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domingo, 17 de mayo de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (4a. Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Antes de continuar adelante y para la mejor comprensión de los sucesos, nos parece conveniente hacer notar que en el fondo de las luchas revolucionarias del México independiente existía un malestar real provenientes de causas económicas, como era la mala distribución de las riquezas, causas mal comprendidas por los partidos que se disputaban la supremacía política del país, respaldados hasta cierto punto por influencias extranjeras.  Los conservadores buscaban siempre el apoyo de las potencias europeas, especialmente de España y el Vaticano, pretendiendo restablecer las formas de un gobierno de privilegios semejante al sistema colonial, bajo la dirección del clero católico.  Los liberales buscaban la ayuda y simpatía de los Estados Unidos, y como adoradores románticos de la revolución francesa, tendían a poner en práctica los principios de libertad, igualdad y fraternidad por ésta proclamados, y a la modernización del sistema de gobierno, imitando la constitución angloamericana y algunas leyes francesas.

  Casi simultáneamente, los jefes de los partidos contendientes, Miramón y Juárez, lanzaron sendos manifiestos, que puede decirse que no eran otra cosa, que los programas de la política que pretendían seguir, por lo cual es conveniente analizarlos, aunque sea de una manera sucinta.  Miramón, en el suyo de fecha 12 de julio ---estamos ya en el año 1859---, reconocía  que se trataba de una verdadera revolución, y que no era la lucha resultado de mezquinos intereses, sino de una gran necesidad social; convenía en que no bastaban los triunfos militares para darle fin, sino que era preciso formar un programa político, y creía que para remediar los males del país, era suficiente con organizar de manera debida la administración.  Ofrecía mantener la independencia y prerrogativas del clero; aunque reconociendo de hacer ciertas reformas de acuerdo con él.

  Más importante era el manifiesto de Juárez del 7 de julio, firmado por sus ministros Melchor Ocampo, Ignacio Ruiz y Miguel Lerdo de Tejada; pues en él, después de mostrarse dispuesto a sostener a todo trance la Constitución de 1857, hacía notar que los principios liberales en ella sostenidos, no podían arraigar en la nación mientras existieran los elementos de despotismo, hipocresía, inmoralidad y desorden que los contrariaban; por lo que, para poner fin a la guerra fomentada por el clero, y desarmar a éste, era preciso: hacer la separación de la Iglesia y el Estado; suprimir las organizaciones de regulares (monjes y monjas); extinguir las congregaciones religiosas; cerrar los noviciados; nacionalizar los bienes del clero; declarar que la remuneración que dan los fieles a los sacerdotes por sus servicios, era convencional (voluntaria de acuerdo a su situación económica), y establecer la libertad de cultos.

   Este programa, verdaderamente radical, fue realizado totalmente por Juárez al expedir en Veracruz las “Leyes de Reforma”, parte de las cuales estaban destinadas a castigar al clero por su intervención en la política, y por haber ayudado con sus bienes al sostenimiento de la guerra, favoreciendo a los conservadores.  No estará por demás advertir que esas leyes habían sido ya puestas en práctica por el gobernador de Zacatecas, don Jesús González Ortega, con anterioridad.

  La desamortización de los bienes decretados por Comonfort, había sido principalmente una medida económica, que sólo indirectamente tendía a la reforma del clero, siendo su fin principal, poner en circulación y hacer productivos los bienes de manos muertas (las propiedades raíces del clero casi abandonadas y sin movimiento productivo).  Esta ley no había privado al clero de su propiedad; pero en vista que éste se mostraba rebelde y fomentaba la guerra, Juárez, como medida política para evitar la continuación de ella, despojó al clero de sus bienes, declarándolos propiedad de la nación, que es lo que se llama nacionalización de bienes eclesiásticos, por ley del 12 de julio de 1859.

  Esta misma ley, la más importante de las de la Reforma, establece:  la independencia entre la Iglesia y el Estado; la libre contratación de los servicios que prestan los sacerdotes a los fieles; la supresión de las comunidades religiosas de hombres, y de toda clase de cofradías y congregaciones; la prohibición de establecer nuevos conventos y de usar hábitos de las órdenes suprimidas; la clausura de los noviciados, y la aplicación de las obras de arte, antigüedades y libros de conventos suprimidos, a las bibliotecas y museos nacionales.  A esta ley se siguieron otras varias, cuya tendencia y espíritu eran análogos, y encaminadas a acabar con el predominio e influencia del clero en la sociedad de entonces, y que tendía a crear una verdadera teocracia.

  Entre las más importantes de esas leyes, se cuentan: la de ocupación de bienes eclesiásticos, del 13 de julio; la del 23 del mismo, que declaró que el matrimonio era un contrato civil, suprimiendo la intervención forzosa , en él, de los sacerdotes; la ley del registro civil, del día 28 del mismo mes por la que el registro del estado civil de las personas, queda a cargo de los organismos del gobierno; la del 31 de julio, por la que se secularizaron los cementerios (secularización: transferir bienes eclesiásticas al Estado); la del 11 de agosto, que suprimió casi todas las festividades religiosas, y la del 4 de diciembre de 1860, que estableció la libertad de cultos.  La legislación reformista continuó durante los gobiernos de Benito Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, por lo que puede decirse, que la reforma iniciada por la ley Juárez en 1855, fue obra de dos generaciones; pero con las leyes expedidas en Veracruz, quedaron planteados y resueltos los principales problemas, y se inició la modernización de la sociedad.

  La exaltación de las pasiones a consecuencia de la guerra había llegado a tal punto, que uno y otro partido, con tal de ver aniquilado a su adversario, no vacilaba en solicitar la ayuda del extranjero.  Así los conservadores, celebraron un tratado con España en París, el 26 de diciembre de 1859, por conducto de su ministro plenipotenciario, el general Juan Nepomuceno Almonte, con el de la reina Isabel II, Alejandro Mon, por el que se hacían concesiones indecorosas de daños y perjuicios a las familias de súbditos españoles que habían perecido asesinados en el curso de nuestras guerras civiles sólo con el fin de reanudar relaciones con España, a fin de solicitar la ayuda para establecer un protectorado español. Este tratado quedó anulado por la derrota de los conservadores. 

  Por su parte el gobierno de Juárez no retrocedía ante la celebración de otro tratado firmado el 1º de diciembre de 1859, entre el plenipotenciario de los Estados Unidos Robert Mc Lane y el ministro de relaciones juarista Melchor Ocampo (el tratado Mc Lane- Ocampo) el cual implicaba una verdadera servidumbre internacional, y graves peligros para la independencia de la patria, ya que se concedía al país vecino el derecho de tránsito a perpetuidad por el Istmo de Tehuantepec; el permiso de emplear fuerzas angloamericanas para la seguridad de las rutas; la libre introducción de toda clase de mercancias y prácticamente la ocupación por fuerzas estadounidenses de todo el Istmo;  Derecho de libre tránsito a perpetuidad desde Camargo y Matamoros u otro punto del río Bravo por la vía de Monterrey, y desde Nogales u otro punto fronterizo cercano hasta Guaymas por la vía de Magdalena y Hermosillo.

  El diario londinense “The Times”, opinó:  “De ratificarse definitivamente el tratado que se dice concluido en Veracruz, México pasa virtualmente al dominio norteamericano”.  Por su parte la “Weekly Gazette”, publicación del Estado de Ohio, afirmó en un tono irrespetuoso y por demás despectivo: “este extraordinario coloca a México bajo el pupilaje de Estados Unidos y nos proporciona los beneficios de la conquista y la anexión sin el costo, los riesgos y los perjuicios políticos que resultarían de anexarnos a siete millones de individuos de una raza “afeminada”, sin dignidad y miserablemente ignorante”.

  Resumiendo: Benito Juárez gravaba con servidumbre de paso a perpetuidad el suelo nacional, lo que equivaldría a una enajenación, y prácticamente autorizaba la ocupación militar de México por los Estados Unidos.  En otros términos, sometía al país a la dominación directa de los yanquis angloamericanos. ¿Y todo eso por qué?  Por el simple, ineficaz e insustancial reconocimiento de su frágil gobierno por los gringos, y, para culminar y completar la humillación al pueblo mexicano, una miserable compensación de cuatro millones de dólares de los que se pagaron dos y los otros dos se quedaron con los yanquis para futuras reclamaciones. ¡¡Honor y gloria al gran benemérito!!

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