Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Septiembre 8 1847
Batallas de La Casa
Mata y El Molino del Rey.
A las primeras
claridades del día 8, los invasores saludaron nuestro campamento rompiendo
fuego sobre el molino. A derecha e
izquierda fueron avanzando hábiles tiradores yanquis hacia nuestras líneas,
protegidos por su potente artillería. Los
cañones que coronaban las crestas de Chapultepec y la vetaría que ante los
molinos, oculta tras el magueyal activaba sus descargas, respondieron
ferozmente al estupendo fogonear de nuestro adversario. Éste batió con sus cañones la Casa Mata, disponiendo
otros para enfilar su izquierda, hacia donde podía aparecer la caballería
nuestra del general Álvarez, quien, como sabemos, tenía orden de acometer el
flanco izquierdo enemigo en el instante en que cargara contra nuestro frente de
batalla.
Después de grandes
despliegues de las secciones beligerantes que maniobraban en sus respectivos
campos para formar sus columnas de asalto; después del intenso cañonear de las
baterías angloamericanas sobre los molinos de El Salvador y La Casa Mata,
destácase una columna de infantería enemiga, que lentamente y rodeando pequeñas
lomas se aproxima a tomar nuestra batería del magueyal. Resistieron con sus fuegos los bravos
batallones que cubrían las azoteas de Molino del Rey y la Casa Mata y algunos
de los tiradores que se defendían tras las ruinas de los edificios cercanos o
ante los muros del acueducto y los relieves ásperos y ondulantes del terreno.
columna enemiga, y
pronto perdió sus cañones, no obstante la resistencia que hizo el 3º ligero,
tras el acueducto. El invasor avanza
sostenido por los fuegos de su batería ligera, cubriendo su frente con la
poderosa y terrible línea volcánica de sus mejores rifleros, siguiendo a esta
columna de asalto dos batallones de reserva.
Detúvose toda esta masa enemiga ante nuestros fuegos de cañón y
fusilería, en tanto que eran amagadas las posiciones extremas del enemigo en el
molino del Salvador y Casa Mata, disparando sin cesar contra el centro enemigo
la línea occidental de los cañones de Chapultepec.
El primer asalto de
la columna americana fue tan impetuoso y tan hábilmente preparado, que después
de haber roto su fuego último para llegar a la bayoneta a la batería mexicana
volteo nuestros cañones, entre hurras delirantes, llevándoselos a toda carrera,
ya que nuestra lejana infantería del acueducto y de los molinos era
insuficiente para evitar aquel fracaso.
Al mismo tiempo, otra columna norteamericana cargaba fuertemente sobre
el molino del Salvador, a la derecha, protegida por gruesos cañones, en tanto
que otras fuerzas amenazaban nuestra izquierda, siempre asegurados los
adversarios por el enérgico accionar de su poderosa artillería.
Ahora volvamos a
contemplar la terrible columna de asalto que arrancó nuestros cañónes de la
batería central, entre Casa Mata y Molino del Rey; y ya se llevan nuestras
piezas en son de triunfo, cuando tras los victoriosos enemigos carga a paso
veloz el batallón del general Echegaray que en Chapultepec permanecía de
reserva. Carga el valiente cuerpo, y el
enemigo acosado a retaguardia tiende a sus tiradores en pequeñas columnas que
se lanzan sobre las nuestras a bayoneta, más retroceden y extendido otra vez en
amplia faja el combate de fuego y arma blanca, logran los nuestros excelente
triunfo. Las columnas de Echegaray y
Balderas arrancan entre la refriega los cañones que nos habían tomado los
invasores, y allá en la Casa Mata, al mismo tiempo se rechazan las otras
columnas asaltantes varias veces; las baterías enemigas prosiguen con un
nutridísimo fuego apenas contestado por los cañones de lo alto de Chapultepec.
Allá tras las lomas
de Tacubaya, bien cubierto su frente por éstas, el general Scott dirige la
batalla, y notando la debilidad de nuestro centro, que reforzara espontáneamente
el 3º ligero, hace cambiar el frente de ataque; llama a sus reservas, ordenando
que vengan en su apoyo otras fuerzas de Tacubaya, y dirige entonces tres nuevas
columnas de asalto hacia nuestras posiciones, lanzándose la primera, formada
por la brigada del general Cadwallader sobre los molinos, la segunda sobre el
frente de la Casa Mata (donde el general Scott creía encontrar gran acopio de
material de guerra), y la tercera para envolver el norte de la misma Casa Mata. Su caballería se agrupó en su flanco
izquierdo dispuesta a resistir el empuje de nuestros escuadrones, apoyada por
dos piezas ligeras.
Mientras que así se
rehacía el enemigo de su descalabro, nuestros cuerpos volvían a sus posiciones,
tras los molinos, en los acueductos y en las azoteas, colocando los más
diestros tiradores ante las lomas, zanjas, matorrales y asperezas. Y carga otra vez el adversario precipitándose
de nuevo sus columnas ante una nube de fuego, amparadas por el estruendo mortífero
de sus baterías sobre nuestras líneas, a las que sostiene el redoble estampido
del cañón de Chapultepec. El combate se
desarrolla más intenso, más desesperado y sangriento y otra vez los asaltantes
se retiran, enviando hacia su extrema izquierda su batería “Duncan” dispuesta a
contener a la caballería del general Álvarez que empezaba a evolucionar.
Los angloamericanos
habían sido rechazados también de Casa Mata, y nuestras tropas, en el delirio
de su entusiasmo, saltaron los parapetos y a la bayoneta rechazaron a su vez al
enemigo. Era de esperarse en esos
instantes que la fuerte columna de caballería que a las órdenes del viejo
insurgente suriano, general Álvarez, se encontraba sobre el flanco izquierdo americano,
cargara, desfilando entre las quebraduras del terreno, para dar rotundo golpe
al ejército rechazado; más por una fatalidad que explica la impericia y la
falta de unidad en el mando, como hemos visto en todas las acciones de guerra
de esta lamentable etapa histórica, aquella columna de caballería ---que si no
pudo haber obtenido éxitos, hubiera logrado ejecutar lo bastante para dar al
ejército mexicano, si no una victoria definitiva, al menos un glorioso episodio
de profunda trascendencia moral--- no cargó, y entonces, vueltos a rehacerse
los invasores, tornaron al asalto.
Truenan nuestros últimos cañonazos, intentando detener sus acometidas, y
al fin, unos tras otros van cayendo en su poder el Molino del Rey y la Casa
Mata, tomándonos de nuevo la batería tan heroicamente disputada en el fragor de
tanta contienda.
La batalla fue una de
las más terribles; solamente en la Angostura se desarrolló ímpetu igual al que
desplegaron los cuerpos mexicanos que saliendo de sus posiciones fortificadas
fueron a contener y rechazar las soberbias columnas enemigas. Hubo refriegas en que jefes y oficiales
dieron ejemplo de valor a sus tropas, cayendo épicamente al frente de ellas el
bravo general León y los coroneles Balderas y Gelati. ¡Jamás el ejército angloamericano había
sufrido tanto como ante el valor de estos valientes, en el Valle de México!
A última hora, y
sospechosamente como siempre, apareció Santa Anna con sus reservas, logrando
apenas contener, en torno de Chapultepec, las excursiones de los voluntarios
del enemigo, trabándose combates parciales en los campos que se extendían a uno
y otro extremo del bosque y las calzadas.
La artillería del castillo hizo retroceder a las fuerzas agresoras las
cuales en la tarde tuvieron que evacuar las posiciones que nos conquistaran a
tan alto y enorme precio de sangre.
La batalla de Molino
del Rey demostró todo el poder de resistencia de que eran capaces las tropas
mexicanas si fueran dirigidas con acierto, entereza y valor, jornada fue
aquella que costó al enemigo torrentes de sangre y varios elementos de guerra,
sin lograr obtener las ventajas que merecían semejantes sacrificios. Es de absoluta justicia mencionar los nombres
de algunos defensores mexicanos que en estos combates del Molino del Rey y la
Casa Mata, realizaron acciones de extrema heroicidad y de acendrado patriotismo: los generales Antonio León y Miguel
Echegaray, el coronel Lucas Balderas y los civiles Arivillaga, de oficio
relojero, y Margarito Zuazo, de oficio artesano, que cayeron acribillados por
el agresor asesino, pero dando muestras de su ardiente patriotismo al escalar
las más altas cumbres de la heroicidad humana.
Honor y paz a su espíritu.
El general Antonio
León al sentirse herido, trató de disimularlo y cuando por fin cayó al suelo y
conducido en una camilla, pidió le hicieran pronto sus curaciones para volver
de nuevo al combate aunque no pudo hacerlo pues sus heridas eran de extrema
gravedad y falleció en las mismas curaciones;
El coronel Lucas Balderas apenas cayó herido, se arrastró un gran trecho
y con la espada en alto, no dejó de alentar un momento a sus soldados, pero
como se desangrara de una manera horrible, se desmayó en brazos de su hijo,
siendo conducido a una choza, donde expiró.
Arivillaga era un muchacho servicial de apenas 22 años y valiente en
cualquiera que fueran los casos, marchó con el coronel Lucas Balderas al Molino
del Rey como su asistente no separándose de su jefe un solo momento, pero
cuando Balderas fue herido Arivillaga arrojó las ropas y las medicinas que
traía en las manos, recogió la espada de un muerto, la empuñó incontenible,
frenético, sublime de coraje y bravura, se puso al frente de un grupo de soldados
y embistió al enemigo con tal fuerza y arrojo que estableció el orden en la
batalla, hasta que cayó acribillado por las balas del enemigo. Margarito Zuazo, era un artesano humilde que
se alistó en el cuerpo “Mina” y lo hicieron abanderado donde se captó la
estimación de sus compañeros y oficiales por su bondad y subordinación. El día de la batalla en Molino del Rey se
excedió en el cumplimiento del deber.
Atropellado por un gran número de enemigos y hecho una criba por los
bayonetazos, envolvió su cuerpo ensangrentado en la bandera nacional y expiró
no sin antes llevarse por delante a varios gabachos con su temible machete. El general Miguel Echegaray realizó una de
las hazañas más heroicas en aquella jornada, que a la derrota misma dio visos
de victoria, cuando alzándose sobre los estribos de su caballo empuñando la
espada y con el caballo rubio como un esplendor de oro, se arrojó pisando los
cadáveres y entre nubes de humo, rescató los cañones que habían sido quitados
por el enemigo. Echegaray murió pobre y
duerme en un sepulcro ignorado.
Continúa en la décima sexta parte.


































