Entradas populares

domingo, 27 de septiembre de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MÁXIMILIANO. ( Vigésima Primera Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

Considerando Maximiliano que es imposible romper el sitio o lograra que se levante, sin recibir auxilios exteriores, ordena el 22 de marzo de 1866 al general Leonardo Márquez que salga de la plaza, como lo hizo juntamente con Santiago Vidaurri, acompañado de mil quinientos hombres de caballería, llevando el primero amplísimos poderes, en su calidad de Lugarteniente del Imperio, a fin de recoger en la ciudad de México, que aún se encontraba en poder del imperio, la mayor cantidad de fuerzas, dinero y víveres, para regresar en auxilio de Querétaro, atacando a los sitiadores.

  El día 24 del mismo mes se dio un nuevo asalto, batiéndose sitiadores y sitiados, con valor y sangre fría en el baluarte de Casa Blanca, teniendo los sitiadores que retirarse al ser rechazados nuevamente y dejando en el campo de batalla más de dos mil bajas entre muertos y heridos, y cuatrocientos prisioneros.  Días después, el 1º de abril, atacó una de las posiciones de los republicanos en la parroquia de San Sebastián, en la que audazmente rebasó las líneas republicanas, y aun se  apoderó de abundantes provisiones y de dos cañones; pero atacado por fuerzas superiores, tuvo que retirarse.

  Se continuó combatiendo diariamente, siendo quizá la más importante de las acciones de guerra, la del cerro de El Cimatario, el 27 del mismo mes, en que el general Miramón derrotó a los republicanos del ejército del general Ramón Corona, haciéndoles gran cantidad de muertos y heridos, y quitándoles 22 cañones, numerosos fusiles y más de quinientos prisioneros. 

  Márquez llega a México el 27 de abril; pero desentendiéndose de las instrucciones recibidas del emperador, marchó sobre Puebla el día 30, con tres mil quinientos hombres, para ayudar a la defensa de esa ciudad, atacada por el republicano general Porfirio Díaz quien finalmente tomó la plaza poblana por asalto el 2 de abril de 1866.  El general Díaz, después de tomar la ciudad de Puebla, recibe noticias de que Leonardo Márquez viene en camino con más de tres mil quinientos hombres, y sin darle tiempo de nada, dale a recibirlo enfrentándolo en la hacienda de San Lorenzo donde lo derrota completamente, perdiendo Márquez más de la mitad de las fuerzas que debieron servir para auxiliar a Querétaro.  Después de esta terrible derrota, Márquez, con poquísimos elementos, huye a la ciudad de México con Porfirio Díaz persiguiéndolo de cerca hasta la Villa de Guadalupe donde se detiene decidiendo finalmente poner sitio a la capital.

  Maximiliano tenía la esperanza de que el general Leonardo Márquez llegaría a romper el sitio, pero pasaban los días y las semanas y Márquez no llegaba.  La preocupación, las fatigas la mala alimentación fueron minando la salud del emperador, y al fin cayó enfermo de disentería.  Lo acometían calenturas intermitentes hasta de 40 grados, y llegó a un estado de postración que ya parecía un espectro de sí mismo.

  Habían llegado a Europa las noticias de la desesperada situación en que se hallaba el emperador, cercado en una ciudad imposible de defender y sin recibir ningún auxilio.  La corte imperial de Austria hizo una petición formal a Napoleón III para que respondiera por la seguridad personal de Maximiliano.  Molesto, el emperador de Francia respondió que sin tener ya soldados en México, no podía hacerse responsable de lo que le sucediera al emperador.  En forma un tanto irónica se refirió al hecho de que Maximiliano hubiese cambiado la seguridad de la capital por la de una ciudad indefendible.  Su conducta, dijo, podía ser heroica, pero había sido imprudente.

  Desde principios del mes de mayo la agonía de Querétaro se había presentado.  Faltaban víveres, agua y municiones, y el hambre hacía estragos entre los sitiados.  Parte de la caballería está desmontada, porque los caballos han muerto de hambre; y diariamente desertan los soldados y se van a presentar al enemigo.  En tanto las fuerzas de éste van aumentando día con día, hasta contar con más de treinta mil hombres en torno a Querétaro.  La situación de los sitiados ya era desesperada, en vano esperaban la llegada de Márquez con víveres y municiones, espiando inutilmente los vigías desde las altas torres de la iglesia; todo en vano.

  Para sostener la moral de la guarnición, que a pesar del hambre se batía valientemente, era indispensable publicar falsos avisos sobre la llegada de los refuerzos del general Márquez con importantes auxilios.  Por fin, cuando se supo de la mala maniobra de Márquez y su derrota a manos del general Díaz, se decidió en consejo de guerra intentar una salida e internarse en la Sierra Gorda, como lo propuso el general Mejía.

  Los últimos momentos de Querétaro son obscuros; los imperialistas han sostenido siempre que la plaza fue entregada el día15 de mayo por la “supuesta” traición del coronel Miguel López. Que disfrutaba de la confianza del emperador, y entregó el Convento de La Cruz, que era la entrada a la ciudad sitiada; pero, según un informe presentado por el general Mariano Escobedo, que fue el jefe que recibió la rendición de Maximiliano, al presidente de la República, veinte años más tarde, el 8 de julio de 1887 (para entonces el presidente ya era don Porfirio Díaz), López obró por instrucciones secretas recibidas por el mismo emperador Maximiliano.  Según esta versión, Maximiliano, al ver los sufrimientos de su ejército y de la población, temeroso de que los generales que lo acompañaban no quisieran rendirse, se dispuso a entregar la plaza, en la creencia de que se le permitiría marchar a Europa, bajo su palabra de honor, de que nunca haría armas contra la República.

  El emperador, después de la ocupación del Convento de La Cruz por las fuerzas liberales y con ello la rendición de las tropas imperiales, se dirigió al Cerro de las Campanas, en unión de algunos de sus generales, comenzando luego a disparar gran número de tiros el enemigo sobre aquella eminencia, hasta que se enarboló una bandera blanca, y se presentó el general Ramón Corona, a quien Maximiliano se entregó como prisionero.

  El general Corona lo llevó entonces al general Escobedo, que era el general en jefe de las fuerzas republicanas en Querétaro, a quien el emperador rindió su espada.  En la entrevista que ambos sostuvieron, Maximiliano pidió se le permitiera trasladarse a Europa, pero el jefe de los sitiadores le contestó que no era él a quien correspondía disponer de los prisioneros, sino al gobierno de la República, y lo remitió preso al Convento de La Cruz, y de allí al de Santa Teresa.  Este mismo día (15 de mayo de 1867) es aprehendido el general Miguel Miramón, en una casa donde era atendido por el doctor Licea de una herida en una de las piernas; el general Tomás Mejía se entregó junto con su emperador Maximiliano de Habsburgo.

  El gobierno de Juárez dispuso que se juzgara a Maximiliano, Miramón, Mejía y demás jefes prisioneros, conforme a la ley del 15 de enero de 1862, que prodigaba la pena de muerte a cuantos atentaran contra la independencia nacional, debiendo aplicarse por los consejos de guerra.  El 13 de junio, con gran aparato, en el teatro Iturbide de la ciudad de Querétaro, se inicia el proceso en contra de Maximiliano, Miramón y Mejía. 

  El Presidente del Consejo de guerra  es el coronel Platón Sánchez, los vocales, capitanes José Vicente Ramírez, Emilio Lojero, Ignacio Jurado, Juan Rueda y Auza, José Verástegui y Lucas Villagran; Asesor, licenciado José María Escoto; Fiscal, general y licenciado Manuel Azpiroz; escribano, soldado Jacinto Méndez; defensores, los licenciados Mariano Riva Palacio, Rafael Martínez de la Torre, Eulalio Ortega, Jesús María Vázquez.  También fueron invitados como observadores los ministros de Austria, Prusia, Bélgica, Italia y el cónsul de Francia.  Comparecieron los acusados Miramón y Mejía, no así Maximiliano por estar enfermo.

  El día 14 de junio, sólo un día después de una grotesca farsa judicial a la que llamaron pomposamente consejo de guerra, a las once y media de la noche es pronunciada la sentencia de muerte para Maximiliano, Miramón y Mejía.  Los “defensores solicitaron el indulto al Presidente Juárez pero éste lo negó concediéndoles sólo tres días de vida.  Confirmada la sentencia por el jefe de la plaza y negado el indulto por el Presidente de la República, la princesa Salm-Salm proyectó la fuga de Maximiliano, pretendiendo sobornar a los oficiales encargados de su custodia pero fracasó la tentativa.

  Personajes como el emperador Francisco José, hermano de Maximiliano y emperador de Austria-Hungría, la reina Victoria de Inglaterra y el emperador de Francia Napoleón III pidieron, por mediación del Secretario de Estado de los Estados Unidos Mr. Seward, el indulto para Maximiliano, y lo mismo hicieron por cuenta propia el patriota italiano Giuseppe Garibaldi y el literato francés Victor Hugo.  Sin embargo Juárez negó el perdón “por oponerse a este acto de clemencia a las más graves consideraciones de justicia y la necesidad de asegurar la paz de la nación”

  El día 19 de junio, a las siete y cinco de la mañana, fueron fusilados el archiduque de Austria Maximiliano de Habsburgo y los generales mexicanos Miguel Miramón y Tomas Mejía, en el Cerro de las Campanas de la ciudad de Querétaro.

                             Continúa en la vigésima segunda parte

0 comentarios:

Publicar un comentario