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domingo, 19 de julio de 2026

INTERVENCION FRANCESA Y EL IMPERIO MAXIMILIANO (Décima Primera Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Unas semanas antes de caer enfermo, a mediados de julio de 1862 Zaragoza recibió la visita de su madre y de su “chiquita”, su hija que había quedado bajo su cuidado luego de la muerte de su esposa.  Tan precaria era su situación económica que el general sólo pudo proporcionarle cien pesos ---suficientes para su manutención de sólo tres días--- y solicitó a un amigo que le proporcionara doscientos pesos más.  Fue la última vez que vio a su pequeña.  El general Ignacio Zaragoza murió el 8 de septiembre de 1862.  Al pie del lecho la hermana y la madre del general sollozaban quedamente, a las nueve de la mañana, víctima de tifo, el cuerpo de Zaragoza se sacudió levemente y luego quedó inmóvil.  El vencedor de los franceses había muerto.

  El 11 de septiembre, amortajado en un ataúd de madera, el cuerpo del general Ignacio Zaragoza fue llevado de Puebla a la ciudad de México.  La escolta que custodiaba el cuerpo iba mandada por un coronel cuyo nombre casi nadie conocía:  Mariano Escobedo.  El Presidente Juárez decretó luto nacional y pidió a los gobernadores de los Estados que celebraran honras fúnebres en memoria del héroe fallecido.  El Congreso lo declaro Benemérito de la Patria  en Grado Heroico, y anunció su ascenso “post mortem” a General de División. El propio Congreso determinó que la única hija del general Zaragoza recibiera una dote de cien mil peos, que se le entregarían en bienes nacionales, más una pensión anual de seis mil pesos.  Sendas pensiones fueron también acordadas en beneficio de la madre y la hermana del general.

  La muerte del general Zaragoza cayó como una loza sobre la moral del ejército mexicano.  Lo que no habían podido hacer las armas invasoras lo logró una enfermedad que en esos tiempos era prácticamente letal.  Con su muerte también se desvanecía la posibilidad de enfrentar a los franceses antes de que llegaran sus refuerzos.  Se abrió entonces un compás de espera que concluyó el 16 de marzo de 1863, cuando un nuevo ejército invasor compuesto con más de treinta mil hombres, regresa a Puebla para iniciar el sitio que concluyó con la toma de la ciudad y el inicio formal de la invasión francesa.

  Al morir Zaragoza Juárez designo como sucesor en la jefatura del Ejército de Oriente al general Jesús González Ortega.  El gobierno de Juárez, falto de dinero, de armas y aun de soldados, teniendo que luchar contra las partidas reaccionarias y conservadoras que comenzaban a levantarse en varios lugares, con las reclamaciones insolentes de algunos ministros extranjeros, y con las divisiones del mismo partido liberal; haciendo esfuerzos sobrehumanos, logró reunir fuerzas considerables para la defensa nacional.  De ellas se concentraron veinte mil hombres en la ciudad de Puebla, la que se comenzó a fortificar en espera de un segundo ataque de los franceses, haciéndose acopio de municiones de boca y guerra.

Entre tanto el comandante francés Elías Federico Forey, con suma lentitud, ultimaba los preparativos para sitiar la población, no atreviéndose a ordenar un asalto, temeroso  de sufrir un fracaso como el que experimentara Lorencez.  El ejército sitiador se componía de treinta y seis mil franceses de tropas de línea y cincuenta cañones, y de algunas fuerzas auxiliares conservadoras que eran poco importantes.

  Después de varias acciones de guerra, y formalizado ya el sitio, el26 de marzo los franceses lograron destruir parte del fuerte de San Javier, y, tras reñidos combates, apoderarse de la posición el 29, con gran pérdida de vidas por ambas partes, y cuando el fuerte era un montón de ruinas, Forey se negó a permitir que salieran de la plaza las mujeres y los niños, como lo pedían los cónsules de Prusia y Estados Unidos.  El sitio siguió con tenacidad por los invasores, y fue resistido valerosamente por la guarnición de la plaza, convirtiéndose en una guerra de trincheras, en que los sitiadores tenían que ir tomando calle por calle, siendo las mas de las veces rechazados con grandes pérdidas.  Los descalabros sufridos del 2 al 7 de abril habían desmoralizado a las tropas francesas, hasta el punto de que se reunió un consejo de guerra en el que se discutió: sus pender los ataques, manteniéndose solamente el cerco; o abandonar éste y dirigirse sobre México, prevaleciendo el primer punto.

  En la imposibilidad de referir detalladamente las operaciones del sitio, sólo mencionaremos las más notables acciones de guerra: la salida que hicieron las caballerías mexicanas el 13 de abril, con lo que el número de defensores de la plaza quedó reducido a doce mil hombres; el asalto general dado por las fuerzas francesas el 25 del mismo, que fue rechazado, derrotándoseles en el barrio de “Pitiminí” y fuerte de Santa Inés donde, después de siete horas de combate, tuvieron que retirarse, dejando, además de un poco más de cuatrocientos muertos, ocho jefes y ciento sesenta soldados prisioneros.  Después de esas fracasadas acciones los franceses sólo se dedicaron a mantener el sitio.

  La situación de los sitiados era más difícil cada día, tanto por la falta de víveres como por la escasez de municiones.  El gobierno federal había ordenado al general Ignacio Comonfort, que ocurriera en auxilio de la plaza con el Ejército del Centro, llevando municiones de boca y guerra; pero éste fue derrotado por completo en las Lomas de San Lorenzo, el día 8 de mayo, con lo que los sitiados perdieron toda esperanza.

  En tales condiciones, el general González Ortega tomó una resolución tan extraordinaria como heroica; pues ordenó, la madrugada del día 17 de dicho mes, que fueran destrozados los cañones y roto el armamento, para que no cayeran en poder del enemigo, y que los jefes, después de disolver el ejército, se presentaran en la plaza principal sin pedir garantías al enemigo, izando la bandera blanca;  y enseguida puso una comunicación al general Forey, concebida en los siguientes términos: “Señor general:  No siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza por falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis ordenes y roto su armamento, incluso toda la artillería.  Queda, pues, la plaza, a las órdenes de  V. E. y puede mandarla ocupar, tomando, si lo estima conveniente, las medidas que dicta la prudencia, para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta, cuando no hay motivo para ello.  “El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el Palacio de Gobierno, y los individuos que lo forman se entregan como prisioneros de guerra.  No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo; si pudiera, no dude  V. E. que lo haría”.

  ¿A que se debió la tremenda derrota del Ejército Nacional en Puebla aquel mes de mayo de 1863?  La causa principal fue que González Ortega se encerró en la ciudad sin contar con los elementos necesarios para aguantar un sitio largo.  Le faltó el valor que tuvieron Negrete y Zaragoza un año antes, cuando hicieron frente al francés y lo vencieron a campo abierto.  González Ortega creyó poder hacerse fuerte en Puebla, y lo único que consiguió fue provocar sufrimientos a la población.  Hubo otro error pero este no fue de González Ortega, sino de Juárez: encomendar el mano del Ejército del Centro a don Ignacio Comonfort.  Era éste un general sin carácter; le faltaba vigor y entereza.  Sus acciones contra el ejército de Forey fueron débiles y estuvieron señaladas por la indecisión y la falta de valentía.

  Finalmente se rindió González Ortega después de 62 días de aguantar el sitio de los invasores franceses, cuando ya en Puebla no quedaba ni un grano de maíz y ninguna dotación de municiones en las armas de los defensores y aunque estos habían demostrado un altísimo valor, su comandante comprendió que seguir defendiendo lo indefendible era enviar al matadero a sus soldados.

  Oficialmente todos los integrantes del Ejército Nacional adquirieron la condición de prisioneros.  Veintiséis generales, mil cuatrocientos jefes y oficiales y mil novecientos soldados, quedaron presos del francés y fueron enviados a Veracruz para ser embarcados a Francia donde quedarían prisioneros en varias fortalezas.  Por el camino se fugaron cerca de setecientos, entre ellos González Ortega, Porfirio Díaz y Felipe Berriozabal.  Hubo, naturalmente, justificaciones y explicaciones, y la historia oficial a presentado el sitio y derrota de Puebla como una gesta épica en el curso de la cual un ejército heroico fue vencido por fuerzas aplastantemente superiores.  El relato oficial está muy alejado de la realidad, como todo lo que hacían los historiógrafos de nómina de los gobiernos mexicanos, y como todavía lo hacen actualmente (2026).

  Lo cierto es que la derrota de Puebla de 1863 fue resultado de una gran suma de torpezas, y que hay en ella poco de poder gloriarnos.  Forey, al tomar Puebla tenía prácticamente ya en sus manos la ciudad de México.  Y hacia la capital se dirigió, dispuesto a asestar el golpe de gracia que le permitiría poner a la República mexicana a los pies de Napoleón, el emperador de los franceses.  El Congreso mexicano declaró clausuradas sus sesiones, y el 29 de mayo de 1863 apareció un decreto por el cual los poderes de la República se trasladaban provisionalmente a la ciudad de San Luis Potosí.  El 31 de mayo, en medio de las sombras de la noche, salió don Benito Juárez de la capital.  Iba en aquel famoso carruaje que lo condujo a lo largo de toda su peregrinación, llevaba consigo el poder republicano.

 Apenas hubo salido Juárez de México, se pronunció en la ciudad desconociéndolo, el general Bruno Aguilar, que estaba en secretas inteligencias con los intervencionistas, el que redactó un plan, cuyo artículo primero era el siguiente:  “los que subscribimos hemos convenido:  Primero, en aceptar gustosos y agradecidamente la intervención generosa que, al pueblo mexicano ofrece el emperador de los franceses, y en consecuencia nos ponemos directamente bajo la protección del general Forey, general en jefe del ejército franco-mexicano, como representante del emperador de Francia”.

  Seis días más tarde (7 de junio), hizo su entrada solemne en México, la vanguardia del ejército francés, al mando del general Bazaine, y el día 10 entró el resto del ejército, a las órdenes de Forey, y llevando como aliados mexicanos, a los generales Leonardo Márquez, Juan Nepomuceno Almonte y otros jefes.  El general Forey, después de expedir una proclama, ponderando las buenas intenciones de los franceses, publicó un decreto el día 16 de junio, convocando la reunión de una junta, compuesta de treinta y cinco personas, que fueron designadas por Dubois de Saligny, ministro de Francia en México, y que se tituló “Junta Superior de Gobierno” .

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