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domingo, 11 de enero de 2026

INVASIÓN NORTEAMERICANA. CRONOLOGÍA,. ( Décima Segunda Parte).


Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Historiador

AGOSTO  20   1847

  El general don Nicolás Bravo era el jefe del punto donde había, antes de la llegada de los cuerpos de Guardia Nacional “Hidalgo” y “Victoria”, algunas fuerzas veteranas procedentes del sur, en número de 2,000 hombres.  Los cuerpos de Guardia Nacional constaban de 1,200 plazas y se trasladaron con las demás de la brigada Anaya, al mando del general Rincón, del Peñón a Churubusco, el 18 de agosto, de donde avanzaron a San Antonio el19.

  A las siete y media de la mañana del funesto 20 de agosto, recibió el general Bravo la orden de retirarse, abandonando la posición y destruyendo sus fortificaciones.  Dos horas después emprendió dificultosamente la marcha, cubriendo la retirada el mismo jefe con su Estado Mayor y las fuerzas del sur.  Momentos después apareció por el llamado Pedregal de San Ángel, una de las brigadas del jefe gabacho Worth, cuyas avanzadas rompieron el fuego sobre la columna en marcha, que se fue batiendo con brío y orden hasta el puente de Churubusco, donde como hemos dicho, se encontró con la columna que se retiraba de San Ángel, originándose entonces una gran confusión.  Santa Anna, que organizaba la defensa del puente, hizo que las tropas que venían de San Antonio continuaran su marcha hasta las garitas de la capital, no obstante las instancias que sus jefes hicieron por quedarse a defender el puente y el convento de Churubusco.

  En Xotepingo y las inmediaciones de San Antonio, quedaron algunas tropas conteniendo el avance de los invasores, y resistiendo con denuedo hasta quedar cortadas por el enemigo en cuyo poder tuvieron que dejar algunos carros con municiones y piezas de artillería, que iban obstruyendo la calzada y que fueron muy útiles a la columna de Worth, pues tras ellos se parapetaron al avanzar sobre el puente de Churubusco.  El general Santa Anna ordenó verbalmente a los generales Rincón y Anaya que defendían el convento que a toda costa y hasta el último trance sostuvieran la posición, para cubrir la retirada de sus tropas y las de San Antonio, las que como ya se indicó, siguieron por la calzada de Tlalpan a México.

  Sin embargo, poco después, viendo que la división Worth se disponía embestir el puente y sus inmediaciones con las brigadas de su división, fraccionadas en varias columnas de ataque, hizo volver el jefe mexicano a los cuerpos ligeros del general Pérez, para que violentamente reforzaran el puente de Churubusco en cuya cabeza había colocado poco antes una batería de cinco cañones, apoyadas por los irlandeses de la compañía de “San Patricio” y el batallón de Tlapa. 

  Mientras tanto, otras columnas invasoras desprendidas de Coyoacán, avanzaban resueltamente sobre el Convento de Churubusco que dominaba el camino, apenas fortificada la posición con defensas en cuadro en torno del sólido edificio del convento, construidas aquellas con trincheras de tierra floja revestidas de adobes, y defendido todo, como ya dijimos, apenas por dos cuerpos de Guardia Nacional, “Independencia” y “Bravos”.  Era que el general Scott, convencido que la columna del general Worth iba a arrollar San Antonio, prosiguiendo su empuje por el sur de la capital, observando sus movimientos desde lo alto de la torre de Coyoacán, lanzaba por el camino de éste hacia Churubusco, la división de Twiggs para que atacase el convento.

  Instantes después, el general en jefe angloamericano, bien informado por sus hábiles ingenieros de la dirección de nuestras tropas en retirada, sostenida ésta, brava, pero difícilmente, por la épica resistencia del puente y Convento de Churubusco, ante cuyas defensas se estrellaban el ímpetu de las diversas columnas de Worth y Twiggs, las que reforzadas a tiempo podían pasar adelante, tarde o temprano, mandó que otra división compuesta de cuerpos voluntarios, al mando del general Shilds, vadease el río y fuera a cortar la retirada de las tropas mexicanas, apoderándose de las importantes posiciones de La Troje y Portales, un poco a la derecha y a espaldas del Convento de Churubusco.

  Formada ya una idea general del plan del enemigo para perseguir nuestras tropas y envolverlas, prosiguiendo por otra parte su avance hacía la capital, contemplemos un instante el magnifico espectáculo de la defensa del Puente de Churubusco, mientras a retaguardia de este punto el convento asaltado a su vez, inmortaliza su digna guarnición, a costa de prodigios heroicos.

  El Puente de Churubusco tíendese sólidamente sobre la profundidad escarpada del río que corta perpendicularmente la calzada del mismo nombre.  En la cabeza del puente se construyó una obra en herradura, apoyada en los mismos relieves del terreno y circundada por un foso con agua, teniendo en sus extremos baluartes que a última hora se artillaron, debiendo advertirse, que ni dicho puente ni el convento formaban parte de las líneas de defensa, siendo puntos aislados que de súbito se improvisaron en obras defensivas para detener el avance de los invasores hacia la capital.

  La división Worth, parapetándose tras los carros que habían abandonado nuestras mismas tropas y destacando a su frente derecha e izquierda extensas líneas de tiradores, y  ocultándose entre las espesas milpas, dan principio un ataque sobre las trincheras del puente desde cuyas asperezas brota el fuego graneado de los fusiles mexicanos, en tanto que desde la cabeza del puente nuestra gruesa artillería lanzaba tremendas descargas barriendo la calzada de Tlalpan y sus dos flancos.

  Por desgracia, el enemigo había aprovechado sagazmente los carros abandonados en la calzada, y tras ellos contestaba el tiroteo, sufriendo menos de lo que hubiera tenido que experimentar si se hubiera acercado sin tan gratuita ventaja.  No obstante, los proyectiles mexicanos de cañón y fusil siembran la muerte en las filas angloamericanas.  Ordenase en éstas una carga decidida sobre nuestros parapetos, y una columna avanza por el centro del camino, en tanto que otra a su derecha va sobre la margen del río, intentando flanquear la posición; pero los cañonazos de ella, detienen por un gran tiempo el ímpetu del adversario; éste va a reanudar la acometida, cuando estallan ante nuestras baterías, con formidable estruendo, dos carros de municiones que habían quedado abandonados en la calzada, produciendo estragos terribles entre las tropas enemigas, que sin embargo, pronto se recuperan pues el daño no fue tan terrible como parecía, y bajo una nube de tiradores suyos que intentan quebrantar la resistencia de los defensores del puente, y uno de los cuerpos de su derecha, animados por los fuegos nutridos que envuelven a lo lejos el convento que resiste desesperadamente, se echa sobre las trincheras mexicanas calando bayoneta.  Para resistir la nueva embestida, el coronel Gayosso anima a los cuerpos ligeros, gritando vivas a México y mandando tocar diana a las bandas, en cuyo instante cae atravesado por una bala.

  Precisamente cuando más angustiosa era la situación de los defensores del puente, Santa Anna, a la retaguardia, atento a las peripecias de este combate y el que aun sostenía el convento y al que había mandado parque que se le pidió con urgencia, Santa Anna, decíamos, se lanzó entonces a contener la amenazadora maniobra que el enemigo intentaba, cortando nuestra retirada.  Al efecto, el general mexicano dirigió por sí mismo el 4º ligero y parte del 11º de línea hacia la hacienda de Portales, un cuarto de legua (un kilómetro) a retaguardia, para contener la división de los voluntarios del gabacho Shields, trabándose un recio combate de fusilería en las inmediaciones de aquel punto, hasta que habiéndose sabido que los defensores del puente de Churubusco, rechazados por fin a la bayoneta después del último asalto, se retiraba por la calzada que sigue a México, tuvieron que abandonar también Portales, dejando cortadas a todas las tropas, con gran pánico de ellas, al que se unió el profundo abatimiento que produjo, poco después, la caída heroica del Convento de Churubusco

  Contemplemos ahora el sublime panorama que presenta ante tan lúgubres el edificio conventual de Churubusco, aislado entre apacibles huertas, sementeras, bosques y arroyuelos, defendido por un puñado de valientes no acostumbrados al fuego de las batallas, con escaso parque  y poca artillería, y que aun así estaban rechazando el triple empuje de un invasor robusto y engreído por triunfos anteriores y emulando obtener otros iguales a los que simultáneamente verificábanse en el sur del Valle de México.

  El amplio y fuerte edificio del convento, a 400 metros del puente, presentaba a las columnas invasoras su barda de mampostería aspillerada en gran parte, rodeándole atrincheramientos ligeros, ante los que corría un foso, dominando la improvisada fortificación una pequeña torre.  Desde el instante en que el general Rincón se hizo cargo del mando del punto el día 18, había activado la conclusión de las fortificaciones, formando al poniente y al sur, que estaban descubiertos, atrincheramientos de frente a los caminos de Coyoacán y Tlalpan, sin que pudieran terminarse las obras de la derecha ni de la azotea del convento, circunstancia que en gran parte acelero la caída del edificio.  En un principio no había en el fuerte sino un cañón, pero en la madrugada del día 20 se recibió una pieza de a cuatro con su correspondiente dotación, llegando después otros seis cañones de diversos calibres que fueron colocados apuntando respectivamente los caminos de Coyoacán y Tlalpan.

                                                                           Continúa en la decima tercer parte.

 

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