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jueves, 5 de enero de 2023

EFEMÉRIDES MEXICANAS // Rafael Urista de Hoyos


5
 de Enero de 1790

General Don Melchor Múzquiz y Arrieta

Semblanza Biográfica.

  José Ventura Melchor Ciriaco Eca y Múzquiz de Arrieta nació en el Presidio de Santa Rosa, hoy Ciudad Melchor Múzquiz, el 5 de enero de 1790 (algunos historiadores lo hacen nacer el 6 de abril de 1788).  Fue hijo de Blas María Eca y Múzquiz y Juana Francisca de Arrieta.  El padre era teniente y servía en las tropas presidiales cuando bautizo a Melchor (el general sólo usaba por nombre el de Melchor), pero poco sabemos de su familia, además que tuvo dos hermanos que optaron por el sacerdocio.

  Sus padres, Blas y Juana, estaban emparentados con la familia de latifundistas más adinerada del noreste mexicano, los Sánchez Navarro.  Quizá esto explique el que Melchor y sus hermanos hayan podido hacer estudios superiores, privilegio reservado a unos cuantos.    Como haya sido, el joven de Santa Roas tenía 22 años cuando se inscribió en el Colegio de San Ildefonso de la ciudad de México, donde estudiaba jurisprudencia con una beca de seminarista, la cual dejó al empuñar la espada por la defensa de la libertad.

  Al dejar los estudios, el 5 de enero de 1812, el coahuilense acudió al campamento del general don Ignacio López Rayón.  Asistió voluntariamente a algunas acciones de guerra en las que se manejó con entusiasmo y valor.  Ascendió pronto; el 12 de noviembre de 1812 Don Ignacio Rayón López lo nombró teniente de la 1ª. Compañía del Regimiento de Infantería, cuerpo en el que sirvió hasta junio de 1813.

  Múzquiz combatió al lado de Ignacio y Ramón Rayón en Michoacán y en el hoy Estado de México.  Destacó al lado de Ramón Rayón en los enfrentamientos contra los realistas Landázurri y Manuel de la Concha, en los que su arrojo e inteligencia no pasaron desapercibidos, llegando su fama hasta el Generalísimo Morelos quien a principios de 1815 le otorgo el grado de coronel de caballería, y lo nombró comandante del distrito de Yuririapúndaro.

  No obstante los triunfos obtenidos, el movimiento independentista vivía uno de sus peores momentos.  Muertos Mariano Matamoros y Hermenegildo Galeana, y maltrechas en el sur las tropas de Morelos, la rebelión languidecía. 

  Un golpe demoledor fue la aprehensión del Generalísimo, ya que su fusilamiento, el 22 de diciembre de 1815 en San Cristóbal Ecatepec, sembró el caos en las filas insurgentes y desaliento entre los patriotas.

  En el mismo año de 1815, el Congreso de Apatzingán, el mismo por el que al defenderlo fue aprehendido Morelos, encomendó a Don Melchor una delicada misión por lo que partió a Nueva Orleans con el general José Herrera Valdés.  El objetivo del viaje era negociar la ayuda del gobierno estadounidense. Las gestiones no dieron frutos ya que los angloamericanos estaban aún reponiéndose de su cruenta guerra civil, pero Múzquiz aprovechó su estancia de ocho o nueve meses en el vecino país para estudiar inglés y francés.

  Al regresar a México volvió a la lucha, esta vez en Veracruz, con las fuerzas de Guadalupe Victoria, uno de sus condiscípulos en San Ildefonso, a quien se unió después de estar en Acapulco y recibir en Ario el grado de coronel de infantería permanente.

  A finales de septiembre Victoria le encomendó la defensa del fortín de Monteblanco, cercano a Córdoba, el cual contaba con sólo trescientos  hombres y tres cañones.  El realista Márquez Donallo, apoyado con mil infantes, 16 cañones y otros cuerpos expedicionarios puso sitio a la hacienda de Monteblanco y el 6 de octubre de 1816 emplazó sus 16 cañones y con pocos tiros abrió una brecha en la muralla.

  Sin esperar el asalto que amenazaba convertirse en una carnicería, Múzquiz, en una brillante maniobra diplomática, pudo lograr una honrosa capitulación salvando su vida y la de sus hombres, aunque la única condición para la capitulación fue que él se diese prisionero.

  Fue conducido a la cárcel de Puebla y se le condenó a diez años de prisión en la isla de Ceuta, al norte de África; y al destierro perpetuo.  En tanto se le enviaba a Ceuta, lo que nunca sucedió, estuvo confinado en la cárcel poblana donde perdió el oído por las escaseces y miserias que en ella sufrió.

 Después de un año de prisión (hay documentos que alargan el encarcelamiento a dos años), quedo en libertad gracias al indulto concedido con motivo del matrimonio del rey de España Fernando VII, pero se le prohibió residir en Veracruz, Puebla y Coahuila, por lo que se dirigió a Monterrey, donde vivía uno de sus dos hermanos.

  No se conocen las actividades del General Melchor Múzquiz en Monterrey después de recibir el indulto.  Su reaparición pública ocurrió tras el lanzamiento del Plan de Iguala el 24 de febrero de 1821 que respaldó declarando la Independencia en Valle de Salinas, Nuevo León, pueblo donde era párroco otro de sus hermanos; en el nuevo país se abrió una nueva época donde, irónicamente, un abrazo (el de Acatempan entre Guerrero e Iturbide) acabó, aunque momentáneamente, con los balazos.

  Conforme a lo previsto en el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba, el 24 de febrero de 1822 se instaló el Congreso Nacional, donde el General Múzquiz ocupó uno de los escaños representando a la provincia--- hoy Estado--- de México.  El 8 de septiembre de 1823 el Supremo Poder Ejecutivo de la Provincia de México lo designó Jefe Superior de ésta, la más populosa y rica del país.

  Terminada su carrera política en la Provincia de México--- a la que luego regresaría--- debido a la enconada pugna de yorkinos y escoceses, el General Múzquiz se reintegró a la milicia volviendo al servicio activo el 21 de mayo de 1827 donde recibió la orden de hacerse cargo de la jefatura de la Comandancia General de Puebla.

  Su estancia en la capital poblana sería decisiva.  Allí debió conocer a su futura esposa, Joaquina Bezares.  Estando en Puebla ocurrió el motín de la Acordada que otorgó el poder a Don Vicente Guerrero en contra de Manuel Gómez Pedraza que lo había derrotado en las elecciones.

  El 4 de diciembre de 1829 se organizó un consejo de los jefes de tropa en Puebla desconociendo al gobierno de Guerrero quien rodeado de enemigos y falto de recursos vivía sus últimas horas.  La capital cayó en manos de los sublevados y el vicepresidente Anastasio Bustamante asumió la presidencia el 31 de diciembre.   Gracias al triunfo de la revuelta Múzquiz pudo regresar al ya constituido Estado de México, del cual fue su primer gobernador en abril de 1830.

  Los levantamientos se sucedían y Santa Anna ya estaba con las armas en la mano. Acorralado, Bustamante solicitó licencia para ponerse al frente del ejército en la lucha contra la sublevación y entonces la Cámara de Diputados, el  7 de agosto de 1832,  declaró Presidente Interino de la República al General Melchor Múzquiz.

  Aquello se asemejaba más a un castigo que a un premio.  Al asumir la presidencia rechazó al ascenso a General de División decretado por su antecesor ya que consideraba ilegitimo el ascenso por venir de un presidente usurpador dando muestra de una honradez nunca vista en los anales de la política y la milicia mexicana; honradez que trasciende hasta nuestros días.

  El presidente Múzquiz intentó inútilmente buscar una salida política al conflicto, pero la insurrección se extendía.  La capital estaba en estado de sitio, la situación era terrible, faltaban alimentos e incluso agua, pues los sitiadores cegaron el acueducto que la abastecía.

  La revolución terminó con un arreglo:  Bustamante y Santa Anna firmaron los Convenios de Zavaleta y acordaron que Gómez Pedraza ocupara la Presidencia de la República.  Finalmente, Múzquiz fue desplazado y abandonó el Palacio Nacional el 24 de diciembre de 1832:  el máximo honor al que puede aspirar un mexicano se había transformado para él en un calvario plagado de penalidades.

  Conforme a los convenios, el no adherirse al movimiento lo condenaba a ser expulsado del ejército.  Fue degradado y desterrado a Padilla, Tamaulipas, el pueblo donde había sido fusilado Iturbide, pero en 1835 el Presidente Santa Anna declaró nulos los acuerdos de Zavaleta, dándole la razón a Múzquiz quien nunca los reconoció, y le restituyó su grado militar.

  Así principió una etapa de relativa tranquilidad en la existencia del hijo de Santa Rosa.  Fue miembro del Supremo Poder Conservador, creado por las siete leyes para mediar en los conflictos entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, pero que resultó inútil en la práctica; los políticos mexicanos ya desde entonces han querido todo para sí y nada para los demás.

  El 20 de diciembre de 1841 Melchor Múzquiz recibió el ascenso, ahora sí muy legítimo, a General de División.  Pero sus apariciones en la escena pública fueron cada vez más aisladas, ya que se mantuvo lejos de los reflectores y de la mira de los periódicos.

  El General Melchor Múzquiz murió en su casa de la Calle del Esclavo, hoy República de Chile, esquina con la Calle Donceles, el 14 de diciembre de 1844.  En sus funerales se le rindieron los honores correspondientes a su grado y en agradecimiento a los servicios que prestó a la Patria.  Fue sepultado en el Panteón de Santa Paula---ya desaparecido--- y sus restos se perdieron para siempre.

  Carlos María de Bustamante, el cronista de la guerra de independencia, dedicó a la memoria del coahuilense una frase que bien pudiera servirle de epitafio: “Tarde o temprano la virtud del bueno es respetada, y su memoria aplaudida”.

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