Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador
AGOSTO 20
1847
El general don
Nicolás Bravo era el jefe del punto donde había, antes de la llegada de los
cuerpos de Guardia Nacional “Hidalgo” y “Victoria”, algunas fuerzas veteranas
procedentes del sur, en número de 2,000 hombres. Los cuerpos de Guardia Nacional constaban de
1,200 plazas y se trasladaron con las demás de la brigada Anaya, al mando del
general Rincón, del Peñón a Churubusco, el 18 de agosto, de donde avanzaron a
San Antonio el19.
A las siete y media
de la mañana del funesto 20 de agosto, recibió el general Bravo la orden de
retirarse, abandonando la posición y destruyendo sus fortificaciones. Dos horas después emprendió dificultosamente
la marcha, cubriendo la retirada el mismo jefe con su Estado Mayor y las
fuerzas del sur. Momentos después
apareció por el llamado Pedregal de San Ángel, una de las brigadas del jefe
gabacho Worth, cuyas avanzadas rompieron el fuego sobre la columna en marcha,
que se fue batiendo con brío y orden hasta el puente de Churubusco, donde como
hemos dicho, se encontró con la columna que se retiraba de San Ángel,
originándose entonces una gran confusión.
Santa Anna, que organizaba la defensa del puente, hizo que las tropas
que venían de San Antonio continuaran su marcha hasta las garitas de la capital,
no obstante las instancias que sus jefes hicieron por quedarse a defender el
puente y el convento de Churubusco.
En Xotepingo y las
inmediaciones de San Antonio, quedaron algunas tropas conteniendo el avance de
los invasores, y resistiendo con denuedo hasta quedar cortadas por el enemigo
en cuyo poder tuvieron que dejar algunos carros con municiones y piezas de
artillería, que iban obstruyendo la calzada y que fueron muy útiles a la
columna de Worth, pues tras ellos se parapetaron al avanzar sobre el puente de
Churubusco. El general Santa Anna ordenó
verbalmente a los generales Rincón y Anaya que defendían el convento que a toda
costa y hasta el último trance sostuvieran la posición, para cubrir la retirada
de sus tropas y las de San Antonio, las que como ya se indicó, siguieron por la
calzada de Tlalpan a México.
Sin embargo, poco
después, viendo que la división Worth se disponía embestir el puente y sus
inmediaciones con las brigadas de su división, fraccionadas en varias columnas
de ataque, hizo volver el jefe mexicano a los cuerpos ligeros del general Pérez,
para que violentamente reforzaran el puente de Churubusco en cuya cabeza había
colocado poco antes una batería de cinco cañones, apoyadas por los irlandeses
de la compañía de “San Patricio” y el batallón de Tlapa.
Mientras tanto, otras
columnas invasoras desprendidas de Coyoacán, avanzaban resueltamente sobre el
Convento de Churubusco que dominaba el camino, apenas fortificada la posición
con defensas en cuadro en torno del sólido edificio del convento, construidas
aquellas con trincheras de tierra floja revestidas de adobes, y defendido todo,
como ya dijimos, apenas por dos cuerpos de Guardia Nacional, “Independencia” y
“Bravos”. Era que el general Scott,
convencido que la columna del general Worth iba a arrollar San Antonio,
prosiguiendo su empuje por el sur de la capital, observando sus movimientos
desde lo alto de la torre de Coyoacán, lanzaba por el camino de éste hacia
Churubusco, la división de Twiggs para que atacase el convento.
Instantes después, el
general en jefe angloamericano, bien informado por sus hábiles ingenieros de la
dirección de nuestras tropas en retirada, sostenida ésta, brava, pero difícilmente,
por la épica resistencia del puente y Convento de Churubusco, ante cuyas
defensas se estrellaban el ímpetu de las diversas columnas de Worth y Twiggs,
las que reforzadas a tiempo podían pasar adelante, tarde o temprano, mandó que
otra división compuesta de cuerpos voluntarios, al mando del general Shilds,
vadease el río y fuera a cortar la retirada de las tropas mexicanas,
apoderándose de las importantes posiciones de La Troje y Portales, un poco a la
derecha y a espaldas del Convento de Churubusco.
Formada ya una idea
general del plan del enemigo para perseguir nuestras tropas y envolverlas,
prosiguiendo por otra parte su avance hacía la capital, contemplemos un
instante el magnifico espectáculo de la defensa del Puente de Churubusco,
mientras a retaguardia de este punto el convento asaltado a su vez, inmortaliza
su digna guarnición, a costa de prodigios heroicos.
El Puente de
Churubusco tíendese sólidamente sobre la profundidad escarpada del río que
corta perpendicularmente la calzada del mismo nombre. En la cabeza del puente se construyó una obra
en herradura, apoyada en los mismos relieves del terreno y circundada por un
foso con agua, teniendo en sus extremos baluartes que a última hora se
artillaron, debiendo advertirse, que ni dicho puente ni el convento formaban
parte de las líneas de defensa, siendo puntos aislados que de súbito se
improvisaron en obras defensivas para detener el avance de los invasores hacia
la capital.
La división Worth,
parapetándose tras los carros que habían abandonado nuestras mismas tropas y
destacando a su frente derecha e izquierda extensas líneas de tiradores, y ocultándose entre las espesas milpas, dan
principio un ataque sobre las trincheras del puente desde cuyas asperezas brota
el fuego graneado de los fusiles mexicanos, en tanto que desde la cabeza del
puente nuestra gruesa artillería lanzaba tremendas descargas barriendo la
calzada de Tlalpan y sus dos flancos.
Por desgracia, el
enemigo había aprovechado sagazmente los carros abandonados en la calzada, y
tras ellos contestaba el tiroteo, sufriendo menos de lo que hubiera tenido que
experimentar si se hubiera acercado sin tan gratuita ventaja. No obstante, los proyectiles mexicanos de
cañón y fusil siembran la muerte en las filas angloamericanas. Ordenase en éstas una carga decidida sobre
nuestros parapetos, y una columna avanza por el centro del camino, en tanto que
otra a su derecha va sobre la margen del río, intentando flanquear la posición;
pero los cañonazos de ella, detienen por un gran tiempo el ímpetu del
adversario; éste va a reanudar la acometida, cuando estallan ante nuestras
baterías, con formidable estruendo, dos carros de municiones que habían quedado
abandonados en la calzada, produciendo estragos terribles entre las tropas
enemigas, que sin embargo, pronto se recuperan pues el daño no fue tan terrible
como parecía, y bajo una nube de tiradores suyos que intentan quebrantar la
resistencia de los defensores del puente, y uno de los cuerpos de su derecha,
animados por los fuegos nutridos que envuelven a lo lejos el convento que
resiste desesperadamente, se echa sobre las trincheras mexicanas calando
bayoneta. Para resistir la nueva
embestida, el coronel Gayosso anima a los cuerpos ligeros, gritando vivas a
México y mandando tocar diana a las bandas, en cuyo instante cae atravesado por
una bala.
Precisamente cuando
más angustiosa era la situación de los defensores del puente, Santa Anna, a la
retaguardia, atento a las peripecias de este combate y el que aun sostenía el
convento y al que había mandado parque que se le pidió con urgencia, Santa
Anna, decíamos, se lanzó entonces a contener la amenazadora maniobra que el
enemigo intentaba, cortando nuestra retirada.
Al efecto, el general mexicano dirigió por sí mismo el 4º ligero y parte
del 11º de línea hacia la hacienda de Portales, un cuarto de legua (un
kilómetro) a retaguardia, para contener la división de los voluntarios del
gabacho Shields, trabándose un recio combate de fusilería en las inmediaciones
de aquel punto, hasta que habiéndose sabido que los defensores del puente de
Churubusco, rechazados por fin a la bayoneta después del último asalto, se
retiraba por la calzada que sigue a México, tuvieron que abandonar también
Portales, dejando cortadas a todas las tropas, con gran pánico de ellas, al que
se unió el profundo abatimiento que produjo, poco después, la caída heroica del
Convento de Churubusco
Contemplemos ahora el
sublime panorama que presenta ante tan lúgubres el edificio conventual de
Churubusco, aislado entre apacibles huertas, sementeras, bosques y arroyuelos,
defendido por un puñado de valientes no acostumbrados al fuego de las batallas,
con escaso parque y poca artillería, y
que aun así estaban rechazando el triple empuje de un invasor robusto y engreído
por triunfos anteriores y emulando obtener otros iguales a los que
simultáneamente verificábanse en el sur del Valle de México.
El amplio y fuerte
edificio del convento, a 400 metros del puente, presentaba a las columnas
invasoras su barda de mampostería aspillerada en gran parte, rodeándole
atrincheramientos ligeros, ante los que corría un foso, dominando la
improvisada fortificación una pequeña torre.
Desde el instante en que el general Rincón se hizo cargo del mando del
punto el día 18, había activado la conclusión de las fortificaciones, formando
al poniente y al sur, que estaban descubiertos, atrincheramientos de frente a
los caminos de Coyoacán y Tlalpan, sin que pudieran terminarse las obras de la
derecha ni de la azotea del convento, circunstancia que en gran parte acelero
la caída del edificio. En un principio
no había en el fuerte sino un cañón, pero en la madrugada del día 20 se recibió
una pieza de a cuatro con su correspondiente dotación, llegando después otros
seis cañones de diversos calibres que fueron colocados apuntando
respectivamente los caminos de Coyoacán y Tlalpan.
Continúa en la decima tercer parte.






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