Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Considerando Maximiliano que es imposible romper el sitio o
lograra que se levante, sin recibir auxilios exteriores, ordena el 22 de marzo
de 1866 al general Leonardo Márquez que salga de la plaza, como lo hizo
juntamente con Santiago Vidaurri, acompañado de mil quinientos hombres de
caballería, llevando el primero amplísimos poderes, en su calidad de
Lugarteniente del Imperio, a fin de recoger en la ciudad de México, que aún se
encontraba en poder del imperio, la mayor cantidad de fuerzas, dinero y víveres,
para regresar en auxilio de Querétaro, atacando a los sitiadores.
El día 24 del mismo
mes se dio un nuevo asalto, batiéndose sitiadores y sitiados, con valor y
sangre fría en el baluarte de Casa Blanca, teniendo los sitiadores que
retirarse al ser rechazados nuevamente y dejando en el campo de batalla más de
dos mil bajas entre muertos y heridos, y cuatrocientos prisioneros. Días después, el 1º de abril, atacó una de
las posiciones de los republicanos en la parroquia de San Sebastián, en la que
audazmente rebasó las líneas republicanas, y aun se apoderó de abundantes provisiones y de dos
cañones; pero atacado por fuerzas superiores, tuvo que retirarse.
Se continuó combatiendo
diariamente, siendo quizá la más importante de las acciones de guerra, la del
cerro de El Cimatario, el 27 del mismo mes, en que el general Miramón derrotó a
los republicanos del ejército del general Ramón Corona, haciéndoles gran
cantidad de muertos y heridos, y quitándoles 22 cañones, numerosos fusiles y
más de quinientos prisioneros.
Márquez llega a
México el 27 de abril; pero desentendiéndose de las instrucciones recibidas del
emperador, marchó sobre Puebla el día 30, con tres mil quinientos hombres, para
ayudar a la defensa de esa ciudad, atacada por el republicano general Porfirio
Díaz quien finalmente tomó la plaza poblana por asalto el 2 de abril de 1866. El general Díaz, después de tomar la ciudad
de Puebla, recibe noticias de que Leonardo Márquez viene en camino con más de
tres mil quinientos hombres, y sin darle tiempo de nada, dale a recibirlo
enfrentándolo en la hacienda de San Lorenzo donde lo derrota completamente,
perdiendo Márquez más de la mitad de las fuerzas que debieron servir para
auxiliar a Querétaro. Después de esta
terrible derrota, Márquez, con poquísimos elementos, huye a la ciudad de México
con Porfirio Díaz persiguiéndolo de cerca hasta la Villa de Guadalupe donde se
detiene decidiendo finalmente poner sitio a la capital.
Maximiliano tenía la
esperanza de que el general Leonardo Márquez llegaría a romper el sitio, pero
pasaban los días y las semanas y Márquez no llegaba. La preocupación, las fatigas la mala
alimentación fueron minando la salud del emperador, y al fin cayó enfermo de
disentería. Lo acometían calenturas
intermitentes hasta de 40 grados, y llegó a un estado de postración que ya
parecía un espectro de sí mismo.
Habían llegado a
Europa las noticias de la desesperada situación en que se hallaba el emperador,
cercado en una ciudad imposible de defender y sin recibir ningún auxilio. La corte imperial de Austria hizo una
petición formal a Napoleón III para que respondiera por la seguridad personal
de Maximiliano. Molesto, el emperador de
Francia respondió que sin tener ya soldados en México, no podía hacerse
responsable de lo que le sucediera al emperador. En forma un tanto irónica se refirió al hecho
de que Maximiliano hubiese cambiado la seguridad de la capital por la de una
ciudad indefendible. Su conducta, dijo, podía
ser heroica, pero había sido imprudente.
Desde principios del
mes de mayo la agonía de Querétaro se había presentado. Faltaban víveres, agua y municiones, y el
hambre hacía estragos entre los sitiados.
Parte de la caballería está desmontada, porque los caballos han muerto
de hambre; y diariamente desertan los soldados y se van a presentar al
enemigo. En tanto las fuerzas de éste
van aumentando día con día, hasta contar con más de treinta mil hombres en
torno a Querétaro. La situación de los
sitiados ya era desesperada, en vano esperaban la llegada de Márquez con
víveres y municiones, espiando inutilmente los vigías desde las altas torres de
la iglesia; todo en vano.
Para sostener la
moral de la guarnición, que a pesar del hambre se batía valientemente, era
indispensable publicar falsos avisos sobre la llegada de los refuerzos del
general Márquez con importantes auxilios.
Por fin, cuando se supo de la mala maniobra de Márquez y su derrota a
manos del general Díaz, se decidió en consejo de guerra intentar una salida e
internarse en la Sierra Gorda, como lo propuso el general Mejía.
Los últimos momentos
de Querétaro son obscuros; los imperialistas han sostenido siempre que la plaza
fue entregada el día15 de mayo por la “supuesta” traición del coronel Miguel
López. Que disfrutaba de la confianza del emperador, y entregó el Convento de
La Cruz, que era la entrada a la ciudad sitiada; pero, según un informe
presentado por el general Mariano Escobedo, que fue el jefe que recibió la
rendición de Maximiliano, al presidente de la República, veinte años más tarde,
el 8 de julio de 1887 (para entonces el presidente ya era don Porfirio Díaz),
López obró por instrucciones secretas recibidas por el mismo emperador
Maximiliano. Según esta versión, Maximiliano,
al ver los sufrimientos de su ejército y de la población, temeroso de que los
generales que lo acompañaban no quisieran rendirse, se dispuso a entregar la
plaza, en la creencia de que se le permitiría marchar a Europa, bajo su palabra
de honor, de que nunca haría armas contra la República.
El emperador, después
de la ocupación del Convento de La Cruz por las fuerzas liberales y con ello la
rendición de las tropas imperiales, se dirigió al Cerro de las Campanas, en
unión de algunos de sus generales, comenzando luego a disparar gran número de
tiros el enemigo sobre aquella eminencia, hasta que se enarboló una bandera
blanca, y se presentó el general Ramón Corona, a quien Maximiliano se entregó
como prisionero.
El general Corona lo
llevó entonces al general Escobedo, que era el general en jefe de las fuerzas
republicanas en Querétaro, a quien el emperador rindió su espada. En la entrevista que ambos sostuvieron,
Maximiliano pidió se le permitiera trasladarse a Europa, pero el jefe de los
sitiadores le contestó que no era él a quien correspondía disponer de los
prisioneros, sino al gobierno de la República, y lo remitió preso al Convento
de La Cruz, y de allí al de Santa Teresa.
Este mismo día (15 de mayo de 1867) es aprehendido el general Miguel
Miramón, en una casa donde era atendido por el doctor Licea de una herida en
una de las piernas; el general Tomás Mejía se entregó junto con su emperador
Maximiliano de Habsburgo.
El gobierno de Juárez
dispuso que se juzgara a Maximiliano, Miramón, Mejía y demás jefes prisioneros,
conforme a la ley del 15 de enero de 1862, que prodigaba la pena de muerte a
cuantos atentaran contra la independencia nacional, debiendo aplicarse por los
consejos de guerra. El 13 de junio, con
gran aparato, en el teatro Iturbide de la ciudad de Querétaro, se inicia el
proceso en contra de Maximiliano, Miramón y Mejía.
El Presidente del
Consejo de guerra es el coronel Platón
Sánchez, los vocales, capitanes José Vicente Ramírez, Emilio Lojero, Ignacio
Jurado, Juan Rueda y Auza, José Verástegui y Lucas Villagran; Asesor,
licenciado José María Escoto; Fiscal, general y licenciado Manuel Azpiroz;
escribano, soldado Jacinto Méndez; defensores, los licenciados Mariano Riva
Palacio, Rafael Martínez de la Torre, Eulalio Ortega, Jesús María Vázquez. También fueron invitados como observadores
los ministros de Austria, Prusia, Bélgica, Italia y el cónsul de Francia. Comparecieron los acusados Miramón y Mejía,
no así Maximiliano por estar enfermo.
El día 14 de junio,
sólo un día después de una grotesca farsa judicial a la que llamaron
pomposamente consejo de guerra, a las once y media de la noche es pronunciada
la sentencia de muerte para Maximiliano, Miramón y Mejía. Los “defensores solicitaron el indulto al
Presidente Juárez pero éste lo negó concediéndoles sólo tres días de vida. Confirmada la sentencia por el jefe de la
plaza y negado el indulto por el Presidente de la República, la princesa
Salm-Salm proyectó la fuga de Maximiliano, pretendiendo sobornar a los
oficiales encargados de su custodia pero fracasó la tentativa.
Personajes como el
emperador Francisco José, hermano de Maximiliano y emperador de Austria-Hungría,
la reina Victoria de Inglaterra y el emperador de Francia Napoleón III
pidieron, por mediación del Secretario de Estado de los Estados Unidos Mr. Seward,
el indulto para Maximiliano, y lo mismo hicieron por cuenta propia el patriota
italiano Giuseppe Garibaldi y el literato francés Victor Hugo. Sin embargo Juárez negó el perdón “por
oponerse a este acto de clemencia a las más graves consideraciones de justicia
y la necesidad de asegurar la paz de la nación”
El día 19 de junio, a
las siete y cinco de la mañana, fueron fusilados el archiduque de Austria
Maximiliano de Habsburgo y los generales mexicanos Miguel Miramón y Tomas Mejía,
en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro.
Continúa en la vigésima segunda parte







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