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domingo, 1 de febrero de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA. (Décima quinta parte)Rf


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  8   1847

  Batallas de La Casa Mata y El Molino del Rey.

  A las primeras claridades del día 8, los invasores saludaron nuestro campamento rompiendo fuego sobre el molino.  A derecha e izquierda fueron avanzando hábiles tiradores yanquis hacia nuestras líneas, protegidos por su potente artillería.  Los cañones que coronaban las crestas de Chapultepec y la vetaría que ante los molinos, oculta tras el magueyal activaba sus descargas, respondieron ferozmente al estupendo fogonear de nuestro adversario.  Éste batió con sus cañones la Casa Mata, disponiendo otros para enfilar su izquierda, hacia donde podía aparecer la caballería nuestra del general Álvarez, quien, como sabemos, tenía orden de acometer el flanco izquierdo enemigo en el instante en que cargara contra nuestro frente de batalla.

  Después de grandes despliegues de las secciones beligerantes que maniobraban en sus respectivos campos para formar sus columnas de asalto; después del intenso cañonear de las baterías angloamericanas sobre los molinos de El Salvador y La Casa Mata, destácase una columna de infantería enemiga, que lentamente y rodeando pequeñas lomas se aproxima a tomar nuestra batería del magueyal.  Resistieron con sus fuegos los bravos batallones que cubrían las azoteas de Molino del Rey y la Casa Mata y algunos de los tiradores que se defendían tras las ruinas de los edificios cercanos o ante los muros del acueducto y los relieves ásperos y ondulantes del terreno.

 columna enemiga, y pronto perdió sus cañones, no obstante la resistencia que hizo el 3º ligero, tras el acueducto.  El invasor avanza sostenido por los fuegos de su batería ligera, cubriendo su frente con la poderosa y terrible línea volcánica de sus mejores rifleros, siguiendo a esta columna de asalto dos batallones de reserva.  Detúvose toda esta masa enemiga ante nuestros fuegos de cañón y fusilería, en tanto que eran amagadas las posiciones extremas del enemigo en el molino del Salvador y Casa Mata, disparando sin cesar contra el centro enemigo la línea occidental de los cañones de Chapultepec.

  El primer asalto de la columna americana fue tan impetuoso y tan hábilmente preparado, que después de haber roto su fuego último para llegar a la bayoneta a la batería mexicana volteo nuestros cañones, entre hurras delirantes, llevándoselos a toda carrera, ya que nuestra lejana infantería del acueducto y de los molinos era insuficiente para evitar aquel fracaso.  Al mismo tiempo, otra columna norteamericana cargaba fuertemente sobre el molino del Salvador, a la derecha, protegida por gruesos cañones, en tanto que otras fuerzas amenazaban nuestra izquierda, siempre asegurados los adversarios por el enérgico accionar de su poderosa artillería.

  Ahora volvamos a contemplar la terrible columna de asalto que arrancó nuestros cañónes de la batería central, entre Casa Mata y Molino del Rey; y ya se llevan nuestras piezas en son de triunfo, cuando tras los victoriosos enemigos carga a paso veloz el batallón del general Echegaray que en Chapultepec permanecía de reserva.  Carga el valiente cuerpo, y el enemigo acosado a retaguardia tiende a sus tiradores en pequeñas columnas que se lanzan sobre las nuestras a bayoneta, más retroceden y extendido otra vez en amplia faja el combate de fuego y arma blanca, logran los nuestros excelente triunfo.  Las columnas de Echegaray y Balderas arrancan entre la refriega los cañones que nos habían tomado los invasores, y allá en la Casa Mata, al mismo tiempo se rechazan las otras columnas asaltantes varias veces; las baterías enemigas prosiguen con un nutridísimo fuego apenas contestado por los cañones de lo alto de Chapultepec.

  Allá tras las lomas de Tacubaya, bien cubierto su frente por éstas, el general Scott dirige la batalla, y notando la debilidad de nuestro centro, que reforzara espontáneamente el 3º ligero, hace cambiar el frente de ataque; llama a sus reservas, ordenando que vengan en su apoyo otras fuerzas de Tacubaya, y dirige entonces tres nuevas columnas de asalto hacia nuestras posiciones, lanzándose la primera, formada por la brigada del general Cadwallader sobre los molinos, la segunda sobre el frente de la Casa Mata (donde el general Scott creía encontrar gran acopio de material de guerra), y la tercera para envolver el norte de la misma Casa Mata.  Su caballería se agrupó en su flanco izquierdo dispuesta a resistir el empuje de nuestros escuadrones, apoyada por dos piezas ligeras.

  Mientras que así se rehacía el enemigo de su descalabro, nuestros cuerpos volvían a sus posiciones, tras los molinos, en los acueductos y en las azoteas, colocando los más diestros tiradores ante las lomas, zanjas, matorrales y asperezas.  Y carga otra vez el adversario precipitándose de nuevo sus columnas ante una nube de fuego, amparadas por el estruendo mortífero de sus baterías sobre nuestras líneas, a las que sostiene el redoble estampido del cañón de Chapultepec.  El combate se desarrolla más intenso, más desesperado y sangriento y otra vez los asaltantes se retiran, enviando hacia su extrema izquierda su batería “Duncan” dispuesta a contener a la caballería del general Álvarez que empezaba a evolucionar.

  Los angloamericanos habían sido rechazados también de Casa Mata, y nuestras tropas, en el delirio de su entusiasmo, saltaron los parapetos y a la bayoneta rechazaron a su vez al enemigo.  Era de esperarse en esos instantes que la fuerte columna de caballería que a las órdenes del viejo insurgente suriano, general Álvarez, se encontraba sobre el flanco izquierdo americano, cargara, desfilando entre las quebraduras del terreno, para dar rotundo golpe al ejército rechazado; más por una fatalidad que explica la impericia y la falta de unidad en el mando, como hemos visto en todas las acciones de guerra de esta lamentable etapa histórica, aquella columna de caballería ---que si no pudo haber obtenido éxitos, hubiera logrado ejecutar lo bastante para dar al ejército mexicano, si no una victoria definitiva, al menos un glorioso episodio de profunda trascendencia moral--- no cargó, y entonces, vueltos a rehacerse los invasores, tornaron al asalto.  Truenan nuestros últimos cañonazos, intentando detener sus acometidas, y al fin, unos tras otros van cayendo en su poder el Molino del Rey y la Casa Mata, tomándonos de nuevo la batería tan heroicamente disputada en el fragor de tanta contienda.

  La batalla fue una de las más terribles; solamente en la Angostura se desarrolló ímpetu igual al que desplegaron los cuerpos mexicanos que saliendo de sus posiciones fortificadas fueron a contener y rechazar las soberbias columnas enemigas.  Hubo refriegas en que jefes y oficiales dieron ejemplo de valor a sus tropas, cayendo épicamente al frente de ellas el bravo general León y los coroneles Balderas y Gelati.  ¡Jamás el ejército angloamericano había sufrido tanto como ante el valor de estos valientes, en el Valle de México!

  A última hora, y sospechosamente como siempre, apareció Santa Anna con sus reservas, logrando apenas contener, en torno de Chapultepec, las excursiones de los voluntarios del enemigo, trabándose combates parciales en los campos que se extendían a uno y otro extremo del bosque y las calzadas.  La artillería del castillo hizo retroceder a las fuerzas agresoras las cuales en la tarde tuvieron que evacuar las posiciones que nos conquistaran a tan alto y enorme precio de sangre.

  La batalla de Molino del Rey demostró todo el poder de resistencia de que eran capaces las tropas mexicanas si fueran dirigidas con acierto, entereza y valor, jornada fue aquella que costó al enemigo torrentes de sangre y varios elementos de guerra, sin lograr obtener las ventajas que merecían semejantes sacrificios.  Es de absoluta justicia mencionar los nombres de algunos defensores mexicanos que en estos combates del Molino del Rey y la Casa Mata, realizaron acciones de extrema heroicidad y de acendrado patriotismo:  los generales Antonio León y Miguel Echegaray, el coronel Lucas Balderas y los civiles Arivillaga, de oficio relojero, y Margarito Zuazo, de oficio artesano, que cayeron acribillados por el agresor asesino, pero dando muestras de su ardiente patriotismo al escalar las más altas cumbres de la heroicidad humana.  Honor y paz a su espíritu.

  El general Antonio León al sentirse herido, trató de disimularlo y cuando por fin cayó al suelo y conducido en una camilla, pidió le hicieran pronto sus curaciones para volver de nuevo al combate aunque no pudo hacerlo pues sus heridas eran de extrema gravedad y falleció en las mismas curaciones;  El coronel Lucas Balderas apenas cayó herido, se arrastró un gran trecho y con la espada en alto, no dejó de alentar un momento a sus soldados, pero como se desangrara de una manera horrible, se desmayó en brazos de su hijo, siendo conducido a una choza, donde expiró.  Arivillaga era un muchacho servicial de apenas 22 años y valiente en cualquiera que fueran los casos, marchó con el coronel Lucas Balderas al Molino del Rey como su asistente no separándose de su jefe un solo momento, pero cuando Balderas fue herido Arivillaga arrojó las ropas y las medicinas que traía en las manos, recogió la espada de un muerto, la empuñó incontenible, frenético, sublime de coraje y bravura, se puso al frente de un grupo de soldados y embistió al enemigo con tal fuerza y arrojo que estableció el orden en la batalla, hasta que cayó acribillado por las balas del enemigo.  Margarito Zuazo, era un artesano humilde que se alistó en el cuerpo “Mina” y lo hicieron abanderado donde se captó la estimación de sus compañeros y oficiales por su bondad y subordinación.  El día de la batalla en Molino del Rey se excedió en el cumplimiento del deber.  Atropellado por un gran número de enemigos y hecho una criba por los bayonetazos, envolvió su cuerpo ensangrentado en la bandera nacional y expiró no sin antes llevarse por delante a varios gabachos con su temible machete.  El general Miguel Echegaray realizó una de las hazañas más heroicas en aquella jornada, que a la derrota misma dio visos de victoria, cuando alzándose sobre los estribos de su caballo empuñando la espada y con el caballo rubio como un esplendor de oro, se arrojó pisando los cadáveres y entre nubes de humo, rescató los cañones que habían sido quitados por el enemigo.  Echegaray murió pobre y duerme en un sepulcro ignorado.

                                                                       Continúa en la décima sexta parte.

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