara a la alta misión civilizadora
ligada a esa corona, os declaro desde ahora mi firme resolución de seguir el
sano ejemplo de mi hermano, abriendo al país la vía del progreso por medio de
un régimen constitucional basado en el orden y en la moral. Tened a bien, señores ---concluyó
Maximiliano---, comunicar a vuestros conciudadanos las determinaciones que
acabo de anunciaros con toda franqueza, y llevad a cabo las medidas necesarias
para consultar a la nación respecto del gobierno que se le piensa dar”.
No daban crédito a sus oídos los comisionados. ¡Maximiliano
les había salido más liberal que el mismo Juárez! Aceptaba la corona, sí, pero sobre la base de
un plebiscito general, una especie de elección que más tenía que ver con la
República que con la monarquía.
Anunciaba la creación de un régimen constitucional, en vez del absoluto
que los conservadores juzgaban necesarios; no olvidar que este asunto de la
monarquía en México partía del partido conservador, que quería recuperar el
poder después de haberlo perdido por medio de las armas. ¿Así que Maximiliano era constitucionalista,
igual que Juárez? Peor todavía: en su
discurso el Archiduque no habló de religión, sino de moral. Y lo más malo: uso la palabra “progreso”, que
para los conservadores, sobre todo para los eclesiásticos, sonaba a herejía
peligrosa. ¿No había condenado el Papa
Pio IX toda forma de progresismo?
Maximiliano no
advirtió el mal efecto que sus palabras causaron en sus visitantes. Cuando acabó de hablar, pidió a don José
María Gutiérrez Estrada que le presentara uno a uno a los miembros de la
comisión. Luego Maximiliano les aunció
la presencia de su esposa. Carlota
Amalia entró radiante de hermosura, elegantemente ataviada como para una
recepción. Llevaba como dama de compañía
a otra preciosidad, la princesa de Auresberg.
Hablando un correctísimo español, Carlota saludo a los mexicanos.
Llenos de admiración
quedaron los mexicanos que no conocían a Carlota cuando la vieron por primera
vez. La princesa era alta, muy
alta. De hecho aventajaba con su
estatura a la mayoría de los allí presentes.
Su cabeza era pequeña, su talle era esbelto y fino; su cara, redonda y
de tez muy blanca, mostraba mejillas de un suave color rosado que no era
resultado de los afeites, sino obra de la naturaleza. Sus negros cabellos hacían juego con sus
ojos, profundamente negros y en los que se advertían en ocasiones una vaga
melancolía, algunos decían que por falta de hijos. Era una mujer muy ilustrada e inteligente.
Hablaba con absoluta perfección siete idiomas, entre ellos el latín, lengua en
la que podía sostener una conversación sobre arduos temas de teología. Sabía de ciencias y artes; conocía al dedillo
los intríngulis de la política europea; y estaba al tanto de las ideas sociales
más avanzadas de su tiempo.
Uno a uno salieron
del gran salón de recepciones los comisionados que fueron a Miramar a ofrecer a
Maximiliano el trono del hipotético Imperio mexicano. Iban consternados pues
tenían la absoluta seguridad de que el Archiduque aceptarían sin vacilar su
ofrecimiento, y he aquí que ante su sorpresa les respondió el austriaco que
sólo iría a gobernar a México si la nación entera lo llamaba por medio de un
plebiscito en que la totalidad de la nación manifestara claramente su voluntad.
Todos aquellos
hombres, los que formaron la comisión encargada de llamar a Maximiliano, eran
conservadores. Compartían las más firmes
convicciones monárquicas. Creían que los
reyes llegaban al trono por voluntad de Dios, y he aquí que Maximiliano no
quería llegar al trono como elegido por la providencia, sino como democracia.
El problema de los buenos es que los malos toman su bondad por
tontería. Maximiliano quiso venir a
México llamado no por unas decenas de hombres ricos de la capital, sino por
toda la nación. Lo comisionados
mexicanos consideraron que ese deseo era manifestación de una supina necedad.
Los comisionados se
asustaron al conocer la voluntad del príncipe, las cosas estaban demasiado
adelantadas; no era posible ya pensar en otro candidato menos escrupuloso. Y lo que hicieron entonces fue mentir. Inventaron un plebiscito: consulta popular
donde el pueblo tiene que decidir sobre una sola cuestión, o sea un “si” o un
“no”. Juntaron supuestas firmas
provenientes aparentemente de todos los Estados mediante medidas coercitivas
avaladas por el gobierno pelele de los invasores, y mostraron a Maximiliano una
apariencia de consenso nacional. Así
engañado, vino el Archiduque a ocupar el trono mexicano.
Los engañadores
salieron engañados. En su breve gobierno Maximiliano actuó como un consumado
liberal. Entre otras cosas, se negó a
devolver a la iglesia los privilegios y propiedades que había perdido por
efecto de las Leyes de Reforma. No es
exageración decir que Maximiliano fue un liberal más ilustrado y sincero que
don Benito Juárez.
Continua en la décima cuarta parte.






