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domingo, 16 de agosto de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO. ( Décima Quinta Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Por fin, la pareja imperial continúa su viaje y en los siguientes tramos del camino a México, empezaron a toparse con agradables sorpresas:  tupidos bosques de hermosos árboles; nopaleras, magueyales, manchas de bisnagas y otras cactáceas; parvadas de guacamayas, colibríes y gran variedad de extraños pájaros; mantos de hortensias silvestres, orquídeas y olorosas flores de color encendido, sin faltar las hermosas amapolas; ríos y arroyuelos de aguas transparentes, nubes de mariposas recortándose sobre la nieve del Pico de Orizaba, y finalmente, ya muy cerca de México, las siluetas del Popocatépetl y el Iztaccihuatl.

  Pero el viaje a México no estuvo exento de problemas e incomodidades pues mientras el trayecto duró hasta donde terminaba la vía férrea, el resto del viaje continuó en diligencias tiradas por mulas a través de caminos atroces; los seguía su séquito compuesto de 100 personas.  En las márgenes del Río Chiquihuite, que estaba crecido, una de las ruedas de la calesa del emperador se hizo pedazos y pasaron momentos muy desagradables.

  En Córdoba, los indios los recibieron en masa con antorchas encendidas y gritos de Júbilo, rodeando al emperador para verlo de cerca. ¿No sería este hombre de barba rubia, según la antigua creencia transmitida de siglo en siglo, la reencarnación de Quetzalcóatl, el prestigioso soberano, el misterioso salvador que aparece y desaparece diciendo que volverá?  Los indios los agasajaron con discursos y una gran cena preparada en su honor.

  En Puebla los recibieron con una gran recepción.  Las calles estaban engalanadas con flores y banderas imperiales.  ¡Viva Napoleón! ¡Viva el emperador Maximiliano! Vitoreaban. Los monarcas quisieron mostrar un signo de afecto hacia sus súbditos, pero les advirtieron que desistieran: ---esta región está azotada por la viruela y es altamente contagiosa.  Las jubilosas manifestaciones de Orizaba, Córdoba y Puebla, fueron como un magnifico preludio para la apoteósica recepción de la ciudad de México: el país abundaba en elementos con los cuales podrían reverdecer la gloria de los Habsburgo que rigieron a la Nueva España por espacio de dos siglos.  Y a Maximiliano correspondería el honor de revivir esa gloria.

  De Puebla pasaron a Cholula.  Las alturas les hacían sangrara la nariz.  Después de un descanso, la marcha se reanudó en dirección a la Villa de Guadalupe. ---Deseo oír misa ante la milagrosa virgen ---dijo el emperador.  Carlota y él conocían la historia de la virgen y el humilde indio Juan Diego.  La capilla esta situada a tres millas de la ciudad de México.  La ceremonia religiosa fue breve.  Al salir se encontraron con una multitud que había venido desde la capital a recibirlos.

Los soberanos abordan en la Villa de Guadalupe el carruaje dorado y con decoraciones en rojo, que ya había sido reparado para que hiciese su entrada triunfal a la ciudad  de México.  La caravana inició su viaje entre el estruendo de cañonazos y el repique de campanas.  Al frente marchaban los lanceros de la emperatriz, jefaturados por un coronel mexicano, y seguidos por los cazadores de África con sus vistosos uniformes, así como los húsares, con uniformes más vistosos aún; tras la carroza imperial avanzaban más de doscientos carruajes con lo más granado de la sociedad capitalina y seiscientos charros con su traje de gala, montados en magníficos caballos.  Poco después hacen su entrada triunfal a la ciudad de México, donde se les ofrece una magnifica recepción, siendo delirante el entusiasmo de las altas clases sociales, que se esmeraron junto con el ejército francés, en disponer arcos de triunfo, himnos y lluvias de flores.

  En el atrio de la Catedral aguardaban a los soberanos el Arzobispo don Antonio Pelagio de Labastida y Dávalos y los obispos de Michoacán, Querétaro, Oaxaca y Tulancingo.  Tras asistir al reglamentario Te-Déum, y se llevó a cabo la coronación en el altar mayor.  Allí Maximiliano prestó juramento de fidelidad.  Después todas las campanas de las iglesias comenzaron a repicar. En seguida los emperadores pasaron bajo dosel y sobre alfombra roja al Palacio Imperial (antes Palacio Nacional, antes  Palacio de los Virreyes y antes Palacio de Cortés) para sentarse por primera vez en el trono.  Por la noche hubo verbena popular en el Zócalo; todas las casas y edificios visibles estaban iluminados y Maximiliano tuvo que salir varias veces al balcón central para agradecer las aclamaciones.

  Pero en México nada podía salir completamente bien.  La cama designada a Maximiliano en el palacio imperial estaba llena de chinches y el soberano tuvo que pasar la noche sobre una mesa de billar.  En su alcoba, contigua a la del marido, Carlota también dormitó sobre un incomodo sillón.  Desde el viaje que Maximiliano había hecho a Brasil, ellos no dormían juntos.  Se decía que él había contraído una enfermedad venérea y no quería contagiar a su esposa. En realidad estaban separados en la intimidad, el papel oficial era el único lazo que los unía.  La ambición de Carlota estaba satisfecha, pero en el amor estaba frustrada.  Finalmente ellos decidieron instalarse en el castillo de Chapultepec, residencia imperial próxima a la capital.  El castillo edificado entre 1785 y 1787 necesitaba reparaciones, y la veta creadora de Maximiliano cobró nuevo ímpetu.  Como dato final y adicional se consigna que sólo los gastos de recepción, unidos a algunas obras hechas en el palacio (que no incluyó la limpieza y el cambio de colchones en las camas de la alcoba imperial),  importaron  $336,473.00.

  Cumpliendo con los compromisos contraídos con Napoleón III, y siguiendo sus propias, Maximiliano comenzó a formas su círculo político, principalmente de liberales moderados con enorme disgusto de los conservadores, que esperaban que inaugurara una política ciegamente reaccionaria.  El gabinete imperial quedó integrado de la siguiente manera: Ministro de Estado, don Joaquín Velázquez de León (conservador); Ministro de Relaciones, don José Ferández Ramírez (liberal); Ministro de Gobernación, don José María González de la Vega (conservador); Ministro de la Guerra, don Juan de Dios Peza (liberal). 

  El gobierno imperial era tan costoso que resultaba imposible su sostenimiento dado el estado económico del país.  El Emperador tenía asignado para sus gastos $1,500.000.00 (un millón y medio de pesos) anuales, y la Emperatriz $200.000,00 (doscientos mil pesos) anuales; esto sin contar con el sostenimiento de la corte e innumerables empleados, por lo que los presupuestos eran mucho mayores que los de cualquiera de los gobiernos que hasta entonces habían regido al país.

  El castillo de Chapultepec necesitaba muchas reparaciones y entre los proyectos de Maximiliano figuraban proyectos de remodelación muy parecidos a los de su castillo de Miramar, encargando los trabajos a varios famosos arquitectos, entre ellos al reputado Rodríguez Arangoity.  Se redujo el espeso bosque en la parte superior del castillo para abrir calzadas y extendieron una avenida desde las puertas del castillo hasta la Catedral que llamaron Paseo de la Emperatriz (hoy, Paseo de la Reforma).  Los Emperadores se transportaban en un carruaje tirado por mulas y a Maximiliano eso le pareció indignante, y ordenó un gran pedido de finos caballos al mejor criadero de Austria, no sólo para su carruaje sino para poblar las caballerizas imperiales.

  Aunque la situación militar era favorable al imperio, ya que estaban ocupadas por los franceses casi todas las ciudades de importancia, Maximiliano tenía que luchar con grandes dificultades provenientes del clero y los conservadores que habían contribuido a su fundación, y esperaban que el Emperador inaugurara una política netamente reaccionaria, derogando cuantas leyes y decretos habían sido dictadas durante los gobiernos liberales, y habían mostrado oposición de parte de las autoridades eclesiásticas. Para entonces ya Maximiliano había recibido la visita del arzobispo de México. monseñor Antonio Pelagio Labastida y Dávalos, el cual también le pidió y hasta le exigió que promulgara las órdenes de reintegración de los derechos y las propiedades de la iglesia confiscados por Benito Juárez 

  Pero como Maximiliano era un príncipe liberal, y además tenía compromiso con el Emperador francés Napoleón III de fundar también un imperio liberal, era imposible que siguiera las aspiraciones clericales y conservadoras, tanto más cuanto comprendía que casi todas las leyes de Reforma eran una verdadera necesidad para el progreso de la nación; por esto se inclinaba a celebrar un concordato con la santa sede poniendo al clero a sueldo del Estado como en Francia, y manteniendo la ley de desamortización, revisando únicamente las adjudicaciones fraudulentas de bienes eclesiásticos.

  Estas ideas iban a estrellarse ante la intransigencia de los altos dignatarios de la iglesia mexicana, que no sólo se opusieron a ella con todas sus fuerzas, sino que influyeron ante el Papa para que éste obligara a Maximiliano a derogar todas las leyes que afectaran de alguna manera al clero mexicano.  Por tanto el clero y los conservadores, disgustados con Maximiliano se tornaron en los enemigos de él y de su régimen, que no salvaguardaba sus intereses ni les permitía dar rienda suelta a sus deseos de venganza, contra Juárez y los liberales.

  Así las cosas, cuando llegó el nuncio pontificio, monseñor Meglia, el 7 de diciembre de 1864, Maximiliano le dijo que lo único que podía hacer era proponer al Papa un concordato (convenio solemne entre  la Santa Sede y la autoridad suprema de un país, para reglamentar las relaciones mutuas entre la Iglesia Católica y el Estado); pero el delegado papal se negó entrar en negociaciones, alegando que carecía de facultad para ello, exigiendo pura y simplemente la derogación de las leyes de desamortización y todas aquellas que de una y otra forma afectaran a la clerecía católica; dicho de otra forma, que la exigencia papal no era negociable, y que debía cumplirse al pie de la letra.

  Entonces Maximiliano, exasperado por aquella resistencia, promulga varios decretos reformistas; uno, declarando la religión católica como religión del Estado, y asegurando la tolerancia de todos los cultos; otro, encargando al Consejo de Estado que revise las actas de desamortización y nacionalización de los bienes eclesiásticos y revalidando las que sean regulares; otro más, obligando a los eclesiásticos a prestar sus servicios gratuitamente; y finalmente, sujetando las bulas y breves pontificios al pase o “exequatur” (autorización que concede un jefe de Estado a un diplomático extranjero para que ejerza sus funciones) del Ministerio de Justicia.  Con estos mandatos Maximiliano hacía suyas todas las disposiciones de Juárez respecto de las Leyes de Reforma.

                                           CONTINÚA EN LA DÉCIMA SEXTA PARTE

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