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domingo, 23 de agosto de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO ( Décima Sexta Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  Al general Forey lo substituyó en el mando del ejército francés y en la dirección política de los negocios, antes de la llegada de Maximiliano, el 1º de octubre de 1863, el general Francisco Aquiles Bazaine, después elevado al rango de mariscal de Francia.  En la época que vamos tratando, tenía bajo sus órdenes treinta y cinco mil hombres, de los que doce mil seiscientos eran mexicanos mandados por el general Leonardo Márquez.

  El ejército francés que ya había ocupado algunas poblaciones en el interior como Tampico el 22 de noviembre de 1862, desde antes de la llegada de Maximiliano, activa aún más la campaña, y va extendiéndose por todo el país.  Bazaine lanza al general  L”Herriller por el centro del país y los franceses, mandados por el coronel Douay, se apodera de Zacatecas, el 6 de febrero de 1864, y de Durango el 4 de Julio, viéndose obligado Juárez a retirarse de San Luis a Saltillo, en donde establece su gobierno el 9 de enero de 1864. 

  Otra columna francesa, al mando del general Castany, va sobre Saltillo y Monterrey, que caen en su poder el 20 y 26 de agosto, respectivamente.  Antes, el coronel francés Martin derrota al general González Ortega en el cerro de Mojona, cerca de San Miguel del Mezquital, derrota que casi acaba con el ejército federal, por haberse desbandado, teniendo Juárez que marchar a Chihuahua.  El general conservador Tomás Mejía, toma Matamoros el 21 de septiembre, batiendo antes al liberal Manuel Doblado con la ayuda del coronel francés Aymard; y el coronel Douay se adelanta sobre Colima, de la que se posesiona el 5 de noviembre, cayendo también en poder de los franceses Mazatlán, el 7 de enero del siguiente año 1865, y Guaymas poco después.

  A consecuencia de estas victorias Napoleón envió a Bazaine el bastón de mariscal de Francia, y la lucha continuó en todo el país, favorablemente en la mayoría de los casos a los imperialistas, siendo raras las veces en que los liberales logran vencer, , como ocurre en San Pedro, Sinaloa, donde el general Antonio Rosales derrota el 29 de diciembre de 1864 a los imperialistas mandados por el comandante Garielle.

  El general Porfirio Díaz había logrado detener en su marcha sobre Oaxaca, al general Brincourt, reuniendo un ejército de cinco mil hombres, y fortificando la ciudad antes citada, hasta obligar a Bazaine a ponerse personalmente al frente de un ejército de siete mil hombres, y  abrir un camino de cuarenta kilómetros a través de las montañas, para transportar material de sitio, con grandes fatigas y gastos, y a sitiar en toda regla a Oaxaca, la que al fin se rindió el 9 de febrero de 1865, quedando prisionero el mismo general Díaz, que logró fugarse en Puebla para seguir combatiendo contra el imperio.

  La rápida ocupación del país por los invasores, había hecho cundir el desaliento en algunos militares republicanos faltos de convicciones políticas firmes, que defeccionaron, reconociendo al imperio.  Entre ellos se encuentran:  los generales López Uraga, Santiago Vidaurri, Tomás O”Horan y otros menos connotados.  El primero se pasó al enemigo con seis mil hombres; el segundo que era gobernador de Nuevo León, expidió de acuerdo con Bazaine, un decreto para que, por plebiscito, se decidiera si el Estado debía o no continuar la guerra contra los invasores; y como Juárez declarase ilegal el procedimiento, trató Vidaurri de aprehenderlo a su paso por Monterrey, y de allí a poco reconoció al imperio.

  Ya se avizoraba el triunfo norteño en la guerra civil angloamericana, pero Juárez y su gabinete no creían que los yanquis se apresuraran a aplicar la “Doctrina Monroe”, por lo cual hoy se autoriza al señor don Matías Romero, representante del gobierno juarista ante los Estados Unidos, para que gestionase la venida a México de un ejército angloamericano mandado por un general de la misma nacionalidad y compuesto de veinte a cincuenta mil hombres.  Este ejército recibiría el eufemístico nombre de “auxiliar” y podía ser formado tanto por particulares como por el gobierno de los Estados Unidos, el cual debe garantizar formalmente que sus soldados no atentarán contra la integridad territorial de México o contra su independencia, pero en caso de que esto se dificulte, bastará con una garantía moral ( que en términos prácticos, tendría el mismo valor que la formal, ósea ninguna).

  El ejército auxiliar (siguen las condiciones que México impondría a los Estados Unidos en caso de su aceptación) deberá traer armas y municiones propias, así como dinero para el pago de haberes durante seis meses.  Los gastos se reembolsarán con el producto “los bienes confiscados a los traidores” o con terrenos u otros recursos del gobierno una vez obtenido el triunfo (tácitamente Juárez ofrece a los angloamericanos terrenos del territorio nacional).  Por otra parte, en Texas quedaban dos generales surianos apellidados Smith y Magruder que ofrecieron a Maximiliano trasladarse a México con los cuarenta o cincuenta mil hombres que continuaban bajo sus órdenes, los que se comprometían a restablecer el orden en el país a cambio de que les proporcionaran asilo y tierras para colonización.

  Desde luego que Maximiliano desechó tan peregrina idea ya que eso desataría, probablemente, una guerra entre Francia y los Estados Unidos;  finalmente esos generales fueron derrotados en Galveston por las fuerzas yanquis del norte.  En cuanto a las maniobras de Matías Romero y su fantaseosa solicitud, el Secretario de Estado de Washington, Mr. William H. Seward, lo mandó llamar para sermonearlo de la siguiente manera: “Convénzase usted, señor Romero, si el ejército de los Estados Unidos marcha a México, jamás se regresaría.  Cada millón de pesos que le preste el gobierno estadounidense les costará después el territorio de un Estado, y cada rifle que les demos tendrán que pagarlo con una hectárea de concesiones mineras.  Infórmele al señor Juárez que a México no puede convenirle el auxilio material de los Estados Unidos; confórmense con la ayuda moral.  Ustedes podrán arrojar a los franceses de su país, pero con nosotros jamás podrán, y siempre sería más honroso para los mexicanos que se salven por sus propios esfuerzos, pues así tendrán más probabilidades de estabilidad en el orden de  cosas que se llegue a establecer”.  Tremenda catilinaria para Juárez y su decantado patriotismo, por este extraordinario político estadounidense que siempre demostró grandes simpatías por México y los mexicanos.

  Lo que debió sobre todo llamar la atención de un jefe observador, fue que Juárez no había sido expulsado por la población de la capital.  El jefe del Estado, cedía su puesto por la fuerza, sin compromiso alguno.  En su retirada llevaba consigo el poder republicano sin dejarlo caer de sus manos.  Estaba agobiado; pero no abdicaba, pues tenía la tenacidad del derecho.  Durante cinco años, el secreto de la fuerza de inercia, o de la resistencia y resiliencia del viejo indio, fue retirarse de pueblo en pueblo, sin encontrar jamás en su camino ni un asesino ni un traidor.

  El día 14 de abril de 1865 muere asesinado el presidente de los Estados Unidos Abraham Lincolne en el teatro Ford de Washington, donde asistía a presenciar la obra “un primo norteamericano”.  El señor Lincoln fue reelecto presidente apenas el 4 de marzo pasado después del término de la guerra civil norteamericana.  Asistía al teatro con su esposa, la señora Mary Todd, acompañados por el comandante Rathbone  y de la señora Clara H. Harris.  Cuando llegaron ya había comenzado la representación de la puesta en escena (en México, en el colmo de la estulticia, la obra se hubiera retardado hasta la llegada del político influyente, sin importar la audiencia que con boleto pagado esperaba la función a la hora fijada).

  El palco del presidente quedaba próximo al escenario.  Un fracasado actor teatral y algo demente llamado John Wilkes Booth, penetro por el pasillo que daba al palco presidencial, abrió sigilosamente la puerta sin ser advertido y disparó certeramente sobre la cabeza de Lincoln.  El comandante Rathbone trató de capturarlo, pero Booth se deshizo de él a cuchilladas y salto hacia el escenario rompiéndose en la caída la tibia de la pierna izquierda, y escapó por una puerta trasera del teatro.  Días después fue muerto al tratar de capturarlo en una finca campestre donde se había refugiado.  Los funerales de Lincoln fueron los más solemnes que nunca se vieron.  El cadáver fue conducido procesionalmente a Springfield, y después de varios cambios fue depositado en el monumento que se le consagró en Washington.  Abraham Lincoln fue uno de los pocos políticos norteamericanos que se opusieron tenazmente a la injusta guerra contra México, incluso, esa oposición le hizo perder las elecciones senatoriales de 1849.

  Napoleón III, al planear la aventura mexicana, que según él debía dar el predominio de la raza latina en América, había tenido en cuenta que los Estados Unidos se debatían en la guerra de secesión de los Estados del sur, que tenía por origen la libertad de los esclavos; y suponía, que, abstraídos nuestros vecinos en aquella colosal lucha, que requería toda su atención y todos sus recursos, no estorbarían la política invasora de Francia en México, pero, una vez terminada la guerra, las cosas tenían que cambiar y cambiaron en efecto.  El ministro estadounidense en París, presenta el 4 de agosto una nota al gobierno imperial de Napoleón III, reclamando la concesión otorgada por Maximiliano al doctor Gwin, ciudadano de los Estados Unidos, para colonizar en las márgenes del Río Bravo; porque, habiendo sido dicho doctor uno de los principales separatistas, se temía organizara aquella colonia fronteriza para renovar la guerra.

                                      Continúa en la décima séptima parte.

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