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domingo, 4 de octubre de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO. (Vigésima segunda y última parte).


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Es 19 de junio de 1867, las siete y cinco de la mañana, día y hora señalados para la ejecución del Emperador Maximiliano de Habsburgo y los generales imperialistas Miguel Miramón y Tomás Mejía, en el Cerro de Las Campanas de la ciudad de Querétaro

   Con paso firme, los tres sentenciados se colocan frente a un tosco muro de adobe, levantado precipitadamente el día anterior por tropas del Batallón de Coahuila.  A manera de despedida Maximiliano da un fuerte abrazo a sus generales y pide a Miramón que se coloque en el centro diciéndole: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas”.  Después, dirigiéndose a los presentes, alza la voz y dice: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria.  ¡Viva México¡”.

  Miramón saca un papel de su chaleco y lee un discurso.  Rechaza quedar bajo el estigma de traidor: “Protesto contra la acusación de traidor que se me ha lanzado al rostro . . . muero inocente de este crimen.  Tomás Mejía permanece en silencio, pero es el único de los tres que mira directo a los ojos de los soldados del pelotón de fusilamiento.  A las siete y diez minutos de la mañana.  El eco de los disparos rebota en las esquinas de la ciudad.  A continuación, todas las campanas de Querétaro repican al unísono.  Muchos soldados, emocionados, rompen la orden estricta de silencio y gritan: “¡Muera el imperio!  ¡Viva la República!”.  Después de cinco años de una guerra cruenta, el drama de la invasión francesa ha concluido.  El segundo imperio paso al terreno de la historia.  El cadáver de Maximiliano fue pedido por el Barón de Magnus y el doctor Basch para conducirlo a Viena, pero el Presidente Juárez les advirtió que sólo mediante una petición oficial del gobierno austriaco podía ser entregado.

  El ex monarca, como última petición, solicitó que su cadáver fuera embalsamado para su remisión a Europa.  La tarea fue encomendada al doctor José Licea, quién por no disponer de los líquidos adecuados, inyectó algunos substitutos que dejaron al cadáver en un estado horroroso.  Fue necesario conseguir otros médicos que colgaron el cuerpo por los pies varios días, hasta que se le salieran los líquidos inadecuados y pudieran hacer un embalsamamiento correcto. 

  Para entonces el tal doctor Licea ya había realizado un brillante negocio: rasuró la barba y el cabello de Maximiliano, y los vendió metidos en unos relicarios que atesorarían amorosamente como recuerdo varias generaciones de imperialistas queretanos.  Fue hasta el 28 de noviembre cuando los restos mortales del Archiduque Maximiliano de Habsburgo fueron entregados al ser presentada la petición oficial por el canciller del imperio austriaco a nombre del emperador Francisco José. El cuerpo de Maximiliano fue recogido por el vicealmirante austriaco Tegetthoff que lo condujo en la misma fragata, la “Novara”, en la que viniera lleno de ilusiones a gobernar al país, y que ahora se había convertido en su capilla ardiente.  El cadáver de Maximiliano fue depositado en la cripta imperial de la Iglesia de Capuchinos de Viena, en un sepulcro de mármol que se cerró con una llave de oro.

  El general Leonardo Márquez, desentendiéndose de la suerte de Maximiliano, siguió defendiendo la ciudad de México, sitiada por las fuerzas del general Porfirio Díaz. Después de la toma de Querétaro, y ocultando la noticia de la muerte del emperador, publicando falsedades, y aún procurando la salida de los ministros extranjeros y defensores llamados por Maximiliano, ocurriendo al terror y a las mayores exacciones para hacerse de hombres y dinero; pero cuando vio que la defensa era imposible, huye, dejando la plaza en poder del general Tavera, que se rindió a discreción, mandando izar la bandera blanca y formalizando la capitulación incondicional.  Márquez logró ocultarse en la misma capital y al cabo de algún tiempo logró huir a Cuba donde vivió hasta 1895 en que el Presidente Porfirio Díaz le concedió el indulto, regresando a México donde murió años después sólo y abandonado.

  El 21 de junio de 1867 a las seis de la mañana el general Porfirio Díaz, al frente de la Primera División del Ejército, hace su entrada triunfal a la ciudad de México, procediendo desde luego a remediar los males causados por el sitio, introduciendo abundantes víveres.  Enseguida por órdenes de Juárez se procede a localizar y aprehender al general Santiago Vidaurri y a todos los que habían servido al imperio.  El día 8  de julio es aprehendido el general Santiago Vidaurri por el general Carbajal e inmediatamente es conducido a la plaza de Santo Domingo y es fusilado por orden del general Porfirio Díaz, muriendo de rodillas y por la espalda.

  El orden republicano estaba restablecido, y de la aventura imperialista, sólo quedaban una desgraciada princesa, sepultada en las sombras de la demencia, y un pobre cuerpo acribillado de balas, devuelto a aquella patria, de la que había salido resplandeciente de juventud.  La intervención francesa tuvo trascendencia inmensa para el porvenir del país; pues dio  por resultado su unificación en un sentimiento nacional de independencia.

  Las pérdidas materiales de México eran enormes.  Más de sesenta y tres mil hombres habían perecido en la contienda, y por millares también se contaban los heridos; muchas fortunas habían desaparecido, pero se habían salvado la independencia nacional y la forma de gobierno republicano, y el pueblo había salido mejor templado de aquella prueba y con la conciencia de su valer.  Era el principio de una sociedad nueva y de la regeneración nacional.

  Desde el punto de vista internacional, no fueron menos importantes las consecuencias de la intervención.  Para los angloamericanos quedó reconocida su decantada Doctrina Monroe; se mostró la solidaridad latinoamericana, ya que todos los países del nuevo mundo pusieron de manifiesto sus simpatías por México, y nuestra patria no fue tratada ya despectivamente por los países europeos. Además la guerra con México preparó el desastre francés de Napoleón III de 1870 a manos de los ejércitos prusianos (alemanes).  La aventura había costado a Francia más de novecientos millones de francos, la desorganización de su ejército y la pérdida de por lo menos veinte mil hombres.

  Se dice que el triunfo de Juárez sobre Maximiliano fue un triunfo de México contra Francia y nada más alejado de la realidad.  Lo cierto es que el triunfo correspondió a los Estados Unidos.  A ese poderoso país debió Juárez su victoria sobre los conservadores imperialistas, y así los yanquis fueron los más beneficiados por la política de Juárez ---sobre todo al ordenar el inútil y cruel fusilamiento de Maximiliano---, pues con eso quedó asegurada la prevalencia de la llamada Doctrina Monroe, que, según los angloamericanos, hacía de todo el nuevo continente una posesión privada de ellos.  Juárez contribuyó a que Estados Unidos fortaleciera ese supuesto predominio 

  Con esta vigésima segunda parte se da por terminado al tratado:

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO.

BIBLIOGRAFÍA:

Maximiliano y Carlota = Amor y drama.

Extractos de la obra “Maximiliano y Carlota en México

Del escritor José C. Valades

 

Historia de México

Alfonso Toro

México, D. F.  1958

 

Relatos e historias en México

Alejandro Rosas

Revista núm. 41 enero 2012

Editorial Raíces, S.A. de C.V.

 

Historia Gráfica de México 1325 – 1900

Segunda edición  Tomo II

Ediciones Gustavo Casasola

México, D. F.   1964

 

Historia Esencial de México

Armando Ayala Anguiano

Tomo 4   año 2003

Editorial Contenido, S.A. de C.V.

 

La otra historia de México. Juárez y Maximiliano.

Armando Fuentes Aguirre - “CATÖN!

Editorial Diana – México, D.F.  2006

 

Historia de México a través de sus gobernantes

José Manuel Villalpando y  Alejandro Rosas

Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V.   

México, D.F.     2008

 

Porfirio = La Guerra.

Enrique Krause y Fausto Zerón Medina

Editorial Clío, S.A. de C.V.   1993

 

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