Rafael Urista de Hoyos / Historiador
Maximiliano recibió la proposición con apasionado interés, viendo un medio de servir a su país. Recordó que Hernando Cortés, conquistador del imperio azteca, había regalado ese país rico poderoso, a Carlos V, el rey de España, un antepasado suyo. Trasladarse a México era una empresa no tan fácil como en principio parecía, un país que atravesaba por un período lleno de problemas y controversias. Jamás imaginó Maximiliano la tragedia que le esperaba en ese país. A Maximiliano le estaban ofreciendo la oportunidad de liberar y regir un país tres veces más extenso que Francia y potencialmente más rico que Austria. Carlota, su mujer, le ilusionaba grandemente esa aventura.
Tras estudiar libros
y hacer consultas personales para ponerse al corriente de la situación en
México, y pensando en las condiciones que puso para su aceptación: un concreto
apoyo militar por parte de la Francia de Napoleón III y que los propios
mexicanos les expresasen su deseo de hacerlo soberano de México. Por su parte, Napoleón, al enterarse de esas
condiciones, dio ordenes a las columnas francesas ubicadas en México ---para
entonces Francia ya tenía sobre las armas casi sesenta mil hombres que
dominaban en México---, para que recorriesen el país, recogiendo firmas
promonárquicas. Los soldados fueron a
las principales ciudades y pasaron por las armas a todo aquel que se opuso a
sus designios, pero consiguieron las miles de firmas que se les había
encomendado.
Por otro lado, el
emperador austrohúngaro ---emperador de Austria y rey de Hungría--- Francisco
José, pensaba en la dinastía ante todo, y comenzó a pensar sobre la posición de
Maximiliano, su hermano, ante Austria. En
caso de que el muriese, su hermano bien podría ser regente de Austria, durante
la minoría de edad de su hijo el príncipe Rodolfo. Y si fracasaba la empresa del imperio de
México podría regresar a Austria y situarse en línea directa de sucesión al
trono. O si para entonces tendría hijos,
podrían llegar de México algún día a reclamar sus derechos sobre Austria.
Pensando en esa
hipotética situación, Francisco José le escribió una carta aclaratoria y un
documento para que su hermano Maximiliano o firmase, diciéndole, que si él se
disponía a aceptar el trono de México y fundar allí un imperio con la ayuda de
Dios, el daría su consentimiento, pero tenía que renunciar al trono de Austria,
por sí o por sus herederos. Las
renuncias serían irrevocables.
Con mucho dolor,
Maximiliano advirtió deslealtad y rencor en las palabras de su hermano, y le
envió una carta contestándole a la suya ---Maximiliano se encontraba en el
castillo de Miramar al norte de Italia, y su hermano en Viena la capital de
Austria--- en los siguientes términos:
“Con la anuencia de Vuestra Majestad, empeñé mi palabra de honor ---para
entonces Maximiliano ya había aceptado el trono de México---, que es respetada
en toda Europa, a una población de ocho millones de personas que me llamaban
con la esperanza de un futuro mejor y de poner fin a una guerra civil
prolongada y asoladora. Lo hice así,
completamente inadvertido de las condiciones que ahora me imponéis y de las que
en verdad yo no podía tener conocimiento”.
El emperador le
respondió que, en caso de que el proyecto de México se frustrase, él
Archiduque, a su esposa y a sus futuros hijos una posición adecuada al rango
que tenían. Pero Maximiliano y Carlota
necesitaban contar con algo concreto y por escrito. Fueron a Viena para que no se les
desamparase. Ambos hermanos tuviero una
acalorada discusión, de la que Maximiliano no obtuvo nada. Entonces Carlota hostigó y acorraló a
Francisco Jose durante tres horas en su despacho con la esperanza de
ablandarlo, pero todo lo que consiguió del emperador fue esta vaga promesa: “se
le fijará cierta cantidad de dinero como concesión al Archiduque, si éste
regresa de México. Eso es todo”. Finalmente Carlota recurrió a su suegra,
la Archiduquesa Sofia, pero sólo recibió de su primogénito una lacónica
contestación: “No se trata de sentimentalismos, sino cosas de Estado”.
El mismo día en que
Maximiliano acepta la corona, firma también el tratado que, desde el 5 de marzo
de 1864, negociara en Las Tullerias con el emperador de los franceses. En virtud de él, se obligaba a éste a
mantener en México, un ejército de ocupación de no menos de veinticinco mil
hombres, que quedaría a las órdenes de Maximiliano durante seis años, y se iría
reduciendo anualmente, en cuanto se fueran organizando tropas mexicanas para
substituirlo. El mando de éstas, cuando
operaran conjuntamente con las francesas, se daría siempre a un jefe francés. De los gastos de la guerra erogados hasta el
1º de julio de 1864, México pagaría a Francia 270 millones de francos más 76
millones en títulos del empréstito mexicano que se iba a contratar, con un
interés anual del 3%; y, desde la fecha susodicha en adelante, pagaría 1000
francos anuales por cada soldado francés, y 400 mil francos por cada viaje de
transporte, de los que se harían dos mensuales.
Maximiliano reconocía
además, los créditos franceses, inclusive el del agiotista suizo Jecker
(recuérdese que cuando Miguel Miramón concertó un préstamo con Jecker por un
millón de pesos, estos ya se habían convertido en quince millones). Aparte de esas estipulaciones públicas, había
varias cláusulas secretas en el tratado, por una de las cuales el Archiduque se
comprometía a seguir una política liberal en su gobierno y por otra Maximiliano
aceptó que de los 38,000 soldados del ejército francés existentes ya de fijo en
México se redujeran a 28,000 en 1865, a 25,000 en 1866 y 20,000 en 1867; a
partir de entonces sólo quedarían en México 8,000 elementos de la legión
extranjera y no soldados de línea del ejército francés. Finalmente se obligó a respetar la venta de
los bienes del clero llevada a cabo bajo las leyes de Reforma, pues una buena
parte de compradores habían sido ciudadanos franceses y seguramente vendrían
más.
Como se comprenderá
por lo anterior, este tratado debía ocasionar el fracaso financiero y político
del nuevo imperio; ya que ni México
estaba en condiciones de pagar sumas tan considerables, aun teniendo en cuenta
que el franco francés estaba a 5.50 por un peso mexicano, y por lo tanto debía
muy pronto de declararse insolvente, pues se reconocían créditos por 173
millones de pesos, casi el doble de la deuda externa ya existente; ni los conservadores que eran los únicos que
estaban conformes con la fundación de la monarquía, se habían de avenir a que
esta siguiera una política liberal.
Los nuevos
emperadores tuvieron que posponer la fecha de su partida a México. Maximiliano no quería que le hablasen de México, ya que de sólo
pensar que tendría que abandonar no sólo su patria sino también todas las cosas
con las que había vivido hasta entonces y la sola sensación que le acosaba
constantemente de que ya jamás volvería de esta su gran aventura, lo deprimía
pues se pasaba las hras y los días paseando y sollozando por los salones y
parques de su amado castillo de Miramar;
no permitía visitas y sólo recibía a su médico.
Sin embargo, el viaje
no se podía aplazar más y el 14 de abril de 1864 La pareja imperial, acompañada
de un séquito numeroso y llevando ocho millones de francos (un millón y medio
de pesos mexicanos), se embarcan en Trieste, en la fragata de guerra austriaca
“La Novara” rumbo a México. A última
hora llegó un telegrama de la Archiduquesa Sofía, su madre, dándole su
bendición. Las lagrimas brotaban
incontenibles de los ojos del emperador y dijo:
“A partir de este momento, todo pertenece al pasado, Miramar, Trieste, la isla de Lacroma
---una posesión suya donde pasaba gran parte de sus vacaciones---, Viena y
Europa”.
La pareja alzó sus
brazos y agitaron sus manos en gesto de despedida. La primera escala fue en Italia en el puerto
de Civita Vecchia, donde tomaron el camino que llevaba a Roma para ver a Su
Santidad el Papa Pio IX, quien los había invitado al Vaticano. El Pontífice les dispensó las atenciones
reservadas a los reyes y les dio de propia mano la comunión. También tuvieron conversaciones en privado,
sin que se llegase a abordar el asunto de los bienes eclesiásticos: el Papa
tenía la seguridad de que el joven monarca se los devolvería, y este creyó que
el sumo pontífice era incapaz esperar de él tal indignidad.
En su primera
conversación el Emperador pidió que Roma enviara un buen nuncio con principios
razonables. El Papa frunció el ceño al escuchar aquello ya que Maximiliano quería
insinuar que el nuncio tendría que hacer concesiones; no obstante, y siguiendo
la conversación, el Papa, un poco tenso, dijo que si bien los derechos de los
pueblos son respetables, los de la Iglesia son sagrados, y por lo tanto más
merecedores de protección. Maximiliano
respondió que él era un buen cristiano, pero también el soberano de una nación
cuyos derechos se había comprometido a defender. Respuesta más clara y más
valiente no la habría dado ni don Benito Juárez. Desde ese momento Maximiliano perdió el apoyo
de esa Iglesia que supuestamente iba a proteger en su nueva patria.
El diálogo entre el
Papa Pio IX (Giovanni María Mastai
Ferretti) y Maximiliano fue breve, y duro también, pese a la obligada suavidad
del trato entre los dos. Cuando el joven
Príncipe salió del despacho del Pontífice se había establecido entre ambos una
marcada hostilidad. El Papa no perdonó
jamás a Maximiliano la claridad con que le habló y la defensa que hizo de los
derechos de su Estado ---y del pueblo que iba a gobernar--- frente a los
privilegios que la Iglesia quería mantener.
El Papa Pio IX pidió
y hasta exigió a Maximiliano que cuidara los intereses de la Iglesia, no los de
la nación en su conjunto. Maximiliano
rechazó la idea: al jurar ser emperador de México se comprometió a preservar la
integridad de su patria adoptiva. Sintió
desde luego que el empecinamiento del clero mexicano, apoyado por Roma, en
recuperar sus fueros, sus privilegios y sus propiedades, hacía nulo todo
intento de reconciliación nacional.
Puesto a elegir en quedar bien con el Papa y defender su nueva patria,
Maximiliano optó por lo segundo. Se
enajenó desde entonces la simpatía del Pontífice. En los trágicos días finales de su reinado
buscará en vano el apoyo del Papa.
Rencoroso, Pio IX se lo negará.
La pareja continuó
el viaje con escalas en Gilbraltar y Martinica.
Los nuevos, mientras tanto, se dieron a la tarea preparatoria de la
administración del imperio mexicano.
Maximiliano se dedicó a organizar y escribir el protocolo imperial que
habría de establecer en la corte mexicana, también se dedicaba a practicar el
idioma español ya que lo hablaba con muchas incorrecciones de las que se reía
la emperatriz Carlota, ya que ella lo hablaba perfectamente.
Por fin, el28 de mayo
desembarca la pareja imperial en el puerto de Veracruz, y es recibida con tal
frialdad por la población, en que predomina el elemento liberal, que la
emperatriz no pudo contener las lágrimas.
Al llegar a las aguas de Veracruz, el barco disparó sus cañones para
anunciar la llegada del emperador de México.
Pero no vieron la menor señal de actividad ni en el puerto ni en la
ciudad, no había adorno alguno de bienvenida.
Eran las dos de la tarde y los emperadores y su séquito esperaban que
llegase alguien a darles bienvenida según las instrucciones de París en las que
se ordenaba una recepción oficial y hasta un banquete. Pero no fue hasta dos horas más tarde que
apareció el contralmirante de la armada francesa.
___Han llegado
demasiado pronto --- les dijo no sin cierta arrogancia. Maximiliano hizo preguntas y recibió
defraudantes respuestas. El comité encargado
de recibirlos estaba en Orizaba y el presidente de la Regencia mexicana, el
general Juan Nepomuceno Almonte, había olvidado la fecha exacta de la llegada
del emperador; mexicano tenía que ser.
Por su parte el coronel Bazaine dijo que no se encontraba preparado para
escoltarlos a la ciudad de México. Se
necesitaba un numeroso destacamento de tropas francesas o los emperadores
corrían el peligro de que los asaltasen.
Maximiliano y Carlota intercambiaron miradas, tal parecía que ellos no
eran muy deseados aun por los comandantes franceses. Maximiliano pensó que al parecer lejos de ser
considerado un libertador, como le aseguraron los mexicanos que le ofrecieron
el imperio, era visto como un intruso enemigo.
CONTINÚA EN LA DÉCIMA QUINTA PARTE.







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