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domingo, 7 de junio de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Séptima Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

I.                    El 27 de mayo (1861) fue enviada para su examen una iniciativa elaborada por José María Castaños, la cual planteaba la suspensión de pagos de las deudas interior y exterior.  La Cámara de Diputados, tras una intensa discusión, aceptó que se suspendieran temporalmente los pagos de la deuda interna, pero no los de la externa.                                                                                                                                                                                        Los montos de la deuda externa eran $82,316.290.85 a Inglaterra; $69,994.542.54 a Francia, incluyendo el crédito que el banquero suizo Jecker le hizo al general Miramón; $9,460.986.29 a España.  Haciendo un total de  $161,771.819.68.  Sin embargo, la situación era insostenible y el 17 de julio fue necesario promulgar un nuevo decreto declarando la moratoria de los pagos de la deuda externa.

La situación interna de los Estados Unidos, donde ya se libraban los primeros combates de la Guerra de Secesión, habían animado al gobierno de Juárez a dar el peligroso y grave paso de suspender el pago de la deuda a las potencias europeas, pues estimaban y daban por seguro que los norteños derrotarían en un corto plazo a los surianos y acrecentarían de tal manera su poder que los europeos no se atreverían a violar la “Doctrina Monroe” atacando a México.

  Por añadidura, para aumentar el interés que pudieran tener (los angloamericanos), Juárez, irresponsablemente e incurriendo en un acto de traición, les ofreció los derechos mineros de Baja California, Chihuahua, Sonora y Sinaloa como garantía para obtener cinco millones de dólares en un préstamo que debía ser pagado en un término de seis años, y de no saldarse (asombroso) los cuatro Estados pasarían al dominio absoluto de los Estados Unidos.  Afortunadamente para las y los mexicanos, la guerra civil angloamericana se alargó por más de cuatro años y los planes de Juárez y sus corifeos, respecto de la Doctrina Monroe y sus “ofrecimientos territoriales”, se vieron totalmente frustrados.

  La medida de la moratoria de pagos fue muy mal recibida por los acreedores extranjeros. El ministro inglés Charles Wyke, así como el francés Alphonse Dubois de Saligny, dirigieron notas muy agresivas al gobierno mexicano exigiendo la derogación del decreto de suspensión.  Fijaron como plazo para atender su demanda el 25 de julio a las cuatro de la tarde; de no cumplirse, el intercambio diplomático entre México y sus respectivas naciones quedaría roto.  Al no obtener la respuesta que esperaban, ambos ministros arriaron las banderas de sus legaciones, acto que simbolizaba la suspensión de relaciones. Daba comienzo uno de los más graves incidentes internacionales que había vivido México y que derivaría en la intervención francesa y el segundo imperio.

  Por su parte, la crisis política alcanzaba su punto mas álgido en septiembre de ese año de 1861.  Juárez no contaba con la simpatía del Congreso, en el cual abundaban los partidarios del extinto Miguel Lerdo de Tejada y los simpatizantes de González Ortega; 51 diputados solicitaron su renuncia a la Presidencia.  Sí esto hubiera ocurrido, su lugar lo hubiera ocupado González Ortega, quien había tomado protesta como Presidente de la Suprema Corte de Justicia el 21 de agosto.  Por fortuna para don Benito 54 diputados elevaron una representación al Ejecutivo solicitando su permanencia en el cargo; el ladino Juárez compró los diputados que le hacían falta estableciendo con su acto de corrupción un ejemplo que fue emulado por los actuales “cuatreros”.

  Desde principios del año 1861 juárez se vio obligado a expulsar del país a algunos diplomáticos extranjeros que abiertamente habían favorecido al gobierno conservador.  También se desconocieron, por ilegales, los acuerdos y deudas contraídos por los gobiernos de Félix Zuloaga y Miguel Miramón.  La determinación de Juárez, aunque no carecía de razones, provocó su aislamiento internacional y dio pie a los enemigos extranjeros de México para justificar la agresión que verificaron en 1862.   Desde el 31 de octubre de 1861, por la información traída por un vapor inglés, en México se tuvo noticia de que España, Inglaterra y Francia habían decidido ejecutar una acción armada contra nuestro país en reclamo de sus intereses financieros y para satisfacción de los agravios que, aseguraban, habían sido cometidos en contra de su dignidad por el gobierno mexicano.

  Sin dinero, con partidas de rebeldes conservadores en varios puntos de la República, sin hombres capacitados en el manejo de las armas, con la opinión pública internacional en contra, con intrigas políticas en el seno del propio partido, caciques renuentes a obedecer o esperando la oportunidad para ocupar su puesto, en el interior de la República los grandes caciques regionales como Manuel Doblado, en el Bajío; González Ortega, en Zacatecas y San Luis Potosí y Santiago Vidaurri en Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, desafiaban constantemente la autoridad de la capital sin que el Presidente pudiera someterlos; ¿Qué podía hacer Juárez para organizar la defensa de la patria?

  Para poner a la nación en posibilidad de ofrecer resistencia, el Presidente de la República necesitaba con urgencia el apoyo de todas las entidades federativas y de los grupos y facciones distanciadas del gobierno por diversas circunstancias.  En busca de la unidad dirigió correspondencia a varios de los gobernadores e inició una política de reconciliación proclamando una amnistía que comprendía a buena parte de los conservadores que se mantenían en pie de guerra, a excepción de los más recalcitrantes.  También se integraron juntas militares en la capital y en Veracruz para que prepararan la defensa del territorio, autorizando también la formación de guerrillas

  Las primeras provisiones de orden militar estaban dadas; respecto a las medidas políticas, la cosa se veía más complicada.  Juárez buscó un nuevo ministro de Relaciones Exteriores; propuso el cargo a Francisco M. Olaguíbel, Sebastián Lerdo de Tejada y Manuel Dublán, pero sin éxito.  Llamó entonces a Manuel Doblado.  El guanajuatense llegó a la capital el 6 de diciembre y exigió a Juárez le permitiera nombrar al resto del gabinete y otros puestos clave, sin importar quienes pudieran ser agraciados con la designación.  En cuanto a la política, se debía obrar de forma enérgica y hasta dictatorial.  El Presidente se resistió al principio, pues esto convertía a Doblado como una especie de primer ministro, y con ello en jefe de gobierno. No obstante, ante la gravedad de las circunstancias había que actuar con desprendimiento.  El arreglo del gabinete presidencial significó un gran sacrificio para don Benito, pero gracias a eso se consiguió un mínimo de unidad política que permitió comenzar a desarrollar el plan de defensa de la República.

  Cuando Juárez asentó su gobierno en la capital de la República, desconoció los tratados celebrados a nombre de México por los conservadores, puesto que habían sido concertados por un gobierno ilegítimo.  Esta acción aunque apegada al derecho de gentes, junto con la suspensión de pagos de la deuda externa, fue muy mal recibida en el exterior.  La prensa europea calificaba a México de salvaje e ingobernable y afirmaba que por pura obstinación se negaba a hacer frente a sus obligaciones pecuniarias con sus acreedores.  En las Cámaras de representantes de España, Francia e Inglaterra se discutía la necesidad de emprender una misión civilizadora que nos librara de la anarquía.  Se comenzaba a construir el ambiente propicio para una intervención.

  La intervención de las potencias en México se había presentado al mundo como un asunto meramente financiero, por ello en la Convención de Londres, firmada por España, Francia e Inglaterra el 31 de octubre de 1861, se acordó que no ejercerían “en los asuntos internos de México ninguna influencia que pueda afectar el derecho de la nación mexicana de elegir y constituir libremente la forma de su gobierno”.  Sin embargo, en nuestro país la noticia causó alarma por ese párrafo en el que “permitían” que el pueblo decidiera la forma de gobierno que más le conviniese, lo cual implicaba que en México no había un gobierno legítimo, que la guerra civil y el triunfo de la República no significaban nada para aquellas naciones.  Fue entonces que todas las facciones políticas se dieron cuenta de que la soberanía nacional se hallaba en peligro y se dispusieron a brindar su apoyo al Presidente Benito Juárez.

                                                      Continua en la octava parte.

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