Rafael Urista de Hoyos / Cronista e Investigador
AGOSTO 20 1847
Los combates de
Churubusco.
Los generales Rincón
y Anaya que tenían órdenes de resistir en el convento de Churubusco a toda
costa, distribuyeron en defensa los cuerpos “Independencia” y “Bravos” en los
puntos donde se suponía el ataque del enemigo, hacia el camino de
Coyoacán. Previamente se había mandado
hasta esta villa un destacamento de exploración a las órdenes del teniente
coronel Peñúñuri, en observación de aquel paraje; más los acontecimientos que
complementaron la derrota de Padierna hicieron que aquel cuerpo se replegara
hasta el convento, donde se esperó al americano, después de haber visto pasar
la división en retirada de Santa Anna que volvía se San Ángel, y allá, más a lo
lejos, la fuerza que abandonaba San Antonio, perseguidas estas y aquellas tropas,
por las columnas enemigas a las que debían resistir heroicamente en el puente y
el convento de Churubusco.
El general Scott
había encomendado el ataque del convento a la división de Twiggs, compuesta de
dos brigadas al mando de los generales Smith y Riler, más una batería de
campaña. La primera brigada formó en
columna para tomar el lado izquierdo y sur del convento, el que estaba también
amenazado por los fuegos de las columnas de Pillow y Worth, que en aquellos
instantes atacaban el puente. Frente al
convento se estableció la batería que rompió sus descargas contra las nuestras,
en tanto que la brigada de Riler amagaba por la derecha. A retaguardia, desde la calzada misma de
Tlalpan la batería de Duncan, que no pudo ser aprovechada contra el puente,
cooperó en el ataque, cerrando el circulo de fuego de rifle y cañón que
envolvió al convento antes de que las columnas de infantería dieran sus
definitivos asaltos.
La columna de Smith,
a la izquierda, intentó acercarse después de nutridas descargas que el fuerte
no contestó; más cuando estuvo a muy corta distancia, una salva de fusilería,
bala rasa de cañón y metralla detuvo a los asaltantes, quienes se reanimaron volviendo
al ataque; pero otros tiradores nuestros de reserva hicieron fuego volviendo a
contener a la columna invasora que respondió con el fuego de sus rifles, en
tanto que la batería americana apoyaba el ataque. Por fin, el batallón “Bravos” y las compañías
irlandesas de “San Patricio”, que ocupaban las cortinas del frente y de la
izquierda, pudieron hacer retroceder a la columna de Smith, al mismo tiempo que
por la derecha, la brigada Riler emprendía el asalto, esparciendo a su gente
con el objeto de poder cargar sobre las incompletas obras de la extrema
derecha; pero allí también esta columna fue detenida por el batallón
“Independencia” que cubría las alturas y algunas obras avanzadas. Poco tiempo después de empezado el ataque
general al convento, Santa Anna enviaba de refuerzo los piquetes de “Tlapa”,
“Chilpancingo” y “Galeana” que ocuparon la parte de la derecha, que carecía de
parapetos.
Durante una hora el
convento vomitó fuego por sus cuatro costados, conteniendo las sucesivas cargas
que el enemigo encarnizado intentó varias veces; más en torno de aquel centro de heroísmo,
fuego u muerte, se fue estrechando un circulo de hierro, estruendoso y terrible
de parte del enemigo, en tanto que allá, no muy lejos, a la izquierda y
retaguardia, tronaban los últimos disparos del puente contra las columnas de Worth
y Pillow, detenidas a su vez por la bravura de los cuerpos ligeros de la
brigada Pérez.
Más cuando allí fue imposible la defensa, y la odiosa
y criminal bandera de las estrellas ondeó sobre la posición mexicana, lo más
fresco de las victoriosas fuerzas asaltantes cargaron contra el puente y la
retaguardia del convento, volviendo contra él los mismos cañones nuestros
abandonados. Ante este terrible refuerzo
que duplicaba las tropas enemigas, lejos de menguarse la resistencia mexicana
del reducto, creció en proporción.
Nuestros valientes que tenían las manos negras y quemadas por la pólvora,
lanzaron ¡vivas! a la Patria, y, olvidando la fatiga, siguieron
sembrando la muerte sobre el enemigo agigantado. Por desgracia las municiones empezaron a escasear
y el general Rincón, que había mandado infinidad de ayudantes a Santa Anna
pidiendo parque, sólo recibió un carro, que con la precipitación con que fue
remitido, no se observó su calibre, resultando ser mayor del que se necesitaba. Que desesperación para aquellos valientes que
pedían con ansia noble, parque para seguir batiéndose, y que al tenerlo
resultaba inútil por una vergonzosa torpeza de quien pudo haber hecho aquella
resistencia de Churubusco más terrible y mortífera al adversario y aun más
gloriosa para aquellos esforzados y valientes mexicanos.
Sólo los
soldados del regimiento de “San Patricio”, bravos irlandeses que
espontáneamente defendieron nuestro estandarte, pasando a las filas mexicanas
por simpatías de ideales y religión, pudieron servirse de aquellas municiones,
continuando con mayor brío sus descargas, hasta que agotadas las nuevas
municiones el enemigo, en apretada lluvia, daba muerte y prisión a tan bizarros
tiradores. Los oficiales y jefes corrían
a todos los puestos de mayor peligro, animando a la tropa con sus gritos
vibrantes de entusiasmo, dando ejemplo de abnegación y virilidad en lo más
desesperado y recio del combate.
El general
Anaya, en un instante de cólera, al ver que dentro de poco tendrá que agotarse la
defensa por falta de parque, se lanza a caballo sobre la explanada; manda
cargar una pieza de metralla; y apuntando personalmente sobre la cabeza de una
columna que va a desprenderse sobre el parapeto, da fuego. Más por desgracia, una de las chispas de la
mecha incendia el parque próximo, poniendo fuera de combate al capitán Oleary y
cuatro o cinco artilleros que servían la pieza, sufriendo el mismo general
varias quemaduras. No por eso se desanimó, y firme y denodado, continuó dando
sus órdenes, lo mismo que el general Rincón, hablando paternalmente a los
defensores, comunicando a todos su mismo temple.
Fue así como en aquella magnifica jornada, los
episodios de heroísmo se multiplicaron, y puede decirse que fueron comunes a
todos los que se encontraban en aquel recinto, cercado por casi todo el
ejército angolamericano, sin que hubiera un solo defensor, jefe, oficial,
soldado o paisano que no hubiese tenido un rasgo de bizarría marcial. Hubo allí ciudadanos, que no habiendo jamás
usado una daga, ni disparado una escopeta de caza, y existiendo cañones que no
se usaban por falta de artilleros, se apresuraron a cargar y disparar las
piezas que pudieron, con gravísimo peligro de sus vidas. Otros, sirvieron de ayudantes de los jefes, y
hubo padres que hacían fuego en el parapeto al lado de sus hijos.
Tres horas y
media, sin un instante de mengua, duró el combate de fuego, terminando al fin
por falta de parque; y sin embargo, antes de rendirse, los jefes resolvieron,
con entusiasmo, cargar a la bayoneta.
Pero comprendiendo lo inútil y temerario de semejante tentativa,
ordenaron el abandono de las defensas exteriores, replegándose las fuerzas al
interior del convento, no sin que algunos valientes como Peñuñuri, habiendo
avanzado con el intento de seguir el combate al arma blanca: al dar los primeros pasos, a pecho
descubierto, cayó herido de muerte aquel gran mexicano.
Espantoso
silencio siguió al estruendo de la lucha, permaneciendo los nuestros a la
expectativa, tristes y sombríos por no poder seguir batallando. El enemigo comprende que ha llegado el
momento de dar el asalto decisivo y envía sus columnas a la bayoneta sobre los
parapetos en los que nota con alegre sorpresa que no se le reciba a metralla
como en las anteriores cargas. El
capitán Smith, uno de los primeros que, espada en mano, traspasa los parapetos,
viendo que no se le hace resistencia, enarbola por sí mismo la bandera blanca,
impidiendo que los suyos se entreguen a bárbara carnicería en venganza de los
estragos que en sus filas causaran los valientes defensores del convento de
Churubusco.
A las tres y
media de la tarde había terminado todo en el sombrío monasterio, habiendo
tenido nuestras fuerzas una pérdida de 139 muertos y 99 heridos, la mayor parte
artilleros, quedando en poder del enemigo tres generales, 104 oficiales y 1,155
soldados prisioneros; habiendo perdido el invasor, entre muertos y heridos, 21
oficiales y 245 soldados. Poco después
de que cayó Churubusco, la división de voluntarios de Shields que se había
dirigido sobre Portales, tomaba este punto, después de un desesperado combate,
retirándose sus escasos defensores rumbo a la garita de San Antonio Abad y los
restos que defendían el puente. Las
tropas angloamericanas perseguidoras continuaron su avance victorioso por la
calzada, hasta aproximarse a la garita, donde las contuvo el fuego de nuestros
infantes, retrocediendo la columna a incorporarse al grueso del ejército
norteamericano.
La derrota de
Padierna hizo que Santa Anna ordenara se retiraran las
tropas que había en San Ángel y en la hacienda de San Antonio, replegándose al
perímetro de la ciudad, debiendo hacerse la mayor resistencia a los invasores
en el convento y puente de Churubusco.
Batiéronse allí heroicamente los batallones de la guardia nacional
“Independencia” y “Bravos”, que habían tomado participación en el escandaloso
motín de los “Polkos” en la capital, siendo reforzados por piquetes de otros
cuerpos, lavando con su comportamiento en aquella acción de guerra, la mancha
que sobre ellos había caído pues lograron rechazar a las fuerzas enemigas,
fuertes en unos tres mil hombres, cuantas veces intentaron el asalto,
rindiéndose sólo por falta de parque, aunque sin capitular.
El convento
estuvo al mando del general Manuel Rincón, y entre los más distinguidos
defensores de aquel punto, que en total no pasaban de mil y tantos hombres, se
contaron el general don Pedro María Anaya, quien a pesar de haber recibido
serias quemaduras al incendiarse la pólvora, continuó batiéndose; el notable
escritor y diplomático, don Manuel Eduardo Gorostiza, el jefe de la artillería
Juan B. Argûelles, mayor José Hidalgo, capitanes Luis Martínez C., Eligio
Villamar, José María Revilla, Juan Aguilar López: tenientes: Mariano Álvarez,
José de la Cuesta, Luis Arizmendi, Manuel Estrada, Francisco Hernández, Mariano
Espinoza, Francisco Peñuñuri y otros más.
Todos ellos fueron hechos prisioneros, y los vencedores los trataron con
las mayores consideraciones.
Con la derrota
de Padierna y la toma de Churubusco, unidas a las escaramuzas de las haciendas
de Portales y San Antonio, ocurridas este mismo día, perdieron los mexicanos su
primera línea defensiva por el lado sur de la ciudad; pero el ejército
angloamericano sufrió pérdidas de consideración que no pudo evitar, pues sus
bajas entre muertos y heridos no fueron menos de mil trescientos hombres.
Continúa en la décima cuarta parte.







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