Rafael Urista de Hoyos / Historiador
La guerra entre
liberales y conservadores continuaba y la balanza parecía inclinarse del lado
de los conservadores; lo que era de esperarse, dado que los jefes liberales no
eran militares de carrera. Así el
general González Ortega, había sido escribiente, y el general Santos Degollado,
empleado de la catedral de Morelia. Las
fuerzas conservadoras, además de contar con buenos jefes, estaban mejor instruidas,
equipadas y disciplinadas; pero a pesar de sus triunfos no podían lograr la
pacificación del país. El mismo general
Miramón lo reconocía en un manifiesto cuando expresaba: “Las armas del supremo
gobierno han sido siempre victoriosas en los grandes encuentros, y sin embargo
nadie se somete, la revolución no se sofoca”.
Eso mostraba claramente que la opinión pública se inclinaba en favor del
partido liberal.
El general Miramón,
después de haber derrotado a Santos Degollado en La Estancia se las Vacas,
marchó sobre Guadalajara donde aprehendió al general Leonardo Márquez por
insubordinación por los asesinatos en Tacubaya (los mártires de Tacubaya) y por
haberse apropiado de una conducta de seiscientos mil pesos; y tas una breve y victoriosa campaña en
Colima, se dirigió enseguida a México, a fin de preparar una nueva expedición
contra el puerto de Veracruz, donde Juárez rodeado de los más distinguidos
personajes del gobierno liberal, Continuaba dictando leyes y gobernando en los
pocos lugares ocupados por sus fuerzas.
Miramón, que había comprado en La Habana una escuadrilla compuesta de
los buques “Marqués de La Habana” y “general Miramón”, que debían concurrir al
ataque a Veracruz, salió de México el 8 de febrero de 1860, al frente de un
ejército de seis mil hombres dispuestos a sacar a Juárez del puerto de
Veracruz.
Los aprestos de
Miramón no dieron el resultado apetecido porque Juárez solicitó ayuda al
comandante de la escuadra yanqui Mr. Turner quien declarando piratas a los
buques de Miramón los batió el 6 de marzo haciendo prisioneros a sus
tripulantes y quitándoles los elementos de guerra que llevaban. En realidad lo ocurrido con los barcos de
Miramón no fue sino una intervención armada de los Estados Unidos en favor de
los liberales.
Reducido a confiar su
suerte al triunfo de las armas, Miramón inició u terrible cañoneo sobre
Veracruz, causando grandes destrucciones.
Una bomba estalló cerca de la casa donde se refugiaba Juárez y el pánico
cundió entre los liberales. El
presidente y los miembros de su gabinete junto con sus familias se refugiaron
en la Casa Mata de San Juan de Ulúa, cuyos muros eran a prueba de cañonazos,
Sólo Degollado permaneció en Veracruz, haciendo llamados a la calma y sin
atreverse a contratacar. El cañoneo duró
una semana entera, y aunque Miramón emprendió tres ataques por la parte sur sin
lograr que los defensores salieran de sus murallas, resolvió el 21 de marzo
levantar el sitio y retirarse rumbo a México.
El historiador
Alejandro Vilaseñor juzga de este modo la conducta de Juárez en el incidente de
Antón Lizardo, Veracruz: “Duro es
aplicar un calificativo como el que vamos a estampar; pero en este caso resulta
merecido para Juárez por la mancha que significó para él en nuestra
historia. Después de estudiar fríamente
los hechos, no se debe retroceder en decirlo:
Juárez llamando a Turner para que lo ayudase a librarse de sus enemigos,
cometió un grave atentado contra la independencia y la dignidad de México,
permitiendo que el extranjero apresase a mexicanos y ejerciese actos de
jurisdicción en el territorio nacional.
El atentado aludido se llama en derecho “traición a la patria”, y en vez
de que pueda atenuarse en algo, dadas las circunstancias que ocurrieron en el
asalto, se agravó ese atentado, ese delito, con el de piratería cometido por el
comandante Turner y su barco “Saratoga” al abordar a dos buques mexicanos en
aguas mexicanas, de manera como lo hizo cometiendo con esto un verdadero acto
de piratería instigado y autorizado por nuestro benemérito Benito Juárez.”
Casi todos los
Estados del norte del país, donde el clero había tenido menos influencia, y
donde la raza blanca estaba poco mezclada, debido a que los indígenas de esa
región eran salvajes, se habían afiliado al partido liberal, logrando reunir un
ejército de siete mil hombres a las órdenes del general José López Uraga, el
que, después de hacer una campaña infructuosa en los Estados de Zacatecas y San
Luis Potosí, fue sobre Guadalajara y le puso sitio. Esa plaza estaba defendida por unos dos mil
hombres a las órdenes del general Woll, quien resistió el asalto dado por los
liberales, los que al fin fueron derrotados con pérdidas muy considerables;
pues el mismo López Uraga fue herido y hecho prisionero, retirándose el resto
de sus fuerzas rumbo al sur; Uraga, a resultas de sus heridas, perdió la pierna
derecha.
Miramón se movilizó
entonces, con el objeto de reforzar la guarnición de Guadalajara, llevando
prisionero entre sus filas al general Zuloaga que, incitado por varios
conservadores radicales, a quienes las ideas del mismo Miramón les parecía que
encerraban peligrosas novedades, había firmado un decreto por el que asumía
nuevamente el cargo de Presidente de la República, destituyendo a Miramón;
decreto que fue desconocido por éste, quien hizo que el consejo de Estado
declarara que era legítimamente presidente.
Como se había formado
un núcleo de fuerzas liberales de más de siete mil hombres, titulado Ejército
del Sur, bajo el mando de Zaragoza y Ogazón, fue Miramón a perseguirlo con seis
mil hombres y treinta y dos cañones, pero como los liberales se hicieron
fuertes en la Cuesta de Zapotlán, considerando la posición inexpugnable, no se
atrevió a atacarlos. El 10 de agosto de
1860, un ejército de ocho mil hombres mandado por los generales liberales Jesús
González Ortega e Ignacio Zaragoza, presentaron batalla al general Miramon, que
disponía de siete mil hombres, en las cercanías de Silao, Guanajuato. Durante dos años había peleado en todas
partes el joven jefe del ejército conservador, y en todas partes había vencido
a sus oponentes. Ahora tenía que
emprender de nuevo la conquista del territorio del bajío que más de tres veces
había ganado.
Ahora tendría que
enfrentarse a un formidable ejército constitucionalista (liberales que
defendían la Constitución de 1857) mandado por los mejores generales liberales;
González Ortega, Antillón, Zaragoza, Doblado y Berriozabal, y Miramón salió a
batirle con una fuerza de seis mil soldados bisoños. No obstante, la
superioridad numérica del enemigo, el invicto general confiaba en la victoria;
y mueve sus tropas sobre Silao, punto donde están reunidas las divisiones
liberales.
Puestos ambos
ejércitos uno frente al otro, y hechos los reconocimientos de rigor, la batalla
dio principio al romper el alba del 10 de agosto y en unos minutos se hace
general el combate. La artillería de
Miramon abre grandes brechas por el camino de la Loma de las Ánimas. Con sus abundantes tropas, el jefe liberal
González Ortega puede ocultar sus dispositivos de batalla, cambia sus
posiciones mientras Miramón hace descansar a sus bisoños soldados. A las dos
horas de combate, y ante el fuego terrible de la poderosa artillería
constitucionalista, los bisoños soldados regeneradores comienzan a huir,
dominados por el pánico; inútilmente trata Miramón de contenerlos. A las 8:15 de la mañana después de tres horas
de tremendos ataques, el Ejército Regenerador (conservador) huye completamente
derrotado y deja en poder de los liberales toda su artillería, bagajes,
municiones y pertrechos de guerra, así como numerosos prisioneros. Desecho el
ejército conservador, las tropas liberales ocuparon, Silao, Querétaro, Celaya y
Guanajuato.
González Ortega,
después de las importantes victorias de Peñuelas y Silao, se dirigió a
Querétaro, y de allí retrocedió para sitiar Guadalajara, reuniendo varios
contingentes de tropas constitucionalistas, que hicieron elevarse su ejército a
veinte mil hombres, el mayor ejército hasta ahora en la guerra entre
conservadores y liberales. Guadalajara
sólo contaba para su defensa con siete mil soldados al mando del general Severo
del Castillo, que se defendió valientemente, pues comenzando el sitio el 26 de septiembre
de 1860, la guarnición no capituló hasta el 2 de noviembre, después de 37 días
de sitio, cuando el hambre y la peste hacían grandes estragos entre los
sitiados.
El general Leonardo
Márquez pretendió auxiliar a la plaza sitiada; pero González Ortega destacó una
brigada de caballería a las órdenes del general Ignacio Zaragoza, en
persecución de las fuerzas conservadoras la que derrotó por completo a Márquez
en Zapotlanejo el 1º de noviembre. Los
liberales aseguraron 800 prisioneros, toda la artillería, municiones y
pertrechos de guerra de sus contrarios.
Lentamente los
liberales iban ganando terreno, y los conservadores habían perdido Oaxaca,
Toluca, Querétaro, Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas y otras muchas
poblaciones. Miramón, a pesar de su
actividad y de sus esfuerzos no podía detener el torrente de los ejércitos
liberales; pero siguió luchando y como cada vez escasearan más los recursos,
contrajo préstamos usurarios y ruinosos, y dictó medidas violentas, tratando
despóticamente a las poblaciones sometidas a su dominio con lo que hizo aumentar
el número de los enemigos a la causa que defendía. Así contrató el 14 de octubre, con el
banquero suizo Jecker, un préstamo por el que recibió $700,000 en efectivo, y
reconociendo una deuda de $15,000.000 en bonos pagaderos con la quinta parte de
los impuestos federales. Aquella suma se
consumió rápidamente, y entonces el 16 de noviembre mandó invadir la casa del
encargado de la legación inglesa Mr. Barton y sacar de ella $600,000
pertenecientes a súbditos ingleses, rompiendo los sellos de las cajas donde se
hallaba depositada la suma. Estas
cantidades formaban con el tiempo parte del pretexto que adujeron los franceses
para invadir a México.
Con los fondos
adquiridos de esta manera violenta y ruinosa, organizó Miramón un ejército de
ocho mil hombres, con treinta cañones, marchando a Toluca, donde derrotó el 8
de diciembre al general liberal Felipe Berriozabal, yendo luego al encuentro de
las tropas del general González Ortega, qué con once mil hombres y cuarenta y
cuatro piezas de artillería, marchaba contra la ciudad de México.
El 22 de diciembre de
1860 por la mañana, se encontraron ambos ejércitos en San Miguel de Calpulálpan,
Estado de México. El ejército liberal
con más de once mil hombres y con un formidable tren de guerra, se acercaba a
la capital. Para atacar estas fuerzas
Miramón sólo disponía siete mil hombres desmoralizados, con los que salió al
encuentro de González Ortega antes de que a éste se le unieran más jefes
liberales. A las ocho de la mañana se
lanzan los conservadores sobre el flanco izquierdo enemigo, donde se encontraba
la división Michoacán, que sufre grandes bajas y retrocede.
Miramón se propone
forzarla y llegar hasta la retaguardia del ejército enemigo. Pero llegan en
auxilio de González Ortega las fuerzas de Jalisco y San Luis Potosí y entonces
se impone la superioridad numérica de los liberales, quienes toman la
iniciativa y lanzan tropas de refresco al ataque, el que resisten heroicamente
las fuerzas conservadoras, mandando Miramón cargar a su caballería formada por
mil hombres. El éxito de esta carga es
contraproducente ya que una gran parte de ellos se pasa a las filas enemigas,
lo que provoca el desconcierto, la desmoralización y la derrota total del
ejército regenerador (conservador), el que emprende la fuga abandonando su
artillería, sus bagajes y sus heridos.
Esta supuesta victoria de González Ortega sobre Miramón se logró en gran
parte por los refuerzos que le llegaron a los liberales (lo que siempre temió
Miramón) y la deserción de la caballería conservadora, acontecimientos que de
no haber ocurrido el resultado muy probablemente hubiera sido diferente, ya que
hasta ese momento Miramón llevaba la delantera en el combate.
No contando ya el
presidente conservador con ningunos elementos para continuar la lucha, entrego
la capital al Ayuntamiento y salió de ella el 24 de diciembre de 1860 en la
noche. Al día siguiente comenzaron a
entrar fuerzas constitucionalistas en la ciudad, y el 1º de enero de 1861, en
medio del mayor entusiasmo, hizo su entrada solemne en la ciudad de México, todo el ejército liberal
mandado por el general González Ortega, en número de veintiocho mil hombres;
con lo que dio fin a la guerra de tres años, que se inició con el golpe de
Estado de Comonfort.







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