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domingo, 2 de agosto de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Décima tercera parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

  El 27 de septiembre de 1863 llegaron a París los once mexicanos que iban a ofrecer la corona de México al príncipe Maximiliano.  Una duda les asaltaba tan pronto se encontraron en la capital de Francia: ¿debían emprender el viaje a Miramar o debían hacer antes una visita a Napoleón III?  Discutieron la cuestión y acabaron por decidir lo que dictaba el buen sentido: irían directamente a entrevistarse con Maximiliano. Una visita al emperador de los franceses, juzgaron, sería interpretada por todos como señal de la dependencia de los mexicanos---y del mismo futuro emperador de México---a los designios de Napoleón.  No podían cometer ese error de diplomacia.

  Así pues, emprendieron el viaje hacia Trieste, la ciudad donde se ubicaba el castillo de Maximiliano, a donde llegaron el día 1º de octubre.  Don José María Gutiérrez Estrada se apersonó de inmediato en Miramar, distante unos cuatro kilómetros de aquella ciudad, y pidió una audiencia con el príncipe.  Se le fijó para dos días después.  El riguroso protocolo así lo ordenaba: no podía Maximiliano hacer esperar mucho a los viajeros, pero tampoco debía muestras de ansiedad recibiéndolos al día siguiente.

  El día 3 se presentaron los comisionados.  Todos vestían con gran elegancia, y llegaron al castillo de Miramar en carrozas de mucho lujo que les fueron suministradas por un representante de la corte.  Cuando llegaron los carruajes a la puerta del castillo, los mexicanos se sorprendieron gratamente al ver que los aguardaba una valla de alabarderos ataviados con uniforme de gala y que lucían pelucas y tricornios.  Un ceremonioso chambelán los hizo pasar a una sala bellamente amueblada y ahí esperaron.

  A las doce en punto una pareja de guardias abrió la puerta del gran salón de recepciones.  Al fondo, de pie rente a un sillón que tenía apariencia de trono, estaba Maximiliano.  Cuando entraron los visitantes, vieron con el rabillo del ojo que en una de las paredes lucían los retratos al óleo de Maximiliano y Carlota y que en otra colgaban dos óleos de excelente factura que mostraban las efigies de Napoleón III y de su esposa, Eugenia de Montijo.  Al ver los retratos de los franceses el padre Miranda, perspicaz y suspicaz, no pudo contener un gesto que más que de extrañeza fue de disgusto:  ellos habían tratado de disimular la vinculación del emperador Napoleón con el proyecto monárquico de México; Maximiliano, por el contrario, parecía querer destacar es injerencia.

  El y Carlota los esperaban en el salón de audiencias.  Maximiliano llevaba su uniforme de vicealmirante austriaco con las insignias del Toisón de Oro y la gran Cruz de San Esteban.  Tenía 31 años.  Por su parte, Carlota, vestía un modelo carmesí adornado con encajes y atravesaba su pecho la cinta negra de la Orden de Malta.  Sobre la cabeza llevaba una corona archiducal.  Un collar de diamantes daba el toque final a su encanto, ---¡Es bellísima! ---murmuraban los que estaban presentes. Admirados.  Don José María Gutiérrez Estrada se dispuso a dar lectura al discurso, escrito en francés y español, en el cual se ofrecería a Maximiliano la corona del Imperio mexicano.  “La nación mexicana, restituida apenas a su libertad por la benéfica influencia de un monarca poderoso y magnánimo--- se refería a Napoleón III--- nos envía a presentarnos a vuestra Alteza Imperial”.

  Comenzaba el señor Gutiérrez Estrada diciendo una mentira que Maximiliano conocía ya:  no era la nación mexicana la que enviaba a aquella comisión, sino apenas un grupo de doscientos notables, casi todos de la capital, a quienes ni siquiera se les hubiera ocurrido hacer una consulta entre la población para obtener su punto de vista sobre la conveniencia de restablecer la monarquía y ofrecer el trono a un príncipe europeo.  Es cierto: la mayoría de los mexicanos ansiaban tener paz, y muchos pensaron que un imperio fortalecido por las armas europeas les daría la ansiada tranquilidad.  Pero nunca se manifestó esa opinión en una forma que pudiera ser interpretada como el consenso nacional.

  “No hablaremos, señor ---siguió el señor Gutiérrez--- de nuestros infortunios, aun conocido de todos que el nombre de México es actualmente sinónimo de desolación y ruina.  Cerca de medio siglo ha pasado nuestra patria en esa triste existencia, toda de Señores ---empezó a hablar con firme y clara voz---. Estoy vivamente agradecido al voto emitido por la asamblea de notables de México, y que vosotros me habéis comunicado.  Halaga a nuestra casa que las miradas de los mexicanos se hallan vuelto a la familis de Carlos V tan pronto se pronuncio la palabra “monarquía”.  Sin embargo no dejo de reconocer, en perfecto acuerdo con Su Majestad, el emperador de los franceses, cuya gloriosa iniciativa ha hecho posible la regeneración de vuestra hermosa patria, que esa monarquía no podrá ser restablecida a menos que la nación toda, expresando libremente su voluntad, ratifique el voto de la capital.  De los votos de la totalidad del país hago depender, pues, la aceptación del trono que se me ha ofrecido”.

  Los enviados mexicanos se quedaron estupefactos al escuchar tales palabras.  Ellos habían dado por descontado que Maximiliano aceptaría sin más ni más el trono que le estaban ofreciendo.

  “Si la Providencia ---siguió diciendo Maximiliano--- me llamara a la alta misión civilizadora ligada a esa corona, os declaro desde ahora mi firme resolución de seguir el sano ejemplo de mi hermano, abriendo al país la vía del progreso por medio de un régimen constitucional basado en el orden y en la moral.  Tened a bien, señores ---concluyó Maximiliano---, comunicar a vuestros conciudadanos las determinaciones que acabo de anunciaros con toda franqueza, y llevad a cabo las medidas necesarias para consultar a la nación respecto del gobierno que se le piensa dar”.

No daban crédito a sus oídos los comisionados. ¡Maximiliano les había salido más liberal que el mismo Juárez!  Aceptaba la corona, sí, pero sobre la base de un plebiscito general, una especie de elección que más tenía que ver con la República que con la monarquía.  Anunciaba la creación de un régimen constitucional, en vez del absoluto que los conservadores juzgaban necesarios; no olvidar que este asunto de la monarquía en México partía del partido conservador, que quería recuperar el poder después de haberlo perdido por medio de las armas.  ¿Así que Maximiliano era constitucionalista, igual que Juárez?  Peor todavía: en su discurso el Archiduque no habló de religión, sino de moral.  Y lo más malo: uso la palabra “progreso”, que para los conservadores, sobre todo para los eclesiásticos, sonaba a herejía peligrosa.  ¿No había condenado el Papa Pio IX toda forma de progresismo?

  Maximiliano no advirtió el mal efecto que sus palabras causaron en sus visitantes.  Cuando acabó de hablar, pidió a don José María Gutiérrez Estrada que le presentara uno a uno a los miembros de la comisión.  Luego Maximiliano les aunció la presencia de su esposa.  Carlota Amalia entró radiante de hermosura, elegantemente ataviada como para una recepción.  Llevaba como dama de compañía a otra preciosidad, la princesa de Auresberg.  Hablando un correctísimo español, Carlota saludo a los mexicanos.

  Llenos de admiración quedaron los mexicanos que no conocían a Carlota cuando la vieron por primera vez.  La princesa era alta, muy alta.  De hecho aventajaba con su estatura a la mayoría de los allí presentes.  Su cabeza era pequeña, su talle era esbelto y fino; su cara, redonda y de tez muy blanca, mostraba mejillas de un suave color rosado que no era resultado de los afeites, sino obra de la naturaleza.  Sus negros cabellos hacían juego con sus ojos, profundamente negros y en los que se advertían en ocasiones una vaga melancolía, algunos decían que por falta de hijos.  Era una mujer muy ilustrada e inteligente. Hablaba con absoluta perfección siete idiomas, entre ellos el latín, lengua en la que podía sostener una conversación sobre arduos temas de teología.  Sabía de ciencias y artes; conocía al dedillo los intríngulis de la política europea; y estaba al tanto de las ideas sociales más avanzadas de su tiempo.

  Uno a uno salieron del gran salón de recepciones los comisionados que fueron a Miramar a ofrecer a Maximiliano el trono del hipotético Imperio mexicano. Iban consternados pues tenían la absoluta seguridad de que el Archiduque aceptarían sin vacilar su ofrecimiento, y he aquí que ante su sorpresa les respondió el austriaco que sólo iría a gobernar a México si la nación entera lo llamaba por medio de un plebiscito en que la totalidad de la nación manifestara claramente su voluntad.

  Todos aquellos hombres, los que formaron la comisión encargada de llamar a Maximiliano, eran conservadores.  Compartían las más firmes convicciones monárquicas.  Creían que los reyes llegaban al trono por voluntad de Dios, y he aquí que Maximiliano no quería llegar al trono como elegido por la providencia, sino como  democracia.  El problema de los buenos es que los malos toman su bondad por tontería.  Maximiliano quiso venir a México llamado no por unas decenas de hombres ricos de la capital, sino por toda la nación.  Lo comisionados mexicanos consideraron que ese deseo era manifestación de una supina necedad.

  Los comisionados se asustaron al conocer la voluntad del príncipe, las cosas estaban demasiado adelantadas; no era posible ya pensar en otro candidato menos escrupuloso.  Y lo que hicieron entonces fue mentir.  Inventaron un plebiscito: consulta popular donde el pueblo tiene que decidir sobre una sola cuestión, o sea un “si” o un “no”.  Juntaron supuestas firmas provenientes aparentemente de todos los Estados mediante medidas coercitivas avaladas por el gobierno pelele de los invasores, y mostraron a Maximiliano una apariencia de consenso nacional.  Así engañado, vino el Archiduque a ocupar el trono mexicano.

  Los engañadores salieron engañados. En su breve gobierno Maximiliano actuó como un consumado liberal.  Entre otras cosas, se negó a devolver a la iglesia los privilegios y propiedades que había perdido por efecto de las Leyes de Reforma.  No es exageración decir que Maximiliano fue un liberal más ilustrado y sincero que don Benito Juárez.

                                                Continua en la décima cuarta parte.

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