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domingo, 26 de julio de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Décima Segunda Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador 

La Junta Superior de gobierno debería elegir tres personas propietarias y dos suplentes que se encargaran del poder ejecutivo, los que escogerían a su vez doscientos quince entre los más distinguidos del país, por su nacimiento, ilustración o riqueza, a fin de que fueran quienes determinaran la forma de gobierno que convenía a México.  Así quedaron nombrados para encargarse del ejecutivo, el 21 de junio de 1863, los generales Juan Nepomuceno Almonte y Mariano Salas, juntamente con el arzobispo de México, Don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos; y como éste se encontraba ausente, se nombraron suplentes al obispo de Tulancingo, Don Juan B. Ormachea, y a Don Ignacio Pavón.

  Enseguida se reunió la junta de notables que bajo la presidencia del licenciado Teodosio Lares, aprobó el 10 de julio por unanimidad, las siguientes proposiciones:  “1ª La Nación Mexicana adopta por forma de gobierno la Monarquía moderada hereditaria, con un príncipe católico.  2ª- El soberano tomará el título de Emperador de México. 3ª- La corona imperial de México se ofrece a S. A. I., el príncipe Fernando Maximiliano, Archiduque de Austria, para sí y sus descendientes.  4ª- En el caso de que por circunstancias imposibles de prever, el Archiduque Fernando Maximiliano no llegare a tomar posesión del trono que se le ofrece, la Nación Mexicana se remite a la benevolencia de  S. M. Napoleón III Emperador de los franceses, para que le indique otro príncipe católico”.

  Elegida así la forma de gobierno monárquico, los miembros del poder ejecutivo comenzaron a funcionar como regentes del imperio; mandándose desde luego una comisión de mexicanos a Miramar, a que ofreciera formalmente la corona imperial de México, al archiduque Fernando Maximiliano.  Según el mariscal Bazaine, fue necesario que los franceses pagaran los pasajes de los comisionados.

  Apenas instalada la regencia, se inició una verdadera reacción clerical, a la que tuvo que poner coto el mariscal Forey, secundando las órdenes de Napoleón, a quien el primeramente citado, escribía: “concedo que se honre a la religión y a sus ministros, aunque éstos en este país no sean siempre muy honorables. . . pero es de temer que se vaya muy lejos poniéndose el gobierno a los pies del clero”.  Esto originó una verdadera pugna entre la regencia y los conservadores, con el jefe del ejército francés.

  Era el archiduque Maximiliano, hermano del emperador de Austria-Hungría Francisco José (emperador de Austria y rey de Hungría), y había sido antes gobernador de la provincia Lombardo Veneto, y jefe de la marina austriaca, a la que había hecho prosperar.  En su gobierno se había atraído cierta popularidad, por sus maneras democráticas, con gran disgusto del partido militarista austríaco, que le acusaba de tratar de constituirse soberano independiente, y de proseguir las mismas intrigas en Hungría, para presentarse como competidor de su hermano.  Estas habladurías determinaron su caída, por eso cuando estalló la guerra entre Austria y el Piamonte (colonia austriaca al norte de Italia rebelada contra el imperio), se le quitó aquel gobierno y se le mando tomar el mando de la flota del Atlántico; pero sólo de nombre ya que estaba subalternado con el jefe de la marina alemana.  Al terminar la guerra, su papel político había concluido, y tuvo que irse a vivir, en un disimulado destierro, a su castillo de Miramar, que construyera frente al mar Adriático, en las cercanías de Trieste.  Allí residía con su esposa, la archiduquesa Carlota Amalia, hija del rey Leopoldo de Bélgica. Viajando, de cuando en cuando, por diversos países del mundo.  Su posición era difícil.  Su suegro, el rey de Bélgica:  “Como Max es el segundo del imperio, tropieza con los inconvenientes de esta posición, sin contar siquiera con las reservas económicas, que pudieran hacer esa posición más tolerable”.  Por eso, cuando se le ofreció el trono de México, él y su esposa vieron una manera de mejorar su situación, y emplear sus actividades.

  Maximiliano era un espíritu de artista, imaginativo, amante de quimeras, capaz de gobernar un pacífico principado italiano como Lombardo Veneto, rodeado de artistas y escritores, pero falto de energía para enfrentar los problemas de un país como México, donde la guerra civil había hecho irreconciliables los odios de partido.  Singularmente perspicaz, de una cultura intelectual asombrosa. Brillante conversador, con delicadas aficiones estéticas, considerado como uno de los primeros escritores alemanes; desconocía, en cambio, la vida práctica, se dejaba sugestionar fácilmente, era en todo frívolo y superficial, y carecía de dotes guerreras y políticas, que eran las más necesarias en el puesto que iba a desempeñar.

  Su mujer, más inteligente, de instrucción más sólida, con una voluntad casi viril, y bastante ambiciosa, influyó decisivamente en la aceptación de la corona de México.  Ante la ausencia del amor, su incapacidad para tener descendencia y la constante evasión de Maximiliano, Carlota enfocó sus afanes en el ejercicio del poder.  El emperador buscaba cualquier ocasión para salir de gira por los Estados cercanos a la ciudad de México, bajo dominio francés o de pronto viajaba a Cuernavaca para desarrollar su pasión por la botánica.

  La emperatriz, en cambio, tenía el conocimiento, la frialdad y sobre todo la ambición para asumir con eficacia las riendas del gobierno.  Carlota convocaba al Consejo de Estado, decidía, disponía y ordenaba; llegó a tener un desencuentro con el nuncio apostólico porque ella estaba a favor de reconocer la libertad de cultos e incluso había elaborado un proyecto de constitución.  Sin embargo, entre la clase política y la sociedad capitalina era por demás sabido que el anhelo de Carlota era gobernar.  En las lides de la política la emperatriz se transformaba: se le veía plena, orgullosa, como verdadera soberana, y se entregaba sin miramientos a las tareas del gobierno imperial.

  Su matrimonio con Maximiliano le permitió ver realizado su deseo de gobernar.  Con regularidad presidía el Consejo de ministros mientras su esposo capturaba mariposas en los floridos campos de Cuernavaca.  Pero México no era el país que se había imaginado y el sueño imperial comenzó a desmoronarse irremisiblemente hasta arrastrarla a la locura.  Cuando murió, el 19 de enero de 1927, pocos mexicanos la recordaban; casi todos los que alabaron su llegada, aquellos que se entusiasmaron con su porte, se sorprendieron por sus habilidades políticas y admiraron su carácter y fortaleza para enfrentar la adversidad, Habían fallecido.  La archiduquesa falleció víctima de la influenza en su alcoba del castillo de Bouchout, cerca de Bruselas, un día 19 como en el que fue fusilado Maximiliano, a los 86 años y con un rosario enredado entre sus manos.

  La comisión mexicana encargada de ofrecer la corona de México a Maximiliano, llega al castillo de Miramar el día 3 de octubre de 1863.  Esa comisión la integraban la integraban personajes de mucho renombre dentro de la sociedad mexicana:  Don José María Gutiérrez Estrada, principal promotor del establecimiento de la monarquía; el sacerdote Francisco Javier Miranda, famoso conspirador y audaz defensor de la causa de los conservadores; Don José Hidalgo, diestro en cosas de la diplomacia y gran promotor también del establecimiento de la monarquía; Don Antonio Suárez Peredo, Conde del Valle, en cuyas manos habían depositado su representación los nobles de la antigua nobleza mexicana; Don Joaquín Velázquez de León, director del Colegio de Minería, quien representaba a los hombres de ciencia; Don Ignacio Aguilar y Morocho, periodista y literato, representante de la intelectualidad; Don Joeé de La
nda, rico hacendado; Don Antonio Escandón, representante de la banca mexicana; el general Adrián Woll, en quien había recaído la representación del ejército.

  Antes que estos conspicuos personajes, había recibido Maximiliano a otros tres señores no menos distinguidos:  el señor arzobispo don Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos y los señores Covarrubias y Munguía, obispos respectivamente de Oaxaca y Michoacán.  En Viena los tres eclesiásticos se entrevistaron con Maximiliano antes que éste hiciera aceptación formal del trono mexicano.  El príncipe los recibió con singular muestra de cortesía y aun de afecto y los invitó sentarse a su mesa.  Los tres personajes pensaron que Maximiliano sería un emperador piadoso y un protector de la fe,

  Los jerarcas se equivocaban de medio a medio.  Tanto Labastida como Munguía y Covarrubias eran no solamente personas de gran cultura e inteligencia, sino hombres versados en cosas del mundo y la política.  Sin embargo, ninguno de los tres supo apreciar que Maximiliano era liberal, más liberal aun que Juárez.  Estaba nutrido de las ideas de su tiempo que eran de libertad y de progreso, y consideraba a la Iglesia Católica como una remora que por defender sus privilegios trataba de impedir el establecimiento de instituciones propias de la modernidad.  Cuando Maximiliano gobernó, lo hizo con verdadero espíritu liberal.  En eso fue mejor que Juárez, cuyos actos de gobierno estuvieron muchas veces inspirados en un deseo de poder y de mandato personal.

                                              Continua en la décima tercera parte          

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