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domingo, 31 de mayo de 2026

INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (6a. Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  El 11 de enero de 1861, hizo su entrada Juárez a la ciudad de México, estableciendo en ella nuevamente su gobierno, y procedió desde luego a expulsar a los representantes diplomáticos de España, de la Santa Sede, de Guatemala y el Ecuador, que se habían mostrado partidarios decididos de Miramón y los conservadores.  Asimismo, desterró del país al arzobispo de México monseñor Lázaro de la Garza y Ballesteros y a varios obispos, produciendo estas medidas que contradecían algunos artículos de la Constitución, una crisis en el gabinete y gran sensación en la sociedad; porque hasta entonces los ministros extranjeros y los obispos eran vistos con gran respeto de las clases sociales.

  El partido conservador no disponía ya de recursos considerables ni de ejércitos, ni de caudillos prestigiosos; pero no se daba por vencido, y gran número de pequeñas partidas o guerrillas, recorrían el país al grito de “Religión y Fueros” cometiendo las mayores depredaciones y excesos al mando de jefes sanguinarios como juan Vicario, Buitrón, José María Cobos, Manuel Lozada y otros semejantes.  Las principales de estas partidas, mandadas por el general conservador Tomás Mejía, se remontaron a la “Sierra Gorda”, en Querétaro, y se apoderaron de Jalpam, sin que las fuerzas del gobierno lograran exterminarlas, y a aquellas se incorporó el general Félix Zuloaga, que, al ausentarse Miramón, se había vuelto a declararse presidente, el 23 de mayo de 1861.

   Por aquellos días fue aprehendido en su hacienda de “Pomoca”, donde vivía con su familia retirado de la política don Melchor Ocampo, por el guerrillero español Lindoro Cajigas, quien lo hizo ir amarrado y a pie hasta Tepeji del Río, donde por orden de Zuloaga fue fusilado, colgándose luego su cadáver en un árbol, como si se tratara de un facineroso, el 3 de junio.

  Este asesinato, cometido en la persona de un hombre filantrópico, de honradez acrisolada, que a nadie había hecho mal, y cuyo único delito fue profesar ideas liberales, causó indignación y horror en todo el país.  Después de movimientos populares tumultuarios, durante los cuales fueron destruidas imprentas de periódicos conservadores y de vehementísimos discursos pronunciados en la Cámara de diputados, a la que se llamó a informar al ministro de Relaciones sobre las medidas tomadas por el gobierno para castigar el crimen, se concedió permiso a Santos Degollado, a quien se procesaba por haberse apropiado de una conducta, para tomar las armas, a fin de perseguir a los asesinos, y contra las disposiciones terminantes de la Constitución se declaró a éstos fuera de la ley, ofreciéndose una recompensa de diez mil pesos y el indulto a quien les diera muerte.

  Las fuerzas puestas al mando de Degollado, que habían salido en pers  ecución de los asesinos de Ocampo, fueron completamente derrotadas por el coronel Buitrón, el 16 de junio, en el Monte de las Cruces, cayendo prisionero el mismo Degollado, que fue fusilado inmediatamente.  Otra columna militar salida de México con el mismo objeto, a las órdenes del general Leandro Valle, fue igualmente derrotada el 23 de junio en el mismo lugar, por el general Leonardo Márquez, quien, conforme a las instrucciones de Zuloaga, dispuso que Valle, a quien se había hecho prisionero, fuera también pasado por las armas.

  Después de estos combates, Márquez se presentó con sus fuerzas en la capital de la República, entrando en la plaza de Buenavista por la garita de San Cosme, en donde fue rechazado por el general Anastasio Parrodi.  Perseguido Márquez por las fuerzas de González Ortega, se vio obligado a presentar combate el 23 de agosto en Jalatlaco, y fue derrotado por completo, perdiendo casi por completo todos sus elementos de guerra; pero habiéndose rehecho, presentó nuevamente batalla, unido a Zuloaga, con tres mil hombres, en Pachuca y Real del Monte, siendo derrotados nuevamente estos jefes conservadores, por el general Santiago Tapia, con lo que se dio por terminada la campaña, pues si quedaban algunas guerrillas conservadoras, de poca importancia.

  En diciembre de 1860 las fuerzas que defendían la causa de la Constitución de 1857 y la Reforma derrotaron en Calpulalpan a las huestes conservadoras, permitiendo al presidente Benito Juárez abandonar Veracruz e instalar al gobierno de la República en la ciudad de México. Sin embargo, esto no significó el fin de la guerra y mucho menos el sometimiento de todos los individuos al imperio de la ley ni al gobierno constitucional; aunque los más optimistas o los más empecinados, entre los que se encontraba el presidente Juárez, creían que era oportuno empezar a aplicar las Leyes de Reforma, y un nuevo gabinete intentaría retornar al momento modernizador interrumpido en 1857 por la guerra de tres años o de Reforma. 

  Las carteras ministeriales fueron distribuidas en la siguiente forma:  Pedro Ogazón en Gobernación, Guillermo Prieto en Hacienda, Francisco Zarco en Relaciones Exteriores, Ignacio Ramírez (el nigromante) en Justicia, Miguel Auza en Fomento y Jesús Gpnzález Ortega en Guerra.  También, para normalizar la vida institucional en el país, se convocó a elecciones federales; se elegirían, entre otras autoridades, al Presidente de la República, al presidente de la Suprema Corte de Justicia y a los diputados que conformarían el Congreso de la Unión.

  La contienda electoral causó división entre los liberales, pues muchos consideraban a Miguel Lerdo de Tejada (el auténtico creador de las Leyes de Reforma) como el hombre de mayores méritos para ocupar la silla presidencial; sin embargo, víctima de tifoidea, la muerte lo sorprendió el 22 de marzo de 1861 en su residencia de Tacubaya.  Entonces el general Jesús González Ortega se convirtió en el rival de Juárez para contender por la máxima magistratura.  Juárez ganó las elecciones por escaso margen y González Ortega obtuvo la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, lo que lo convirtió en el virtual vicepresidente de la República.

  Mientras el liderazgo en la capital estaba en disputa, en varios puntos del interior Félix Zuloaga seguía siendo considerado el auténtico primer mandatario.  Su causa era apoyada por abundantes partidas armadas que comandaban Leonardo Márquez, Tomás Mejía, Juan Vicario, Manuel Lozada y otros que causaban verdaderos trastornos a las comunicaciones, la economía y la seguridad del país, ya que éstos mantenían importantes posiciones alrededor de la capital, como las lomas de Tacubaya y las poblaciones de Tlalnepantla, Cuautitlán y Teotihuacán. Ante esta situación y haciendo a un lado sus diferencias con González Ortega, Juárez le entregó todos los recursos que pudo reunir para que iniciara una intensa campaña sobre Leonardo Márquez y demás cabecillas.  Cuando el dinero se terminó, el zacatecano González Ortega se negó a continuar la lucha, sin haber logrado gran cosa contra los rebeldes conservadores.

  Y es que la guerra continua, el mayor problema del Estado era la escasez crónca de dinero.  En aquella época la principal fuente de ingresos de la federación eran las aduanas marítimas, pero el gobierno sólo podía disponer del quince por ciento de estos recursos, pues el resto se hallaba comprometido para la amortización e intereses de la deuda exterior.  Para agravar la situación, los impuestos producidos en el interior de la República tampoco llegaban a la tesorería general, pues durante la Guerra de Reforma se autorizó a los Estados cobrar las contribuciones federales y aplicar de forma discrecional esos recursos en la lucha contra el ejército conservador.  Concluida la contienda, las entidades federativas se negaron a renunciar a esta prerrogativa,

  Estando al frente del Ministerio de Hacienda, Guillermo Prieto propuso una serie de medidas que permitirían iniciar una lenta recuperación económica, pero encontró una oposición insalvable, ya que proponía disminuir los gastos militares, reducir las pensiones, suspender por algunos años el pago de las deudas publicas interior y exterior, y que el gobierno se asegurara por lo menos cincuenta por ciento de los ingresos aduanales.  Fueron muchos los que pidieron su remoción al frente del ministerio.

  La dimisión de Guillermo Prieto, ocurrida el 2 de abril (1861), no logró apaciguar loa ánimos.  Así, deseando dar el ejemplo, el presidente Juárez promulgó dos decretos:  el

 primero reducía su propio sueldo de 36 mil a 30 mil peos anuales, y otro disminuyó el número de los ministerios.  Para ese momento el erario estaba en franca bancarrota, tanto que los policías no contaban con su sueldo, los hospitales no contaban con los insumos necesarios para su funcionamiento ni con medicinas para la atención de los pacientes (como ocurre actualmente), los directores debieron empeñar sus objetos personales para dar de comer a los enfermos y hasta el Congreso carecía de luminarias para alumbrara el salón de sesiones.

                                                  Continua en la séptima parte.

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