Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Estando Maximiliano
en Orizaba, indeciso en abdicar o seguir en el trono de México, se le presentan
los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez y lo acaban de convencer de
seguir la lucha, y el 1º de diciembre de 1867 publica un manifiesto proclamando
su permanencia en el trono y la reorganización del ejercito; regresando a la
capital.
Los políticos conservadores, comprendiendo que la abdicación
de Maximiliano sería la ruina para ellos, exageran sus recursos, y pintan la
situación de tal manera bonancible, que junto con las noticias llegadas de Europa,
deciden a Maximiliano a continuar la lucha, llamando para que se pongan al
frente de sus tropas a los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez que
acaban de llegar de Europa, donde se les ha mantenido en un disimulado
destierro: al primero desempeñando una
misión militar en Prusia, y al segundo como diplomático en Tierra Santa y Turquía. Entonces se inicia realmente la organización
de un ejército imperial con elementos mexicanos; aunque admitiendo en él un
gran número de franceses, belgas y austriacos que se quedaron a seguir la
suerte del imperio mexicano.
El día 4 de diciembre
de 1866 sale el primer contingente del ejército francés rumbo a Veracruz para
embarcarse a Francia. Para fines de este
año las tropas francesas ya habían evacuado los Estados de Jalisco, San Luis
Potosí, Guanajuato y Zacatecas, esta ciudad fue tomada por el republicano
Miguel Auza, y en la capital de San Luis Potosí se encontraba el imperialista
Tomás Mejía. El presidente Juárez
establece su gobierno en la ciudad de Zacatecas. El círculo republicano en torno al agonizante
imperio. Sólo quedaban a los
imperialistas cuatro ciudades importantes:
Veracruz, Puebla Querétaro y México.
Para Maximiliano, los últimos acontecimientos eran
como el despertar de un bello sueño. A
su llegada al país, tanto él como Carlota, se muestran llenos de entusiasmo por
su belleza, que comparan a la de Italia, y por el pueblo mexicano, a quien
encuentran bondadoso y amable; pero sobrevienen las dificultades, y comienzan
las críticas de hombres y cosas.
Por lo demás nada de
lo verdaderamente importante y trascendental se ha organizado. Maximiliano ha pretendido desarrollar una
labor semejante a la que hiciera en Lombardía y Venecia cuando fue su virreinato,
legislando sobre toda clase de materias.
Esta legislación, es las más veces inútil e impracticable, dado el
estado de guerra en que se encuentra el país.
Ha ocupado su tiempo también en fomentar la vida social, en crear una
corte suntuosa, con minuciosos reglamentos sobre la procedencia en las
ceremonias públicas, forma y color de libreas y uniformes, órdenes de
caballería y condecoraciones.
Ha emprendido
costosas obras de embellecimiento en el Palacio Imperial (hoy Palacio
Nacional), en el castillo de Chapultepec, en Cuernavaca y en varios lugares de
la ciudad; protege liberalmente a artistas y escritores, y organiza suntuosas
fiestas y ceremonias, como si el país estuviera en completa paz, mostrándose
pródigo en todo. Compartiendo ideas con
Carlota, firmó decretos para reducir las deudas de los indios y ordenó, además,
que estas no pasasen a los hijos.
Prohibió que se les obligasen a trabajar prolongadamente así como los
castigos corporales. Dispuso medidas
sanitarias, educación, cría de ganado, explotación de las minas de carbón, y
prolongación del camino de hierro (ferrocarril) a Veracruz. El emperador decretaba leyes tras leyes, pero
no tenía idea del desequilibrio financiero que había.
Carlota visitaba
escuelas y hospitales, pero no ten-ia encanto.
La situación política del país era complicada de entender. Maximiliano gobernaba y Benito Juárez
mandaba. Un día, el encontró “El Olvido”, una quinta en la ciudad de
Cuernavaca, rodeada de jardines, donde el clima era subtropical. La adquirió, pero Carlota en cuanto se la
mencionó se molestó, porque sospechaba que Maximiliano llevaba allí sus
conquistas. Decía que “las mexicanas
eran todavía más bellas que las andaluzas”.
Pronto se enamoró de una india, mujer del jardinero. Por otro lado se propagaban informes
difamatorios sobre la impotencia sexual del emperador, pero la calumnia dio un
giro contra la Emperatriz. Su aparente
esterilidad fue discutida con indiferencia por monárquicos y reaccionarios.
¿Cómo iba a
establecerse una monarquía hereditaria si le faltaba su apoyo más simbólico, el
heredero del trono? El mejor asidero
para granjearse el favor popular estaba en los infantes reales. Uno de sus ministros sugirió que, para un
matrimonio de diez años sin hijos, era tiempo de tomar medidas y les hizo una
proposición a Maximiliano y Carlota diciéndoles: ---En el viejo Palacio Iturbide
de la ciudad, frente a la casa de los azulejos, vive Alicia, la viuda del hijo
de un emperador legítimo pero no de sangre real. Ella está con sus tres hijos,
Agustín, Ángel y Cosme, y una hija, Josefa--- La familia Iturbide les ofrece la
adopción de uno de sus miembros en calidad de príncipe heredero. Los emperadores tendrían la libertad de
escoger a uno de los niños. Carlota
palideció humillada y herida. Pero fue a
ver a los niños y escogió a Agustín, el más pequeño, por ser rubio y tener la
tez blanca.
Pensando, torpemente,
cambiar la resolución de Napoleón III, sobre el retiro de sus tropas, encarga
de los ministerios más importantes, Guerra y Hacienda, a dos jefes franceses,
el general Osmont y el intendente Friant, y con ello sólo consigue que aumente
la oposición de los Estados Unidos a su gobierno, y que se disgusten
profundamente los conservadores. Entre
tanto el viaje de Carlota a Europa a tratar de convencer al emperador francés
para que no retire su apoyo a Maximiliano está totalmente decidido y la
Emperatriz se prepara para el viaje con un pequeño séquito.
La Emperatriz Carlota
llega a Francia, y, aunque Napoleón se resiste, acaba por tener con él dos
entrevistas, de la que la última, celebrada el 11 de agosto de 1867, es
bastante violenta, sin que consiga que el emperador francés modifique la orden
de la retirada de su ejército. La
emperatriz sale desesperada del Palacio de Saint-Cloud, donde se celebraron las
entrevistas, comenzando desde entonces a dar muestras de extravagancias. Marcha luego a Roma, con objeto de arreglar
con el Papa Pio IX el problema religiosa en México; pero, apenas se encuentra
en presencia del Papa, estalla la locura de la Emperatriz, que se cree
envenenada y perseguida, negándose a salir de las habitaciones del Pontífice,
siendo necesario que se le ponga en ellas un lecho para pasar la noche, en
contra de la etiqueta de la corte papal.
El conde de Flandes, recoge a su hermana la Emperatriz Carlota, de Roma,
y la lleva a su castillo de Miramar y de allí a Bélgica, donde se le interna al
fin en el castilla de Bouchot, donde vivió hasta el 19 de enero de 1927, como
ya se dijo anteriormente, sin recobrar la razón sino en breves instantes.
El 14 de enero de
1867 se reúne en la ciudad de México la juta de 35 notables para decidir la
suerte del Emperador Maximiliano, en la que por votación nominal de 26 por la
no abdicación y 7 por la abdicación, por lo que Maximiliano continúa gobernando
al país. Este mismo día el republicano
general Ramón Corona ocupa la ciudad de Guadalajara, y el general liberal
Mariano Escobedo entra en San Luis Potosí, desalojando al imperialista general
Tomás Mejía. Por el mismo tiempo del lado republicano, el general Jesús
González Ortega publica en Zacatecas un manifiesto donde asegura que él es el
verdadero Presidente de la República y el general Miguel Auza lo aprehende por
orden de Juárez. El Presidente Juárez
establece su gobierno en la ciudad de Zacatecas, ordenando que el general
González Ortega fuera conducido preso a Monterrey.
El general Mihuel
Miramón, tan luego como tomó partido con el imperio, con su acostumbrada
actividad, organizó un pequeño ejército de algo más de mil quinientos hombres,
y, haciendo una rapidísima movilización, el 28 de enero de 1867, salió rumbo a
Zacatecas, donde estaba Juarez con su gobierno, ataca a la población y derrota
a los defensores liberales, posesionándose de la plaza. El Presidente Benito Juárez logró salvarse
gracias a la velocidad de su carruaje que lo condujo a Fresnillo. Poco después el general Miramón, al saber que
un poderoso ejército al mando del general Mariano Escobedo se aproximaba a
Zacatecas, evacúa la ciudad y sale a su encuentro; Juárez y sus ministros
regresa a Zacatecas.
En San Jacinto,
Zacatecas, se efectúa la batalla entre los cinco mil republicanos de Escobedo y
los poco más de dos mil hombres de Miramón, resultando triunfantes, por
supuesto, los primeros, que recogieron un gran botín de guerra y algunos
prisioneros entre los que se encontraba don Jiaquin Miramón, hermano del
general. Éste, junto con 139 franceses,
fue fusilado en el mismo lugar de la batalla, durando dos horas aquellas ejecuciones;
pues se les fusiló en pelotones, en represalia a la ley imperial del 3 de
octubre de 1865, y de las ejecuciones de republicanos debido a esa ley. Después de la derrota, el general Miramón se
unió en Ojuelos con el general Severo del Castillo y con los restos de sus
fuerzas se concentran en Querétaro.
Continúa en la vigésima parte







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