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domingo, 24 de mayo de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (5a Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  La guerra entre liberales y conservadores continuaba y la balanza parecía inclinarse del lado de los conservadores; lo que era de esperarse, dado que los jefes liberales no eran militares de carrera.  Así el general González Ortega, había sido escribiente, y el general Santos Degollado, empleado de la catedral de Morelia.  Las fuerzas conservadoras, además de contar con buenos jefes, estaban mejor instruidas, equipadas y disciplinadas; pero a pesar de sus triunfos no podían lograr la pacificación del país.  El mismo general Miramón lo reconocía en un manifiesto cuando expresaba: “Las armas del supremo gobierno han sido siempre victoriosas en los grandes encuentros, y sin embargo nadie se somete, la revolución no se sofoca”.  Eso mostraba claramente que la opinión pública se inclinaba en favor del partido liberal.

  El general Miramón, después de haber derrotado a Santos Degollado en La Estancia se las Vacas, marchó sobre Guadalajara donde aprehendió al general Leonardo Márquez por insubordinación por los asesinatos en Tacubaya (los mártires de Tacubaya) y por haberse apropiado de una conducta de seiscientos mil pesos;  y tas una breve y victoriosa campaña en Colima, se dirigió enseguida a México, a fin de preparar una nueva expedición contra el puerto de Veracruz, donde Juárez rodeado de los más distinguidos personajes del gobierno liberal, Continuaba dictando leyes y gobernando en los pocos lugares ocupados por sus fuerzas.  Miramón, que había comprado en La Habana una escuadrilla compuesta de los buques “Marqués de La Habana” y “general Miramón”, que debían concurrir al ataque a Veracruz, salió de México el 8 de febrero de 1860, al frente de un ejército de seis mil hombres dispuestos a sacar a Juárez del puerto de Veracruz.

  Los aprestos de Miramón no dieron el resultado apetecido porque Juárez solicitó ayuda al comandante de la escuadra yanqui Mr. Turner quien declarando piratas a los buques de Miramón los batió el 6 de marzo haciendo prisioneros a sus tripulantes y quitándoles los elementos de guerra que llevaban.  En realidad lo ocurrido con los barcos de Miramón no fue sino una intervención armada de los Estados Unidos en favor de los liberales.

  Reducido a confiar su suerte al triunfo de las armas, Miramón inició u terrible cañoneo sobre Veracruz, causando grandes destrucciones.  Una bomba estalló cerca de la casa donde se refugiaba Juárez y el pánico cundió entre los liberales.  El presidente y los miembros de su gabinete junto con sus familias se refugiaron en la Casa Mata de San Juan de Ulúa, cuyos muros eran a prueba de cañonazos, Sólo Degollado permaneció en Veracruz, haciendo llamados a la calma y sin atreverse a contratacar.  El cañoneo duró una semana entera, y aunque Miramón emprendió tres ataques por la parte sur sin lograr que los defensores salieran de sus murallas, resolvió el 21 de marzo levantar el sitio y retirarse rumbo a México.

  El historiador Alejandro Vilaseñor juzga de este modo la conducta de Juárez en el incidente de Antón Lizardo, Veracruz:  “Duro es aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero en este caso resulta merecido para Juárez por la mancha que significó para él en nuestra historia.  Después de estudiar fríamente los hechos, no se debe retroceder en decirlo:  Juárez llamando a Turner para que lo ayudase a librarse de sus enemigos, cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México, permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y ejerciese actos de jurisdicción en el territorio nacional.  El atentado aludido se llama en derecho “traición a la patria”, y en vez de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que ocurrieron en el asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el comandante Turner y su barco “Saratoga” al abordar a dos buques mexicanos en aguas mexicanas, de manera como lo hizo cometiendo con esto un verdadero acto de piratería instigado y autorizado por nuestro benemérito Benito Juárez.”

  Casi todos los Estados del norte del país, donde el clero había tenido menos influencia, y donde la raza blanca estaba poco mezclada, debido a que los indígenas de esa región eran salvajes, se habían afiliado al partido liberal, logrando reunir un ejército de siete mil hombres a las órdenes del general José López Uraga, el que, después de hacer una campaña infructuosa en los Estados de Zacatecas y San Luis Potosí, fue sobre Guadalajara y le puso sitio.  Esa plaza estaba defendida por unos dos mil hombres a las órdenes del general Woll, quien resistió el asalto dado por los liberales, los que al fin fueron derrotados con pérdidas muy considerables; pues el mismo López Uraga fue herido y hecho prisionero, retirándose el resto de sus fuerzas rumbo al sur; Uraga, a resultas de sus heridas, perdió la pierna derecha.

  Miramón se movilizó entonces, con el objeto de reforzar la guarnición de Guadalajara, llevando prisionero entre sus filas al general Zuloaga que, incitado por varios conservadores radicales, a quienes las ideas del mismo Miramón les parecía que encerraban peligrosas novedades, había firmado un decreto por el que asumía nuevamente el cargo de Presidente de la República, destituyendo a Miramón; decreto que fue desconocido por éste, quien hizo que el consejo de Estado declarara que era legítimamente presidente.

  Como se había formado un núcleo de fuerzas liberales de más de siete mil hombres, titulado Ejército del Sur, bajo el mando de Zaragoza y Ogazón, fue Miramón a perseguirlo con seis mil hombres y treinta y dos cañones, pero como los liberales se hicieron fuertes en la Cuesta de Zapotlán, considerando la posición inexpugnable, no se atrevió a atacarlos.  El 10 de agosto de 1860, un ejército de ocho mil hombres mandado por los generales liberales Jesús González Ortega e Ignacio Zaragoza, presentaron batalla al general Miramon, que disponía de siete mil hombres, en las cercanías de Silao, Guanajuato.  Durante dos años había peleado en todas partes el joven jefe del ejército conservador, y en todas partes había vencido a sus oponentes.  Ahora tenía que emprender de nuevo la conquista del territorio del bajío que más de tres veces había ganado.

  Ahora tendría que enfrentarse a un formidable ejército constitucionalista (liberales que defendían la Constitución de 1857) mandado por los mejores generales liberales; González Ortega, Antillón, Zaragoza, Doblado y Berriozabal, y Miramón salió a batirle con una fuerza de seis mil soldados bisoños. No obstante, la superioridad numérica del enemigo, el invicto general confiaba en la victoria; y mueve sus tropas sobre Silao, punto donde están reunidas las divisiones liberales.

  Puestos ambos ejércitos uno frente al otro, y hechos los reconocimientos de rigor, la batalla dio principio al romper el alba del 10 de agosto y en unos minutos se hace general el combate.  La artillería de Miramon abre grandes brechas por el camino de la Loma de las Ánimas.  Con sus abundantes tropas, el jefe liberal González Ortega puede ocultar sus dispositivos de batalla, cambia sus posiciones mientras Miramón hace descansar a sus bisoños soldados. A las dos horas de combate, y ante el fuego terrible de la poderosa artillería constitucionalista, los bisoños soldados regeneradores comienzan a huir, dominados por el pánico; inútilmente trata Miramón de contenerlos.  A las 8:15 de la mañana después de tres horas de tremendos ataques, el Ejército Regenerador (conservador) huye completamente derrotado y deja en poder de los liberales toda su artillería, bagajes, municiones y pertrechos de guerra, así como numerosos prisioneros. Desecho el ejército conservador, las tropas liberales ocuparon, Silao, Querétaro, Celaya y Guanajuato.

  González Ortega, después de las importantes victorias de Peñuelas y Silao, se dirigió a Querétaro, y de allí retrocedió para sitiar Guadalajara, reuniendo varios contingentes de tropas constitucionalistas, que hicieron elevarse su ejército a veinte mil hombres, el mayor ejército hasta ahora en la guerra entre conservadores y liberales.  Guadalajara sólo contaba para su defensa con siete mil soldados al mando del general Severo del Castillo, que se defendió valientemente, pues comenzando el sitio el 26 de septiembre de 1860, la guarnición no capituló hasta el 2 de noviembre, después de 37 días de sitio, cuando el hambre y la peste hacían grandes estragos entre los sitiados.

 El general Leonardo Márquez pretendió auxiliar a la plaza sitiada; pero González Ortega destacó una brigada de caballería a las órdenes del general Ignacio Zaragoza, en persecución de las fuerzas conservadoras la que derrotó por completo a Márquez en Zapotlanejo el 1º de noviembre.  Los liberales aseguraron 800 prisioneros, toda la artillería, municiones y pertrechos de guerra de sus contrarios.

  Lentamente los liberales iban ganando terreno, y los conservadores habían perdido Oaxaca, Toluca, Querétaro, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas y otras muchas poblaciones.  Miramón, a pesar de su actividad y de sus esfuerzos no podía detener el torrente de los ejércitos liberales; pero siguió luchando y como cada vez escasearan más los recursos, contrajo préstamos usurarios y ruinosos, y dictó medidas violentas, tratando despóticamente a las poblaciones sometidas a su dominio con lo que hizo aumentar el número de los enemigos a la causa que defendía.  Así contrató el 14 de octubre, con el banquero suizo Jecker, un préstamo por el que recibió $700,000 en efectivo, y reconociendo una deuda de $15,000.000 en bonos pagaderos con la quinta parte de los impuestos federales.  Aquella suma se consumió rápidamente, y entonces el 16 de noviembre mandó invadir la casa del encargado de la legación inglesa Mr. Barton y sacar de ella $600,000 pertenecientes a súbditos ingleses, rompiendo los sellos de las cajas donde se hallaba depositada la suma.  Estas cantidades formaban con el tiempo parte del pretexto que adujeron los franceses para invadir a México.

  Con los fondos adquiridos de esta manera violenta y ruinosa, organizó Miramón un ejército de ocho mil hombres, con treinta cañones, marchando a Toluca, donde derrotó el 8 de diciembre al general liberal Felipe Berriozabal, yendo luego al encuentro de las tropas del general González Ortega, qué con once mil hombres y cuarenta y cuatro piezas de artillería, marchaba contra la ciudad de México.

  El 22 de diciembre de 1860 por la mañana, se encontraron ambos ejércitos en San Miguel de Calpulálpan, Estado de México.  El ejército liberal con más de once mil hombres y con un formidable tren de guerra, se acercaba a la capital.  Para atacar estas fuerzas Miramón sólo disponía siete mil hombres desmoralizados, con los que salió al encuentro de González Ortega antes de que a éste se le unieran más jefes liberales.  A las ocho de la mañana se lanzan los conservadores sobre el flanco izquierdo enemigo, donde se encontraba la división Michoacán, que sufre grandes bajas y retrocede.

  Miramón se propone forzarla y llegar hasta la retaguardia del ejército enemigo. Pero llegan en auxilio de González Ortega las fuerzas de Jalisco y San Luis Potosí y entonces se impone la superioridad numérica de los liberales, quienes toman la iniciativa y lanzan tropas de refresco al ataque, el que resisten heroicamente las fuerzas conservadoras, mandando Miramón cargar a su caballería formada por mil hombres.  El éxito de esta carga es contraproducente ya que una gran parte de ellos se pasa a las filas enemigas, lo que provoca el desconcierto, la desmoralización y la derrota total del ejército regenerador (conservador), el que emprende la fuga abandonando su artillería, sus bagajes y sus heridos.  Esta supuesta victoria de González Ortega sobre Miramón se logró en gran parte por los refuerzos que le llegaron a los liberales (lo que siempre temió Miramón) y la deserción de la caballería conservadora, acontecimientos que de no haber ocurrido el resultado muy probablemente hubiera sido diferente, ya que hasta ese momento Miramón llevaba la delantera en el combate.

  No contando ya el presidente conservador con ningunos elementos para continuar la lucha, entrego la capital al Ayuntamiento y salió de ella el 24 de diciembre de 1860 en la noche.  Al día siguiente comenzaron a entrar fuerzas constitucionalistas en la ciudad, y el 1º de enero de 1861, en medio del mayor entusiasmo, hizo su entrada solemne en  la ciudad de México, todo el ejército liberal mandado por el general González Ortega, en número de veintiocho mil hombres; con lo que dio fin a la guerra de tres años, que se inició con el golpe de Estado de Comonfort.

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