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domingo, 1 de noviembre de 2026

LA GUERRA DE INDEPENDENCIA DE MÉXICO (2) PERSONAJES Y BATALLA (2a. Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

ANTECEDENTES (II)

A pesar de los esfuerzos de los reyes de España para hacer cesar los abusos,

prácticamente el país estaba muy mal gobernado. Los indios eran explotados sin

misericordia por sus caciques que, a su vez, lo eran de igual manera por los

empleados (burócratas) españoles. Los alcaldes mayores, que eran quienes

realmente gobernaban, se consideraban jueces con fuerzas suficientes para

hacerse obedecer y en su caso efectuar ejecuciones sin formación de causa.

Cierto que se había tratado de remediar abusos de los alcaldes mayores

substituyéndolos mediante la “Ordenanza de intendentes” con los subdelegados

que no tenían los mismos privilegios, pero como no se les asignó dotación alguna

y tenían que atenerse a las costas cobradas de acuerdo al arancel establecido,

necesariamente prostituían sus empleos para vivir, estafando a los pobres y

comerciando con los delitos.

El mal gobierno se había hecho aun más sensible de que, por muerte del rey

Carlos III, subiera al trono Carlos IV; pues si bien en los primeros años de su

reinado siguió la senda trazada por su antecesor, aconsejándose de los notables

ministros que hicieron la grandeza de aquel monarca, de allí a poco el nuevo rey

nombró como primer ministro a Manuel Godoy que se convirtió en el árbitro de la

monarquía, debido a la pasión senil que supiera despertar en la reina María Luisa,

comenzando a apartar a los buenos elementos, nombrando para virreyes de la

Nueva España, y para los altos cargos de la colonia, a verdaderos aventureros.

Las enseñanzas de los enciclopedistas, y las noticias de la Revolución Francesa,

llegaban a la Nueva España, a pesar de la inquisición, despertando inquietdes en

todos los novohispanos pensadores. Los libros de los filósofos franceses eran

devorados a hurtadillas por los criollos ricos e instruidos, en número mucho mayor

de lo que vulgarmente se cree, como puede demostrarse pasando revista los

numerosos procesos seguidos por el Santo Oficio de México, contra los lectores

de Voltaire, Rousseau, Diderot, Montesquieu y otros menos connotados. En los

lugares en que menos podía sospecharse, tenían éstos gran número de

admiradores; eran estos los frailes de algunos conventos y los curas de pueblos

apartados. Además, las noticias de la Revolución Francesa, propagadas hasta

estos lugares, eran recibidas con entusiasmo y aprobación, encontrándose

justificada la muerte de los reyes franceses Luis XVI y María Antonieta, no faltando

quien propusiera que se aplicara igual pena a los reyes de España, a quienes se

calificaba de tiranos.

 

El disgusto contra el gobierno, había tenido manifestaciones de cierta gravedad;

motines y conspiraciones, iniciados antes y a raíz del destierro de los jesuitas,

seguramente incitados por ellos mismos, aprovechando la opresión en que vivían

los trabajadores y el ansia de libertad de los indios. Bastará recordar las

insurrecciones de Puebla, Yautepec, Guanajuato, Valladolid y Real del Monte, en

1776 y las de San Luis Potosí, Guanajuato, San Luis de la Paz, Pátzcuaro,

Valladolid, Uruapan, Apatzingo y otros lugares, después de la expulsión de la

Compañía de Jesús. Estos movimientos, aparentemente independientes los unos

de los otros, tenían por origen común el odio a los dominadores, y fueron

ahogados todos en sangre.

Antes, noviembre de 1761, se habían levantado en armas los indios mayas de

Kistel, Sotuta y otros lugares cercanos, en contra de las autoridades españolas,

promoviendo Jacinto Kanek la guerra de castas de los indios contra los blancos.

Combatieron éstos a sangre y fuego el levantamiento, y una vez vencidos los

indios se aplicaron penas cruelísimas a los líderes, arrancándosele a Kanek, las

carnes a pedazos, con tenazas candentes. A los demás rebeldes que se hicieron

prisioneros los azotaron, les cortaron las orejas o los ahorcaron según la

participación que tuvieron en la rebelión. Estos movimientos de los indios y de la

población obrera, como los barreteros de San Luis Potosí, que no han sido

estudiados por los historiadores debido al cuidado del gobierno español en

ocultarlos, fueron los preludios de la guerra de independencia.

Algunos documentos publicados recientemente, demuestran que varios criollos

distinguidos, pertenecientes a la nobleza española, desde 1742, habían procurado

entrara en relaciones con los gobiernos de Francia e Inglaterra para hacer la

independencia de la Nueva España. Estas potencias, especialmente la última,

trataban de apoderarse del comercio y de las riquezas de las colonias españolas

pero no querían comprometerse de manera descarada. Inglaterra sólo se

mostraba inclinada a fomentar los movimientos de independencia aprovechando el

disgusto de los criollos contra el gobierno español, pero sin entrar en guerra con

éste.

Tal era el estado general del país, cuando fue nombrado virrey don José de

Iturrigaray, bajo cuyo gobierno había de principiar el movimiento separatista de

España que finalmente concluiría con la independencia de la nación once años

después.

Don José de Iturrigaray tomo posesión del virreinato el 4 de enero de 1803. Era

el nuevo virrey de familia noble, y debía su elevación, más que a sus propios

méritos, a su amistad con el Príncipe de la Paz, llamado así, en el colmo de la

adulación, el primer ministro del imperio español el funesto Manuel Godoy.

Habiendo venido Iturrigaray a enriquecerse, sin detenerse en los medios, al llegar

a Veracruz introdujo mercancias de contrabando por valor de $ 119,000 y una vez

en México no perdonó medios para acumular dinero, formando un fuerte capital a

 

pesar de su esplendidez para gastar; pues tanto él como su familia, vivían en

perpetua fiesta.

A pesar de su avidez, el virrey supo captarse las simpatías de los criollos, que

por su prodigalidad eran mejor recibidos en Palacio que los avarientos

comerciantes y mineros españoles; lo que no hizo sino aumentar la grave

enemistad y división entre unos y otros, división que trascendía aún a los cuerpos

políticos, pues en tanto que los peninsulares gozaban mayor favor en la audiencia,

los españoles americanos (los criollos) lo encontraban en el Ayntamiento, que casi

en su totalidad por ellos estaba formado.

Al morir el gran rey CarlosIII, le sucedió su hijo Carlos IV, príncipe bondadoso,

débil de espíritu y de carácter, muy aficionado a la caza, a las ceremonias

religiosas, y a la vida pacífica, y aquien manejaba su mujer, la reina María Luisa.

Esta, de edad avanzada, había concebido una gran pasión por don Manuel Godoy,

quien, debido sólo a su buena figura, se había elevado desde simple oficial de la

guardia de corps, a ministro universal de la monarquía y príncipe de la paz,

disponiendo el reino como de su propiedad.

El heredero del trono, Fernando, odiaba mortalmente al favorito, odio que

compartía con el pueblo español, por lo que le fue fácil al primero formar una

especie de partido político, conspirando contra sus padres, para llegar a reinar.

España, satélite de Francia desde el reinado anterior, continuó en este papel

secundario a pesar de la ejecución del rey Luis XVI; pues si bien es cierto que

declaró la guerra a los republicanos franceses, muy pronto se vio obligada a

pactar la paz, convirtiéndose en aliada de Napoleón Bonaparte, obedeciendo

ciegamente sus inspiraciones.

Napoleón, como profundo conocedor de los hombres, supo aprovechar aquel

estado de cosas, y, deslumbrando a Godoy con la esperanza de alcanzar un

principado en el desmembramiento de Portugal, hizo que España con su rey

Carlos IV firmara el Tratado de Fontainebleau, el 27 de octubre de 1807, por el

que las dos potencias (Francia y España) se obligaban a acometer a Portugal.

Con este pretexto, el emperador de los franceses invadió España, ocupando con

sus tropas, fronteras, castillos y plazas fuertes, sin resistencia; pues ya en su

ánimo tenía, el disponer a su antojo de la monarquía española.

El pueblo español comprendió la pérfida conducta de Napoleón antes que sus

indignos soberanos; ya que ésos, con su imprudencia, provocaron su intervención

en los asuntos internos del país. En efecto, Carlos IV comunica a Napoleón que

habiendo atentado contra su vida el príncipe Fernando, lo había desheredado, en

tanto que éste mendigaba el favor de Napoleón, pidiéndole la mano de una

princesa de su familia y acusando a sus padres y a Godoy de vergonzosos delitos.

Así el emperador de los franceses se convirtió en árbitro de los destinos de la real

familia, creyendo serlo también del pueblo por ella gobernado. El Príncipe de la

Paz, al ver invadida España por los franceses, y el peligroso curso que tomaban

 

los sucesos, propuso a Carlos IV que, imitando la conducta seguida por la familia

real de Portugal, que se había ido a establecer al Brasil, al ver su reino invadido

por los franceses, el se trasladara a la Nueva España.

Este proyecto, al ser conocido por el pueblo, dio origen a un motín encabezado

por elementos de la nobleza, el famoso motín de Aranjuez, ocurrido el 17 de mayo

de 1808, en el que el populacho asaltó el palacio de Godoy, destruyendo cuanto

pudo haber a la mano, salvando el favorito la vida oculto en la buhardilla, donde

fue aprehendido al día siguiente, y privado de sus empleos y dignidades. Carlos

IV, espantado al considerar la actitud de los sublevados, se vio obligado, para

salvar a Godoy, a abdicar en favor de su hijo Fernando VII, el 18 de marzo de

1808.

Entretanto, las tropas francesas mandadas pr Murat, gran Duque de Berg,

ocupaban Madrid, y éste, por orden de Napoleón, incitaba a Carlos IV a protestar

contra su abdicación, que decía habérsele arrancado por la violencia, por lo que la

posición de Fernando VII venía a ser falsa. Entonces éste, aconsejado por el

mismo Murat. Decidió marchar al encuentro de Napoleón, para solicitar que lo

reconociera como rey de España.

Así, casi toda la familia real se dirigió a Bayona, Francia, donde Napoleón se

encontraba, decidida ha hacerlo árbitro, no sólo de sus rencillas domésticas, sino

de la suerte de la monarquía española. El emperador exigió que Fernando

renunciara a la corona en favor de su padre, y que éste abdicara a beneficio de

Napoleón, el 8 de mayo de 1808, nombrando rey de España e Indias, como se les

llamaba a todas las colonias españolas en América, a su hermano José, a petición

de una supuesta junta formada por ciento cincuenta personajes de la nobleza de

España.

El infante don Francisco de Paula, el otro hijo de Carlos IV, había quedado en

Madrid, y al pretenders llevarlo con el resto de la familia real, el pueblo, este sí

“bueno y sabio”, lastimado en su patriotismo, se amotinó, impidiendo el viaje.

Murat ordenó a sus tropas que sofocaran aquella manifestación, y como hicieran

fuego contra la multitud, esta, enfurecida, sin jefes, casi sin armas ni elementos, se

arrojó en masa contra los odiados invasores, emprendiendo una lucha desigual el

2 de mayo de 1808. La heroica protesta, que ahogaron en sangre los franceses

fue el principio del levantamiento de todo el pueblo español contra los invasores,

levantamiento que sólo había de terminar con su completa expulsión de la

península.

Fin de la etapa de los antecedentes.

Continúa en la tercera parte.

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