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domingo, 13 de septiembre de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Décima Novena Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Estando Maximiliano en Orizaba, indeciso en abdicar o seguir en el trono de México, se le presentan los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez y lo acaban de convencer de seguir la lucha, y el 1º de diciembre de 1867 publica un manifiesto proclamando su permanencia en el trono y la reorganización del ejercito; regresando a la capital. 

Los políticos conservadores, comprendiendo que la abdicación de Maximiliano sería la ruina para ellos, exageran sus recursos, y pintan la situación de tal manera bonancible, que junto con las noticias llegadas de Europa, deciden a Maximiliano a continuar la lucha, llamando para que se pongan al frente de sus tropas a los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez que acaban de llegar de Europa, donde se les ha mantenido en un disimulado destierro:  al primero desempeñando una misión militar en Prusia, y al segundo como diplomático en Tierra Santa y Turquía.  Entonces se inicia realmente la organización de un ejército imperial con elementos mexicanos; aunque admitiendo en él un gran número de franceses, belgas y austriacos que se quedaron a seguir la suerte del imperio mexicano.

  El día 4 de diciembre de 1866 sale el primer contingente del ejército francés rumbo a Veracruz para embarcarse a Francia.  Para fines de este año las tropas francesas ya habían evacuado los Estados de Jalisco, San Luis Potosí, Guanajuato y Zacatecas, esta ciudad fue tomada por el republicano Miguel Auza, y en la capital de San Luis Potosí se encontraba el imperialista Tomás Mejía.  El presidente Juárez establece su gobierno en la ciudad de Zacatecas.  El círculo republicano en torno al agonizante imperio.  Sólo quedaban a los imperialistas cuatro ciudades importantes:  Veracruz, Puebla Querétaro y México.

  Para  Maximiliano, los últimos acontecimientos eran como el despertar de un bello sueño.  A su llegada al país, tanto él como Carlota, se muestran llenos de entusiasmo por su belleza, que comparan a la de Italia, y por el pueblo mexicano, a quien encuentran bondadoso y amable; pero sobrevienen las dificultades, y comienzan las críticas de hombres y cosas. 

  Por lo demás nada de lo verdaderamente importante y trascendental se ha organizado.  Maximiliano ha pretendido desarrollar una labor semejante a la que hiciera en Lombardía y Venecia cuando fue su virreinato, legislando sobre toda clase de materias.  Esta legislación, es las más veces inútil e impracticable, dado el estado de guerra en que se encuentra el país.  Ha ocupado su tiempo también en fomentar la vida social, en crear una corte suntuosa, con minuciosos reglamentos sobre la procedencia en las ceremonias públicas, forma y color de libreas y uniformes, órdenes de caballería y condecoraciones.

  Ha emprendido costosas obras de embellecimiento en el Palacio Imperial (hoy Palacio Nacional), en el castillo de Chapultepec, en Cuernavaca y en varios lugares de la ciudad; protege liberalmente a artistas y escritores, y organiza suntuosas fiestas y ceremonias, como si el país estuviera en completa paz, mostrándose pródigo en todo.  Compartiendo ideas con Carlota, firmó decretos para reducir las deudas de los indios y ordenó, además, que estas no pasasen a los hijos.  Prohibió que se les obligasen a trabajar prolongadamente así como los castigos corporales.  Dispuso medidas sanitarias, educación, cría de ganado, explotación de las minas de carbón, y prolongación del camino de hierro (ferrocarril) a Veracruz.  El emperador decretaba leyes tras leyes, pero no tenía idea del desequilibrio financiero que había.

  Carlota visitaba escuelas y hospitales, pero no ten-ia encanto.  La situación política del país era complicada de entender.  Maximiliano gobernaba y Benito Juárez mandaba. Un día, el encontró “El Olvido”, una quinta en la ciudad de Cuernavaca, rodeada de jardines, donde el clima era subtropical.  La adquirió, pero Carlota en cuanto se la mencionó se molestó, porque sospechaba que Maximiliano llevaba allí sus conquistas.  Decía que “las mexicanas eran todavía más bellas que las andaluzas”.  Pronto se enamoró de una india, mujer del jardinero.  Por otro lado se propagaban informes difamatorios sobre la impotencia sexual del emperador, pero la calumnia dio un giro contra la Emperatriz.  Su aparente esterilidad fue discutida con indiferencia por monárquicos y reaccionarios.

  ¿Cómo iba a establecerse una monarquía hereditaria si le faltaba su apoyo más simbólico, el heredero del trono?  El mejor asidero para granjearse el favor popular estaba en los infantes reales.  Uno de sus ministros sugirió que, para un matrimonio de diez años sin hijos, era tiempo de tomar medidas y les hizo una proposición a Maximiliano y Carlota diciéndoles: ---En el viejo Palacio Iturbide de la ciudad, frente a la casa de los azulejos, vive Alicia, la viuda del hijo de un emperador legítimo pero no de sangre real. Ella está con sus tres hijos, Agustín, Ángel y Cosme, y una hija, Josefa--- La familia Iturbide les ofrece la adopción de uno de sus miembros en calidad de príncipe heredero.  Los emperadores tendrían la libertad de escoger a uno de los niños.  Carlota palideció humillada y herida.  Pero fue a ver a los niños y escogió a Agustín, el más pequeño, por ser rubio y tener la tez blanca.

  Pensando, torpemente, cambiar la resolución de Napoleón III, sobre el retiro de sus tropas, encarga de los ministerios más importantes, Guerra y Hacienda, a dos jefes franceses, el general Osmont y el intendente Friant, y con ello sólo consigue que aumente la oposición de los Estados Unidos a su gobierno, y que se disgusten profundamente los conservadores.  Entre tanto el viaje de Carlota a Europa a tratar de convencer al emperador francés para que no retire su apoyo a Maximiliano está totalmente decidido y la Emperatriz se prepara para el viaje con un pequeño séquito.

  La Emperatriz Carlota llega a Francia, y, aunque Napoleón se resiste, acaba por tener con él dos entrevistas, de la que la última, celebrada el 11 de agosto de 1867, es bastante violenta, sin que consiga que el emperador francés modifique la orden de la retirada de su ejército.  La emperatriz sale desesperada del Palacio de Saint-Cloud, donde se celebraron las entrevistas, comenzando desde entonces a dar muestras de extravagancias.  Marcha luego a Roma, con objeto de arreglar con el Papa Pio IX el problema religiosa en México; pero, apenas se encuentra en presencia del Papa, estalla la locura de la Emperatriz, que se cree envenenada y perseguida, negándose a salir de las habitaciones del Pontífice, siendo necesario que se le ponga en ellas un lecho para pasar la noche, en contra de la etiqueta de la corte papal.  El conde de Flandes, recoge a su hermana la Emperatriz Carlota, de Roma, y la lleva a su castillo de Miramar y de allí a Bélgica, donde se le interna al fin en el castilla de Bouchot, donde vivió hasta el 19 de enero de 1927, como ya se dijo anteriormente, sin recobrar la razón sino en breves instantes.

  El 14 de enero de 1867 se reúne en la ciudad de México la juta de 35 notables para decidir la suerte del Emperador Maximiliano, en la que por votación nominal de 26 por la no abdicación y 7 por la abdicación, por lo que Maximiliano continúa gobernando al país.  Este mismo día el republicano general Ramón Corona ocupa la ciudad de Guadalajara, y el general liberal Mariano Escobedo entra en San Luis Potosí, desalojando al imperialista general Tomás Mejía. Por el mismo tiempo del lado republicano, el general Jesús González Ortega publica en Zacatecas un manifiesto donde asegura que él es el verdadero Presidente de la República y el general Miguel Auza lo aprehende por orden de Juárez.  El Presidente Juárez establece su gobierno en la ciudad de Zacatecas, ordenando que el general González Ortega fuera conducido preso a Monterrey.

  El general Mihuel Miramón, tan luego como tomó partido con el imperio, con su acostumbrada actividad, organizó un pequeño ejército de algo más de mil quinientos hombres, y, haciendo una rapidísima movilización, el 28 de enero de 1867, salió rumbo a Zacatecas, donde estaba Juarez con su gobierno, ataca a la población y derrota a los defensores liberales, posesionándose de la plaza.  El Presidente Benito Juárez logró salvarse gracias a la velocidad de su carruaje que lo condujo a Fresnillo.  Poco después el general Miramón, al saber que un poderoso ejército al mando del general Mariano Escobedo se aproximaba a Zacatecas, evacúa la ciudad y sale a su encuentro; Juárez y sus ministros regresa a Zacatecas.

  En San Jacinto, Zacatecas, se efectúa la batalla entre los cinco mil republicanos de Escobedo y los poco más de dos mil hombres de Miramón, resultando triunfantes, por supuesto, los primeros, que recogieron un gran botín de guerra y algunos prisioneros entre los que se encontraba don Jiaquin Miramón, hermano del general.  Éste, junto con 139 franceses, fue fusilado en el mismo lugar de la batalla, durando dos horas aquellas ejecuciones; pues se les fusiló en pelotones, en represalia a la ley imperial del 3 de octubre de 1865, y de las ejecuciones de republicanos debido a esa ley.  Después de la derrota, el general Miramón se unió en Ojuelos con el general Severo del Castillo y con los restos de sus fuerzas se concentran en Querétaro.

                                            Continúa en la vigésima parte


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