Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
Agosto 22 1848
Después de los
combates del 20 de agosto, ambas fuerzas beligerantes se sintieron con tal
quebranto y fatiga, que, tanto por parte del general Santa Anna como por la del
general Scott, se resolvió solicitar una suspensión de hostilidades, con el
pretexto de deliberar acerca de las condiciones de un tratado de paz. Por fortuna para el honor de nuestras armas,
el jefe americano se adelantó, enviando al Ministro de la Guerra, general
Alcorta, una nota en la que, lamentando profundamente los horrores de la guerra
inhumana que se hacían dos repúblicas hermanas, creía que era tiempo de que sus
diferencias se arreglasen políticamente, a cuyo efecto pedía un corto
armisticio (tregua) durante el cual podríase tratar amigablemente.
Y después de algunas
discusiones entre los comisionados de los beligerantes, quienes se reunieron en
Tacubaya el día 22, se firmó un convenio, en el que se estipulaba la cesación absoluta
de hostilidades en 30 leguas (120 kilómetros aprox.) a la redonda de la ciudad
de México, continuándose el armisticio por todo el tiempo que durasen las
negociaciones de paz o hasta que el jefe de alguno de los dos ejércitos avisase formalmente al otro de la cesación de
aquél, con cuarenta y ocho horas de anticipación al rompimiento de las
hostilidades. Algunos puntos importantes
de ese convenio son: la prohibición absoluta de levantar obras de fortificación
ofensivas o defensivas entre los límites convenidos; la de que los ejércitos se
reforzasen, debiendo detener todo refuerzo, excepto los de víveres a 28 leguas
de distancia del cuartel general; la de avanzar los respectivos ejércitos sus
destacamentos e individuos de la línea que entonces ocupaban, a no ser que se
condujesen o se presentasen con bandera de parlamento, yendo a asuntos que
estuviesen autorizados por el mismo armisticio.
El artículo séptimo fue para nosotros una ignominia, pues en él se
permitía al ejército invasor proveerse de víveres y recursos en la misma ciudad
de México. Esto causó trastornos
posteriores que aceleraron la ruptura del pacífico tratado.
Agosto 27 1847
El 27 de agosto se inician las negociaciones a
fin de conocer las proposiciones de paz de los Estados Unidos, nombrándose como
plenipotenciarios por parte de México, el general José Joaquín Herrera, el
licenciado don José Bernardo Couto, el general Ignacio Mora y Villamil y el
licenciado don Manuel Atristáin, y por parte de los invasores angloamericanos,
a Mr. Nicholas P. Trist que con plenos poderes de su gobierno acompañaba al
ejército. Las negociaciones se
efectuaron en la ciudad de México y constó de cinco reuniones del 27 de agosto
al 6 de septiembre cuando el gobierno mexicano dio por terminadas las
negociaciones al no aceptar las excesivas y desmesuradas exigencias de los agresivos
y ambiciosos yanquis.
Las instrucciones de
los comisionados mexicanos se limitaban a convenir en la cesión de Texas,
origen de la guerra, pero como el gobierno de Washington con el pedestre
esclavista James Knox Polk al frente, pretendiera ya no sólo ese territorio,
sino además la Alta California, Nuevo México, parte de Tamaulipas Coahuila,
Chihuahua, Sonora y toda la península de Baja California; aparte de otras
exigencias por demás excesivas, como el libre tránsito a perpetuidad por el
Istmo de Tehuantepec, una onerosa indemnización por sus gastos de la guerra,
así como pensiones vitalicias para las viudas y familias de todos los invasores
muertos, el gobierno mexicano desde
luego se negó a consentir en ellas dando por terminadas las pláticas y con
ellas el término del armisticio el día el 6 de septiembre y dos días después se
rompen las hostilidades.
Septiembre 7 1847
El día 6 de
septiembre, recibió el Presidente Santa Anna un oficio del general Scott en el
que éste manifestaba orgullosamente que consideraba violado el armisticio por
parte de México y declaraba rotas las hostilidades. ¡Era de nuevo la guerra! Las bandas militares
tocaron generala, y las campanas a “rebato”, continuándose los aprestos de
resistencia, reforzándose las guarniciones de las garitas, en tanto que el
ejército invasor que ocupaba Tlalpan, Coyoacán y Tacubaya, era movilizado para
avanzar sobre la capital.
El objetivo del plan
del enemigo consistía desde un principio abrirse paso por el poniente, después
de nulificar las posiciones Molino del Rey, Casa Mata y Chapultepec. El general Scott creía que en la primera de
aquellas posiciones tenía el ejército mexicano un gran acopio de elementos de
guerra y sobre todo abundante existencia de sacos de pólvora. Además, teniendo en cuenta que el ataque
sobre la capital era decisivo si se dominaba el oeste que las que se lanzaran
contra San Antonio Abad, en el sur, Scott hizo dirigir todo su impulso sobre el
rumbo indicado, tanto más cuanto que a su vez el general Santa Anna, rotas las
hostilidades, dirigió su vista hacia la región amagada tan especialmente por su
adversario. Éste avanzó desde el día
siete sobre la línea de batalla que con gran pompa militar fue estableciendo
santa Anna en los campos de Molino del Rey, Casa Mata, Los Morales y Anzures.
Nuestras tropas
ocuparon tras del bosque de Chapultepec el edificio de Molino del Rey, dividido
en dos secciones por un acueducto que ofrece un buen abrigo atrincherado a los
defensores. Parte de la finca constituía el fuerte molino del Salvador, ligado
por la línea del acueducto, con un antiguo molino de pólvora, dentro de cuyo
edificio se construían cañones. Al norte
de esta línea, cuyos extremos eran dos construcciones de tezontle y cantería,
estaba la calzada de “Anzures”, que quiebra al oriente, en tanto que al sur
limitábase el frente dicho, con los muros y cercas lejanas que veían a los
campos y lomas de Tacubaya.
Al noroeste de los
molinos había otro edificio aislado, depósito de pólvora, la Casa Mata,
rodeábale un foso pequeño y varias líneas de pequeños parapetos. Sobre la extensión que abarcaba estas
posiciones, en torno de algunas leguas, alzábase la cresta más alta del
Castillo de Chapultepec, cubriendo defensivamente la región occidental con los
agresivos fuegos de sus cañones. Y he
aquí como Santa Anna cubrió su línea de batalla para impedir el avance de las
columnas invasoras, que sabía bien iban a apoderarse de la fortificación
mexicana avanzada de Casa Mata y Molino del Rey. En la izquierda, sobre los molinos, hizo
colocar la brigada del general León, compuesta de los batallones de Guardia
Nacional: “Libertad”, “Unión”, “Querétaro” y “Mina”.
A la mañana siguiente se reforzó esta
guarnición con otra brigada. El 4º
Ligero y el 11º de línea ocuparon La Casa Mata en el flanco derecho, en tanto
que en el centro, entre ambos molinos, tras de zanjas y magueyales compactos,
se situaba la brigada del general Ramírez, con cuatro batallones, apoyando
fuertemente una batería de seis piezas.
La división de caballería compuesta de cuatro mil jinetes se situó a
tiro de cañón de Casa Mata, con orden de estar a la expectativa de la batalla,
para caer en el momento oportuno sobre el flanco izquierdo del enemigo, en el
acto de empeñarse la refriega con nuestra infantería. La reserva formada por el 3º ligero y el 4º
de línea quedó en el bosque de Chapultepec, pernoctando parte de estas fuerzas
en la cima del cerro, al mando del coronel Echegaray.
Pero la batalla que
esperaba Santa Anna para el día 7, en la parte occidental de México, no se
verifica; y creyendo que Scott a escogido el sur ---arrojando sus columnas de
Tlalpan, Coyoacán y Churubusco, sobre la garita de San Antonio Abad---
desguarnece en la noche del mismo día siete la línea de batalla que defiende el
poniente de la metrópoli, desmembrando el robusto brazo ---bien armado antes y
presto a la batalla--- para fortalecer el sur.
¡Esto fue el penúltimo desastre!
Desgraciadamente, y
otra vez en actitud sospechosa, Santa Anna desbarató la línea, retirando a la
mayor parte de los cuerpos que la formaban, quedando aislados en los dos puntos
mencionados (Casa Mata y Molino del Rey) unos cuatro mil hombres al mando del
general Antonio León. Los invasores, con
cuatro mil quinientos hombres, atacaron ambos puntos, y aunque primero se les
rechazó y los mexicanos pelearon heroicamente, acabaron al fin los invasores
por tomar las dos posiciones, si bien con pérdidas muy considerables; pues sus
bajas entre muertos heridos y dispersos no fueron menos de mil doscientos
hombres, y mayores hubieran sido y aun se les podía haber derrotado, si la
caballería del general Álvarez, no guarda una actitud pasiva y cobarde en los
momentos más críticos de la batalla.
Ahora sólo Chapultepec, con los cadetes del Colegio Militar, se
interponía entre los invasores y la ciudad capital.
Nadie lo pudo
comprender entonces. ¿Por qué retirar de la potente línea de batalla del Molino
del Rey y Casa Mata, apoyada por los fuegos de Chapultepec, fuerzas que
deberían ser él alma de una resistencia heroica alentada con su sola presencia
las filas mexicanas? y ¿porqué, sobre
todo, dejar sin sostén la batería central de San Antonio Abad, la puerta que
cerraba ante México la calzada meridional? y ¿porqué tantas vacilaciones y
contraórdenes delante de un enemigo que ostensiblemente embestía con todo su
poder? Y finalmente ¿porqué semejante cúmulo de disposiciones militares
equivocadas? Nadie lo pudo comprender
entonces. De nuevo surgió la frase
siniestra, el eterno anatema que para colmo de catástrofes se desplomaba
flamígeramente sobre el director de los destinos de la nación mexicana; y brotó
de nuevo dantesca y trágica la palabra
¡traición! ¡traición!
Septiembre 8 1847
La brigada enemiga
del general Worth, a quien Scott cedió el mando de las fuerzas enemigas,
destacó sus oficiales de ingenieros por entre las lomas de Tacubaya, frente a
nuestras posiciones, y ya en la madrugada quedaron instaladas sus baterías
cuyos cañones habrían de sostener el combinado ataque de cerca de cuatro mil
angloamericanos, bien armados y teniendo a su retaguardia considerables
sostenes y reservas de la flor y nata de las tropas veteranas enemigas. Las tropas del jefe Worth fueron sostenidas
por tres compañías de dragones, amén de dos piezas de artillería de sitio de a
24 y por otra brigada ligera, repartiéndose las columnas enemigas en un frente
considerable en el que jugaban más de 3,500 rifles, ocho piezas de artillería y
400 caballos. Los invasores, en la noche
del 7 al 8 de septiembre, habían aumentado considerablemente sus fuerzas de
ataque, en tanto que los mexicanos se habían disminuido.
Continua
en la decima quinta parte.







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