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domingo, 9 de agosto de 2026

LA INTERVENCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO DE MAXIMILIANO (Décima Cuarta Parte)


Rafael Urista de Hoyos / Historiador

Maximiliano recibió la proposición con apasionado interés, viendo un medio de servir a su país.  Recordó que Hernando Cortés, conquistador del imperio azteca, había regalado ese país rico poderoso, a Carlos V, el rey de España, un antepasado suyo.  Trasladarse a México era una empresa no tan fácil como en principio parecía, un país que atravesaba por un período lleno de problemas y controversias.  Jamás imaginó Maximiliano la tragedia que le esperaba en ese país.  A Maximiliano le estaban ofreciendo la oportunidad de liberar y regir un país tres veces más extenso que Francia y potencialmente más rico que Austria.  Carlota, su mujer, le ilusionaba grandemente esa aventura.

  Tras estudiar libros y hacer consultas personales para ponerse al corriente de la situación en México, y pensando en las condiciones que puso para su aceptación: un concreto apoyo militar por parte de la Francia de Napoleón III y que los propios mexicanos les expresasen su deseo de hacerlo soberano de México.  Por su parte, Napoleón, al enterarse de esas condiciones, dio ordenes a las columnas francesas ubicadas en México ---para entonces Francia ya tenía sobre las armas casi sesenta mil hombres que dominaban en México---, para que recorriesen el país, recogiendo firmas promonárquicas.  Los soldados fueron a las principales ciudades y pasaron por las armas a todo aquel que se opuso a sus designios, pero consiguieron las miles de firmas que se les había encomendado.

  Por otro lado, el emperador austrohúngaro ---emperador de Austria y rey de Hungría--- Francisco José, pensaba en la dinastía ante todo, y comenzó a pensar sobre la posición de Maximiliano, su hermano, ante Austria.  En caso de que el muriese, su hermano bien podría ser regente de Austria, durante la minoría de edad de su hijo el príncipe Rodolfo.  Y si fracasaba la empresa del imperio de México podría regresar a Austria y situarse en línea directa de sucesión al trono.  O si para entonces tendría hijos, podrían llegar de México algún día a reclamar sus derechos sobre Austria.

  Pensando en esa hipotética situación, Francisco José le escribió una carta aclaratoria y un documento para que su hermano Maximiliano o firmase, diciéndole, que si él se disponía a aceptar el trono de México y fundar allí un imperio con la ayuda de Dios, el daría su consentimiento, pero tenía que renunciar al trono de Austria, por sí o por sus herederos.  Las renuncias serían irrevocables.

  Con mucho dolor, Maximiliano advirtió deslealtad y rencor en las palabras de su hermano, y le envió una carta contestándole a la suya ---Maximiliano se encontraba en el castillo de Miramar al norte de Italia, y su hermano en Viena la capital de Austria--- en los siguientes términos:  “Con la anuencia de Vuestra Majestad, empeñé mi palabra de honor ---para entonces Maximiliano ya había aceptado el trono de México---, que es respetada en toda Europa, a una población de ocho millones de personas que me llamaban con la esperanza de un futuro mejor y de poner fin a una guerra civil prolongada y asoladora.  Lo hice así, completamente inadvertido de las condiciones que ahora me imponéis y de las que en verdad yo no podía tener conocimiento”. 

  El emperador le respondió que, en caso de que el proyecto de México se frustrase, él Archiduque, a su esposa y a sus futuros hijos una posición adecuada al rango que tenían.  Pero Maximiliano y Carlota necesitaban contar con algo concreto y por escrito.  Fueron a Viena para que no se les desamparase.  Ambos hermanos tuviero una acalorada discusión, de la que Maximiliano no obtuvo nada.  Entonces Carlota hostigó y acorraló a Francisco Jose durante tres horas en su despacho con la esperanza de ablandarlo, pero todo lo que consiguió del emperador fue esta vaga promesa: “se le fijará cierta cantidad de dinero como concesión al Archiduque, si éste regresa de México.  Eso es todo”.  Finalmente Carlota recurrió a su suegra, la Archiduquesa Sofia, pero sólo recibió de su primogénito una lacónica contestación: “No se trata de sentimentalismos, sino cosas de Estado”.

  El mismo día en que Maximiliano acepta la corona, firma también el tratado que, desde el 5 de marzo de 1864, negociara en Las Tullerias con el emperador de los franceses.  En virtud de él, se obligaba a éste a mantener en México, un ejército de ocupación de no menos de veinticinco mil hombres, que quedaría a las órdenes de Maximiliano durante seis años, y se iría reduciendo anualmente, en cuanto se fueran organizando tropas mexicanas para substituirlo.  El mando de éstas, cuando operaran conjuntamente con las francesas, se daría siempre a un jefe francés.  De los gastos de la guerra erogados hasta el 1º de julio de 1864, México pagaría a Francia 270 millones de francos más 76 millones en títulos del empréstito mexicano que se iba a contratar, con un interés anual del 3%; y, desde la fecha susodicha en adelante, pagaría 1000 francos anuales por cada soldado francés, y 400 mil francos por cada viaje de transporte, de los que se harían dos mensuales.

  Maximiliano reconocía además, los créditos franceses, inclusive el del agiotista suizo Jecker (recuérdese que cuando Miguel Miramón concertó un préstamo con Jecker por un millón de pesos, estos ya se habían convertido en quince millones).  Aparte de esas estipulaciones públicas, había varias cláusulas secretas en el tratado, por una de las cuales el Archiduque se comprometía a seguir una política liberal en su gobierno y por otra Maximiliano aceptó que de los 38,000 soldados del ejército francés existentes ya de fijo en México se redujeran a 28,000 en 1865, a 25,000 en 1866 y 20,000 en 1867; a partir de entonces sólo quedarían en México 8,000 elementos de la legión extranjera y no soldados de línea del ejército francés.  Finalmente se obligó a respetar la venta de los bienes del clero llevada a cabo bajo las leyes de Reforma, pues una buena parte de compradores habían sido ciudadanos franceses y seguramente vendrían más.

  Como se comprenderá por lo anterior, este tratado debía ocasionar el fracaso financiero y político del nuevo imperio;  ya que ni México estaba en condiciones de pagar sumas tan considerables, aun teniendo en cuenta que el franco francés estaba a 5.50 por un peso mexicano, y por lo tanto debía muy pronto de declararse insolvente, pues se reconocían créditos por 173 millones de pesos, casi el doble de la deuda externa ya existente;  ni los conservadores que eran los únicos que estaban conformes con la fundación de la monarquía, se habían de avenir a que esta siguiera una política liberal.

  Los nuevos emperadores tuvieron que posponer la fecha de su partida a México.  Maximiliano no quería  que le hablasen de México, ya que de sólo pensar que tendría que abandonar no sólo su patria sino también todas las cosas con las que había vivido hasta entonces y la sola sensación que le acosaba constantemente de que ya jamás volvería de esta su gran aventura, lo deprimía pues se pasaba las hras y los días paseando y sollozando por los salones y parques de su amado castillo de Miramar;  no permitía visitas y sólo recibía a su médico. 

  Sin embargo, el viaje no se podía aplazar más y el 14 de abril de 1864 La pareja imperial, acompañada de un séquito numeroso y llevando ocho millones de francos (un millón y medio de pesos mexicanos), se embarcan en Trieste, en la fragata de guerra austriaca “La Novara” rumbo a México.  A última hora llegó un telegrama de la Archiduquesa Sofía, su madre, dándole su bendición.  Las lagrimas brotaban incontenibles de los ojos del emperador y dijo:  “A partir de este momento, todo pertenece al  pasado, Miramar, Trieste, la isla de Lacroma ---una posesión suya donde pasaba gran parte de sus vacaciones---, Viena y Europa”. 

  La pareja alzó sus brazos y agitaron sus manos en gesto de despedida.  La primera escala fue en Italia en el puerto de Civita Vecchia, donde tomaron el camino que llevaba a Roma para ver a Su Santidad el Papa Pio IX, quien los había invitado al Vaticano.  El Pontífice les dispensó las atenciones reservadas a los reyes y les dio de propia mano la comunión.  También tuvieron conversaciones en privado, sin que se llegase a abordar el asunto de los bienes eclesiásticos: el Papa tenía la seguridad de que el joven monarca se los devolvería, y este creyó que el sumo pontífice era incapaz esperar de él tal indignidad.

  En su primera conversación el Emperador pidió que Roma enviara un buen nuncio con principios razonables.  El Papa frunció el ceño  al escuchar aquello ya que Maximiliano quería insinuar que el nuncio tendría que hacer concesiones; no obstante, y siguiendo la conversación, el Papa, un poco tenso, dijo que si bien los derechos de los pueblos son respetables, los de la Iglesia son sagrados, y por lo tanto más merecedores de protección.  Maximiliano respondió que él era un buen cristiano, pero también el soberano de una nación cuyos derechos se había comprometido a defender. Respuesta más clara y más valiente no la habría dado ni don Benito Juárez.  Desde ese momento Maximiliano perdió el apoyo de esa Iglesia que supuestamente iba a proteger en su nueva patria.

  El diálogo entre el Papa Pio IX  (Giovanni María Mastai Ferretti) y Maximiliano fue breve, y duro también, pese a la obligada suavidad del trato entre los dos.  Cuando el joven Príncipe salió del despacho del Pontífice se había establecido entre ambos una marcada hostilidad.  El Papa no perdonó jamás a Maximiliano la claridad con que le habló y la defensa que hizo de los derechos de su Estado ---y del pueblo que iba a gobernar--- frente a los privilegios que la Iglesia quería mantener.

  El Papa Pio IX pidió y hasta exigió a Maximiliano que cuidara los intereses de la Iglesia, no los de la nación en su conjunto.  Maximiliano rechazó la idea: al jurar ser emperador de México se comprometió a preservar la integridad de su patria adoptiva.  Sintió desde luego que el empecinamiento del clero mexicano, apoyado por Roma, en recuperar sus fueros, sus privilegios y sus propiedades, hacía nulo todo intento de reconciliación nacional.  Puesto a elegir en quedar bien con el Papa y defender su nueva patria, Maximiliano optó por lo segundo.  Se enajenó desde entonces la simpatía del Pontífice.  En los trágicos días finales de su reinado buscará en vano el apoyo del Papa.  Rencoroso, Pio IX se lo negará.

   La pareja continuó el viaje con escalas en Gilbraltar y Martinica.  Los nuevos, mientras tanto, se dieron a la tarea preparatoria de la administración del imperio mexicano.  Maximiliano se dedicó a organizar y escribir el protocolo imperial que habría de establecer en la corte mexicana, también se dedicaba a practicar el idioma español ya que lo hablaba con muchas incorrecciones de las que se reía la emperatriz Carlota, ya que ella lo hablaba perfectamente.

  Por fin, el28 de mayo desembarca la pareja imperial en el puerto de Veracruz, y es recibida con tal frialdad por la población, en que predomina el elemento liberal, que la emperatriz no pudo contener las lágrimas.  Al llegar a las aguas de Veracruz, el barco disparó sus cañones para anunciar la llegada del emperador de México.  Pero no vieron la menor señal de actividad ni en el puerto ni en la ciudad, no había adorno alguno de bienvenida.  Eran las dos de la tarde y los emperadores y su séquito esperaban que llegase alguien a darles bienvenida según las instrucciones de París en las que se ordenaba una recepción oficial y hasta un banquete.  Pero no fue hasta dos horas más tarde que apareció el contralmirante de la armada francesa.

  ___Han llegado demasiado pronto --- les dijo no sin cierta arrogancia.  Maximiliano hizo preguntas y recibió defraudantes respuestas.  El comité encargado de recibirlos estaba en Orizaba y el presidente de la Regencia mexicana, el general Juan Nepomuceno Almonte, había olvidado la fecha exacta de la llegada del emperador; mexicano tenía que ser.  Por su parte el coronel Bazaine dijo que no se encontraba preparado para escoltarlos a la ciudad de México.  Se necesitaba un numeroso destacamento de tropas francesas o los emperadores corrían el peligro de que los asaltasen.  Maximiliano y Carlota intercambiaron miradas, tal parecía que ellos no eran muy deseados aun por los comandantes franceses.  Maximiliano pensó que al parecer lejos de ser considerado un libertador, como le aseguraron los mexicanos que le ofrecieron el imperio, era visto como un intruso enemigo.

                                          CONTINÚA EN LA DÉCIMA QUINTA PARTE.

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