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domingo, 8 de febrero de 2026

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA, CRONOLOGÍA. (Décima Sexta Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador

Septiembre  08   1847

  El general Scott, como dijimos ya, dirigió sus fuerzas contra El Molino del Rey y sus posiciones adyacentes, creyendo adquirir trofeos inestimables y gran cantidad de pólvora, en cuyo concepto, y deseando avanzar por la vía occidental sobre México, amagándola desde el mismo Chapultepec ---golpe de terrible efecto moral sobre el ejército y la población--- tuvo cruel y profundo desengaño al ver el tristísimo resultado de la batalla que le costó considerables pérdidas.  Vio que en los depósitos de Molino del Rey y la Casa Mata no había el rico material de guerra que creyó adquirir, ni mucho menos pudo tener con tan arriesgada y sangrienta conquista puntos estratégicos que compensaran la suma de energías vitales y pecuniarias vertidas en sus operaciones del 8 de septiembre y las que le precedieron.

  Bien sabido es que los generales Worth y Scott tuvieron agrio altercado porque aquel se oponía al proyecto de su general en jefe, juzgándolo inconducente y antiestratégico. Y efectivamente, poco avanzó el caudillo norteamericano después de la sangrienta jornada de Molino del Rey, si se tiene en cuenta que bien pudo evitar aquel choque general, rehuyendo las posiciones sobre las que lanzó sus brigadas, concretándose a tomar Chapultepec, para seguir sin obstáculo hasta la garita occidental de Belem.  Sin embargo, para la causa mexicana la acción de armas que hemos referido fue uno de los últimos desastres, uno de los últimos eslabones trágicos de la lúgubre cadena que, tendiéndose de oeste a oriente, limitó las fronteras de nuestra patria, retrocediéndola centenares de kilómetros al sur.

  Nuestras pérdidas en el Molino del Rey y la Casa Mata fueron terribles, pues cayeron en poder del enemigo, según sus mismas partes militares, mas de 800 hombres, inclusive 51 oficiales, en su mayor parte de la brigada León; pero el adversario sufrió también considerablemente, teniendo 58 oficiales y 729 soldados fuera de combate, amén de multitud de prisioneros y dispersos.  Más si para el enemigo esta jornada fue costosa, para nosotros tuvo un efecto moral decisivo, produciendo el mayor desencanto en la población de la capital, estremecida dolorosamente por esta catástrofe, no obstante que el general Santa Anna la hizo celebrar como un triunfo, con repique y dianas; quería el presidente general arrojar velos de apoteosis triunfales a sus postreros descalabros y continuas derrotas.  Triste apoteosis militar de aquel hombre siniestro que tanto había ido amontonando pesadumbre y atri¡oces infortunios sobre la patria.

  ¡Traición¡  ¡Traición¡  ¡Traición¡  Resurgía la fatídica palabra, vibrando en todas las clases sociales con chasquidos de látigo vengador que azotaran vergonzosamente sobre las heroicas espaldas de nuestros heroicos muertos:  ¿Porqué, no había cargado la caballería? ---se preguntaban peritos y profanos en el arte de la guerra--- ¿Porqué Santa Anna desguarnecía siempre las líneas que iban a ser atacadas, y cuando estallaba el conflicto no iba en auxilio de los angustiados combatientes, o cuando lo hacia era para llegar premeditadamente tarde como en esta batalla a cuyo campo se dirigió a la cabeza del 1er. Regimiento ligero, acudiendo sólo a presenciar los estragos de la infausta rotura del bosque de Chapultepec? 

  Después de conseguir la victoria en Molino del Rey y Casa Mata, los invasores se retiraron a Tacubaya, dejando destacamentos en las posiciones conquistadas, con artillería ligera y gruesa para batir el bosque y lo alto del cerro, siguiendo un duelo de artillería entre la suya y la nuestra, que contestaba dignamente desde la almenada corona del castillo, logrando al fin que los enemigos tuvieran que abandonar el campo, hostigados por nuestros fuegos.

Septiembre  13 de 1847

  EL ASALTO AL CASTILLO DE CHAPULTEPEC.

  Del 8 al 11 de septiembre, el ejército invasor se concretó a reorganizarse, haciendo aprestos desde su cuartel general que estaba en Tacubaya, para dar un vigoroso asalto contra el poniente de la ciudad de México.  Las tropas enemigas de Tlalpan, Churubusco y Coyoacán, reforzaron en parte a las de Tacubaya y San Ángel, y las avanzadas de las lomas, mientras otras fracciones tenían orden de hacer una demostración de ataque sobre las garitas de San Antonio Abad y La Candelaria. El general Scott después de haber hecho reconocimientos importantes por regiones del sur de la ciudad, se decidió a efectuar el ataque, principalmente por el oeste, apoderándose de la altura de Chapultepec.

  Con este objeto hizo instalar cuatro baterías para que bombardearan el castillo hasta destrozarlo, produciendo terrible efecto moral entre sus defensores.  La primera, compuesta de dos piezas de a 16 y un obús de 8 pulgadas, se instaló en la hacienda de La Condesa para batir el sur del castillo, defendiendo sus fuegos al mismo tiempo las calzadas de Tacubaya y Chapultepec.  La segunda constituida de un cañón de a 24 y un obús de 8 pulgadas, se situó en la loma del Rey, frente al ángulo suroeste del; colocándose la tercera con un cañón de a 16 y un obús de 8 pulgadas, a doscientos cincuenta metros de los molinos; mientras la cuarte, con un grueso de obús de 10 pulgadas quedó abrigada dentro del mismo edificio del molino.

  A estos elementos esenciales que para efectuar el bombardeo acumuló el adversario al poniente y sur del castillo, hay que agregar numerosa artillería de reserva, compuesta la mayor parte de nuestros mismos cañones de sitio y plaza arrebatados en Cerro Gordo, Churubusco y Padierna, sostenido todo este apresto por densas líneas de infantería, cubiertas por baterías ligeras y exploradores ligeros a caballo.

  Hábilmente engañó Scott a Santa Anna, haciéndole creer que intentaría el ataque por el sur de México, enviando a la división Quitman de Coyoacán a unirse con la de Pillow amenazando las garitas meridionales; pero con la orden estos jefes de volver en la noche con el mayor sigilo y silencio a Tacubaya donde estaba el cuartel general angloamericano.  Nuestro general presidente cayó en el engaño, y al instante que supo lo de las maniobras enemigas contra el sur de la población, retiró fuerzas de Chapultepec y otros puntos para engrosar sus reservas, dirigiéndose con ellas hacia San Antonio Abad, Niño Perdido y La Candelaria.

  Al amanecer del día 12, las baterías enemigas rompieron sus fuegos sobre el bosque y el castillo, produciendo grandes estragos. Chapultepec apenas estaba defendido por muy ligeras obras de fortificación: en la puerta de entrada oriental un parapeto y con una débil cerca  impropia como defensa militar, que entonces rodeaba el bosque por la parte sur, también se construyó una flecha abriéndose en derredor un foso de 7 metros de profundidad.  Este debía rodear todo el bosque; pero semejante obra, como otras muchas que se empezaron a ejecutar en una posición que debió haber llamado poderosamente la atención de Santa Anna ante un enemigo que tan bien demostraba su designio de atacar la capital por el oeste,no quedó terminada, y apenas si se colocaron tablones y morillos cavándose alrededor cortaduras entre zanja y zanja.  Otras flechas tendiéronse al poniente y al pie del cerro, colocabdo fogatas y trampas en combinación, por el trayecto que se suponía siguieran las columnas asaltantes.

  El recinto del edificio pomposamente llamado castillo, se rodeó en gran parte con parapetos de sacos de tierra y revestimientos de madera, ramajes y adobes, blindándose los techos que cubrían los dormitorios del Colegio Militar y los principales depósitos.  Apenas siete piezas de artillería defendían esta posición tan descuidada por Santa Anna: dos de veinticuatro, una de a ocho, tres de campaña de a cuatro y un obús de sesenta y ocho.

  Era el jefe del punto el ilustre y benemérito general Don Nicolás Bravo, quien tenía como segundo al general Mariano Monterde, director del Colegio Militar, contando con una guarnición de tropas bisoñas y desmoralizadas, que a la hora del combate sumaban unos 800 hombres que se distribuyeron en las obras del bosque y en la propia defensa del edificio, en lo alto del cerro.

  Al amanecer del día 12, como ya se dijo, las baterías enemigas iniciaron el bombardeo sobre el bosque y el llamado castillo, contestando sus fuegos muy escasamente nuestra pobre artillería.  Al principio fueron nulos los efectos de los primeros disparos dirigidos contra la fortaleza; pero muy pronto los jefes ingenieros del enemigo rectificaron sus punterías, y durante todo el día cayó sobre Chapultepec una lluvia de granadas, bombas y cohetes, produciendo estragos espantosos en el material de las fortificaciones y en la escasa tropa que las guarnecía.  Hubo necesidad de retirar gran parte de ella para que no sufriera impunemente tan mortíferos fuegos, colocando tras el cerro, hacia el oriente, a todos los defensores que no pertenecían a la artillería y a los no empleados en las obras de defensa.  El enemigo mantuvo sus fuegos en toda la jornada del dia12, terminando la actividad de sus baterías al oscurecer.

  En la noche, entre los días 12 y 13, mientras el general Bravo urgía con desesperación porque se reforzaran las tropas de su mando con parte de las reservas intactas que Santa Anna llevaba de un extremo a otro de la ciudad y sus contornos, sin que, por supuesto, las demandas del general Bravo fueran atendidas, y mientras el general Scott, jefe de las fuerzas invasoras, combinaba sus últimas evoluciones preparando el asalto al castillo para las primeras luces del nuevo día.

  Apenas se inició la noche cuando se comprendió en un instante los desastres ocasionados por el bombardeo, el que según el plan del enemigo, había desmantelado cuanto pudiera servir para operar una resistencia.  A última hora se efectuaron las reparaciones más urgentes, aprovechando las tinieblas, no sin que entretanto desertaran reclutas, indígenas incapaces de comprender la trascendencia y la ignominia de su acción frente al enemigo, atribulados y desmoralizadísimos como estaban.

  Algo reanimó el general abatimiento de aquella noche, la presencia a lo lejos de una fuerza del Estado de México que llegaban a reforzar a las del valle, al mando del mismo gobernador Don Francisco M. Olaguíbel, perseguidos por algunos escuadrones del enemigo que no se atrevían a atacarla.  Aquellas tropas unidas a ciertas fracciones de la caballería del general Álvarez, que vagaban triste e inútilmente por los campos occidentales, debían de ser de un gran efecto táctico a retaguardia de las divisiones enemigas.

  Más por desgracia, se repitieron las mismas, las eternas faltas de esta lamentable campaña.  Hubo órdenes y contraórdenes del general presidente Santa Anna que fatigaron a la tropa sin resultado práctico: tras mil evoluciones tuvo que entrar aquel auxilio del Estado de Mèxico a la capital, lo mismo que las reservas y el pomposo Estado Mayor del general presidente, que de esta manera dejaba desprotegidos a los heroicos defensores de Chapultepec y a merced del bestial asalto de la soldadesca de los agresores invasores.  Nuevamente se escucharon las terribles palabras que sentenciaban a Santa Anna:  ¡Traición¡  ¡Traición¡.

  El general Nicolás Bravo, cerrando los puños y apretando los dientes por la impotencia y la desesperación causadas por las decisiones de Santa Anna que prácticamente los entregaba al enemigo, no tuvo más remedio que acudir a sus escasas y desmoralizadas tropas para preparar la defensa del castillo.  Se dispusieron en la falda del cerro, por la parte oeste que era entonces la más accesible, unas fogatas de barrenos de pólvora, que no llegaron a encenderse por no bajar a tiempo el teniente de artillería encargado de hacerlas estallar.

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